Un Hueso Intermaxilar, Wolfgang Goethe

[Dem Menschen wie den Thieren ist ein Zwischenknochen der obern Kinnlade zuzuschreiben]. Memoria científica de Wolfgang Goethe (1749-1832), escrita en 1784 y publi­cada dos años más tarde en Jena e incluida, junto con otros escritos, en Zur Morphologie, vol. I, fase. 2.° (1820), y cuyo título completo es: Sobre la existencia de un hueso intermaxilar en la mandíbula superior, co­mún al hombre y a los animales.

Son ocho breves ensayos o notas con una introducción y un cuadro. En ella se describen anatómicamente los huesos de la cabeza, tanto de los animales como del hombre, así como su relativo, mayor o menor, desarrollo, en especial el hueso intermaxilar. En la primera parte, el autor expone algunos estudios rea­lizados ?n el Museo de Weimar, en la Es­cuela de Veterinaria y en los tres museos de Jena. En el segundo explica que a prin­cipios de 1780 se ocupó, junto con Loder, en temas de anatomía en busca de un «hueso- tipo» que fuera común a todos los animales y al hombre. Durante aquellos años hervía la discusión acerca de la diferencia anató­mica y orgánica entre el animal y el hombre, y creían haberla descubierto precisamente en el «hueso intermaxilar», del que el hom­bre carecía, pero que aun se hallaba en los monos.

Goethe partió de la hipótesis de que como el hombre está dotado de dientes caninos, necesariamente debía tener el hueso intermaxilar, en el cual están infijos los caninos, y, en efecto, lo descubrió, soldado al maxilar superior, del cual se distinguía únicamente por una ligera sutura; pero el mundo científico dudó de este descubri­miento originado por el instinto, fresco, de un poeta, y atacó a Goethe con violentas polémicas. El quinto ensayo es más impor­tante que los anteriores, y en él el autor expone el método científico que había se­guido, método que era el mismo que le había llevado a emitir su doctrina de las Metamorfosis de las plantas (v.): «Es pre­ciso averiguar la determinación de cada parte por sí misma y en relación con el conjunto, tener presente el derecho que tiene cada parte aislada así como su acción sobre el resto, de lo cual resulta todo cuanto hay de necesario, útil y finalista en el ser vivo» (v. Metamorfosis de los anima­les). De aquí partió para considerar el hueso intermaxilar por sí mismo, comparándolo no sólo con los demás huesos del cráneo, sino incluso con los de las extremidades. En el sexto ensayo sigue refiriendo los numerosos experimentos que le condujeron a la clasi­ficación del cuadro, que constituye el sép­timo ensayo. En el octavo reasume su punto de vista filosófico: en la naturaleza no hay nada que pueda estar totalmente determi­nado; ninguna verdad puede ser considerada indiscutible; incluso los descubrimientos científicos tienen un valor relativo, ya que son fruto de experimentos.

Debemos desta­car el descubrimiento de las «seis vértebras» que integran el cráneo de los mamíferos: tres se hallan en la nuca, encierran el te­soro del cerebro y forman el rostro que se abre al mundo exterior. El poeta concluye su obra esperando que estas investigaciones suyas sirvan para abrir el camino al pen­samiento. De todo el descubrimiento de Goethe, que aun hoy se considera válido, lo más interesante es el método de que se valió para llegar a él y por el cual puede comprenderse fácilmente la actitud polé­mica de los científicos. También en esta obra Goethe parte de ese misterio de la vida que él persigue de verso en verso, de pensamiento en pensamiento, en cada una de sus obras, y que solamente el espíritu logra penetrar; por ello es absurdo consi­derar a Goethe como precursor de Darwin. Aunque los resultados pueden mostrar ana­logías, las premisas son completamente dis­tintas; el evolucionismo de Goethe, que espiritualiza la naturaleza, se halla en rea­lidad en los antípodas del evolucionismo darwiniano.

G. F. Ajroldi