Salvatore Betti

Nació en Orciano (Pesaro) el 31 de enero de 1792 y m. en Roma el 4 de octubre de 1882. Su padre era bibliote­cario de Pesaro, y allí conoció a Giulio Perticari, a Monti y Pietro Giordani, quienes favorecieron su orientación hacia el clasi­cismo.

En 1820 establecióse en Roma. Secre­tario de la Academia de San Lucas, enseñó en ella historia y mitología, y vivió una existencia entregada por completo al estu­dio. Defendió siempre el clasicismo de los ataques románticos.

La obra más importante de Betti es La ilustre Italia (1841-43, v.). Has­ta la muerte permaneció fiel al gobierno pontificio, y representa dignamente la etapa final del clasicismo. Merece también ser mencionado su epistolario, todavía inédito.

P. Raimondi

Giörgy Bessenyei

Nacido en 1747 en Bercel (Hungría ) y m. en Kovácsipuszta el 19 de febrero de 1811. Apenas cumplidos los dieciocho años ingresó en la guardia noble húngara de María Teresa.

De ingenio vivo, pero inculto, en Viena diose cuenta muy pronto no sólo de su falta de preparación, sino también del atraso cultural de su país; y, así, empezó a estudiar febrilmente mo­vido por el afán de hacerse útil a la causa del progreso nacional.

Atraído al principio singularmente por el teatro, experimentó la influencia de Gottsched y Sonnenfels, a la cual sucedió más tarde la del Voltaire dramaturgo, que abrió a Bessenyei el camino ha­cia las otras manifestaciones de la ilus­tración francesa.

En su primera Tragedia de Agís (v.) siguió todavía las huellas de Gottsched; luego escribió bajo el influjo de los modelos franceses. Compuso dramas de tema húngaro, intentó con éxito la come­dia (v. El filósofo), escribió poesías filosóficas, y, a través de una serie de estudios y proyectos políticos, sociales y culturales, trató de sacudir la inercia de sus compa­triotas.

Imitáronle con parecido ardor algu­nos miembros de la guardia, y a tal «so­ciedad» se adhirieron también en su patria numerosas mentalidades avanzadas. En 1773 Bessenyei abandonó la carrera militar, y, nombrado por María Teresa custodio honorario de la Biblioteca Imperial, dedicóse por completo a la actividad literaria.

Faltado del apoyo de la corte tras la muerte de la emperatriz, abandonó Viena y, a la edad de treinta y cinco años, descontento de sí mismo, se retiró a su propiedad rural y perdió todo contacto con el mundo literario que preci­samente él había puesto en pie. Su obra más importante —El viaje de Tarimenes (v.), novela que refleja las dudas, las ilusiones y los desengaños religiosos, políticos y sociales del autor— quedó manuscrita.

E. VArady

Mertich Beschigdaschlian

Nació en 1828 en Constantinopla, donde m. el 29 de noviembre de 1868. Estudió en el colegio mequitarista de Venecia y alcanzó un co­nocimiento nada común de los principales idiomas europeos, lo que le permitió cono­cer a fondo las literaturas occidentales, sin­gularmente la italiana y la francesa.

Vuel­to a Constantinopla, descolló muy pronto no sólo por su actividad literaria, sino tam­bién por la gran prudencia con que procuró fomentar la elevación del país, a través de la pacificación de las divergencias y las lu­chas intestinas que agitaban la sociedad armenia.

Son notables sus esfuerzos enca­minados a aminorar la tensión entre cató­licos y gregorianos (término con el cual se designa impropiamente a los armenios fie­les a su Iglesia nacional). Incrementó particularmente la escena de su país, ya mediante la composición de dramas históricos (Arschak, Vahu, etc.) y comedias, o bien con el establecimiento del segundo teatro arme­nio de Constantinopla en 1858.

En la he­roica insurrección de Zeitun contra los tur­cos, ocurrida en 1862, se inspira la célebre composición lírica La Ceituníada (v.). La delicadeza de sentimientos con que cantó el amor y la naturaleza y el suave matiz de melancolía que llena sus versos elegan­temente musicales, han inducido a compa­rarle a Alfred de Müsset.

G. Bolognesi

Friedrich Wilhelm Bessel

Nació el 22 de julio de 1784 y m. el 17 de marzo de 1846. Bien dotado para las matemáticas, desde jo­ven, se interesó por la astronomía náutica y la representación de las observaciones astro­nómicas, como, por ejemplo, la del cometa de 1607.

Apreciada ya su labor en 1810, el rey de Prusia le encargó la dirección del nuevo observatorio de Königsberg. Bessel no tardó en comprender la necesidad de instrumentos más precisos que los empleados hasta entonces para determinar con la ma­yor exactitud posible las constantes astro­nómicas, como la precesión, la aberración y la refracción, así como las coordenadas de las estrellas.

Nombrado también profesor de astronomía y matemáticas de la Univer­sidad de Königsberg, dio gran prestigio a este centro docente y al observatorio. Dis­cutió las observaciones de Bradley (v. Fun­damentos de astronomía), y con el nuevo círculo meridiano de Reichenbach empren­dió la vasta labor de precisar la situación de todas las estrellas de una extensa área celeste hasta la novena magnitud.

Bessel es famoso también por haber medido la dis­tancia entre una estrella fija, la 61 Cygni, y la Tierra, operación que pudo llevar a cabo con datos exactos mediante el heliómetro; los once años-luz de su medición han sido luego confirmados por las observacio­nes posteriores hechas con instrumentos más poderosos y otros métodos.

Tal resultado y algunos más acerca de los planetas y sus satélites fueron publicados en sus Investi­gaciones astronómicas (v.). Obtenido luego de los talleres hamburgueses de los herma­nos Repsold un nuevo círculo meridiano mucho más perfecto que los ya existentes, Bessel consiguió descubrir las desigualdades de los movimientos propios de Sirio y Proción, con lo cual pudo verse que en ambos casos se trataba no sólo de estrellas visibles y dobles, sino también de otras invisibles, las cuales perturban el movimiento de las pri­meras.

G. Abetti

Bertran de Born

Nació probablemente ha­cia 1140 y m., quizá en el monasterio de Dalon, antes de 1215. Sea como fuere, su actividad política y poética, atestiguada con seguridad por documentos y por sus mis­mas poesías, puede situarse entre 1181 y 1194.

Es uno de los poetas más interesantes de los últimos años del siglo XII; en el Infierno (XXVIII, 130 y ss.), Dante ofrece de él una vigorosa y tremenda imagen, y le coloca, en la mano la cabeza cortada, entre los sembradores de la discordia: «sabe que soy Bertrán de Born, aquel — que dio al monarca joven mal consuelo. — Yo a padre e hijo entre sí enfrenté… — Por haber sepa­rado tal unión, — separada yo llevo mi ca­beza,— cuya vida fluyó de este muñón: — conmigo así el talión muestra firmeza».

Se­ñor, junto con su hermano Constantino, del castillo de Altaforte, en Périgord, logró des­poseer a aquél, quien colocóse bajo la pro­tección de Ricardo Corazón de León. Some­tido a un largo asedio en su castillo, lo perdió, pero luego consiguió recobrarlo. Por lo demás, una antigua biografía dice que «estuvo siempre en guerra con todos sus vecinos».

En las graves divergencias de la familia real inglesa mostróse partidario de Enrique del manto corto, llamado el Rey Joven, y le instigó contra su padre y su hermano Ricardo Corazón de León; sin em­bargo, al morir aquél en 1183, Bertran de Born, con imprevisible cinismo, decidióse en favor del último y fue a luchar contra sus enemigos.

De sus composiciones, unas cuarenta, inte­resan no las eróticas, sino los sirventesios, políticos, morales y bélicos, donde brilla la pasión que agitó la vida del poeta: la gue­rra, la gallarda guerra, los buenos golpes de espada, los grandes estragos y el rico botín (v. Sirventesios). Ésta es, posiblemen­te, la única nota intensa y original de su poesía en medio de una monótona repeti­ción de los motivos galantes de la lírica trovadoresca del siglo XII.

Figura solitaria e indiferente a los movimientos literarios de su época, Bertran de Born no busca la novedad en el artificio retórico, antes bien presenta un estilo propio, rápido, conciso, con expre­sión vigorosa e imágenes de gran relieve.

La dificultad reside, no en la interpretación de sus versos, sino en. la identificación de los personajes y de las alusiones históricas de que rebosan sus composiciones líricas.

C. Cremonesi