Revista de literatura, arte y política, fundada en 1913, en Florencia, por Giovanni Papini (1881-1956) y Ardengo Soffici (n. 1879), y publicada hasta que Italia entró en guerra en 1915. Formada por hombres que ya pertenecieron a la Voce (v.), Lacerba anunció un programa belicoso que tenía en las paradojas y en su violenta fraseología, es decir en su «forma» polémicamente revolucionaria, su razón de ser. El estado de inquietud que animaba en particular a Papini, casi un retorno a sus orígenes de polemista (v. «Leonardo»), explica la manera extravagante y desenfadada, a menudo sarcástica con que la revista examina las cuestiones contemporáneas. Las urgentes necesidades políticas parecen inspirar afirmaciones nacionalistas y Lacerba quiere mover a la opinión pública hacia la revolución.
Los pueblos dormidos van hacia la muerte; sólo la individualidad del genio triunfa sobre todo. Hay que rebelarse contra las convenciones. También los estados tienen que tender hacia el porvenir. Tales son los principios proclamados con violencia, aunque también de una manera gratuita, en el momento que precede al estallido de la primera guerra mundial. Esta actitud futurista de Papini, junto con unos escritos publicados en la Voce, originan los dos volúmenes Masculinidad y Experiencia futurista. «El futurismo, dice, ha hecho reír, gritar escupir. A ver si por lo menos puede hacer pensar». Aunque distinguiéndose en las intenciones del movimiento de Marinetti (v. Futurismo), este período futurista, vinculado a 1913 y 1914, agota desde muchos puntos de vista la polémica de Papini y de Soffici contra la moral burguesa y la rigidez de las posiciones adquiridas. Si en 1913 las discusiones, aunque violentas, eran conducidas dentro de los límites habituales a los dos autores (con la participación también de Prezzolini, Jahier, Tavolato y otros), el primer año del conflicto europeo ve palabras en libertad, raras composiciones tipográficas, luchas y proclamaciones libertarias contra todos y contra todo. Los futuristas encuentran una amplia acogida en la revista; con Palazzeschi, Boccioni, Carrá, Govoni, Russolo, Folgore.
Es el gusto por la diatriba radical, llevada hasta sus extremos límites, pero animada más por el amor a la discusión misma que por un íntimo motivo: así en 1915 la lucha por la intervención, llevada al lado de la Voce, se explica por los antecedentes nacionalistas de Papini más que por la formación moral y espiritual de Soffici, vinculado a movimientos parisienses de vanguardia y a problemas más que nada de técnica artística. Este carácter político (acentuado a pesar de que entre los colaboradores hay artistas y poetas como Ungaretti, Sbarbaro y Agnoletti) parece fruto de las circunstancias, deseo de ratificar, aprovechando la ocasión, la tendencia de la revista a proclamar necesaria la revolución por la revolución. «Libertad. No pedimos otra cosa». Sin embargo, junto a la campaña conducida sobre la «necesidad de la revolución» en Italia, Papini, que precisamente en 1915 parece claramente ser su director, revela un interés, completamente literario y tradicional hacia temas de actualidad, entre ellos la propaganda política en pro de la intervención. Luchando contra la Antiitalia (es decir Austria) y manifestando su simpatía filial hacia la civilización latina, Papini dice con energía: «Italia es mi patria, es el lugar donde nací, donde he trabajado, donde he sufrido: este amor es más fuerte que yo».
Tal exigencia sentimental concuerda con los gritos contra el burgués y el filisteo (por ejemplo en «¡Viva el cerdo!», del 15 de mayo de 1914 y en otros artículos); sin embargo, se nota en la revista la saludable voluntad de agitar el aire y de actuar, cueste lo que cueste, sobre la opinión, estimulándola con un trágico comentario de la historia europea. También el título (forjado de un modo extravagante sobre el título, en sí ya simbólico, de la Acerba, v., de Cecco D’Ascoli) indica una experiencia transitoria, aunque singular, de la cultura italiana, que gravitó alrededor de los preliminares de la guerra 1915-1918. En este sentido, la aportación de Soffici se limita a muchas afirmaciones escandalosas de un hombre que conoce el valor de la personalidad del artista y sabe afirmarlo en todos los sentidos con desenvuelta alegría; sin embargo, más tarde salió de la misma guerra, al igual que Papini, para encerrarse y acabar en el amor literario y académico a la tradición; para él Red mediterránea será un punto de arribada, lo mismo que la Historia de Cristo (v.) para Papini, después de infecundas luchas publicistas, que no lograron crear ni formar un verdadero movimiento Así Lacerba confirmaba su valor transitorio y ocasional de polémica literaria.
C. Cordié

