Lady Macbeth de Mcensk, Nikolaj Semenovič Leskov

[Ledi Makbet Mcenskogo uezda]. Novela del es­critor ruso Nikolaj Semenovič Leskov (1831- 1895), publicada en 1866. Katerina L’vovna, mujer de un rico mercader de provincias, es una moderna Lady Macbeth (v.) que, después de una serie de crímenes cometidos con el fin de acercarse a su amante, acaba matando a una rival y matándose a sí mis­ma. Con la ayuda de Sergio, un joven campesino del que se ha enamorado, Kate­rina ahoga a su anciano e insignificante marido, ocultando su cuerpo en la bodega, envenena a su suegro, que ha sorprendido su secreto, ahoga a un niño para quedar única heredera de un gran patrimonio, y, descubierta, es condenada, junto con su amante, a trabajos forzados. En Siberia, Sergio la traiciona por otra desterrada, y Katerina L’vovna se arroja al río con su rival, ahogándose las dos. La historia, es­crita con vigoroso realismo y gran conoci­miento de las condiciones de vida de los desterrados, descubre en el final la tesis del autor: un triste fin aguarda a las personas de instintos y sentimientos vigorosos que no se andan con remilgos con tal de alcan­zar la propia felicidad. Pero la tesis es sola­mente un apéndice y no perjudica a la singular eficacia de la novela.

G. Kraisky

Lacerba, Giovanni Papini

Revista de literatura, arte y política, fundada en 1913, en Florencia, por Giovanni Papini (1881-1956) y Ardengo Soffici (n. 1879), y publicada hasta que Italia entró en guerra en 1915. Formada por hom­bres que ya pertenecieron a la Voce (v.), Lacerba anunció un programa belicoso que tenía en las paradojas y en su violenta fraseología, es decir en su «forma» polémi­camente revolucionaria, su razón de ser. El estado de inquietud que animaba en particu­lar a Papini, casi un retorno a sus orígenes de polemista (v. «Leonardo»), explica la ma­nera extravagante y desenfadada, a menudo sarcástica con que la revista examina las cuestiones contemporáneas. Las urgentes ne­cesidades políticas parecen inspirar afirma­ciones nacionalistas y Lacerba quiere mo­ver a la opinión pública hacia la revolu­ción.

Los pueblos dormidos van hacia la muerte; sólo la individualidad del genio triunfa sobre todo. Hay que rebelarse contra las convenciones. También los estados tienen que tender hacia el porvenir. Tales son los principios proclamados con violencia, aun­que también de una manera gratuita, en el momento que precede al estallido de la pri­mera guerra mundial. Esta actitud futurista de Papini, junto con unos escritos publica­dos en la Voce, originan los dos volúmenes Masculinidad y Experiencia futurista. «El futurismo, dice, ha hecho reír, gritar es­cupir. A ver si por lo menos puede hacer pensar». Aunque distinguiéndose en las in­tenciones del movimiento de Marinetti (v. Futurismo), este período futurista, vincu­lado a 1913 y 1914, agota desde muchos puntos de vista la polémica de Papini y de Soffici contra la moral burguesa y la rigi­dez de las posiciones adquiridas. Si en 1913 las discusiones, aunque violentas, eran con­ducidas dentro de los límites habituales a los dos autores (con la participación tam­bién de Prezzolini, Jahier, Tavolato y otros), el primer año del conflicto europeo ve pa­labras en libertad, raras composiciones tipo­gráficas, luchas y proclamaciones libertarias contra todos y contra todo. Los futuristas encuentran una amplia acogida en la re­vista; con Palazzeschi, Boccioni, Carrá, Govoni, Russolo, Folgore.

Es el gusto por la diatriba radical, llevada hasta sus extremos límites, pero animada más por el amor a la discusión misma que por un íntimo motivo: así en 1915 la lucha por la intervención, llevada al lado de la Voce, se explica por los antecedentes nacionalistas de Pa­pini más que por la formación moral y es­piritual de Soffici, vinculado a movimientos parisienses de vanguardia y a problemas más que nada de técnica artística. Este ca­rácter político (acentuado a pesar de que entre los colaboradores hay artistas y poetas como Ungaretti, Sbarbaro y Agnoletti) pa­rece fruto de las circunstancias, deseo de ratificar, aprovechando la ocasión, la ten­dencia de la revista a proclamar necesaria la revolución por la revolución. «Libertad. No pedimos otra cosa». Sin embargo, junto a la campaña conducida sobre la «necesidad de la revolución» en Italia, Papini, que pre­cisamente en 1915 parece claramente ser su director, revela un interés, completamente literario y tradicional hacia temas de actua­lidad, entre ellos la propaganda política en pro de la intervención. Luchando contra la Antiitalia (es decir Austria) y manifestando su simpatía filial hacia la civilización latina, Papini dice con energía: «Italia es mi pa­tria, es el lugar donde nací, donde he tra­bajado, donde he sufrido: este amor es más fuerte que yo».

Tal exigencia sentimental concuerda con los gritos contra el burgués y el filisteo (por ejemplo en «¡Viva el cerdo!», del 15 de mayo de 1914 y en otros artículos); sin embargo, se nota en la revista la saluda­ble voluntad de agitar el aire y de actuar, cueste lo que cueste, sobre la opinión, es­timulándola con un trágico comentario de la historia europea. También el título (for­jado de un modo extravagante sobre el títu­lo, en sí ya simbólico, de la Acerba, v., de Cecco D’Ascoli) indica una experiencia tran­sitoria, aunque singular, de la cultura italia­na, que gravitó alrededor de los preliminares de la guerra 1915-1918. En este sentido, la aportación de Soffici se limita a muchas afirmaciones escandalosas de un hombre que conoce el valor de la personalidad del artista y sabe afirmarlo en todos los senti­dos con desenvuelta alegría; sin embargo, más tarde salió de la misma guerra, al igual que Papini, para encerrarse y acabar en el amor literario y académico a la tra­dición; para él Red mediterránea será un punto de arribada, lo mismo que la Histo­ria de Cristo (v.) para Papini, después de in­fecundas luchas publicistas, que no lograron crear ni formar un verdadero movimiento Así Lacerba confirmaba su valor transito­rio y ocasional de polémica literaria.

C. Cordié

La de San Quintín, Benito Pérez Galdós

Comedia en tres actos de Benito Pérez Galdós (1843-1920). En ella el autor sostiene — como es costumbre de casi todas sus obras — la tesis del trabajo y de la libertad contra la sumi­sión al capital y a costumbres sociales que, generalmente, ocultan miseria de sentimien­tos, licencia de procedimientos y rigidez contra la humana flexibilidad.

La casa de Buendía, prócer insigne que ha labrado su solidísima posición económica a costa de esfuerzos y de sacrificios — propios y aje­nos —, se halla en un momento crítico de su existencia, precisamente cuando el fun­dador de la misma cumple sus ochenta y ocho años. El hijo mayor, don César, tiene una hija legítima y un hijo natural. Viudo, quiere reconocer al hijo, Víctor, e incorporarlo (cuando haga merecimientos para ello trabajando en los más humildes oficios de la fábrica que poseen su abuelo y su padre) a la razón social que tan brillante fortuna ostenta. La hija legítima quiere ser monja, y no sólo no se opone sino que patrocina con generosidad el reconocimiento legal de su hermano.

La llegada de Rosario de Trastamara a casa de Buendía trastorna un poco a don César, que está prendado de ella y quiere casarse a toda costa con Rosario. Esta joven duquesa, viuda también, arrui­nada, tiene una historia de nobleza y de dilapidación a sus espaldas, pero a la vez gentileza y buen ánimo para afrontar su presente nada halagüeño como invitada del anciano Buendía. La casualidad la pone frente a Víctor, al que empieza creyendo un obrero y al que luego reconoce como un antiguo compañero de diversiones en ciertos lugares del extranjero. El muchacho le re­vela su condición de hijo en vías de reco­nocimiento, y le declara su amor, sentido desde hace muchos años por ella. Rosario, aunque impresionada, no se manifiesta con­vencida. Un marqués amigo de ella y de los Buendía, viene a devolver a don César grandes cantidades que le adeudaba y que le mantuvieron durante años sometido a la tiranía del usurero; de paso, como le odia, quiere vengarse de las humillaciones su­fridas, y revela a Rosario que sabe, y tiene pruebas de ello, que Víctor no es hijo de don César, sino de otro amante, descono­cido para don César; las cartas que lo tes­tifican están en poder del marqués.

Rosario las rescata. En su ánimo batalla el temor de deshacer la fortuna de Víctor, arrojándole a la calle y sin el dinero de los Buendía, y el deseo de servir a la verdad y de hacer daño al aborrecido don César, que fue ca­lumniador de su madre y enemigo de su padre. Por fin, después de un diálogo con Víctor en el cual éste se manifiesta defensor de la verdad sobre todas las cosas, Rosario permite que el necio de don César coja, por su propia mano, las cartas que denuncian su engaño, del bolsillo de la de Trastamara, duquesa de San Quintín. Como era de es­perar, su reacción es echar a la calle a Víctor; sin embargo, no se enemista con Rosario, a la que sigue pidiendo que sea su esposa. El abuelo Buendía ofrece a Víctor un barco de los que posee, como compen­sación, y le exige que abandone España. Víctor rechaza lo que le ofrecen y exige, en cambio, que Rosario (que ya le ha declarado su amor y que ha descubierto ella misma el fraude que le hubiera permitido aparecer como hijo de don César, y ser su heredero, a costa de la verdad) le acompañe y sea su esposa. Ella accede, felicísima, y se van juntos de la opulenta casa mientras el desesperado don César dice: «Se van… es un mundo que muere». Y su padre, el octogenario don José, afirma: «No, hijos míos: es un mundo que nace». El autor, con una gloriosa ingenuidad, quizá intentó de­mostrar en su obra que era posible unir a un desheredado de la fortuna con una dama ilustre desdeñosa del dinero, poniendo como base la verdad y el amor para que tal unión se verificara.

C. Conde

El Laberinto de las Sirenas, Pío Baroja

Novela que su autor declara es fantástica y de pura imaginación. Original de don Pío Baroja (1872-1956). Las primeras seten­ta páginas, tituladas como prólogo, son unas impresiones de Nápoles, ciudad donde el capitán Andía conoce a la marquesa de Roccanera, ya anciana, y encuentra dos tomos manuscritos en los que el marino vasco Juan Galardi cuenta su vida.

La no­vela propiamente dicha transcribe la su­puesta historia de este personaje. La com­plejidad de la narración hace tomar a ésta varias direcciones, con saltos atrás en el tiempo, por lo que el autor la divide en tres partes y cada una de ellas en dos, tres y cuatro libros. Galardi, que era «un vasco decidido y valiente», cae en Marsella en una turbia aventura amorosa, de la que sale con dificultades. Un afortunado azar le trae la protección del propietario de la compañía de navegación a la que sirve, y éste lo lleva consigo a Nápoles, donde co­noce a la marquesa de Roccanera, arrogante dama separada de su marido. Tras la peri­pecia amorosa, surge la decepción, y la marquesa lo envía como administrador suyo a sus posesiones de Roccanera, viejo y pin­toresco pueblo de la Calabria. Allí está el palacio de la marquesa, pero está también la maravillosa finca de su marido, cuya parte más sugestiva es una especie de par­que marítimo al que llaman el Laberinto de las Sirenas. La narración se remonta en el tiempo para contar cómo el inglés John Stuart construye esta maravilla, así como la vida aventurera de tan curioso personaje, que ha hecho una gran fortuna en las minas americanas.

Muere Stuart sin acabar su obra en Calabria, y deja toda su fortuna al doctor O’Neil, viudo con un hijo y una hija, quien completa la finca con la mayor magnificencia. Su hijo Roberto se casa con Laura Roccanera, y el fracaso de este ma­trimonio vuelve a situarnos en el punto de antes, reanudándose la historia de Juan Ga­lardi. Ante las dificultades y trampas que en el palacio de Roccanera le ponen los otros servidores, se traslada a vivir a la finca de O’Neil. El guardián de la granja tiene una hija, llamada Santa, con la que Galardi se casa, y del matrimonio nace una niña. In­tervienen en esta parte numerosos perso­najes secundarios que dan ocasión a episo­dios de amor y a escenas de superstición y «iettatura». Roberto O’Neil ha regresado y vive por este tiempo en su casa, habiendo tomado gran afecto al vasco. Es O’Neil un soñador insatisfecho y su afición a la poesía permite al autor intercalar en la novela varios poemas en prosa, casi todos de tema mediterráneo. Decide hacer un periplo en su goleta «Argonauta», para escribir un gran poema que versará sobre el viaje de los Hijos de Aitor. Juan Galardi manda la nave, y ésta recorre las orillas del Medite­rráneo, en una travesía llena de peripecias.

El último libro recoge, entre otros episodios, la hostilidad y el despecho de la Roccanera contra su marido y contra el que fue su amante. En un incidente amoroso secun­dario, que no afecta a O’Neil, éste es herido y poco después muere. El asesino de O’Neil sucumbe a su vez en lucha con Galardi, a quien encuentra en un acantilado. Todo ello produce una crisis espiritual en el alma del vasco, de quien se nos cuenta en un breve epílogo que, después de la muerte de su esposa Santa, ocurrida pocos años más tarde, se hizo sacerdote, mientras su única hija Roberta entraba en religión. Este breve re­sumen no puede dar idea de la riqueza de la trama novelesca, ni de la magnificencia con que están descritos los paisajes meridio­nales. Es novela grande por su alcance y sus dimensiones. Fue fechada por su autor en Rotterdam, el año 1923.

L. Monreal

Los Labios Enojados, Simone Serdini

[La labbra infastidite]. Canción de Simone Serdini, lla­mado el Saviozzo (13609-1420). Corresponde al género de las «disperate» (desesperadas), puestas en boga por Antonio de Ferrara, composiciones en las que el autor, en el colmo de las misarías, se maldice a sí mismo y a todo el mundo; la búsqueda de imágenes crueles y de blasfemias enormes, propias del «género», lleva a Serdini, como a sus predecesores, fuera de la poesía, aunque a veces no carezcan sus acentos desesperados de un fundamento autobiográfico (llevó una vida mísera y malvada, y se suicidó en la cárcel). En la composición, demasiado mo­nótona y privada de claro obscuro, se pue­den distinguir algunas imágenes vigorosas y libres de amaneramiento.

M. Fubini