Bernardo de Claraval

Nacido en Fontainesles-Dijon en 1090 y m. en Clairvaux el 20 de agosto de 1153. Recibió de su padre Tese- lino, oficial del duque de Borgoña, y de su madre Aleta, noble y devota, aquella pie­dad que, salvo un juvenil paréntesis mun­dano, persistiría en Bernardo continuamente.

En un estanque helado apagó el ardor de las tentaciones carnales y las solicitaciones mundanas, y seguido de cinco hermanos, un tío y, más tarde, de su propio padre, ingresó en el monasterio de Citeaux.

Su vida, que hasta entonces compendiaba las experiencias de juventud pretéritas de un San Benito (penitencias, soledad y tenta­ciones) y las futuras de un San Francisco (amistades mundanales y, tras ellas, la llama del amor), empezó a dilatarse con evan­gélica celeridad, y de su aislamiento mís­tico y contemplativo brotó una actividad inmensa.

A los veinticinco años Bernardo fue nom­brado abad, y recibió el encargo de fundar en Champagne la nueva comunidad de Cla­raval (Clairvaux). Su presencia habría de convertir este lugar solitario de poético nombre en un vivo centro de atracción y expansión de la cristiandad medieval.

Se­tecientos monjes y ciento sesenta monaste­rios surgieron en tomo a un hombre que halló en su vida mística la energía suficiente para gobernar una inmensa familia monástica (y cuya sabiduría atestiguan Los grados de la humildad y de la soberbia, v., y numerosos opúsculos), reformar otra or­den, la de Cluny (mediante la Apología escrita en 1127), alentar la caballería cris­tiana de los Templarios (De laude novae militiae ad milites Templi), aconsejar a los reyes de Francia, y, sobre todo, resolver cismas y herejías con una autoridad moral superior incluso a la del Papa; atravesó los Alpes en pleno invierno, y fue a Palermo y a Milán, y dondequiera un peligro ame­nazaba a la Iglesia; y allí donde no llegaba su persona, llegaban sus cartas, en las que aparecen reflejados y expuestos sus intere­ses ascéticos, morales, teológicos y prác­ticos (v. Epistolario).

Debido a las irregu­laridades canónicas que ofrecía la elección de los dos pontífices adversarios Anacleto e Inocencio II, Bernardo optó por la regularidad moral del hombre, y, así, logró del Con­cilio de Étampes (1130) la aceptación del último.

Luego actuó contra Abelardo, e hizo condenar sus doctrinas y las de Gilberto Porretano. El mismo interés por la integri­dad de la fe guio sus predicaciones contra los albigenses y los infieles; en 1146 Bernardo pro­clamó la segunda Cruzada.

Sermón profético y excepcional fue la Consideración (1149-53, v.), dirigida al papa Eugenio III, antiguo monje suyo, cual bíblica y apostó­lica exhortación a la reforma de la Iglesia. Este elevado diálogo fue interrumpido por la muerte en el verano de 1153: con un mes de diferencia murieron el discípulo Pontí­fice y el monje maestro.

Veinte años des­pués Alejandro III le canonizó. Pío VIII confirmó oficialmente su dignidad doctoral, que el mundo cristiano proclamaba desde hacía ocho siglos al venerarle como «Doc­tor melifluo» y acudir al magisterio de amor que Bernardo, monje entregado al silencio, con­fiara a sus sermones y al libro El amor a Dios (1126, v.).

P. De Benedetti

Albert Friedrich Berner

Nació en Estras­burgo el 30 de noviembre de 1818 y m. en Charlotemburgo el 13 de enero de 1907. Erudito y jurista insigne, es uno de los maestros que mayor influencia han ejer­cido en la escuela y en la ordenación legis­lativa positiva.

Su formación denota, a su vez, el influjo de la doctrina francesa; no obstante, Berner puede ser considerado también defensor del hegelianismo en el campo del derecho. Su fecunda labor docente prolon­góse más allá de medio siglo, y se desarro­lló preferentemente en la Universidad de Berlín, cuya cátedra de derecho penal pasó a ocupar en 1844.

Entre sus numerosas obras cabe citar sobre todo Principios fundamen­tales de la doctrina de la imputabilidad pe­nal [Grundlinien der kriminalistischen Im­putationslehre, 1843], Fundamentos del de­recho penal prusiano [Grundsätze des preussischen Strafrechts, 1861], La abolición de la pena de muerte [Abschaffung des Todes­strafe, 1861], y el particularmente difundi­do Tratado de derecho penal alemán (1874 véase).

R. Richard

Bernart de Ventadorn

Vivió en el siglo XII; pero no tenemos noticias con­cretas y seguras acerca de su vida; única­mente algunas alusiones a personajes con­temporáneos aparecidas en sus poesías per­miten darle una situación aproximada en el tiempo.

El Reis Engles, en efecto, es En­rique II Plantagenet, que en 1154 casó con Leonor de Aquitania, anteriormente esposa de Luis VII; y el Señor de B ele aire Rai­mundo V, quien gobernó Tolosa a partir de 1148.

La antigua biografía provenzal le hace hijo de un siervo y una panadera del cas­tillo de Ventadorn. Para la vizcondesa de este castillo fue el primero y apasionado amor y las primeras dulcísimas poesías del joven Bernart; forzado a alejarse de Ventadorn (al ser descubierto por el vizconde, quien, olvidado del poeta, se encolerizaría con su esposa) y acogido en la corte de Leonor, debió de enamorarse de ésta y, siempre según el antiguo biógrafo, ensalzarla en sus Canciones (v.). Luego seguiría la estancia en la corte de Tolosa.

Difícil resulta dis­tinguir en las poesías de Bernart los elementos reales y verídicos aptos para la reconstitu­ción de su biografía, de los episodios amo­rosos de carácter literario. Las imágenes vigorosa y felizmente intuidas y concre­tadas por el poeta en sus versos, ¿deben considerarse realidad o bien ficción? Se trata de un problema no fácilmente solu­ble.

Queda, sin embargo, la exquisita poe­sía, abundante en impulsos líricos y esplén­didas figuraciones; y aun cuando no fuera apreciado según merecía por sus contempo­ráneos o sucesores inmediatos — puesto que el mismo Dante le antepone muchos otros poetas —, desde el Romanticismo hasta nuestros días la crítica ha concedido merecida­mente a este autor un lugar principal entre los trovadores.

C. Cremonesi

Jacques-Henri Bernardin de Saint-Pierre

Nació en Le Havre el 17 de enero de 1737 y m. en Eragny-sur-Oise el 21 del mismo mes de 1814. Fue el último amigo de Rousseau, con quien compartió las ideas y el romanticismo anticipado, y al cual parecióse por su temperamento inquieto y sen­sible y el amor a la naturaleza salvaje.

Sin embargo, careció de su genio, y redujo esta última, descrita con vigor por el filósofo ginebrino, a la amenidad y a la discutible belleza de una oleografía perfecta. Había estudiado ingeniería sin sacar de ello pro­vecho alguno, y, todavía muy joven, intentó trabajar en Malta, San Petersburgo, Polo­nia y Berlín; pero no logró ni quiso establecerse de una manera fija en ninguna parte.

Vuelto a Francia, ocupóse de polí­tica a través de proyectos y planes acerca de los cuales iba informando a los minis­tros del rey en extensas y frecuentes «Mé­moires». Sin embargo, nada concretaba, y la vida escurríasele entre sus inquietas ma­nos. En torno a 1771 resolvió escribir, for­zado por la miseria, el Viaje a la Île de France (v.) aun cuando, en realidad, bus­cara con ello una evasión, además de una fuente de ingresos. Con todo, su destino era en verdad el de escritor.

Y así, con los Estu­dios de la naturaleza (v.), publicados en 1784 y completados doce años después con Armonías de la naturaleza, une su compe­tencia de naturalista a una bella forma y consigue la celebridad: el rey no tarda en nombrarle intendente del «Jardin des Plan­tes».

Mientras tanto compuso también su libro mejor y más conocido, Pablo y Virgi­nia (1787, v.). El éxito de la obra fue inme­diato y sin reservas, y al cabo de poco tiempo la patética historia de los dos jóve­nes enamorados se hizo popular.

No obstan­te, la Revolución alteró de nuevo el pací­fico ritmo de su vida; Napoleón, empero, habría de devolverle la tranquilidad y dejar que el escritor acabara plácidamente sus días, célebre, aunque no satisfecho, en su propiedad de la île de France.

B. de S.-P. se había casado dos veces, y puso a sus hi­jos los nombres de Pablo y Virginia. Entre sus obras, que no fueron numerosas, figura, junto a Pablo y Virginia, La cabaña india (v.), narración igualmente ingenua y deli­cada y con el mismo encanto fruto del mu­sical artificio de un estilo en el que la dura y áspera vida desaparece sin dejar más huella que el abstracto perfil de una fábula.

G. Veronesi

San Bernardino de Siena

Nació en Massa Marittima (Italia) en 1380 y m. en Aquila en 1444. Estudió retórica y filosofía, y desde su juventud dio muestras de su voca­ción religiosa y de su espíritu caritativo, sobre todo en el hospital de Siena durante la peste de 1400.

Dos años después ingresó en la Orden franciscana y desarrolló una intensa labor de predicación y en defensa de la reforma de aquélla. Fue vicario gene­ral de la Orden (1438), y trabajó mucho en favor de la devoción al Santísimo Nombre de Jesús. Los sermones del santo alcanza­ron un gran éxito; sus palabras desvanecían enemistades y rencores, y llevaban a los pecadores a la penitencia.

De la eficacia ascética de esta predicación quedan algu­nos restos en sus textos latinos, como los Sermones, en los que la teología supera a la oratoria; los Sermones en lengua vulgar (v.) y los Cuaresmales de Florencia (v.) revelan mejor, en cambio, su habla lozana y popular, apta para ser comprendida fácil­mente por las multitudes, sobre todo a cau­sa de los numerosos apólogos y cuentos con que Bernardino animaba sus reflexiones de tipo ascé­tico y las exhortaciones a una vida santa.

Fue canonizado en 1450.

G. Fetrocchi