Homilías, San Gregorio Magno

Las homilías del gran papa (540-604), dirigidas especialmente al pueblo rudo e inculto, para que corroborase su fe y se entregase a prácticas de penitencia en un siglo en que Italia caía en la barbarie, pueden dividirse en dos grandes partes: las Homeliae in Evangelia y las Homeliae in Ezechielem prophetam.

Las primeras son 40, y consti­tuyen un conjunto de discursos pronuncia­dos en 591, recopilados en 593 y dedicados a Secundino, obispo de Taormina. Veinte de ellas fueron pronunciadas por el mismo San Gregorio ante el pueblo reunido en las igle­sias, y las veinte restantes fueron leídas por su notario. En la primera homilía, pronun­ciada en la segunda dominica de Adviento, en la basílica de San Pedro, inmediatamente después de elevado al solio papal, San Gre­gorio comenta un pasaje de San Lucas (XXI, 25, 32) en el que el evangelista refiere el discurso de Jesús a sus discípulos sobre el fin del mundo: la humanidad se dirige hacia su fin y los signos son evidentes: guerras, pestilencias y terremotos se producen como jamás conoció la historia, y por ello San Gregorio llama la atención a los especta­dores sobre los terrores del juicio final, sobre los deberes de la penitencia e ilumina amo­rosamente de esperanza el corazón de los buenos que, sometidos a la voluntad de Dios, se presenten a su juicio arrepentidos de las culpas cometidas. En otra homilía, pronunciada en la solemnidad de la Pascua, vuelve sobre el tema del juicio final, y con palabras inflamadas habla del día terrible en que Aquél que tan humildemente resu­citó de la muerte, aparecerá tremendo entre los varios órdenes de ángeles.

Una de las más importantes homilías sobre los Evan­gelios es la decimoséptima, dirigida a los obispos en la Basílica de Letrán, donde el papa habla de los deberes de un predicador de la palabra de Dios y de las malas .costum­bres de los sacerdotes de su época. Insiste en decir que el sacerdote ha de predicar no para conseguir mercedes temporales, sino para conquistar el premio eterno, y reprocha a los oyentes que no hacen nada por las almas de los fieles. La enseñanza moral no está siempre en correspondencia con la ex­hortación ni con los preceptos; en este pri­mer grupo de Homilías encontramos, por primera vez, un ejemplo no tomado de las Escrituras, sino sacado directamente de la vida; también en esto San Gregorio constituye un puente de paso entre la edad antigua y el medioevo, presentando leyendas y relatos de todas clases, de los que harán gran uso los predicadores del primer Rena­cimiento para despertar el terror en el auditorio. Las Homeliae in Ezechielem prophetam, en cambio, son una explicación ale­górica de la profecía de Ezequiel intercalada con instrucciones de carácter teológico y moral. San Gregorio hubiera querido expli­car, para complacer el deseo de los fieles, todo el libro, pero el fragor de las luchas de los bárbaros, llamándolo a otras activi­dades, interrumpió su obra. Sólo escribió el comentario de los tres primeros capítulos, parte del cuarto y del 40.°, recopilados en dos libros; uno de doce capítulos, dedicado al Obispo Mariniano, y el otro, de diez, dedicado a sus compañeros de claustro.

El comentario es alegórico y abundan las apli­caciones prácticas. San Gregorio insiste en la necesidad de las obras buenas y de la práctica de la virtud; traza la diferencia entre la vida activa y la contemplativa, y fija los caracteres de una y otra; se extiende sobre la utilidad de las lecturas y de la predicación de las Escrituras, y se detiene a menudo para hablar de los deberes de los buenos pastores de almas. Dios llama «ex­plorador» («speculator») a quien envía a predicar y le da este nombre para que se sitúe en la altura de la mente, observe desde lejos lo que sucede y obtenga su título de la virtud de la acción. En estas Homilías se comentan las visiones dramáticas, las pará­bolas y las figuras de Ezequiel, en quien arde la luz de infinitos incendios, donde se agitan extraños monstruos, y compara las páginas de la Escritura a las trágicas horas que atraviesa Roma e Italia. Era en junio del 593: el ejército de Agilulfo llegaba a las puertas de la Urbe cual terrible amenaza. La voz serena y dulce del Papa, con acentos estremecidos y con elevadas imágenes poé­ticas, da aliento y vigor a la historia que vive. La decimoctava homilía del libro segundo es rica en cálidos acentos dramáticos, especialmente donde dice que en todas par­tes se contemplan desgracias y se oyen gemidos; y, continuando su discurso, San Gregorio se lamenta de que en los campos no queden labriegos, que lo que queda del género humano se vea cada día abruma­do por la desgracia y que no tengan fin los azotes de la justicia de Dios, pues que tantos castigos son insuficientes; acentos épicos ad­quieren sus homilías en las que se lamenta de la condición a que ha quedado reducida la misma Roma, antaño señora del mundo.

B. Bonfiglio