Hugo, Juliusz Slowacki

Poema del poeta polaco Juliusz Slowacki (1809-1849), escrito en 1829. Una muchacha, Blanca, es encerrada, contra su voluntad, en un monasterio y obligada a tomar el velo. Hugo, que la ama, acude para liberarla y, aprovechando la oscuridad de la noche, se lleva a la muchacha, disfrazada de paje, y se refugia con ella en el castillo de Malborg. Al ser descubierto, el raptor es condenado inexorablemente a muerte. Sin embargo, cae en su lugar Blanca, mientras él se salva fugándose. El desgraciado aman­te, presa de la desesperación, desaparece y jamás se vuelve a saber de él. Obra de fran­ca inspiración romántica, es uno de los más característicos poemas byronianos de Slowacki.

E. Danirani

El Huertecillo, Carlo Goldoni

[Il Campiello]. Co­media en cinco actos, en dialecto veneciano, de Carlo Goldoni (1707-1793), representada en 1756. El verdadero protagonista de esta comedia es el «Campiello», donde se reúnen las mujeres a charlar; y la viva parlotería en dialecto veneciano hace las veces de argumento, que termina felizmente, a través de los litigios, chismorrerías y celos con que se desenvuelven los amores de Anzoleto y Lucietta y los del caballero Astolfi y Gasparina. Es, por lo tanto, una comedia colectiva, del género que más tarde producirá obras maestras goldonianas tales como Las riñas de Chioggia y El abanico (v.); y, aunque no alcance la humanidad de éstas, las supera por la armonía alegre de la técnica, basada en el movimiento, en el gesto, en el rápido alternar de los heptasílabos y endecasílabos, en los que las habladurías de las mujeres y los criados encuentran su forma ideal de expresión.

U. Déttore

Un Hueso Intermaxilar, Wolfgang Goethe

[Dem Menschen wie den Thieren ist ein Zwischenknochen der obern Kinnlade zuzuschreiben]. Memoria científica de Wolfgang Goethe (1749-1832), escrita en 1784 y publi­cada dos años más tarde en Jena e incluida, junto con otros escritos, en Zur Morphologie, vol. I, fase. 2.° (1820), y cuyo título completo es: Sobre la existencia de un hueso intermaxilar en la mandíbula superior, co­mún al hombre y a los animales.

Son ocho breves ensayos o notas con una introducción y un cuadro. En ella se describen anatómicamente los huesos de la cabeza, tanto de los animales como del hombre, así como su relativo, mayor o menor, desarrollo, en especial el hueso intermaxilar. En la primera parte, el autor expone algunos estudios rea­lizados ?n el Museo de Weimar, en la Es­cuela de Veterinaria y en los tres museos de Jena. En el segundo explica que a prin­cipios de 1780 se ocupó, junto con Loder, en temas de anatomía en busca de un «hueso- tipo» que fuera común a todos los animales y al hombre. Durante aquellos años hervía la discusión acerca de la diferencia anató­mica y orgánica entre el animal y el hombre, y creían haberla descubierto precisamente en el «hueso intermaxilar», del que el hom­bre carecía, pero que aun se hallaba en los monos.

Goethe partió de la hipótesis de que como el hombre está dotado de dientes caninos, necesariamente debía tener el hueso intermaxilar, en el cual están infijos los caninos, y, en efecto, lo descubrió, soldado al maxilar superior, del cual se distinguía únicamente por una ligera sutura; pero el mundo científico dudó de este descubri­miento originado por el instinto, fresco, de un poeta, y atacó a Goethe con violentas polémicas. El quinto ensayo es más impor­tante que los anteriores, y en él el autor expone el método científico que había se­guido, método que era el mismo que le había llevado a emitir su doctrina de las Metamorfosis de las plantas (v.): «Es pre­ciso averiguar la determinación de cada parte por sí misma y en relación con el conjunto, tener presente el derecho que tiene cada parte aislada así como su acción sobre el resto, de lo cual resulta todo cuanto hay de necesario, útil y finalista en el ser vivo» (v. Metamorfosis de los anima­les). De aquí partió para considerar el hueso intermaxilar por sí mismo, comparándolo no sólo con los demás huesos del cráneo, sino incluso con los de las extremidades. En el sexto ensayo sigue refiriendo los numerosos experimentos que le condujeron a la clasi­ficación del cuadro, que constituye el sép­timo ensayo. En el octavo reasume su punto de vista filosófico: en la naturaleza no hay nada que pueda estar totalmente determi­nado; ninguna verdad puede ser considerada indiscutible; incluso los descubrimientos científicos tienen un valor relativo, ya que son fruto de experimentos.

Debemos desta­car el descubrimiento de las «seis vértebras» que integran el cráneo de los mamíferos: tres se hallan en la nuca, encierran el te­soro del cerebro y forman el rostro que se abre al mundo exterior. El poeta concluye su obra esperando que estas investigaciones suyas sirvan para abrir el camino al pen­samiento. De todo el descubrimiento de Goethe, que aun hoy se considera válido, lo más interesante es el método de que se valió para llegar a él y por el cual puede comprenderse fácilmente la actitud polé­mica de los científicos. También en esta obra Goethe parte de ese misterio de la vida que él persigue de verso en verso, de pensamiento en pensamiento, en cada una de sus obras, y que solamente el espíritu logra penetrar; por ello es absurdo consi­derar a Goethe como precursor de Darwin. Aunque los resultados pueden mostrar ana­logías, las premisas son completamente dis­tintas; el evolucionismo de Goethe, que espiritualiza la naturaleza, se halla en rea­lidad en los antípodas del evolucionismo darwiniano.

G. F. Ajroldi

Huésped del Ángel, Emil Strauss

[Der Engelswirt]. Novela de Emil Strauss (nacido en 1886), publicada en 1901, y gracias a la cual el autor empezó a figurar entre las más desta­cadas personalidades de la literatura ale­mana contemporánea. Al igual que en otros relatos suyos, el destino del hombre se le hace depender de hechos exteriores: éstos, es cierto que pueden influir en su forma­ción, pero nunca pueden determinarle. En cambio, lo que es definido e irrevocable es el alma; solamente lo que el hombre lleva dentro de sí demuestra su valor y su fuerza.

El «huésped del Ángel» es Wasmer, un rico campesino de Suabia que no puede tener hijos de su esposa, y en su intenso deseo de tener un heredero procrea un hijo con una criada, Agata. Pero en lugar del deseado varón la mujer da a luz una niña; a la desilusión vienen a añadirse humillaciones y burlas de todo tipo que le infieren sus paisanos, hasta el extremo de que Wasmer, por vergüenza y por ira, abandona su casa y su mujer, y emigra con Agata al Brasil. Allí se convierte en fácil presa de dos embaucadores, un danés y un compatriota, que se aprovechan de su ingenuidad y le despo­jan de todos sus bienes. Para colmo de males, Agata muere, y mientras él se halla en un abismo de abatimiento espiritual y de remordimiento por sus acciones, también su hija está a las puertas de la muerte: sólo los amorosos cuidados de una mujer extraña logran salvarla. Lleno de remordimientos, al fin Wasmer decide regresar junto a su esposa, cuya bondad y generosidad com­prende ahora, después de la dura experien­cia. En efecto, de regreso a su patria, su mujer le acoge con el antiguo afecto e incluso su primer gesto es un acto de amor hacia la hija de su marido. Su triste destino ha purificado y reforzado el ánimo de Was­mer, le ha hecho maduro para la realidad de la vida. La novela es fuerte y está im­pregnada de una comprensiva y entrañable bondad humana.

G. Guerrieri

La Huella de Dios, Maxence Van der Meersch

[L’empremte du Dieu]. Novela de Maxence Van der Meersch (1907-1951), escrita en 1936. Sobre el fondo de un cuadro flamenco bordado con realismo y amor por el autor, destacan los personajes cuyo destino trágico se prepara: Karlina, la pequeña aldeana que ha crecido en la at­mósfera primitiva y ruda de la granja de Flandes; su tía Wilfrida, que se crió en el mismo ambiente; pero a quien un día vino a buscar el escritor Van Bergen para hacerla su esposa. Karlina era entonces una niña, pero los años no han podido hacerle olvidar que el «tío» le prometió darle «felicidad a manos llenas»; aquel tío maravilloso que le abrió las puertas del reino de la imagina­ción y transformó en reales «las cosas que no existen». Bergen y Wilfrida, durante una breve estancia en la granja, renuevan su promesa, luego vuelven a su vida amasada con trabajo y con amor.

Tan sólo una nube ensombrece su felicidad; no han logrado tener un hijo. La pequeña Karlina recordará la promesa cuando quiere huir de un ma­rido borracho y brutal, Gomar t’Joens. Sus tíos la acogen con los brazos abiertos y la llevan consigo a un pequeño puerto. Un día Karlina huye. Cuando Bergen la encuentra de nuevo, ella declara que le ama. El desti­no sigue su curso; Van Bergen ama a su es­posa con amor total y necesario, y sin em­bargo encuentra una felicidad inesperada en el amor de la joven. Señalada por la huella de Dios, Karlina dará a Bergen la inmortali­dad que él deseaba: un hijo. Gomar mata a Bergen, y Karlina trabaja duramente para criar al pequeño Domitienne. Pero un día Wilfrida, consciente de «obedecer la última voluntad del difunto», decide ocuparse se­cretamente del niño, y cuando más tarde Karlina vuelve a encontrar a Wilfrida tiene la impresión de ver venir hacia ella la ima­gen viviente del perdón.

Si algo misterioso se desprende de los personajes se debe a que sus reacciones parecen dictadas por su subconsciente, y es posible, incluso, que ellos mismo se sorprendan de sus propios actos. Como contraste, el medio ambiente en que se desenvuelven está descrito con absoluta fidelidad y de él se desprende cierta gran­deza. El relato se desarrolla con lentitud, pues el autor ha querido introducir en su novela precisas descripciones del país fla­menco y de sus costumbres.