Gustav von Bezold

Nacido el 17 de julio de 1848 en Kleinsorheim y m. el 22 de abril de 1934 en Francfort del Main. Arquitecto e historiador de arte, trabajó como funcio­nario de los museos del Estado y tuvo oca­sión de conocer en Königsberg a George Dehio (v.), con el cual trabó amistad.

Cola­boró junto a él en la obra La arquitectura religiosa del Occidente (v.), donde encar­góse en particular de la parte técnica y de la reproducción de los alzados y las plantas de los edificios estudiados.

El material por él reunido constituye una fuente indispen­sable para el conocimiento de la arquitec­tura medieval. Entre 1892 y 1900 B. fue di­rector del Museo Nacional Germánico de Nuremberg.

M. Spagnol

Pere Antón Beuter

Historiador cata­lán, n. en Valencia al terminar el siglo XV; ignoramos la fecha de su muerte, pero es muy probable que viviera hasta edad avan­zada.

Fue sacerdote, maestro en artes y teología y brilló en el siglo XVI como his­toriador, orador sagrado y escritor. Por los años de 1540 visitó Roma acompañando al cardenal Enric de Borja. Paulo III le nombró predicador suyo.

Compuso tratados so­bre materias teológicas, pero es conocido sobre todo por su Crónica general de tota Espanya i especialment del regne de Valen­cia (v. Crónica) en dos partes; la primera apareció en 1538.

En 1546-50 vio la luz la versión castellana debida al propio autor, obra considerada como clásica y declarada «autoridad» por la Academia Española.

Théodore de Béze

Nació en Vézelay (Borgoña) el 24 de junio de 1519 y m. en Gine­bra el 13 de octubre de 1605. Hijo de una familia noble arruinada y huérfano de ma­dre, fue educado por su tío Nicolás de Béze, consejero del Parlamento de París; y así, inicióse muy joven todavía en el estudio, bajo la guía del helenista Melchor Wolmar, quien le tuvo a pensión en Orleáns durante siete años.

En casa de este ferviente lute­rano conoció el muchacho a Calvino y a otros ilustres representantes del movimiento evangélico; sin embargo, más bien que a la teología dedicóse a las literaturas clásicas, particularmente a Tibulo y Catulo, y a los quince años escribió sus primeros versos en latín.

Graduado en derecho a los veinte, marchó a París, donde vivió por espacio de un decenio y publicó en 1548 un repertorio de composiciones líricas, las Juvenilia, que le valió ser considerado por sus contempo­ráneos el mejor poeta latino de la época.

En 1544, movido por una viva pasión y no queriendo renunciar a los dos beneficios eclesiásticos de que disfrutaba, habíase uni­do en un «matrimonio de conciencia» con Claudine Desnoz. Inclinado al servicio de la Reforma, se trasladó a Ginebra, donde Calvino bendijo este enlace matrimonial y le ayudó a encontrar trabajo (1548).

Mien­tras tanto, Béze componía un drama sacro: Abraham sacrifiant (v. Sacrificio de Abraham). Cuando proyectaba fundar una tipo­grafía se le ofreció una cátedra de griego en la Academia de Lausana. En 1558, y a consecuencia de algunas disensiones con las autoridades de Berna, volvió a Ginebra y allí fue nombrado por Calvino rector de la academia creada por éste en 1559.

Sin em­bargo, las circunstancias político-religiosas le llevaron a Francia, donde participó en las guerras de religión como canciller de Condé y, luego, como capellán del ejército hugonote. Terminada la lucha regresó a Ginebra junto a Calvino, entonces ya ex­hausto y debilitado, cuya labor prosiguió Béze fielmente, ya desde la dirección de la academia, o cual moderador de la «Vénérable Compagnie» de los pastores (hasta 1580), o bien como patrocinador del protes­tantismo francés, a cuya constitución en iglesia reformada asistió en calidad de pre­sidente del sínodo de La Rochelle (1571), y en favor del cual, tras la hecatombe de la noche de San Bartolomé, elevó la vigorosa protesta contenida en su libro De jure magistratum.

A tan intensa actividad político– religiosa cabe añadir una vasta producción literaria, de la que destacan las traduccio­nes de los Salmos, la Confession de la foi chrestienne y la defensa de Calvino contra Castellion tras el suplicio de Servet (De haereticis a civili magistratu puniendis, 1554); y, dentro del período ginebrino, la publi­cación, con la traducción latina, del famoso códice griego del Nuevo Testamento, desig­nado convencionalmente con la sigla D y por él descubierto en Lyon y donado a la Universidad de Cambridge (1565), la Vita Calvini, escrita inmediatamente después de la muerte del reformador, la Icones virorum insignium (1580), y la gran Histoire ecclésiastique des Eglises réformées du Royaume de France (1580). En 1600 dejó Béze la enseñanza y murió al cabo de pocos años.

G. Miegget

Ugo Betti

Nacido en Camerino el 4 de fe­brero de 1892 y m. en Roma el 9 de junio de 1953. Caído prisionero durante la pri­mera guerra mundial, compuso en el cauti­verio sus primeras poesías.

En 1941 obtuvo el premio de teatro de la Academia de Ita­lia, y, tras la última guerra, pasó a la Biblioteca del Ministerio de Justicia, donde pudo entregarse con mayor libertad a su labor literaria. Había iniciado su actividad teatral en 1927, con el drama El ama.

Algu­nas obras escénicas son otros tantos pretex­tos para enjuiciar al hombre y a la socie­dad y también para indagar en la más ín­tima naturaleza del hombre; ello se revela de una manera particularmente intensa en Derrumbe en la estación Norte (1936).

Si­guieron luego varias comedias menos pro­blemáticas y más serenas, y, después, dra­mas como El cazador de ánades (1940) y El diluvio (1943), que le llevaron a Corrup­ción en el Palacio de Justicia (1949), en la que el principal culpable adquiere la con­ciencia de la expiación precisamente cuan­do se ve absuelto.

Otros dramas, cual Espi­ritismo en la vieja casa (1950), Delito en la isla de las cabras (1950) y El jugador (1951), revelan una tendencia cada vez mayor a la expresión absoluta, que, según ciertos críticos, alcanzó el autor en las obras dramá­ticas póstumas Tierra quemada y La fugi­tiva.

Betti dedicóse también a la narrativa y a la poesía, pero destacó singularmente en el drama lírico-simbolista, cuyo punto de partida es el teatro de Pirandello. Betti sigue siendo un dramaturgo de gran importancia dentro de la actual crisis expresiva italiana, y su teatro es conocido en todo el mundo (v. Teatro).

Saverio Bettinelli

Nacido el 18 de julio de 1718 en Mantua, donde murió el 13 de septiembre de 1808. Estudió con los jesuitas, e ingresó en 1736 en la Compañía, en el seno de la cual se dedicó a la enseñanza.

Fue director del Colegio de Nobles de Par- ma, y luego preceptor de los príncipes de Hohenlohe.

Conoció a Voltaire y mantuvo con él una larga correspondencia. Supri­mida en Italia la institución religiosa de los jesuitas en 1773, entonces cuidó de la im­presión de sus obras.

Como casi todos los ingenios de su época, aparece cual una figu­ra llena de contradicciones, y resulta difícil concretar si debe considerársele represen­tante o acaso víctima de su tiempo.

Conoció una gran fama a causa de sus Cartas virgilianas (v.), y no parece haber lamentado mucho una celebridad basada sobre todo en el escándalo.

Con su oposición a Dante, Bettinelli no hizo, en esencia, sino recoger y defender una opinión ya viva en diversos círculos in­telectuales; pero el desprecio provocado por tal actitud fue considerable: sólo un jesuita, se dijo, podía atreverse a insultar a tan ilustre poeta.

Sea como fuere, la gran po­lémica de tal suerte entablada no impidió a B. la prosecución de su obra de polígrafo, de la cual cabe destacar Del entusiasmo por las bellas artes (v.), Las colecciones (v.) y Resurgimiento de Italia… (v.).

F. Giannessi