Lara, George Gordon Byron

Poema en dísticos heroicos de George Gordon Byron (1788-1824), publicado en 1814. Lara (v.), es decir Conrado, el jefe de los piratas (v. El Corsario, del cual ad­vierte el prefacio es una continuación), al volver a sus dominios en España, acompaña­do por su paje Kaled, que és Gulnare bajo nombre supuesto, vive retirado y rodeado de misterio. Es reconocido y se empeña en una lucha en que es herido; muere finalmente en brazos de Kaled. Es notabilísima la figu­ra del protagonista, cuyo perfil, que ocupa tres famosas estancias (canto I, 17-19), quiere ser un sombrío retrato del mismo poeta, tal como él se imaginaba. La muerte de Lara inspiró una pintura de Eugène Delacroix (1798-1863), y Domenico Morelli (1826-1901) pintó El Conde de Lara.

M. Praz

Largo, Georg Friedrich Händel

Es conocida con este nombre, generalmente en su versión para violín y piano, o para violín, órgano y or­questa, el aria «Ombra mai fu» de la ópera Jerjes (v.) que el compositor Georg Friedrich Händel (1685-1759) escribió en 1737-38. Su forma original conserva una pureza de dibujo y una intensidad expresiva lírica a menudo sacrificadas y falseadas en muchas de las sucesivas transcripciones que han contribuido a hacer del Largo una de las melodías instrumentales de Händel más cé­lebres y más a menudo ejecutadas.

L. Bocchi

Laques o sobre la Valentía, Platón

Diálogo de (428- 27-347 a. de C.) que se propone definir la valentía. Lisímaco y Melesias quieren dar una buena educación a sus hijos, y con este objeto solicitan el consejo de Nicias y La­ques, ilustres generales atenienses, a quienes se une Sócrates, muy apreciado por Laques, que ha admirado su valor en la guerra.

El ambiente del diálogo es probablemente una palestra, dado que la disciplina sobre la cual los padres piden consejo es la es­grima. Para Nicias la esgrima es una fun­ción importante en la educación, en cuanto sirve para templar las almas; Laques, en cambio, opina lo contrario. Lisímaco enton­ces se dirige a Sócrates, el cual, según su costumbre, quiere precisar el tema de la discusión. El objeto de la disciplina exa­minada es la educación: ahora bien, Sócra­tes no puede decir que conoce el arte de educar, pero Nicias y Laques, que han dado su parecer con tanto aplomo, deben cono­cerlo y deben también explicar claramente sus puntos de vista. Nicias y Laques acep­tan de buen grado la proposición de Sócra­tes, dispuestos a una amistosa discusión.

El fin de la educación es la virtud, que hay que definir ante todo, para buscar después cuáles son los medios adecuados para lo­grarlo. Pero el campo de la virtud es de­masiado vasto; limitémonos, dice Sócrates, a definir la valentía, que parece estar más directamente en relación con el manejo de las armas. Laques define la valentía dicien­do que es no abandonar el campo de ba­talla. Pero hay casos, objeta Sócrates, en que se combate huyendo y se decide así la victoria. Además, la definición no es com­pleta y a lo sumo se reduce al aspecto mi­litar de la valentía. Laques intenta entonces identificar la valentía con la firmeza de ánimo , pero si la primera de­finición era demasiado restringida, ésta es demasiado amplia: el valor es indudable­mente algo bello — dice Sócrates — y en cambio hay ejemplos no bellos de firmeza. Para precisar, propone considerar que la firmeza, para ser llamada valentía, debe ir unida a la prudencia. Pero esto llevaría a considerar más valeroso al que, «como un prudente calculador», resiste porque sabe que otro vendrá en su auxilio, y que otras notables ventajas están de su parte, que al que está dispuesto a resistir hasta el fin sin saber todas estas cosas.

Laques reconoce que no sabe expresarse con claridad y le sustituye Nicias, el cual, recordando que Sócrates suele referir la virtud al saber, define la valentía como la ciencia de las cosas temibles; pero con un agudo razona­miento Sócrates demuestra que esta defini­ción demasiado vaga — aunque no despro­vista de un fondo de justeza — convertiría la valentía simplemente en la ciencia del bien y del mal: de modo que en lugar de definir la valentía se ha llegado a una defi­nición de la virtud en general, ya que pre­cisamente ésta surge del conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal. Tam­bién Nicias ha sido derrotado y la discu­sión termina aquí. Este diálogo, indudablemente juvenil, es notable, no sólo por la movida pintura de los caracteres, sino por­que enlaza con el Protágoras (v.), pertene­ciente a aquel ciclo de diálogos breves que le acompañan y que tiende a demostrar la imposibilidad de definir la virtud.

G. Alliney

La que no se Debe Amar, Guido da Verona

[Colei che non si deve amare]. Novela de Guido da Verona (Guido Verona, 1881-1939), publi­cada en 1910. El protagonista, Arrigo del Ferrante, hijo de modestísimos artesanos, apuesto muchacho sin escrúpulos, no tiene otra ilusión que alcanzar una vida de lujos y de placeres. Gracias al juego y al amor de famosas mujeres alcanza sus deseos, y sus retornos periódicos a la casa paterna, en la trastienda de la relojería donde se desarrolla la vida de sus padres y de sus hermanos, lleva hasta ellos el reflejo de un mundo extraordinario que excita y tur­ba los ánimos. Eugenia, la hija de un vecino, se deja seducir por Arrigo, y Loretta, la hermana que él dejó niña y ha encon­trado hecha una mujer, experimenta tan profundamente la fascinación que ejerce su hermano que acaba enamorándose de él. Poco a poco Arrigo va sintiéndose arras­trado por esta turbia pasión; al principio intenta librarse de ella huyendo, pero ven­cido y obsesionado, vuelve, y después de un dramático coloquio con Loretta, que en­tretanto se ha casado con Rafael Giuliani, se suicida.

El libro, a pesar de algunas ampulosidades estilísticas y amplias conce­siones al gusto «liberty», tiene páginas de fuerza dramática, puntos que revelan al escritor de talento, y puede ser considerada como una de las mejores novelas de Guido da Verona.

Q. Veneri

Lao Ts’an Yu Chi, Lao Ts’an Liu Hou

[El viaje de Lao Ts’an]. Novela china de Lao Ts’an Liu Hou o Liu T’ieh-yün (1850-1910), publicada en 1906. Está formada por una serie de episo­dios recogidos por el autor con la finalidad de revelar la debilidad de la dinastía manchú Ch’ing en el período en que, después de la «guerra del opio» (1840), China empe­zaba a perder su prestigio.

En el capítulo introductor, una nave azotada en alta mar por el viento, está a punto de naufragar: esta nave representa a China. La nave cons­ta de seis velas que representan sus seis ministerios; los encargados de las velas se ocupan de otros menesteres y no se preo­cupan de la embarcación: lo mismo que los ministros que se preocupan de su ofi­cina en vez de preocuparse de la nación. Los marineros se aprovechan del peligro para robar a los viajeros: representación de los funcionarios del gobierno que solamente piensan en enriquecerse a expensas del pue­blo. En el resto de la novela se narran las gestas de dos altos funcionarios, fácilmente identificables incluso bajo su pseudónimo: el cruel Yu Hsien, que hace morir injusta­mente a toda la familia Yu, acusada, de robo, y un colega suyo que juzga la causa de la familia Wei según sus prejuicios per­sonales, sin atender a la realidad de los hechos.

Alrededor de estos episodios se agrupan otros, algunos reales, observados por el autor durante sus viajes a la China septentrional, y que preparan el terreno a la consideración de problemas actuales, como el de las inundaciones del río Ama­rillo. El valor literario del Lao Ts’an Yu Chi reside especialmente en su arte descriptivo, que representa las cosas con viva y aguda simplicidad. Son famosas en la literatura china la descripción del lago Ta-min en la ciudad de Tsi-nan, la del hielo sobre el río Amarillo y la de la voz de la cantante Wang Dsiu-yü.

S. Lokwang