Poema alegórico del autor español Juan de Mena (1411-1456), acabado de redactar en febrero de 1444. Es conocido también con el nombre de Las Trescientas (o sea, el número de sus estrofas, si bien la crítica más autorizada, desde el Brócense, considera sólo doscientas noventa y siete como auténticas de Juan de Mena). José Manuel Blecua, editor del Laberinto en la colección «Clásicos castellanos» (n.° 119, Madrid, 1943) resume así el argumento del poema: «Arrebatado el poeta por el carro de Belona, desciende en medio de una gran llanura, donde contempla el cristalino palacio de Fortuna. Guiado por la Providencia penetra en la casa, donde ve toda la «mundana máchina». Una extensa digresión geográfica se intercala, hasta que la Providencia le llama la atención para que contemple tres ruedas. De estas tres ruedas, dos, «inmotas e quedas», simbolizan el tiempo pasado y el futuro. La otra, en continuo movimiento, alegoriza el tiempo presente. Cada una de las ruedas contiene siete círculos, influidos por los siete planetas, y en cada círculo se encuentran colocados numerosos personajes de la antigüedad clásica y algunos contemporáneos del poeta. Termina la obra con una invocación para «que el rey Don Juan haga perfectas las profecías que ha oído el poeta.»
La crítica antigua había insistido mucho acerca de la influencia dantesca sobre el poema del autor español. A pesar de que esta influencia existe realmente, es mucho más intensa la de Virgilio y de Lucano, autores a los que Juan de Mena profesó gran admiración. Así el llanto de la madre de Lorenzo Dávalos recuerda el de la madre de Euríalo en el libro IX de la Eneida (v.) y la tempestad que presagia la muerte del Conde de Niebla es imitación de un episodio de las Geórgicas (v.). Pero mayor que la de Virgilio, es aún la influencia de Lucano, de cuyo poema Farsalia (v.) llega Mena a traducir versos enteros. La Farsalia proporciona al autor de El laberinto el famoso episodio de la maga de Valladolid (episodio relacionado con el tema de Don Álvaro de Luna), uno de los momentos’ quizás más impresionantes del poema, en ningún modo inferior al dramatismo de la consulta de Sexto Pompeyo a la bruja Ercito de Tesalia en el poema de Lucano. En su obra Mena se nos ofrece como un ejemplo de mezcla de humanismo y medievalismo, que lo identifica totalmente con los poetas de su tiempo, Jorge Manrique y el Marqués de Santillana.
Por una parte hallamos en El laberinto la evocación y exaltación de figuras y personajes como el Condestable Don Álvaro de Luna, el Conde de Niebla, Lorenzo Dávalos, el adelantado Don Diego de Ribera, el aventurero Enrique de Remestien y especialmente el «muy prepotente Don Juan el segundo», que nos son propuestos como individuos ejemplares y cuya fama durará por siglos y siglos. Al lado de esta actitud, hallamos en Juan de Mena otra más típicamente medieval: la actitud y la tendencia moralizante. Para el autor de Las Trescientas la Mitología clásica (que él conoce a través de Ovidio y de las refundiciones medievales de la obra de este autor) no tiene más valor que los ejemplos y apólogos medievales, y de ella nos ofrece una interpretación totalmente moral y moralizadora (actitud ésta, muy frecuente en la Edad Media). También su concepción del amor es absolutamente medieval. Por otra parte, el tema de la Fortuna era uno de los tópicos medievales más difundidos. Mena, al escribir El laberinto de Fortuna, tenía la intención de llegar a componer un gran poema nacional, y si bien no consiguió dar a su obra un carácter lo suficientemente universal, por lo menos consiguió dar grandeza a los episodios y acontecimientos de su momento histórico. El laberinto de Fortuna obedece fundamentalmente a la actitud de crear una lengua poética (en lo que coincide con Lucano y Góngora, cordobeses como el propio Mena) y representa la culminación de una corriente culta y alegórica que vivía en la tradición poética española.
Esta actitud estética de Juan de Mena y su esfuerzo por crear una lengua poética justifica el uso constante de neologismos (muchos de los cuales, al igual que los creados por Góngora, habían de pasar luego al dominio común de la lengua), su gusto por el hipérbaton, por la ornamentación sintáctica, por las alusiones, etc. Blecua ha señalado certeramente tres características del estilo de Mena: 1) la «sinfonía de vocales», o sea la repetición de determinados sonidos vocálicos a lo largo de todo un verso; 2) la aliteración, o sea la repetición de sonidos en forma de palabras iguales o semejantes; 3) la simetría, que consiste en la acentuación, en el segundo hemistiquio, de la idea desarrollada en el primero. El estudio métrico del dodecasílabo, en que está compuesto El laberinto, ha sido efectuado por Foulché-Delbosc y por el citado José Manuel Blecua. La obra de Juan de Mena, El laberinto de Fortuna, revela al hombre dedicado a la lectura, al estudioso en Salamanca y Roma, aficionado a la filosofía y gran conocedor — a veces directamente — de los autores clásicos y medievales como Virgilio, Ovidio, Séneca, Horacio, Salustio, Plinio, Marcial, Lucano, Estacio, Boecio, San Agustín, Santo Tomás, San Anselmo, San Isidoro, Aristóteles, Platón, Homero (a quien tradujo sirviéndose de una refundición latina), Dante, Boccaccio. Petrarca, etc. El laberinto de Fortuna constituye uno de los monumentos de la literatura española medieval.
A. Comas

