La Ira de Dios, Lucio Cecilio Firmiano

[De ira Dei]. Tratado filosófico de fondo religioso, del retor afri­cano Lucio Cecilio Firmiano, a quien se dio el sobrenombre de Lactancio (n. alre­dedor del 250); tratado compuesto inme­diatamente después de las Instituciones divinas (v.), esto es, probablemente después del Edicto de Milán del 313. «Puesto que la ira y el amor son dos sentimientos diversos y completamente contrarios, o se debe atri­buir a Dios la ira y quitarle el amor, o quitarle una cosa y otra, o atribuirle ambos sentimientos… La verdad ha de estar en una de estas hipótesis. Como las he enun­ciado… las examinaré uno por una para… probar de penetrar en los secretos escondri­jos de la verdad». Epicuro, coherentemente, para no turbar en nada la beata tranquilidad de los dioses, les había negado ya la ira, ya la cólera contra el mal de los hombres, ya el amor hacia el bien realizado por ellos: pero con esto los despojaba precisa­mente de toda actividad y repudiaba la Pro­videncia: modo éste de admitir de palabra la existencia de los dioses, pero negándola de hecho, como hubiera debido declararlo francamente. Que Dios sólo sea capaz de sentirse airado y no de obrar por amor sería absurdo afirmarlo, y nadie lo ha dicho. En cambio, los estoicos han excluido de Dios la ira, como sentimiento indigno de su serena majestad frente a la fragilidad hu­mana, atribuyéndole sólo el amor.

Esta doc­trina «puede causar impresión» a quien no haya profundizado el problema: Si Dios no se indigna contra los impíos e injustos, tampoco puede amar a los píos y justos»; esto le parece más coherente en compara­ción con la «ataraxia» divina de los epicú­reos. En conclusión, ha de existir una Pro­videncia divina, administrada por un único Dios, el cual quiere que «todos los hom­bres le honren como padre y se amen unos a otros como hermanos». En estos dos pre­ceptos está toda la justicia. Instrumentos de su gobierno son el amor, la ira y la mi­sericordia. Los pecados deben ser castiga­dos; para esto es necesaria aquella ira justa que no siente deseos de venganza, pero que es expresión de la indignación frente al mal. La demostración de esto resulta verbosa, con continuos recursos, digresio­nes, repeticiones de conceptos alternados con críticas para los diversos sistemas: tu­multuosa y discursiva, aunque «elegantísi­ma» en la forma, y más bien llevada sin la sobriedad y el rigor de un tratado. Lactancio concluye con una exhortación a amar, venerar, temer a Dios. Aunaue la obra sea pobre en originalidad y débil filosófica­mente, en ella se advierten, sin embargo, los méritos de un conocimiento vivo de la Antigüedad y de una vasta erudición lite­raria, presentada con estilo fácil y elo­cuente.

G. Pioli