La Infancia de Tioma, Garin

[Detstvo Tjomj]. Es la primera obra que Garin (pseudónimo de Nikolaï Georgievitch Mikhaïlovski, 1852-1906), que se incorporó tarde al campo de las letras, dio a conocer al público en 1892. Esta larga narración evoca la vida de una familia típicamente rusa, muy respetable y tradicionalista. La obra está construida sobre datos autobiográficos. El héroe principal de esta crónica familiar es Tioma Kartachev, hijo del general Kartachev y prodigio de la numerosa prole. Se distingue por una especie de inteligencia de corazón, que permite al autor describir la psicología de un ser joven con toda la fres­cura y espontaneidad de la infancia. Las relaciones entre los señores y la servidum­bre son expuestas con gran nobleza. El valor del libro es mayor aún porque proporciona una viva imagen de una familia burguesa y cultivada de fines del siglo pasado. La narración concluye con la muerte del padre, hombre riguroso en el cumplimiento del deber, pero fuertemente ligado a la vida de su hogar. Ve en Tioma el futuro jefe de la familia, y como a tal le confía la dirección. A La infancia de Tioma siguieron tres nue­vas novelas: Los Colegiales, Los Estudiantes y Los Ingenieros. La última inconclusa. El conjunto forma una trilogía que ha permi­tido a Garin presentar un más amplio cuadro de la vida social e intelectual de esta época. No obstante, la obra resulta en todo mo­mento muy personal y subjetiva, lo que ha valido ciertas críticas a su autor. Los tres libros que siguieron a La infancia de Tioma confirmaron su éxito; pero no aportaron ninguna novedad.

El Infamador, Juan de la Cueva

Obra dramática en verso, dividida en cuatro partes o «jor­nadas», del poeta y dramaturgo sevillano Juan de la Cueva (1543-1610), que se repre­sentó en Sevilla en 1581, publicándose en la recopilación de sus comedias y tragedias en 1588. Leucino, joven rico y mujeriego, se enamora de Eliodora, hermosa doncella, y en vano trata de doblegarla a sus deseos. Trata, por fin, de conseguir sus malvados propósitos con la ayuda de los propios cria­dos, pero uno de éstos, Ortelio, es muerto por Eliodora en una suprema tentativa de defensa. La muchacha, por el testimonio de otro criado, Farandón, y a causa de las calumnias infamantes del joven, es encarce­lada, y está a punto de perder la vida. Su padre, .Hircano, hombre de honor y de un severo concepto de la virtud, llega a creer en su culpa; quisiera matar a su hija en la cárcel, pero Leucino retira sus acusaciones mentirosas y por fin se muestra en todo su esplendor la inocencia de Eliodora. A su vez el difamador y el criado son condenados a muerte. Algunos críticos han querido con­siderar esta obra, con escasos motivos, den­tro de la tradición del Don Juan (v.), como una primera representación del burlador, ya que no por la profanación de los muertos — no hay huellas de ello — ni por una con­ciencia perversa del pecado.

Pero en realidad el personaje está visto en su movilidad pin­toresca sin referirse lo más mínimo a un arquetipo del libertinaje ni nada similar. Leucino es verdaderamente un «infamador» y nada más; es decir, un vividor que pro­cura pasarlo bien sin grandes riesgos, y que al no triunfar en una de sus empresas se venga con sutil malicia. El triunfo de la inocencia — incluso mediante la interven­ción de divinidades mitológicas entre escena y escena — ofrece más bien motivo a una animada moraleja hábilmente presentada a los espectadores.

C. Cordié

No hay en el Infamador un solo rasgo que le asemeje al Don Juan en ninguna de sus formas tradicionales. El mismo nombre de la obra lo dice: Leucino es un difamador, y nada más que un difamador. Es un rico ne­cio y fanfarrón. Imagina que el dinero pone en sus manos las voluntades ajenas, sin ex­cepción alguna, y ni siquiera sabe usar del arma poderosa de sus riquezas. Nada logra si no es el castigo de sus intentos, y no es burlador, sino burlado. Por tanto, lo menos donjuanesco posible. (Francisco A. de Icaza)

El precedente donjuanesco del Infamador es bastante remoto, pero en ocasiones tiene todo el empaque fanfarrón del Tenorio de Zorrilla. (A. Valbuena Prat)

Infancia, Adolescencia y Juventud, León Tolstoi

[Detstvo, Otročestvo i Junost’]. Narra­ción con fondo autobiográfico, de León Tolstoi [Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910]. Con la primera, «Infancia», publicada en 1852, inició el escritor su actividad; las otras dos siguieron casi inmediatamente: «Adolescen­cia», completa; «Juventud», incompleta (y así había de quedar). El protagonista de las tres narraciones es un tal Nikolen’ka Irtenev, tras el cual se oculta el propio autor, que inaugura con él la serie de héroes que, como Nechijudov (v.) de la Mañana de un propietario (v.), Olenin (v.) de los Cosacos (v.), Levin (v.) de Ana Karenina (v.), etc., o reflejan diversos aspectos de la personali­dad del escritor en diferentes momentos de su vida, o son propugnadores de sus ideas y de sus opiniones. No hay en los tres re­latos argumentos más o menos novelescos: es la vida de un muchacho desde su infancia a su juventud, con las peripecias más o me­nos características de tal desarollo; el prin­cipal interés de los tres radica, por tanto, en el análisis psicológico, sobre todo del alma del niño. El cual no es, sin embargo, un muchacho corriente: la forma del relato en primera persona nos muestra, efectivamente, en Nikolaj Irtenev una tendencia al auto­análisis, que no es corriente en los mucha­chos de su edad, pero evidente si pensamos en que el muchacho representado es León Tolstoi. [Trad. española de Infancia y Ado­lescencia por Alexis Marcoff y L. Vegas López (Barcelona, 1944)].

E. Lo Gatto

Constituyen una novela sobre el paso de una edad a otra y sobre la madurez alcan­zada en cada momento. Como las ideas locas y las suposicones falsas, se rechazan constan­temente, el tiempo vive de nuevo entre el ayer y el mañana. (Alain)

Infancia, Henry Vaughan

[Childhood]. Poemita del es­critor inglés Henry Vaughan (1622-1695), publicado en el volumen Silex centelleante (v.). En él vuelven a sonar ecos de otra poesía suya, El mundo (v.) de la misma colección, a la que se une el llanto por la perdida inocencia infantil. El bien lejano perdido, el cansancio del presente, el color mágico del pasado; estos y otros motivos eternos encuentran en Vaughan un lírico sobrio y de ordinario sencillo, a veces con imprevistos relampagueos de imágenes. El aire es solemne y un poco lento, en el sen­tido de que parece refrenado por una pen­sativa cautela. Pero a veces se despierta, cala más hondo, como anunciando la poesía mayor de Vaughan; por ejemplo, la del Retiro (v.).

A. Camerino

La Industria, Claude-Henry de Rouvroy

[L’Industrie]. Obra eco­nómica y sociológica de Claude-Henry de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825) publicada en cuatro volúmenes en 1817- 1818, en colaboración con Agustín Thierry y Auguste Comte. Es muy notable en la obra del famoso utopista en cuanto, entre los pri­meros trabajos económicos y el Catecismo de los industriales (v.), testimonia un pen­samiento político de neto color socialista. Ya es significativo, el subtítulo del libro: «Discusiones políticas, morales y filosóficas en interés de todos los hombres que se dedican a trabajos útiles e independientes»; según una afirmación predilecta del autor, después de tantas luchas políticas, una sola verdad debe ser seguida por todos, la de que la sociedad está organizada y regida por el que trabaja o, mejor dicho, produce. La colectividad recibe de cada cual la ayuda más conveniente a su espíritu y a sus posi­bilidades; por esto, en vez de hablar de igualdad política (lo cual a menudo es un absurdo, puesto que la economía no ha sido igualmente admitida sino por los extremistas de la Revolución), es menester hablar de igualdad industrial. De esta manera es dado a todos el poder luchar útilmente para mos­trar sus aptitudes en la organización de un trabajo en todo y por todo provechoso.

Saint-Simon, después del estudio de los fenómenos económicos propiamente dichos, pasa a considerar la vida política de su tiempo; la industria lo ha organizado todo para el bienestar de la sociedad, y por esto se presenta como una fuerza de la época moderna. Con todo, en el mundo del trabajo productivo se ha manifestado abiertamente la separación hostil que ya se notaba en el antiguo régimen entre los opresores y los oprimidos, las clases ricas y las clases po­bres y, en general, entre los gobiernos y los pueblos. La industria y el comercio tenían un ritmo propio de trabajo y de producción, regido por severas leyes y estudiado por medio de los auténticos fenómenos sociales; en cambio, fatalmente, aun después de las conquistas de la época moderna, se ha visto pronto un estado de cosas harto contradictorio; el de un trabajo organizado para producir y al mismo tiempo para dominar. Es típico el caso de la alta finanza y de la especulación bancaria; éstas parecen ya estar alejadas de las necesidades de la producción basada en el trabajo, y por esto muestran un violento contraste con los principios políticos de una renovación social. En un tiem­po había oprimidos y opresores con el nom­bre de Francos y de Galos, y después de pueblo y de feudatarios; ahora tenemos los trabajadores que son explotados y los orga­nizadores de la banca, que no trabajan.

Se trata de «trabajadores» y de «propietarios» (en el sentido más lato, de la propiedad territorial y la industrial y bancaria). Es, por lo tanto, necesario mejorar las condiciones de la clase que no vive sino de sus brazos: para este fin es inútil recurrir a la abolición de la propiedad privada, como ha sido proclamada por algunos teorizadores; pero será indispensable remediar las necesidades in­mediatas del pueblo trabajador dándole tra­bajo y ayudándolo económicamente con la realización de grandes obras públicas. Si los grandes propietarios oponen a las preten­siones, no siempre injustificadas, de los trabajadores un vivo sentido de solidaridad, bien pronto podrán contribuir a un nuevo orden social. Estas ideas, expresadas con mucha vivacidad por el autor, suscitaron preocupaciones de orden político y moral entre los que habían financiado la publica­ción del primer volumen de La Industria, y pronto declararon públicamente que se ha­llaban muy alejados de los programas de Saint-Simon y que lo habían ayudado en su empresa editorial sólo por piadosa condes­cendencia para con un hombre de estudio.

C. Cordié