La de San Quintín, Benito Pérez Galdós

Comedia en tres actos de Benito Pérez Galdós (1843-1920). En ella el autor sostiene — como es costumbre de casi todas sus obras — la tesis del trabajo y de la libertad contra la sumi­sión al capital y a costumbres sociales que, generalmente, ocultan miseria de sentimien­tos, licencia de procedimientos y rigidez contra la humana flexibilidad.

La casa de Buendía, prócer insigne que ha labrado su solidísima posición económica a costa de esfuerzos y de sacrificios — propios y aje­nos —, se halla en un momento crítico de su existencia, precisamente cuando el fun­dador de la misma cumple sus ochenta y ocho años. El hijo mayor, don César, tiene una hija legítima y un hijo natural. Viudo, quiere reconocer al hijo, Víctor, e incorporarlo (cuando haga merecimientos para ello trabajando en los más humildes oficios de la fábrica que poseen su abuelo y su padre) a la razón social que tan brillante fortuna ostenta. La hija legítima quiere ser monja, y no sólo no se opone sino que patrocina con generosidad el reconocimiento legal de su hermano.

La llegada de Rosario de Trastamara a casa de Buendía trastorna un poco a don César, que está prendado de ella y quiere casarse a toda costa con Rosario. Esta joven duquesa, viuda también, arrui­nada, tiene una historia de nobleza y de dilapidación a sus espaldas, pero a la vez gentileza y buen ánimo para afrontar su presente nada halagüeño como invitada del anciano Buendía. La casualidad la pone frente a Víctor, al que empieza creyendo un obrero y al que luego reconoce como un antiguo compañero de diversiones en ciertos lugares del extranjero. El muchacho le re­vela su condición de hijo en vías de reco­nocimiento, y le declara su amor, sentido desde hace muchos años por ella. Rosario, aunque impresionada, no se manifiesta con­vencida. Un marqués amigo de ella y de los Buendía, viene a devolver a don César grandes cantidades que le adeudaba y que le mantuvieron durante años sometido a la tiranía del usurero; de paso, como le odia, quiere vengarse de las humillaciones su­fridas, y revela a Rosario que sabe, y tiene pruebas de ello, que Víctor no es hijo de don César, sino de otro amante, descono­cido para don César; las cartas que lo tes­tifican están en poder del marqués.

Rosario las rescata. En su ánimo batalla el temor de deshacer la fortuna de Víctor, arrojándole a la calle y sin el dinero de los Buendía, y el deseo de servir a la verdad y de hacer daño al aborrecido don César, que fue ca­lumniador de su madre y enemigo de su padre. Por fin, después de un diálogo con Víctor en el cual éste se manifiesta defensor de la verdad sobre todas las cosas, Rosario permite que el necio de don César coja, por su propia mano, las cartas que denuncian su engaño, del bolsillo de la de Trastamara, duquesa de San Quintín. Como era de es­perar, su reacción es echar a la calle a Víctor; sin embargo, no se enemista con Rosario, a la que sigue pidiendo que sea su esposa. El abuelo Buendía ofrece a Víctor un barco de los que posee, como compen­sación, y le exige que abandone España. Víctor rechaza lo que le ofrecen y exige, en cambio, que Rosario (que ya le ha declarado su amor y que ha descubierto ella misma el fraude que le hubiera permitido aparecer como hijo de don César, y ser su heredero, a costa de la verdad) le acompañe y sea su esposa. Ella accede, felicísima, y se van juntos de la opulenta casa mientras el desesperado don César dice: «Se van… es un mundo que muere». Y su padre, el octogenario don José, afirma: «No, hijos míos: es un mundo que nace». El autor, con una gloriosa ingenuidad, quizá intentó de­mostrar en su obra que era posible unir a un desheredado de la fortuna con una dama ilustre desdeñosa del dinero, poniendo como base la verdad y el amor para que tal unión se verificara.

C. Conde