El Laberinto del Mundo y el Paraíso del Corazón, Jan Amos Komensky

[Labyrynt světa a ráj srdce]. Poema alegórico, filosófico y satírico del gran pedagogo checo Jan Amos Komensky (Comenius, 1592-1670), pu­blicado en 1631. El historiador francés Denis la llamó la obra «en que mejor se revela el espíritu de la raza checa, tal como la crea­ron la historia y aquella especie de arran­que íntimo que la divide entre Occidente, que le dio su civilización, y Oriente, donde la llaman sus orígenes y las necesidades de su autonomía». El joven autor emprende un viaje alrededor del mundo, acompañado por dos personajes, «Lo sé todo» y «El en­gaño», y provisto de unas gafas especiales para ver falsamente pero que, puestas al revés, le permiten ver la verdad. El mundo no es más que una ciudad en la que se en­cuentran seis grandes calles principales que desembocan a una plaza, donde se levanta el castillo de la Sabiduría. Al oeste de la ciudad hay un castillo en que reina la For­tuna, rodeada por sus favoritos.

El poeta recorre las calles, observa a los hombres en todas sus profesiones y sus vicisitudes; penetra en los dos castillos de la Sabiduría y de la Fortuna, y al conocer todas las formas de gobierno del mundo basadas en la bajeza, el engaño y la mentira, tira sus gafas, abandona a sus guías y va a visitar a los moribundos para encontrarse ante la muerte y más tarde ante Dios. Deslumbrado por la luz divina cae de rodillas, pero Cristo le levanta y le consuela. El poema concluye con una plegaria a Dios, llena de inspira­ción; en ella el tono satírico con que el poeta ha descrito su viaje fantástico y mi­lagroso se transforma en un tono de alta humanidad. La simpatía hacia la miseria hu­mana se hace sentir a través de las mismas vicisitudes de su viaje, escrito en una len­gua que, a pesar de las influencias latinas y alemanas, puede considerarse un modelo del checo hablado del siglo XVII.

E. Lo Gatto

Laberinto del Amor, Otto Julius Bierbaum

[Irrgarten der Liebe]. Colección de poesías del escritor alemán Otto Julius Bierbaum (1865-1910), publicada en 1901, junto con toda su pro­ducción de 1885-1900. «Es verdaderamente viva solamente aquella poesía que interesa todas las formas de la vida diaria»; ésta es la poética de Bierbaum, el cual no aspira a despertar admiración, sino a darse a los hombres; la esencia de la lírica es para él una «virtud donadora». Aunque sus poe­sías sean, según su deseo, «un regalo para todos», y haya también entre ellas muchas en que predomina un tono ligero, Bierbaum no es un poeta popular: la técnica del ver­so es hábil, el ritmo amplio, la melodía sentida, la palabra cincelada. Sentimos que un tono anacreóntico sostiene la poesía. En este volumen se incluye una primera colec­ción, Poesías vividas [Erlebte Gedichte] de 1892, y una segunda titulada, según el estilo de los «Minnesänger», Tomad, muje­res, esta guirnalda [Nehmt, Frauen, diesen Kranz] de 1894. Es la parte dedicada a la galantería graciosa.

Eros pasa en un carro de conchas, entre dulces damitas vestidas de terciopelo, no muy distintas de las pastorcillas; hay camas con dosel, guirnaldas de rosas y fáciles poesías de tipo galante: «Azul está el cielo, el tiempo hermoso/se­ñora, vamos a pasear. / Ella consiente, y en el florido mayo, / salimos juntos y na­vegamos como/barcas de primavera». Tal predilección por la poesía galante no im­pide sin embargo que en otros poemas se perciba la influencia atenuada de Liliencron y de Goethe; hay también una poe­sía dedicada a Nietzsche y a Dostoievski a los cuales Bierbaum admira como a los mayores poetas de su tiempo, aunque no comprenda el «más allá del bien y del mal» sino en el campo de los fáciles placeres. Para los temas ligeros sabe encontrar formas per­fectas; su estilo alcanza una expresión com­pleta en el pequeño cuento, en la alegoría, en el tono de leyenda, donde sabe crear aquella atmósfera transparente que, en su opinión, puede hacerlo ver «todo a través de un velo, por lo que puede incluso ha­blarse de sensualidad sentimental. Se llega de esta manera al crepuscularismo de la conocida canción «Oft in der stillen Nacht» («A menudo en la noche silenciosa») y del boceto Abendlied.

G. Noulian

Kyra Kyralina, Panait Istrati

Novela del escritor rumano Panait Istrati (1884-1935). El autor acababa de vivir las aciagas horas que es­tuvieron a punto de llevarle al suicidio. Se salvó por milagro: Romain Rolland, ha­biéndole visitado en el hospital, quedó viva­mente impresionado por sus incomparables dotes de narrador, y le impulsó a que es­cribiera. Lentamente se iba recuperando, cuando Istrati se dispuso a escribir su pri­mer libro en lengua francesa: Kyra Kyralina, que apareció en 1933 con un entusiasta prefacio de Romain Rolland. El nuevo no­velista fue presentado al público como un «Gorki balcánico».

Efectivamente, Kyra Kyralina revela sobre todo la pintura de las miserias humanas a la cual se añade el prodigioso talento del narrador oriental. El marco de su acción va más allá de las fron­teras del delta danubiano, país natal del autor, para llegar, a través del Mar Negro, a abrazar aquel vasto imperio otomano del medio siglo precedente. El héroe es Dragomir, por sobrenombre Stavro, débil mu­chacho apasionadamente ligado a su madre y a su hermana, dos bellas cortesanas que llevan una vida infernal. Un primer con­flicto se señala entre el padre y el hermano mayor, artesanos honestos pero de costumbres duras, y por otra parte, la madre y los dos hijos que se las ingenian para sacar pro­vecho de las frecuentes ausencias de los dos hombres. Por extraño que parezca, la simpatía del lector se inclina por estos per­sonajes apasionados del lujo y la ociosidad, que se arriesgan continuamente a ser sor­prendidos por el padre.

Este último regresa un día en lo mejor de la fiesta. La madre es molida a golpes, los dos hijos apaleados hasta sangrar, mientras los invitados, los «moussafires» son caballerosamente arroja­dos por la ventana. Un nuevo episodio co­mienza. Las víctimas logran evadirse; in­tentan entonces recomenzar una nueva vida. Kyra y Dragomir, seducidos siempre por el espejismo de una vida de lujo, se dejan conducir a Constantinopla, donde la mu­chacha es muy pronto encerrada en un harén, mientras su hermano es abandonado a merced de los hombres ricos y corrom­pidos. Su madre ha desaparecido, decidida a no volver a mostrar al mundo su rostro desfigurado por el castigo que le infligió el padre. Dragomir es ya un adolescente; ha gustado del libertinaje, ahora tiene un solo sueño: volver a encontrar a su madre o a su hermana, y gozar de su afecto. Búsqueda inútil y dolorosa en un mundo en el que el dinero es rey. Errante, robado y enga­ñado, Dragomir se deja poco a poco ven­cer por la desesperación. Un anciano, Barba Yami, le acoge y le ofrece albergue y ali­mento. Le enseña a ganarse la vida ven­diendo, como él, limonada, y le reconcilia con la existencia y con la felicidad que cada uno posee en el fondo de su corazón. La novela concluye con una apología del hombre y de una cierta sabiduría eterna.

Kyra Kyralina evoca con gran acierto un pasado pleno de poesía. La imagen de la sociedad rumana de la época es evidente­mente novelada, y en gran parte falsa. Pero los personajes que cruzan los Balcanes, contrabandistas, comerciantes sospechosos, los ricos, insociables y voluptuosos, los «effendi» y los pobres siempre burlados, son retratados con gran verismo y color. Dragomir es un cosmopolita romántico, arro­jado a una sociedad contra la que lucha pasivamente, y no con la violencia que es propia de los héroes de Gorki. Pues, para él, a diferencia de los personajes del nove­lista ruso, la justicia no es más que negocio entre el“ hombre y su propia conciencia, y no precisamente una cuestión social. [Trad. española de Delaville (Pere Foix) en el volumen Las narraciones de Adrián Zograffi. Kyra Kir aliña, con una carta pró­logo de Vicente Blasco Ibáñez (Barcelona, 1926)].

El Laberinto de Fortuna, Juan de Mena

Poema alegórico del autor español Juan de Mena (1411-1456), acabado de redactar en febrero de 1444. Es conocido también con el nom­bre de Las Trescientas (o sea, el número de sus estrofas, si bien la crítica más auto­rizada, desde el Brócense, considera sólo doscientas noventa y siete como auténticas de Juan de Mena). José Manuel Blecua, edi­tor del Laberinto en la colección «Clásicos castellanos» (n.° 119, Madrid, 1943) resume así el argumento del poema: «Arrebatado el poeta por el carro de Belona, desciende en medio de una gran llanura, donde con­templa el cristalino palacio de Fortuna. Guiado por la Providencia penetra en la casa, donde ve toda la «mundana máchina».  Una extensa digresión geográfica se inter­cala, hasta que la Providencia le llama la atención para que contemple tres ruedas. De estas tres ruedas, dos, «inmotas e que­das», simbolizan el tiempo pasado y el futuro. La otra, en continuo movimiento, alegoriza el tiempo presente. Cada una de las ruedas contiene siete círculos, influidos por los siete planetas, y en cada círculo se encuentran colocados numerosos personajes de la antigüedad clásica y algunos contem­poráneos del poeta. Termina la obra con una invocación para «que el rey Don Juan haga perfectas las profecías que ha oído el poeta.»

La crítica antigua había insistido mucho acerca de la influencia dantesca so­bre el poema del autor español. A pesar de que esta influencia existe realmente, es mucho más intensa la de Virgilio y de Lucano, autores a los que Juan de Mena pro­fesó gran admiración. Así el llanto de la madre de Lorenzo Dávalos recuerda el de la madre de Euríalo en el libro IX de la Eneida (v.) y la tempestad que presagia la muerte del Conde de Niebla es imitación de un episodio de las Geórgicas (v.). Pero mayor que la de Virgilio, es aún la influen­cia de Lucano, de cuyo poema Farsalia (v.) llega Mena a traducir versos enteros. La Farsalia proporciona al autor de El labe­rinto el famoso episodio de la maga de Valladolid (episodio relacionado con el tema de Don Álvaro de Luna), uno de los momentos’ quizás más impresionantes del poe­ma, en ningún modo inferior al dramatismo de la consulta de Sexto Pompeyo a la bruja Ercito de Tesalia en el poema de Lucano. En su obra Mena se nos ofrece como un ejemplo de mezcla de humanismo y medievalismo, que lo identifica totalmente con los poetas de su tiempo, Jorge Manrique y el Marqués de Santillana.

Por una parte hallamos en El laberinto la evocación y exaltación de figuras y personajes como el Condestable Don Álvaro de Luna, el Conde de Niebla, Lorenzo Dávalos, el adelantado Don Diego de Ribera, el aventurero Enrique de Remestien y especialmente el «muy pre­potente Don Juan el segundo», que nos son propuestos como individuos ejemplares y cuya fama durará por siglos y siglos. Al lado de esta actitud, hallamos en Juan de Mena otra más típicamente medieval: la actitud y la tendencia moralizante. Para el autor de Las Trescientas la Mitología clásica (que él conoce a través de Ovidio y de las refundi­ciones medievales de la obra de este autor) no tiene más valor que los ejemplos y apó­logos medievales, y de ella nos ofrece una interpretación totalmente moral y moralizadora (actitud ésta, muy frecuente en la Edad Media). También su concepción del amor es absolutamente medieval. Por otra parte, el tema de la Fortuna era uno de los tópicos medievales más difundidos. Mena, al escribir El laberinto de Fortuna, tenía la intención de llegar a componer un gran poema nacional, y si bien no consiguió dar a su obra un carácter lo suficientemente universal, por lo menos consiguió dar gran­deza a los episodios y acontecimientos de su momento histórico. El laberinto de For­tuna obedece fundamentalmente a la acti­tud de crear una lengua poética (en lo que coincide con Lucano y Góngora, cordobeses como el propio Mena) y representa la cul­minación de una corriente culta y alegó­rica que vivía en la tradición poética espa­ñola.

Esta actitud estética de Juan de Mena y su esfuerzo por crear una lengua poé­tica justifica el uso constante de neologis­mos (muchos de los cuales, al igual que los creados por Góngora, habían de pasar luego al dominio común de la lengua), su gusto por el hipérbaton, por la ornamenta­ción sintáctica, por las alusiones, etc. Blecua ha señalado certeramente tres caracte­rísticas del estilo de Mena: 1) la «sinfonía de vocales», o sea la repetición de deter­minados sonidos vocálicos a lo largo de todo un verso; 2) la aliteración, o sea la repeti­ción de sonidos en forma de palabras igua­les o semejantes; 3) la simetría, que con­siste en la acentuación, en el segundo he­mistiquio, de la idea desarrollada en el primero. El estudio métrico del dodecasí­labo, en que está compuesto El laberinto, ha sido efectuado por Foulché-Delbosc y por el citado José Manuel Blecua. La obra de Juan de Mena, El laberinto de Fortuna, revela al hombre dedicado a la lectura, al estudioso en Salamanca y Roma, aficionado a la filosofía y gran conocedor — a veces directamente — de los autores clásicos y medievales como Virgilio, Ovidio, Séneca, Horacio, Salustio, Plinio, Marcial, Lucano, Estacio, Boecio, San Agustín, Santo Tomás, San Anselmo, San Isidoro, Aristóteles, Pla­tón, Homero (a quien tradujo sirviéndose de una refundición latina), Dante, Boccac­cio. Petrarca, etc. El laberinto de Fortuna constituye uno de los monumentos de la literatura española medieval.

A. Comas

Kuo Yü, Tso-chiu Ming

[Discursos de los reinos]. Obra de la literatura china antigua, escrita por Tso-chiu Ming (primera mitad del siglo V a. de C.), contemporáneo de Confucio y autor del Tso Chuan (v.), del que constituye una especie de suplemento. En vein­tiún capítulos hace la historia de los reinos que componían China bajo la dinastía Chou (1122-255 a. de C.). Después de la historia de los Chou (cap. I-III), siguen las de los reinos de Lu (cap. VII-XV), de Ts’i (cap. VI), de Tsin (cap. VII-XV), de Cheng (cap. XVI), de Ch’u (cap. XVII y XVIII), de Wu (cap. XXIX) y de Yueh (cap. XX y XXI). Obra preciosa para el conocimiento de la historia de la antigua China y descuidada en el pasado, a pesar de los numerosos co­mentarios de que fue objeto, ha sido reva-lorizada por los literatos chinos modernos. En el período de los Tres Estados (221-265 d. de C.) Wu Wei-Chao escribió un comen­tario de veintiún libros que circula aún hoy (C. de Harlez, Koue-yü, Discours des Royaumes, París, 1894).

S. Lokwang