El Lapidario, Alfonso X

Gran semejanza tiene esta obra de Alfonso X, el rey Sabio (1252- 1284), con las de Astronomía, ya que rela­ciona el hallazgo de las piedras y de sus virtudes con el signo astronómico bajo el cual se descubren. Varios eran los libros dedicados a las piedras, pero sólo se llega­ron a copiar cuatro de los once que anun­cia el índice del manuscrito alfonsino. To­dos ellos están traducidos del árabe, y en su traducción intervienen algunos de los sabios que ayudaron a Alfonso X en los libros astronómicos. Según consta en el tex­to, esta labor se comenzó cuando aún Al­fonso era infante, y únicamente volvió a trabajarse en este Lapidario en 1272, aca­bándose completamente en 1279. «Del octavo grado del signo de Gemini es la piedra del sueño. De natura es calient et húmida, et fallan la en la mar de Alcuzum, en la ri­bera de la isla a que llaman Alycuatagucho. Es vermeja de color et clara con muy grand resplandecimiento, et pasa la el viso. Fuert et dura es de quebrantar, asi que se non quebranta nin se pule, sin nom con grand trabajo, nin el fuego non ha poder del facer daño nin pro…» («La piedra del sueño»).

C. Conde

El Laocoonte, Gotthold Ephraim Lessing

[Der Laokoon]. Breve obra de Gotthold Ephraim Lessing (1729- 1781), la cual, como toda la obra crítica del autor, tiende a crear en alemania una nue­va conciencia estética y un arte nacional. Empieza con un exordio donde se habla del objeto de la obra, que se publicó en 1766 en casa del editor Chr. Fr. Voss con el subtítulo «Acerca de los límites entre la pintura y la poesía» («Über die Grenzen der Malerei und Poesie») y se editó en italiano en Prato en 1831; su objeto es determinar cuáles son las relaciones entre el arte figu­rativo y la poesía.

Lessing entra en la dispu­ta tomando el punto de vista de las páginas juveniles de Wincklemann, de las Consi­deraciones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura (v.), y concretamente de la exégesis del gru­po helenístico del Laocoonte, el cual ha­bía brindado, al gran arqueólogo, ocasión para plantear el problema de la pasión del arte. «El Laocoonte sufre, como el Filoctetes de Sófocles; su infelicidad nos llega al alma, pero quisiéramos saber soportar la infelicidad como este gran hombre» había escrito Winckelmann; y Lessing afirma también, tradicionalmente, que el asunto del arte figurativo griego es la belleza, y su ca­rácter predominante la «serena grandeza» que él reconoce al Laocoonte; pero en cam­bio repudia el paralelo entre Laocoonte y Filoctetes. La tragedia, dice, ofrece expre­siones salvajes de dolor, aunque tanto en el caso particular de Filoctetes como en ge­neral, la pasión expresada por la poesía está justificada porque todo cuanto es natu­ral tiene derecho a convertirse en arte. Al poeta le ha sido concedida además, afirma Lessing, una libertad que no tienen el es­cultor ni el pintor, ya que puede traducir lo momentáneo, y por lo tanto también lo feo, la acción y la emoción.

Así Lessing viene a determinar una escala de valores en el arte, en cuya cumbre está la poesía, y sintetiza su pensamiento en el aforismo: «La poesía supera a la pintura tanto como la vida supera al cuadro». A las artes plás­ticas, pues, corresponde la representación del cuerpo; a la poesía la expresión de las acciones, los sentimientos y las pasiones. Este concepto de una jerarquía entre las distintas artes está actualmente abandonado. Pero aun prescindiendo de la belleza del estilo — de una claridad, justeza y armo­nía que la prosa alemana no había alcan­zado jamás anteriormente — y de los agu­dos y penetrantes análisis que contiene de obras aisladas de poesía y plástica — y que constituyen una verdadera conquista críti­ca — el Laocoonte es una obra de impor­tancia histórica, porque fue el primer mani­fiesto de tendencias nuevas, según las cuales la poesía es pasión, acción, movimiento. Los prerrománticos y los románticos, Goe­the y toda su generación, consideraron a Lessing como a un precursor y un maestro. [Trad. directa del alemán por Nemesio Var­gas (Lima, 1895) y por Javier Merino (Ma­drid, 1934)].

F. Wittgens

Una obra como el Laocoonte es útil, cada treinta años, volverla a discutir, y acep­tarla o rechazarla. (A. Gide)

Laocoonte, Jacopo Sadoleto

[De Laocoontis statua quae in Vaticano spectatur]. Pequeño poema la­tino de Jacopo Sadoleto (1477-1547), com­puesto en 1506, cuando de las ruinas del Esquilmo salió a la luz el grupo de mármol del Laocoonte, anteriormente conocido solamente por la descripción de Plinio. El docto humanista en sus impecables hexá­metros retrata con emocionada veracidad la obra maestra, que presenta varios deta­lles distintos de la representación poética del episodio, hecho por Virgilio, en el se­gundo libro de la Eneida (v.). Una de las dos serpientes rodea con sus terribles ani­llos a Laocoonte y le muerde en un cos­tado, mientras que el anciano, intentando separar la cabeza, se retuerce con violento movimiento para rehuirla, hinchando por el esfuerzo, los músculos y las venas que parecen a punto de estallar. De los dos hi­jos, uno grita, con el pecho envuelto por la segunda serpiente, el otro, aún ileso, mira horrorizado a su padre sin tener fuerzas ni siquiera para gemir. Lleno de piedad y de terror, el poeta ensalza conmovido el genio de los artistas que supieron dar vida al mármol. El poema fue muy admirado por Lessing, que lo juzgó digno de un clásico.

E. C. Valla

Lao Shêng Ěrh, Anónimo

[lit.: Ya viejo engen­dra un hijo]. Es la comedia número 22 de la famosa colección china Yüan Jên Pai Chung Ch’ü, es decir Cien dramas de escri­tores de la dinastía Yüan (1280-1368), com­pilada en 1616. Fue traducida al inglés por J. F. Davis (1795-1890) con el título Lao- Seng Urh, or «An Heir in his oíd Age» (1817). La traducción francesa de A. Bruguiére de Sorsum (1773-1823), hecha sobre la inglesa, lleva el título Lao Seng Eul, Comédie Chinoise y fue representada en 1819. Es la segunda comedia china tradu­cida a una lengua europea, después del Chao Shih Ku Êrh (v.), dada a conocer por Voltaire con su Orphelin de la Chine. Es de autor anónimo y de escaso valor literario desde el punto de vista chino. Su impor­tancia consiste en haber contribuido a dar a conocer en Europa el teatro de aquel país. Un viejo, Liu Yün-wai, tiene dos mujeres; de una de ellas ha tenido una hija, casada con Chang, de la otra, está esperando un heredero.

La hija y el yerno, por miedo a que el heredero sea varón, hacen desaparecer la mujer, acusándola de haber huido con un amante, y mantienen alejado al único pariente varón del viejo, llamado In Sun. En el segundo acto, la es­cena se desarrolla ante el templo: Chang recibe de su suegro el encargo de distri­buir las limosnas; en lugar de hacerlo, se queda con todo el dinero y niega el óbolo incluso a su primo In Sun. El viejo Liu hace llegar al sobrino dos monedas de oro que usa para hacer ofertas y libaciones a los manes de la familia, que Chang y su mujer han descuidado. Para volver a con­graciarse con el viejo hacen volver a la esposa de Liu, Hsiao Mai, que mantenían oculta con el hijo. El viejo Liu puede, pues, morir en paz: su recuerdo será siempre ve­nerado. En esa comedia, como en todas las producciones teatrales chinas, se intercalan diversos estribillos.

M. Muccioli

Las Lanzas Coloradas, Arturo Uslar Pietri

Novela del escritor venezolano Arturo Uslar Pietri (1906) que es una de las personalidades más vigorosas y capaces dentro de la generación de jóvenes cuentistas y novelistas que sur­gió en Venezuela después de 1918. A su gran sensibilidad, une una vastísima cultura que ha sabido utilizar en sus numerosos cuentos, en sus ensayos de diversa índole, y sobre todo en la obra que hasta la fecha le ha dado una mayor consagración: su gran novela Las lanzas Coloradas. Aparecida en 1931, esta obra constituyó desde el pri­mer instante una verdadera revelación en el campo de la novelística venezolana. El autor, con un estilo de brillante y novedosa concisión, y al mismo tiempo con un domi­nio absoluto del relato, ofrecía en su libro un animado y subyugante cuadro, surgido de las hogueras mismas de la terrible gue­rra de Independencia. Y sin duda alguna, que la ejecución de dicho relato, la viveza de sus diálogos y la penetración psicológica del autor para describir sus típicos perso­najes, contribuyó al rápido y notable éxito de la novela.

A. Lameda