Irene, Károly Kisfaludy

Tragedia húngara en verso, en cinco actos, de Károly Kisfaludy (1788-1830), estrenada en 1821. El argumento, sacado de las Cartas de Turquía (v.) de Mikes, es el amor del sultán Mohamed por la virgen griega cristiana Irene. Por amor a la joven estaría dispuesto a renunciar a su plan de conquista del mundo; pero Irene no lo ama y, puesto que el padre quiere maldecirla por casarse con un pagano, ella le confiesa que se ha propuesto sacrificarse por la salvación de la fe cristiana. Moha­med se entera de ello y la mata, con lo que ya nada podrá oponerse a sus conquistas. La estructura de la tragedia es muy correcta, valor indiscutible en una época en que la tragedia húngara no existía o. mejor dicho, la obra maestra de aquella literatura trá­gica, el Baño Bank (v.), era desconocida. Pero la resignación de Irene ante el sacri­ficio quita a la tragedia una parte de su tensión dramática.

M. Benedek

Iridión, Zygmunt Krasinski

[Irydion]. Poema dramático en prosa, un prólogo, cuatro actos y un epí­logo, del poeta polaco Zygmunt Krasinski (1812-1859), publicado anónimo en 1836. La acción se desenvuelve en dos épocas muy distanciadas entre sí: en el siglo III d. de C., en tiempos de Heliogábalo, y en pleno si­glo XIX. Iridión, hijo de un mercader grie­go, del cual ha heredado el odio más im­placable a Roma que oprime a todos los pueblos de la Tierra, después de la muerte de sus padres se va a la capital del Impe­rio con su bella hermana Elsinoe, con la secreta esperanza de conseguir, valiéndose de las ingentes riquezas heredadas de su padre y aprovechando el descontento del pueblo, organizar una rebelión contra el Imperio. Ayudado y protegido por el an­ciano rey de Numidia, Masinisa, que había sido amigo de su padre, estrecha relaciones con los oprimidos, tiende las redes de la rebelión y no vacila siquiera en sacrificar a su ideal a su propia hermana, la cual, movida por sus mismos sentimientos, se convierte en amante de Heliogábalo para arrastrarlo a la ruina y, con él, a todo el imperio. Pero el plan tan tenaz y paciente­mente elaborado fracasa, porque antes de que la revuelta pueda estallar el joven emperador Heliogábalo es destronado por el partido de los viejos romanos, capita­neado por el legislador Ulpiano, y hasta los cristianos, siguiendo el consejo del obispo de Roma, se niegan a participar en la em­presa. Elsinoe se suicida, Iridión está per­dido.

Entonces Masinisa le manifiesta su verdadera personalidad: él no es un mortal, es Satanás, y le ofrece, a cambio de su alma, la resurrección después de siglos de letargo, para que pueda contemplar con sus propios ojos la ruina de Roma. Iridión permanece así sus buenos dieciséis siglos en su letargo, en una caverna de los montes Albanos, y despierta en pleno siglo XIX, en tiempos del propio Krasinski. Masinisa en persona lo acompaña a ver los escombros de la Roma imperial, reducida a una pobre ciudad sin apenas poder, semipoblada y descuidada, regida por los Papas, esto es, por los sucesores de aquellos mismos sacer­dotes cristianos a quienes Roma había per­seguido ferozmente. Masinisa-Satanás, re­clama, mantenida su promesa, el cumpli­miento del pacto por parte de Iridión, que ahora debe cederle su alma. Pero la Gracia divina interviene en favor del griego y le concede por el grande amor que lo ha impulsado en vida, la salvación, con la condición de que se someta a una nueva prueba, en Polonia, tierra de dolor y ex­piación, de la que su espíritu podrá salir purificado de todo estéril odio terreno e iluminado por la fe de Cristo. En este sen­tido el Iridión entra también en el cuadro de la poesía romántica mesiánica de Polo­nia; ateniéndose por un lado a la gran­deza del ideal patriótico, y condenando por otro lado el mal. pero sin idea de venganza, con la convicción de que mucho más que el odio, la sangre y las conspiraciones, sirve para la redención de los pueblos oprimidos el amor divino.

La idea fundamental del poema le fue sugerida al poeta por la visión de la misma Roma papal de sus tiempos, tan distinta de la imperial, y por su pa­triótico deseo de lanzar, por medio del ejemplo de Roma, una amonestación al po­deroso imperio ruso que oprimía a su pa­tria, acerca de la caducidad de todo poder terrenal. El cuadro de la decadencia de Roma tiene páginas particularmente suges­tivas. Trad. italiana de Clotilde Garosci (Roma, 1926).

E. Damiani

La Ira de Dios, Lucio Cecilio Firmiano

[De ira Dei]. Tratado filosófico de fondo religioso, del retor afri­cano Lucio Cecilio Firmiano, a quien se dio el sobrenombre de Lactancio (n. alre­dedor del 250); tratado compuesto inme­diatamente después de las Instituciones divinas (v.), esto es, probablemente después del Edicto de Milán del 313. «Puesto que la ira y el amor son dos sentimientos diversos y completamente contrarios, o se debe atri­buir a Dios la ira y quitarle el amor, o quitarle una cosa y otra, o atribuirle ambos sentimientos… La verdad ha de estar en una de estas hipótesis. Como las he enun­ciado… las examinaré uno por una para… probar de penetrar en los secretos escondri­jos de la verdad». Epicuro, coherentemente, para no turbar en nada la beata tranquilidad de los dioses, les había negado ya la ira, ya la cólera contra el mal de los hombres, ya el amor hacia el bien realizado por ellos: pero con esto los despojaba precisa­mente de toda actividad y repudiaba la Pro­videncia: modo éste de admitir de palabra la existencia de los dioses, pero negándola de hecho, como hubiera debido declararlo francamente. Que Dios sólo sea capaz de sentirse airado y no de obrar por amor sería absurdo afirmarlo, y nadie lo ha dicho. En cambio, los estoicos han excluido de Dios la ira, como sentimiento indigno de su serena majestad frente a la fragilidad hu­mana, atribuyéndole sólo el amor.

Esta doc­trina «puede causar impresión» a quien no haya profundizado el problema: Si Dios no se indigna contra los impíos e injustos, tampoco puede amar a los píos y justos»; esto le parece más coherente en compara­ción con la «ataraxia» divina de los epicú­reos. En conclusión, ha de existir una Pro­videncia divina, administrada por un único Dios, el cual quiere que «todos los hom­bres le honren como padre y se amen unos a otros como hermanos». En estos dos pre­ceptos está toda la justicia. Instrumentos de su gobierno son el amor, la ira y la mi­sericordia. Los pecados deben ser castiga­dos; para esto es necesaria aquella ira justa que no siente deseos de venganza, pero que es expresión de la indignación frente al mal. La demostración de esto resulta verbosa, con continuos recursos, digresio­nes, repeticiones de conceptos alternados con críticas para los diversos sistemas: tu­multuosa y discursiva, aunque «elegantísi­ma» en la forma, y más bien llevada sin la sobriedad y el rigor de un tratado. Lactancio concluye con una exhortación a amar, venerar, temer a Dios. Aunaue la obra sea pobre en originalidad y débil filosófica­mente, en ella se advierten, sin embargo, los méritos de un conocimiento vivo de la Antigüedad y de una vasta erudición lite­raria, presentada con estilo fácil y elo­cuente.

G. Pioli

Iracema, José Martiniano de Alencar

Poema en prosa lírica del poeta brasileño José Martiniano de Alencar (1829-1877), publicado en 1865. Es la historia de amor y de muerte de Iracema, una dulce jovencita india que en tiempos de la conquista portuguesa se enamora de un «fidalgo» blanco, y, dejando su propia tribu, sigue a aquel extranjero, devota y fiel, combatida por los suyos, cuya vida patriarcal ya no podrá compartir, pero con­tenta de sufrir y morir por su amado. Hubo quien vio en la figura de Iracema un re­flejo del amor heroico de la brasileña Anita por Garibaldi. Este poema, por su fastuoso estilo, rico de imágenes y musicalidad, hace pensar en Chateaubriand.

U. Gallo

La Ira de Apolo, Alessandro Manzoni

[L’ira de Apollo]. Canción de Alessandro Manzoni (1785- 1873), escrita con ocasión de la publicación de la Carta semiseria de Crisóstomo (v.), de Berchet (1816). El carácter de la can­ción es garbosamente juguetón, y se pro­pone reproducir en los términos de la fic­ción mitológica, el eco de los clamores suscitados por la Carta semiseria en el campo de los clasicistas. El poeta imagina que Apolo, indignado por aquel atentado inaudito contra la poesía, que es también un insulto a su cualidad de dios protector y símbolo de la poesía clásica, desciende, como una vez lo hizo en perjuicio de los griegos, airado, del Olimpo, sobre una mon­taña lombarda, el Baradello, y tendido el arco comienza a hacer estragos en el campo de los narradores románticos. Temeroso de que toda la ciudad quede envuelta en aque­lla ruina, el poeta dirige al «Sumo Tonante, ojivendado arquero», un largo y lisonjero discurso entretejido de bellas reminiscen­cias mitológicas, y consigue así aplacar al enojado dios. «Está bien», dice Apolo, pero como castigo al «impío innovador», «le quito la ebúrnea lira y el plectro dorado» «lira eburna gli tolgo plettro aurato». ¡Santo cielo, grita el poeta! ¿cómo se las compon­drá sin esas cosas? «Como pueda», responde Apolo. El garboso y fino humorismo manzoniano, que se ejercita aquí también en el uso de la fraseología clasicista, va dirigido en la canción tanto contra la intem­perancia de los románticos como contra los altos y ya vacíos clamores de indignación de los paladines de la escuela clásica. En este sentido, la canción se anticipa a la po­sición asumida por Manzoni en su Carta sobre el romanticismo.

D. Mattalia