Lanzarote o El caballero de la carreta, Chrétien de Troyes

Varias obras de la literatu­ra medieval llevan este título. La primera fue Lanzarote o El caballero de la carreta [Lancelot ou le chevalier de la charrette], poema francés de Chrétien de Troyes (si­glo XII), compuesto de unos 7.000 octosíla­bos en rima pareada.

Durante la fiesta de la Ascensión se presenta en la corte del rey Artús (v.) un caballero extranjero, Méléagant, a lanzar un extraño reto: un duelo que tendrá’ por apuesta, por su lado, un gran número de damas y caballeros de la corte de Artús que Méléagant tiene prisio­neros, y por parte del adversario, la reina Ginebra (v.). Pero Keu, el senescal que ha aceptado la empresa, es vencido y la reina queda prisionera. Se disponen a liberarla Galvan (v.) y otros caballeros, entre los cuales se encuentra un desconocido, que para llevar a feliz término la empresa se expone al ridículo de subir a una carreta (la carreta servía entonces para exponer a los delincuentes a la vergüenza pública). Después de muchas y maravillosas aventu­ras en que da pruebas de su valor, de su sumisión y de su lealtad, el desconocido, que no es otro que Lanzarote (v.), impul­sado siempre por su amor a Ginebra, logra libertarla del poder de Méléagant. Pero ahora la reina lo desprecia y no quiere verlo, porque vaciló un instante antes de subir a la carreta: el amor de un caballero por su dama debe ser devoción completa, sumisión absoluta.

Lanzarote, desolado, in­tenta suicidarse, pero Ginebra, que sufre por ello casi hasta la muerte, no le oculta más su amor. Para llegar a la estancia de la reina, Lanzarote se hiere al romper los barrotes de la ventana, y deja manchas de sangre en el lecho real. En la misma ha­bitación yace Keu, cubierto de heridas san­grientas, por lo cual Méléagant, que entra en la estancia por la mañana, acusa al senescal de adulterio con la reina. Méléagant es desafiado por Lanzarote, que acude a de­fender el honor de Ginebra, de vuelta a la corte de su esposo. Lanzarote interviene en un gran torneo, vence para obedecer a la voluntad de la reina y luego vuelve, según prometió, a la prisión donde le retiene des­lealmente Méléagant. Aquí se interrumpe la obra de Chrétien de Troyes, que fue termi­nada luego por Godofredo de Lagny; Lan­zarote es libertado, vuelve a la corte y mata, en duelo, a Méléagant. Los amores de Lan­zarote y Ginebra imitan los amores de Tristán e Isolda (v.), especialmente en algunos episodios.

Toda la novela está informada por la doctrina del amor cortés, que enno­blece al hombre y lo hace capaz de las más gloriosas hazañas, haciendo de él un héroe, un vasallo de la dama, la cual le impone todos los deberes pero le permite, si sabe merecerlas, todas las esperanzas. Este amor no reconoce el matrimonio, antes al con­trario, viola sin escrúpulos sus leyes.

C. Cremonesi

Lanzelet, Ulrich von Zazikhofen

Poema épico en medio alto alemán de Ulrich Zazikhofen, compuesto hacia 1200,es la primera manifestación de esta leyenda en alemania. Las fuentes parecen haber sido por una parte el poema de Chrétien de Troyes y por otra un volu­men en lengua francesa, ahora perdido, que perteneció a Huc de Morville, un rehén de Ricardo Corazón de León que estuvo en Ale­mania. Quizás por esta razón dos ciclos di­versos de leyendas, el fabuloso de origen irlandés y el bretón de la corte de, Artús, se desarrollan en las dos partes de esta obra, de un modo perfectamente distinto y sepa­rado.

En la primera parte, en efecto, asis­timos a la juventud de Lanzarote, hijo del rey Pant y de la reina Clavina, que después de muertos sus padres es criado por una hada marina (de donde el sobrenombre de «del Lago»), sin que él sepa nada de su fa­milia. El hada le promete revelarle el nombre de sus padres el día que dé muerte a «Isveret de la bella selva», acérrimo ene­migo suyo. Ya adulto, Lanzarote entra final­mente en el mundo y corre una serie de aventuras. Mata en duelo al héroe Galagandreis, con cuya hija se casa. Continúa su viaje sin su mujer y mata a un sinfín de valerosos caballeros cuyas próximas parien­tes se enamoran siempre de él. Por fin llega a la corte del rey Artús, y allí da muerte a Isverét, el enemigo del hada. La hija de Isveret se enamora de él, y ambos se casan luego que Lanzarote sabe su verdadero nom­bre. Así llegamos a la segunda parte, la cual nos transporta de lleno al ciclo artusiano.

El rey Valerin quiere raptar la es­posa de Artús, Ginover (Ginebra). Lanzarote liberta a la reina, pero a su vez se enamora de ella y llega a ser su amante. Alrededor de esta historia de amor entre Lanzarote y Ginebra se enlazan otras nume­rosas aventuras del caballero «feliz entre las mujeres» («wipselige»). Lanzarote li­berta a una doncella de un dragón; Lanza- rote logra el amor de la reina Pluris, la cual quisiera retenerlo junto a ella, pero él huye de sus brazos mientras la fiel Iblis, su verdadera esposa, se pone una capa que revela su virtud, ya que sólo puede ponérsela aquella mujer que nunca naya sido infiel a su esposo. El valor esté­tico del poema es mediocre; el autor, ecle­siástico de Turgovia, refiere lo que encuen­tra en las fuentes de que dispone. Pero tiene interés para la historia de la literatura caba­lleresca. En 1845 se publicó una edición crítica de esta obra a cargo de K. A. Hahn.

G. Gurrdolf

La Lámpara Pulimentada, O. Henry

[The trimmed lamp]. Colección de cuentos pu­blicada en 1902 por el escritor americano O. Henry (William Sidney Porter, 1867-1910). El volumen contiene algunos de los relatos más característicos de este genial humoris­ta, que pasa por ser el creador de la llamada «short story».

En la Lámpara pulimentada, dos muchachas campesinas llegan a Nueva York y desde sus primeros pasos en la vida ciudadana revelan la diversidad de sus ten­dencias y temperamentos. Lou, bonachona y poco exigente, trabaja en un taller de planchado, donde gana lo suficiente para poderse comprar todas las chucherías con que le gusta adornarse, y está encantada con sus amores con Dan, un apuesto mu­chacho de modesta condición, honrado y simpatiquísimo. Nancy, en cambio, está em­pleada en una guantería, donde gana muy poco pero, en cambio, ve desfilar a la mejor sociedad; está contenta con aquel empleo mal pagado, pues le permite estar en con­tacto con el mundo elegante. Poco a poco adquiere tal experiencia en los matices de refinamiento que rechaza a un millonario que se ha enamorado de ella porque lo en­cuentra demasiado vulgar. Un día, la que encuentra a este mismo millonario es precisa­mente.

Lou Nancy se entera por Dan, que acude, desconsolado, en busca de ella. Tres meses más tarde, una noche, Lou encuentra a Nancy feliz porque dentro de poco se va a casar con Dan. Un policía que pasa se queda asombrado al ver la extraña escena de una mujer lujosamente vestida que solloza en los brazos de una modesta obrera. En «La última hoja» («The last leaf») nos hallamos en un estudio, donde una joven pintora, Sue, cuida a una compañera enfer­ma, Johnsy; el caso es desesperado, sobre todo porque Johnsy no tiene nada que la haga sentir apego a la vida. La enferma, desconsolada, se pasa el día contando las hojas de una enredadera que trepa por el cristal de una ventana vecina: «Sólo que­dan cuatro hojas; cuando caiga la última moriré». Detrás de aquella ventana vive un anciano pintor que está en la miseria, Behrman, a quien Sue confía su preocupación. Pasan las horas y en la enredadera queda una sola hoja. Johnsy la contempla febrilmente; la hoja, a pesar de la lluvia y del viento, no cae. Poco a poco la enferma va recobrando la esperanza; aquella hoja, con su inverosímil persistencia, le parece un signo divino. Y se halla ya convaleciente cuando Sue viene a darle la noticia de que el viejo Behrman ha muerto de una pulmonía; le habían encontrado desvanecido, empapado por la lluvia, y con la paleta en la mano: había estado pintando en el cristal de su ventana la última hoja que había conservado la vida a Johnsy.

Los cuentos de O. Henry giran casi todos alrededor de la brusca sorpresa final; pero su arte consiste sobre todo en una introspección delica­dísima y comprensiva que hace de estos relatos una obra de gran poesía.

E. C. Croce

La influencia de los relatos de O. Henry sobre la literatura americana ha sido abo­minable; ha introducido una vivacidad ba­rata y la sustitución de la emoción por la ingeniosidad. (L. Lewisohn)

La Lanterne, Rochefort-Lugay

Bajo este título, Henri de Rochefort-Lugay (1830-1913), despedido del «Fígaro» por sus artículos hostiles al gobierno napoleónico, publicó, en París, el día 1 de junio de 1868, el primer número de una violenta revista satiricopolítica (lue­go reeditada en un volumen, en 1886) que, a pesar de las diversas persecuciones de la policía, salió semanalmente durante tres meses y consiguió una tirada de 130.000 ejemplares.

El contenido de la revista res­ponde a la voluntaria ambigüedad del título, subrayada por la viñeta que le acompaña, donde, junto a la linterna — el farol — no falta la cuerda. El autor saca partido de los más minúsculos incidentes de la pequeña crónica para subrayar con la cáustica ironía de sus alusiones las grandes y pequeñas fal­tas del gobierno y de la familia imperial. Protestando contra la arbitraria y cómoda distinción entre vida pública y privada, Rochefort arremete con todo el pasado de la reina Hortensia y la corrompida hipocresía de la corte, la política guerrera del Imperio y su responsabilidad en la empresa de Mé­xico, la incoherencia de Napoleón III y la supina aquiescencia de la Cámara, el desas­tre financiero y el agobio de los impuestos, la corrupción de los magistrados y los ca­prichos de la policía, los ridículos temores de la censura y el abuso de las condecora­ciones y títulos nobiliarios, la retórica im­perante y la falta de inteligencia con que «los grandes hombres» dan pábulo a las burlas de la oposición. La forma es variada: se pasa de la polémica punzante al chiste; de la burla disimulada entre las líneas bufas de un anuncio publicitario a la reflexión se­ria; de la parodia literaria a las citas de pasajes entresacados de los escritos de Na­poleón III o de sus partidarios, cuyas inco­herencias y contradicciones se ponen de relieve.

Un artículo sobre la batalla de Farsalos dio a la policía la ocasión de acu­sar a Rochefort de instigador al asesinato del soberano, y La Lanteme, ya varias veces confiscada, tuvo que emigrar junto con su autor, agobiado de multas y conde­nas. Pero en Bruselas emprendió de nuevo, con mayor violencia, la publicación de su revista que, reducida a un formato mínimo, consiguió hacer entrar profusamente en Francia gracias a los ingeniosos medios inventados por su inagotable imaginación. La Lanteme, apagada con el cambio de la situación política, revivió una vez más cuando Rochefort, al volver de su deporta­ción en Nueva Caledonia, reanudó su pu­blicación desde Ginebra, después de una tentativa en Inglaterra, haciéndose eco, es­pecialmente, del descontento contra MacMahon.

F. C. Valla

Lámpara de los Príncipes, Abū Bakr al-Turtūšī

[Sirāŷ al-muluk]. Libro de política del escritor arabigoespañol Abū Bakr al-Turtūšī. (1059- 1126?), quien lo escribió en Egipto, donde se había establecido tras haber deambulado por diversas ciudades de Oriente, después de haber emigrado de España (1083). Se trata de una guía para el príncipe — y, en buena parte, para el ciudadano en general — en el desempeño de su misión, en la que estudia las relaciones del príncipe, por una parte con Dios y, por otra, con sus súbditos. En todo el libro campea un profundo sen­tido religioso —- al- Turtūšī escribió otros trabajos sobre materias religiosas o mora­les—, sentido que informa su pensamiento político, ya que para él la religión consti­tuye la base del Estado. La obra consta de un prólogo y 64 capítulos, muy distintos entre sí, aunque cada uno de ellos está de­dicado a una materia determinada, como, por ejemplo, la mansedumbre o la genero­sidad; estudio de los riesgos que ofrece la amistad con el soberano, o bien normas que deben seguirse con los infieles sometidos, etcétera. Al- Turtūšī no se limita a exponer ideas propias, sino que recopila las de otros escritores; su narración está continuamente esmaltada de agudas observaciones, de re­latos de tipo muy variado, e incluso de anécdotas curiosas y amenas, o, por ejem­plo, de alusiones al arte culinario, todo lo cual hace que el contenido más que propiamente político pertenezca al de ese tipo de obras que los árabes clasifican como adab («humanidades»). [Traducción españo­la de Maximiliano Alarcón (Madrid, 1930- 1931, dos volúmenes)].

E. Romano