Los Ideales de la Vida (Charlas a profesores de psicología y estudiantes, sobre algunos de los ideales de la vida) , William James

[Talks to teachers on psychology and to students on some of life’s ideáis]. En esta obra, publi­cada en 1899, el filósofo americano William James (1842-1910) aplica a la filosofía sus teorías filosóficas, sacando las consecuencias de los principios sentados en sus Principios de psicología (v.).

Los tres primeros ensayos se dirigen a las jovencitas, con el consejo de aflojar un poco esa tensión de la vida práctica que se resuelve en una energía in­armónica, superficial y ficticia. Con esta finalidad, James predica «el evangelio del abandono», del descanso moral que sola­mente podrá llevar a la salvación, destru­yendo las preocupaciones externas y egoís­tas. Sobre todo en el ensayo «De una cu­riosa ceguera de los seres humanos», recor­dando la filosofía pluralista e individualista por él expuesta en la Voluntad de creer (v.), sostiene que la verdad es una cosa dema­siado grande para que una mente cualquiera real y efectiva pueda conocerla toda; no existe ningún punto de vista absolutamente conocido y universal. Esta filosofía tiene como consecuencia práctica el respeto hacia la «sagrada individualidad» de cada uno. La segunda parte del libro se dirige a los maestros, a los cuales recomienda ver en el alumno un pequeño organismo sensitivo, impulsivo, asociativo y reactivo. Según la concepción psicológica de James, la concien­cia no es estática, sino que se transforma continuamente en una corriente de «campos concretos» de experiencia. Por consiguiente, la educación debe ser mecánica en un prin­cipio, desarrollando en el individuo una gran variedad de hábitos y creando asimismo el mayor número posible de «facultades psíquicas».

En una segunda fase se pasará a la educación razonada e intelectual, que enseñará al hombre a dominar el mecanis­mo físico, librándose del «old fogyism», especie de enfermedad de la inteligencia, por efecto de la cual el individuo acaba por no admitir en el orden del conocimiento más que la ciencia propiamente dicha, es decir, la reducción de lo desconocido a lo conocido, de lo posible a lo dado, de lo venidero a lo pasado, y con negar, por tanto, la exis­tencia del arte y de la acción, que implican algo de irreductible al dato. En una tercera fase tenemos la educación moral o de la acción, en la cual el educador debe ayudar al alumno a escoger entre las distintas voli­ciones que se le presentan, con un «esfuerzo de atención» que lo hará árbitro del propio destino moral. Pero el valor de la obra con­siste sobre todo en la riqueza de observa­ciones psicológicas que encontramos en los quince capítulos en los que el autor examina los más interesantes problemas del hábito, de la asociación de ideas, del interés, de la atención, de la memoria, de la percepción y de la voluntad. Para James, filósofo de la acción y de la voluntad, la pedagogía, aun fundamentándose en la ciencia y especial­mente en la psicología, no es simple aplica­ción de la ciencia y tampoco una práctica abandonada a la fantasía y al capricho, sino un arte que hace uso de la ciencia con inte­ligencia y libertad. [Trad. de Santos Rubia- no: Psicología pedagógica (para maestros). Sobre algunos ideales de la vida (para estu­diantes). Madrid, 1924].

A. P. Marchesini

La Idea Fija o Dos Hombres en el Mar, Paul Valéry

[L’idée Fixe ou Deux hommes á la Mer]. Diálogo de Paul Valéry (1871-1945), publi­cado en 1934 y que se nos presenta como la obra más fácil y brillante del autor de la Introducción al método de Leonardo (v.). Está ocasionalmente dedicado a la ciencia médica, esto es, a la ciencia experimental por excelencia, pero su manera de tratar el tema se desarrolla en forma de conversa­ción humana.

El autor, presa de un malestar provocado por atormentadores pensamientos, intenta rehacerse con una especie de ex­cursión por los escollos del mar, en un bello día de pleno sol; allí encuentra a un ilustre médico parisiense, conocido suyo, provisto de una caña de pescar y de una paleta; me­dios con los cuales intenta distraer su espí­ritu fatigado y atormentado por una idea fija. El filósofo lo contradice prontamente, demostrándole que no hay nada más móvil que lo que se suele llamar «Idea fija» y que tiene precisamente la característica de presentarse a la conciencia con una frecuencia particular, en retornos cada vez más obsti­nados… y partiendo de este primer tema, la conversación se desarrolla a saltos y ca­prichosamente, examinando sucesivamente todos los campos del saber, tratando con momentánea insistencia problemas de meto­dología médica, rozando las teorías freudianas, ilustrando el famoso relativismo de Einstein, para volver con imprevistas tran­siciones al tema más angustioso y difícil: el de la relación entre la ciencia experimental y el conocimiento intelectual.

Este problema, que quiere ser y es el verdadero tema de toda la obra de Valéry, dirigida a represen­tar en términos poéticos el drama del pensa­miento en busca de una realidad absoluta probablemente inaccesible, se presenta aquí en forma de comedia, sin evitar los juegos de palabras y los de ingenio fáciles, rasgos que son propios de este género. Bajo las brillantes y divertidas réplicas del diálogo se transparenta, sin embargo, la angustia inevitable del espíritu humano en lucha con los espejismos del conocimiento, situado fatalmente entre el doble peligro de la «me­canización», a que lo expone el pleno aban­dono a la mentalidad científica común de las inverificables metafísicas que se va cons­truyendo cuando se confía únicamente a sí mismo. Esta angustia está placenteramente aludida por el segundo título de la obrita, que puede significar «Dos hombres de mar», o «Dos hombres en el mar»; equívoco que puede ser tomado como símbolo de la aguda frivolidad y de la patética gravedad de que se compone el ingenio de Valéry.

M. Bonfantini

Idea de un Príncipe Político Cristiano Representada en Cien Empresas, Diego de Saavedra Fajardo

Obra política de Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648), publicada en 1640 en Münster (se cree que por primera vez) y en otras partes y reeditada, con adiciones, en 1642, en Milán; es también conocida con el título abreviado de Empresas políticas, íntima­mente relacionada con una vasta literatura de tipo renacentista sobre la naturaleza del mejor gobierno y sus maneras, tiene por precedentes el Príncipe (v.) de Maquiavelo, la República (v.) de Bodin y la Razón de Estado (v.) de Botero, y en cuanto a su simbolismo, los Emblemata de Alciato, la obra examina éticamente la conducta del príncipe en cada contingencia de la vida. Después de treinta y cuatro años de vida política el autor, que tiene experiencia de las Cortes de Europa y ha participado en importantes actos de gobierno, tanto en España como fuera de ella, desgrana algunas reflexiones en forma de «empresas». Apoyándose en la Biblia, donde, como él mismo dice, se en­cuentran multitud de representaciones ima­ginarias, como la serpiente de metal, el cordero de oro, el león de Sansón y otros símbolos, que sirvieron para dar fe a la mente humana de las más altas verdades, representa en cien «empresas», cada una adornada por un dibujo y un lema en latín en la versión definitiva, todas las modali­dades con que un príncipe cristiano puede llevar a cabo dignamente su obra.

A dife­rencia de las obras anteriores, más que exa­minar con tono polémico la formación del príncipe y sus atribuciones en el gobierno de su pueblo, Saavedra Fajardo afirma la necesidad de que un príncipe sea verdadera­mente cristiano. Éste no debe abandonarse a la razón de Estado, execrable teoría, ni a una política meramente arbitraria, o a guerras originadas por lo común por la am­bición de dominio. Por otra parte, un ver­dadero regidor del pueblo debe estimular el cultivo de las letras y las artes y manifestar plenamente con su bondad aquel íntimo sen­timiento religioso que es prerrogativa del origen divino de su poder, sancionada por la devoción de sus súbditos. Con mayor razón no deberá favorecer las creencias ne­cias y supersticiosas, ni creer ciegamente en programas políticos abstractos y solamente basados en principios filosóficos; los unos y las otras resultarían perjudiciales para una sensata administración de gobierno. Deberá, además, desterrar las intrigas de Corte, e incluso los engaños inherentes a la diplomacia, por cuanto a través de éstos se olvida el bien de los súbditos y se hace descender la política a mera relación de intereses y a juego de hábiles embajadores. En resumen, mediante ejemplos simbolizados en las «em­presas» y en los diferentes lemas, son exa­minados los actos de gobierno de un príncipe desde un punto de vista didáctico que, si bien favorece la exposición de los distintos problemas políticos, da empero al tratado un tono desigual y didáctico. Por lo demás, re­saltan varias contradicciones a causa de la concepción moralista que tiene su origen en la literatura política española y en las teorías filosóficas del Renacimiento.

El autor, que no cita más que a Mariana y a Alfonso el Sabio y, de los antiguos, la Biblia, Aris­tóteles, Tácito y Séneca, quiere especialmen­te afirmar su antimaquiavelismo, condenan­do los razonamientos utilitarios del Príncipe que se encuentran incluso en tratadistas católicos (recuérdese a Botero), puesto que recogieron muchas ideas sobre la necesidad de concebir la política, si no como ciencia por sí misma, al menos como una ciencia portadora de una eficacia específicamente suya, justificada por una moral superior. La obra, pronto traducida a varios idiomas, es un notable documento de la contrarreforma católica, además de serlo del gusto del si­glo XVII, por la manera con que un tratado político es presentado en forma de dibujos y «conceptos»; es ejemplar la nitidez de al­gunas partes, por su observación de la reali­dad cotidiana y su buen sentido y modera­ción al juzgar vicios y virtudes incluso en un príncipe. Muy apreciada, en sentido contra reformista, es la dignidad humana de los súbditos frente al concepto de un «príncipe» maquiavélico dominador y fuerte. Es asimis­mo notable por el programa político de la «empresa» IV, con un cañón cuya boca está obstruida por una mano que viene del cielo y con el lema «Non solum armis» en la edición definitiva (en la de Munich de 1640 hay, en cambio, dos libros sobre los cuales se ve una corona ornada con dos plumas para escribir y la inscripción italiana «Hor il scetro et hor il pletro»). Esto significa la armonía de las armas y de las letras, ya afir­mada por otros tratadistas, pero aquí bus­cada con nuevo conocimiento de los fines morales de la política: ésta debe aspirar al bienestar común y no solamente al logro de la gloria o al menos del poder terrenal.

C. Cordié

Idea, La guirnalda del pastor, Michael Drayton

[Idea, the Shepheards Garland]. Colección de nueve églogas del escritor inglés Michael Drayton (1563-1631), publicada por vez primera en 1593. Bajo el nombre de Rolando, el poeta celebra a la reina Elizabeth (Beta); lamenta la crueldad de su amada, Idea, y llora los héroes ingleses desaparecidos, entre los cua­les se encuentra Sir Philip Sidney. Quién era la mujer cantada bajo aquel nombre, se ignora; la quinta égloga contiene sus elogios, y por los sonetos que con el título de Espejo de Idea Drayton empezó a publicar en 1594, nos enteramos de que la dama vivía a ori­llas del río Ankor. En cuanto al nombre de «Idea», el poeta mismo dice que debe entenderse en el sentido platónico. En con­junto, la colección parece haberse inspirado en Spenser, pero sin arcaísmos ni tendencias moralistas. A pesar de ésta y otras deriva­ciones que llevan en general hacia el petrarquismo, Drayton es más original que otros poetas contemporáneos, sobre todo por la riqueza y variedad de su imaginación. En su fantasía el color prepondera sobre el dibujo. Esto va en menoscabo de la compos­tura y la finura, pero obtiene indudable­mente una vivacidad y una impresión de fuerza que faltan a muchos poetas de la misma época. Drayton está también dotado de una gran facilidad de versificación. Esta facilidad y la fantasía no están siempre sos­tenidas por un gusto seguro; pero sobre todo gracias a estas cualidades, para el lector de hoy, el Drayton de la Guirnalda y del Espejo continúa siendo uno de los más legi­bles entre los poetas elisabetianos.

S. Rosati

Idea de los Pintores, Escultores y Arquitectos, Federico Zuccari

[L’idea de’ pittori, scultori et architetti]. Obra teórica del pin­tor Federico Zuccari (hacia el 1542-1609), subdividida en dos libros y publicada en Turín en 1607, con una dedicatoria para Car­los Manuel de Saboya. Fundamento de toda la exposición es el concepto de diseño, que el autor entiende en sentido filosófico, dándole extensión universal. Distingue entre el diseño externo, que es «delimitación, circunscripción, medida y figura» de cualquier cosa, imaginaria o real, y el diseño interno, que es su supuesto y se identifica con una idea o forma del intelecto que representa de una manera verdadera y distinta la cosa aprehendida. El diseño interno se encuentra, por consiguiente, en la mente divina, así como en el intelecto angélico y humano; en éste último es menos perfecto, por cuanto está originado por los sentidos y se subdivide en diseño especulativo, práctico moral y práctico artificial, según sea el origen de las ciencias, de las virtudes morales y de las cosas artificialmente producidas por el hom­bre. Después de haber refutado las definicio­nes del diseño dadas por autores anteriores como Vasari y Armenini, Zuccari trata en el segundo libro, del diseño externo en sus relaciones con la pintura, la escultura y la arquitectura, y hace la enumeración de las tres especies.

La primera es el diseño natu­ral, o sea la forma de todas las cosas sensi­bles producidas por la naturaleza, de la cual el arte debe ser émulo e imitador; entre éstas la más noble y digna de estudio es el microcosmos del macrocosmos, el cuerpo humano. Al diseño natural sigue luego el artificial, es decir, el diseño en el signifi­cado corriente de la palabra, que es el verdadero origen y substancia común de tres artes representativas, conforme también con el concepto del Vasari (v. Vidas de los más excelentes arquitectos, -pintores y escul­tores). Tercero y último es el diseño artifi­cial fantástico, que representa todo lo que la fantasía y el capricho humano pueden in­ventar. Sigue el elogio de las «nobilísimas profesiones» del pintor, escultor y arqui­tecto. El tan traído y llevado tema del si­glo XVI de la «comparación», o sea de la superioridad de un arte sobre otro, pasa aquí a segunda fila frente a la exigencia de esclarecer sus relaciones con el diseño como elemento generador de cada una de ellas; con todo, es notable lo que Zuccari observa sobre la excelencia propia de la pintura y sobre el carácter, imitativo y utilitario a la vez, del arte de construir, que «da esplendor y grandeza al mundo». El tratado concluye con un elaborado paralelismo entre la ac­ción vivificadora del sol en el universo y la que ejerce en nosotros el diseño, chispa di­vina, luz del intelecto y vida de las obras. Artista mediocre, Zuccari aparece en el libro guiado por un interés preferentemente filo­sófico; la sistematización de la exposición revela un conocimiento bastante hábil, co­herente y seguro de la terminología aristotélico-escolástica.

La nota sobresaliente del tratado, que es uno de los documentos lite­rarios más característicos del período «manierista», es un acusado intelectualismo de sabor platónico, evidente en el dualismo establecido entre el diseño externo e interno, como también en la manera de entender este último, no desde el punto de vista psicoló­gico, sino como categoría metafísica. La Idea de Zuccari prepara así, en cierto modo, el camino a la «Idea» de la estética clasicista del siglo XVII (v. Vidas de pintores, escul­tores y arquitectos modernos, de Bellori).

G. A. Dell’Acqua