Leyendas de Otros Tiempos, Ivama Brlic-Mažuranič

[Price iz davnine]. Colección de narraciones pu­blicadas en Zagreb en 1916 y acto seguido traducidas a varias lenguas, y que dio una súbita celebridad europea y la fama de «Andersen croata» a Ivama Brlic-Mažuranič (1874-1938), escritora croata de la familia Mažuranič, célebre por sus hombres políticos y escritores. En las ocho leyendas que constituyen la redacción definitiva del libro, los temas de la mitología eslava pro­porcionan principalmente nombres de hé­roes fabulosos o pasajes remotos y pinto­rescos (Potjeh, Palunko el pensador, Jagor, Jaglenać y su hermana Rutvica, el bosque de Stribor); en cambio, es una vena lírica lo que ordena los acontecimientos y los prodigios en un clima de fantasía, al mismo tiempo lírica y ágil, en que los personajes se mueven en un plano de humanidad viva y agitada por pasiones cotidianas. Esta tra­ducción lírica y espontánea de lo fabuloso, de lo humano y de lo mítico en lo contem­poráneo, guía a una moralidad más o menos expresa, por lo que el valor educativo de estas leyendas no es menor que su be­lleza.

L. Salvini

Leyendas del Tiempo, Rudolf G. Binding

[Legenden der Zeit]. Narraciones legendarias del escritor alemán Rudolf G. Binding (1867-1938), pu­blicadas en 1909.

Su tema pretende ser reli­gioso, pero totalmente vinculado al mundo moderno: de ahí su título; sin embargo, el autor creyó poder tratar la leyenda sin aquella íntima religiosidad que le es pro­pia. Esto se nota tanto en «Coelestina», la historia de un angelito «caído del cielo» que finalmente se adapta y por medio del amor se aficiona a la vida humana, como en el «Sustituto de San Jorge» [«Sankt Georgs Stellvertreter»], en la que el cielo es consi­derado con demasiada ironía para que pue­da adquirir consistencia de representación. Se trata de que San Jorge quiere tener un año de permiso, pero no consigue encontrar sustituto, un caballero sin mancha ni temor, entre todos los «pobres pecadores» que se encuentran en el cielo. Por esto obtiene del Altísimo el permiso de hacer venir al cielo, por medio de la muerte, al único caballero que aún existe en el mundo: na­turalmente, es un alemán, un oficial de ca­ballería (Binding también lo era), quien, después de haber combatido en África, está gozando de la vida en compañía de dos buenos amigos y una mujer, a orillas del Rin. Cuando llega la muerte, el párroco y el obispo quieren convertir en un «pobre pecador» a este «caballero sin temor», pero Dios en persona interviene y lo impide.

El evidente desequilibrio entre la ironía del tema y la materia religiosa y humana de­semboca muy a menudo más en juego de ingenio que en verdadera poesía. Con El latiguillo (v.), el equilibrio vuelve a resta­blecerse, y en la «Leyenda de la Castidad» la ironía desaparece, mientras se hace sen­tir ya aquella rigidez que será caracterís­tica del último Binding. Aquí una mucha­cha paseando en camisón durante una ma­ñana de verano en su jardín florido, en­cuentra al Niño Jesús, desnudo, en brazos de su madre, y en un impulso de genero­sidad le ofrece, para resguardarle del frío, la única ropa que la cubre. Luego, como una especie de voto, no quiere ponerse nunca más una camisa; la Virgen, secreta­mente, la recompensa, rodeándola de una especie de intocabilidad. La muchacha se convierte en una lozana y hermosa joven, admirada e incluso amada por un antiguo compañero de juegos; pero un misterioso decreto divino parece impedir que los hom­bres puedan acercársele. Incluso el enamo­rado no osa más que cogerle la mano. La joven, presintiendo oscuramente este don, quiere ponerlo a prueba. Va a la ciudad y se pone a atraer a los hombres, va incluso a una casa de prostitución, para ver si por lo menos allí encuentra a alguien que con­siga tocarla; pero el milagro se confirma una vez más, y la joven vuelve a su jardín intacta y pura como cuando salió de él. Pero ha llegado el momento en que el cielo va a levantar el velo que la joven siente como un peso; dos misteriosas se­ñoras, Marta y Magdalena, llegan a una posada próxima a la casa de la muchacha y la llaman para ayudarla a adornarse para una fiesta. Cuando finalmente se queda sola en la habitación, una blanca camisa se presenta ante sus ojos; la joven se la pone como prueba, y en el acto siente que se ha desvanecido el encanto de su intocabi­lidad.

En esta leyenda el mecanismo de la trama queda algo más al descubierto que en otras, donde se desarrollaba con mayor seguridad; con todo, incluso por el estilo y por la elegancia de las imágenes, estas leyendas pueden contarse entre las mejo­res creaciones de Binding.

R. Paoli

Las Leyendas de la Virtud, Alfredo Panzini

[Le fiaba dela virtud]. Así se titula la más famosa colección de cuentos del italiano Alfredo Panzona (1863-1939). Publicada en 1911, en el intervalo entre La linterna de Diógenes (v.) y Jantipa (v.), refleja, tanto en sus temas como en su estilo, la feliz madurez de aquellas obras. En un estilo en que lo narrativo y objetivo tiende a lo auto­biográfico y lírico, y con un tono entre iró­nico y elegiaco, expone las sorpresas y los desengaños que, en la vida moderna, espe­ran a quien quiera conservar la fe en la verdad y en la virtud («La última aventura de Sancho Panza», «Las aventuras de un “Paterfamilias”», «La república de las le­tras»). O, por el contrario, las turbaciones y las nostalgias que siente todavía por el ideal quien se ha refugiado o pretende re­fugiarse en un sonriente escepticismo (como el Lelio de las Tonterías de Noretta, ante la simplicidad y el candor de esta joven parienta suya que va a casarse con el no menos sensato Fabricio). El cuento «Las aventuras de un “Paterfamilias”» evoca las oscilaciones del protagonista entre el cumplimiento del deber y el amor fami­liar, y el deseo de una libre vida de los sentidos, y contiene uno de los más vivos retratos femeninos de Panzini (la bella dama subiendo la escalera); además, en las páginas sobre la «pupina» se contienen al­gunos de los más límpidos acentos de poesía que el amor paterno y la inocencia de los niños ha sabido inspirar a un escritor ita­liano.

A. Bocelli

Leyendas De Las Flores, Mihály Tompa

[Virágregék]. Colección de leyendas delicadamente poéticas del húngaro Mihály Tompa (1817- 1868), publicada en 1853. Junto a las poesías inspiradas en los maestros alemanes del género (E. Schulze, Freiligrath, Rückert), en los dibujos de Grandville (Les fleurs animées, 1846) y en otros más, desde Ovidio a Andersen, hay en esta colección poesías de origen popular, y todas reflejan la delica­deza y la sensibilidad agudísima del poeta. En los «Sueños de la violeta» expresa su ambición («Rosa silvestre en la cima de una colina»), su nostalgia de un gran amor y de tiernas solicitudes («Convólvulo, des­pués lirio de jardín») y la satisfacción de la «violeta» cuando despierta de los sueños trágicos y reconoce sus errores, es una tentativa para animarse a sí mismo, pobre pastor protestante encerrado en su aldea. Todos los géneros literarios hallan su lugar en estas «leyendas», desde el apólogo (los mismos «Sueños de la violeta») a la alego­ría patriótica («La rosa de las nieves») y a la inspiración épica («La batalla de los lirios») hasta la balada popular terrorífica («Baladas del lirio blanco»), etc.

G. Hankiss

Las Leyendas de Ingoldsby, Richard Harris Barham

[The Ingoldsby Legends]. Colección de poesías humorísticas, publicadas en varias revistas y luego todas juntas en 1840, de Richard Harris Barham (1788-1845). Muy popula­res en su tiempo a causa de su humorismo y de sus divertidas y hábiles narraciones, son ejemplos de un estilo inaugurado por Southey y muy mejorado por Barham.

Ha­bía en éste una pequeña vena de poesía, suficiente para hacer aceptar incluso a los más exigentes sus ensayos, que algunos sólo juzgaron dignos de los «high jinks» tan corrientes entonces: gente deseosa de di­vertirse y que podríamos traducir por «chi­flados». Pero más que a la escuela de los simples malabaristas de palabras, Barham pertenece a la de Hood y de Thackeray, el último de los cuales fue uno de sus más inmediatos imitadores en este género. Sin ignorar las «falsificaciones» de Chatterton, Barham dio alegres y hábiles refundiciones, imitaciones bonachonas e inocuas, a pesar de que en su tiempo el autor fuera acusado de intemperancia, de poco respeto a las tradiciones medievales e incluso de parodística prostitución del arte y de poner en ridículo instituciones de la Iglesia de In­glaterra. Es evidente la desproporción en­tre las acusaciones y la inofensiva intención del autor, cuyo lema hubiera podido ser: «Ámame y ríete de mí». Hoy la colección de Barham, que contiene también «leyen­das» en prosa, goza de cierta popularidad, no inmerecida por la seguridad de su mano en el juego burlón y divertido del arabesco y de la burla, que llega a su punto culmi­nante en la «Corneja de Reims» [«The Jackdaw of Reims»].

A. Camerino