Las de Barranco, Gregorio de Laferrére

Obra dramática de Gregorio de Laferrére (1867-1913), come­diógrafo y político argentino. Esta obra de 1908, dividida en cuatro actos, presenta a la familia del que fue capitán Barranco: doña María su viuda, que goza de muy escasa pensión, y sus hijas, llamadas Carmen, Pepa y Manuela. En la modesta casa que ocupan, queda apenas, como recuerdo de mejores épocas, el cuadro donde se exhiben las me­dallas militares obtenidas por el jefe de la familia.

Doña María subalquila dos habi­taciones porque necesita acrecer algo sus exiguos recursos. Mujer acostumbrada a mandar y muy astuta, se ingenia para sacar partido de sus hijas, aunque bien sabe que sólo Carmen puede facilitarle la consecu­ción de sus propósitos, pues es bonita y de limpia conducta. Imposible contar con Pepa, que es de muy agrio temperamento, ni con Manuela, que es de muy poca cabeza. Por lo menos le hace falta la complicidad de Carmen a fin de estimular la ajena ayuda, que habitualmente se manifiesta en forma de postergaciones de pago, recomendacio­nes, favores y frecuentes obsequios. Estos últimos provienen a menudo de dos ena­morados de Carmen: Rocamora, un comer­ciante muy satisfecho de sí y de su dinero, y Barroso, un dentista del barrio, hombre­cito insípido, verdadera encarnación del tipo que en Buenos Aires suele calificarse de «tilingo». Doña María exige a Carmen que sea más amable con estos y otros ronda­dores, que aprenda a sonreír o reír ante ellos, que demuestre complacencia cuando llegan con sus regalos. Pero al ofrecerse la oportunidad, Carmen deja hablar a la ma­dre y elude ella en seguida tan desagra­dable situación.

Desde hace tiempo vive en la casa un provinciano, Morales, estu­diante crónico de medicina. Conoce de cerca los manejos y artimañas de Doña María y los muchos defectos de Pepa y Manue­la. También Morales está enamorado de Carmen, mas sin esperanza alguna porque la muchacha no quiere mantener con él sino una amistad de buenos vecinos. Entre­tanto, al finalizar el primer acto, un perio­dista, Linares, ha alquilado la otra habita­ción, antes desocupada. Al. nuevo inquilino pídele doña María que le logre el aumento de su pensión. Y sin ella advertirlo al prin­cipio, una corriente de mutua simpatía se establece entre Carmen y Linares. Días des­pués, cuando éste se muestra sorprendido de cuanto ocurre en la casa, Morales le explica cómo es por dentro cada miembro de la familia. En posesión de estos datos, Linares trata de fortalecer el ánimo de Carmen para que desoiga o rechace las im­posiciones maternas. Y pasada una breve escena de provocados y recíprocos celos que está a punto de entibiar sus relaciones, ya tácitamente anudadas, renace la calma. In­cidentales episodios sirven al autor para poner de relieve el histerismo de Pepa, que se desahoga en lágrimas cuando Roca- mora finge cortejarla, y la insustancialidad y sosería de Manuela, pendiente de supuestos festejantes ocasionales. Doña María, que ha logrado el aumento de su pensión gra­cias a Linares, pronto recela de él y de Carmen.

Por esto exige a Linares que se vaya de la casa y por esto encarga a Ma­nuela que vigile constantemente a su her­mana. Pero Carmen le anuncia — comien­zos del cuarto acto — su decidido casamiento con Linares, imprevista noticia que desata la ira y el egoísmo maternos. A poco, una rápida escena con Morales, quien le comunica que deja de ser su inquilino, la obliga a oír, repentinamente, lo inesperado: de qué modo ha perdido ella para siempre su autoridad de madre. «Ahora usted manda, pero no convence. Inspira usted temor, pero no respeto». De esto tiene inmediata con­firmación cuando Carmen, sin conseguir ablandarla, vuelve a su tema y le confiesa el hondo amor que siente por Linares, y cuando, instantes después, descubre que Rocamora besa a Pepa porque ésta lo ha incitado a hacerlo. Doña María expulsa a Rocamora. Pepa sufre entonces un ataque de histerismo y luego increpa e insulta a su madre. Aparece Manuela y avisa que no encuentra en la casa ni a Carmen ni a Linares. Doña María, en el colmo de su estupor y con creciente angustia, sale a buscar a la ausente. Su grito de ¡Carmen!, en creciente tono de aflictiva desesperación, suena repetidas veces y va amortiguándo­se…

Desciende lentamente el telón, mien­tras cae con estrépito el cuadro de las medallas, símbolo de la ya desvanecida dig­nidad hogareña. Se trata de una comedia realista, de fondo dramático: el carácter de doña María, el de Manuela y, aún, el de Carmen han sido trazados con firmeza. Los demás están bien observados y su defor­mación caricaturesca da colorido costum­brista a los actos iniciales. Laferrére estre­nó, de 1904 a 1911, otras cinco comedias: entre ellas deben recordarse Locos de ve­rano y Bajo la garra. Señalan todas — junto con las de autores como Payró y Sánchez —la declinación de la dramaturgia gau­chesca y la progresiva urbanización del tea­tro argentino. En Laferrére se advierte la influencia de sus contemporáneos españoles, los Álvarez Quintero y Benavente en par­ticular. Pero, muy argentino en la pintura del medio social, sus comedias son las que mejor reflejan algunos aspectos de la vida bonaerense durante la primera década de nuestro siglo.

J. M.a Monner Sans

Lástima que sea una Ramera, John Ford

[’Tis pity she’s a Whore]. Tragedia en cin­co actos, en verso y prosa del inglés John Ford (1586-1639), escrita entre 1625 y 1628 y publicada en 1633.

La trama gira alrededor del amor incestuoso de Juan por su hermana Annabella, la cual, sintiéndose encinta, decide casarse con uno de sus muchos cortejadores. El elegido es Soranzo, que muy pronto se da cuenta de que Annabella le traiciona. A toda costa quiere saber el nombre del amante, y amenaza de muerte a su mujer si no se lo revela; pero Annabella no traiciona su grave secreto. Un criado de Soranzo, Varques, hom­bre malvado y sin escrúpulos, aconseja a su señor fingir el perdón; en tanto, él hará averiguaciones para descubrir quién es el amante de Annabella. El secreto se des­cubre: el amante es Juan, su hermano. Los dos hombres piensan en la venganza; So­ranzo da una gran fiesta a la que vendrán el padre de Annabella, los más ilustres señores de la ciudad y el propio Juan. Éste, puesto sobre aviso, decide aceptar la invitación. Antes de que comience la fiesta tiene un coloquio íntimo con su hermana; para sustraerla a la ira y a la venganza de Soranzo, él le da muerte con su propia mano.

Entra luego en el salón donde se celebra la fiesta y confiesa cínicamente y en voz alta lo que ha hecho. Soranzo está a su lado; ambos se baten, y Juan mata a su rival. Pero el infame Varques venga a su señor, traspasando a Juan. En esta tragedia, considerada como la obra maes­tra de Ford, se ponen al vivo aquellos con­flictos de pasiones que el poeta consideraba, a la vez, en su hosco e incontrolado esta­llido y luego en su retinarse y exasperarse en el rico clima de la civilización renacen­tista. Los valores éticos pierden todo su peso frente a la desesperada imposición de elementos trágicos sutilmente estetizados. De aquí el favor que Ford gozó en la se­gunda mitad del siglo XIX por parte de los parnasianos y de los decadentes; no hay que olvidar que Maeterlinck dio forma mo­derna a esta tragedia con el título de An­nabella.

E. Allodoli

Lascas, Salvador Díaz Mirón

Colección de poesías del autor mexicano Salvador Díaz Mirón (1852-1928), publicada en 1901. Díaz Mirón empieza modelando su ritmo sobre la poesía román­tica de la tradición hispanoamericana, en la que la elocuencia victorhugoniana se ex­tenúa en actitudes rebeldes y desesperadas con un fondo real de autenticidad. Sin embargo, el destacado sentido de la forma en contacto con nuevas experiencias poé­ticas europeas, debía llevarle a superar el ímpetu de su temperamento, liberando su poesía en los aspectos prevalentemente plásticos y musicales. En efecto, en Díaz Mirón se anuncian muchos de los elemen­tos de aquel esteticismo complejo, mór­bido y atormentado, que bajo el nombre de «Modernismo» debía renovar, a través de Rubén Darío, toda la poesía de lengua es­pañola.

El romanticismo del fondo y el parnasianismo de la forma se aúnan en lán­guidas musicalidades que resultan aún más sugestivas por la adopción de metros volun­tariamente disonantes. De tal modo el anhe­lo libertario y luciferiano , que abren un surco profundo en las peripecias terrenas del poeta y que motiva la más famosa de sus poesías, «A un profeta», auténtico credo ético estético, hace sentir también su vibra­ción en las composiciones que sólo querrían constituir una serena notación poética. La colección contiene también composiciones amorosas en las que vibra una nota insó­litamente viril, como en «A Gloria»; ¡Con­fórmate, mujer! Hemos venido / a este valle de lágrimas que abate,/tú, como la paloma para el nido,/y yo, como el león, para el combate».

A. R. Ferrarin

La Salle y el Descubrimiento del Gran Occidente, Francis Parkman

[La Salle and the Discovery of the Great West]. Obra del escritor americano Francis Parkman (1823- 1893) que forma parte de la historia Fran­cia e Inglaterra en América del Norte (v.) publicada entre 1865 y 1892, en siete par­tes, con varios títulos. Además del inte­rés estrictamente histórico Parkman siente la atracción de lo poesía de los grandes bosques, de los enormes espacios, y de las tragedias, luchas y aventuras que en ellos se desarrollaron. En su descripción, aparece como narrador de gran calidad, siendo lla­mado el Cooper de la historia.

A. Camerino

Largo, Francesco M. Veracini

Este fragmento del violinista y compositor florentino Francesco M. Veracini (1685-1750), divulgado como pieza independiente en la edición preparada por Mario Corti, forma parte en realidad de las XII Sonatas académicas (op. 2), existen­tes en la Biblioteca del Conservatorio de Flo­rencia. Si bien por lo general no es de aprobar la costumbre de aislar pasajes o tiempos musicales que forman parte en su origen de un conjunto más amplio, y par­ticularmente tratándose de un tiempo de Sonata, con todo, esta página puede ser también gustada sola, por el hálito de ins­piración de que está animada, por el calor de sentimiento que no se opone en nada al carácter clásico (es más, según la inten­ción del autor, «académico») de la compo­sición.

La línea melódica se desarrolla de arriba abajo de un solo tirón; la entona­ción es proporcionada por la armonía do­minante; en un tono menor meditativo y apasionado a un mismo tiempo, con sabias modulaciones que aquí y allá la iluminan. La forma es sencilla y no sujeta a parti­ciones esquemáticas: la misma curva meló­dica determina aquí el valor formal y al mismo tiempo expresivo de la composición. Este Largo es una hermosa y típica mani­festación del florecimiento violinístico ita­liano de su tiempo, en el cual hay mucho de académico y formalista. Semejantes efusiones líricas (aparte la obra de un Corelli o un Vivaldi), no son muy frecuentes, pero halla en ellas precisamente su mejor ex­presión, y por ello se saborea especialmente por entre los pocos ejemplos del género di­vulgados hasta ahora, en espera de un mejor conocimiento de aquel florecimiento en su conjunto.

F. Fano