Las «letrillas», junto con los Romances (v.) de don Luis de Góngora y Argote (1561-1627) constituyen el conjunto más importante de composiciones del que se ha dado en llamar estilo «primero», «sencillo» o «artístico-popular» del genial poeta y que, como demostró Dámaso Alonso, no es sino su estilo de siempre, pero tratado con menor intensidad, «sin la acumulación y concentración» de los materiales característicos de la obra gongorina. En la edición de las Obras poéticas de don Luis de Góngora que publicó en 1921, en Nueva York, R. Foulché-Delbosc, siguiendo el manuscrito de Chacón, pueden leerse hasta cincuenta y ocho letrillas y se encuentran citadas otras treinta y siete, que se le atribuyeron con mayor o menor razón, pero de cuya autenticidad existe la duda. Dicho manuscrito agrupa 23 de tema sacro, 13 burlescas, 13 satíricas, 5 amorosas, 1 moral y 3 de tema variado.
Pero la realidad es que esta pequeña colección ofrece un más amplio y. rico campo de temas y matices y que toda clasificación inicial está condenada a ser incompleta; tanto más cuanto que es precisamente en estas letrillas, y también en los romances, donde pueden descubrirse en su primer estado, los elementos esenciales de la poesía de Góngora, aquellos cuya intensificación daría como resultado el «gongorismo», y a la par, en querido juego de contrastes, los más dispares temas, desde el tradicional estribillo bebido en la fuente de lo popular «Pisaré yo el polvico/menudico;/Pisaré yo el polvo,/Y el prado no» hasta el juego elegante y complicado que extrema al límite la técnica verbal renacentista, creando así un ambiente desigual, no sostenido, en el que la frescura y la espontaneidad de una idea o la cantarina música de un estribillo se mezclan y entremezclan con otros elementos que hacen al lector detener su atención por un instante en apurado esfuerzo por comprender el juego e intención del poeta. Y el juego del poeta no es otro que un constante forcejeo con la realidad, buscando hacer de ella maravillosa sustancia transformada en materia poética, que aquí, a diferencia de lo que ocurre en las Soledades (v.), debe adquirir su peculiar belleza sin llegar a desarraigarse completamente de su condición concreta y externa, sin retorcer la metáfora hasta el extremo, sin perder contacto con lo físico y tangible.
El esfuerzo es aparentemente más sencillo y en realidad más complicado, porque para conseguir esa sencillez el autor ha tenido que simplificar y estilizar el barroquismo inicial en que el tema fue concebido hasta darle la forma sencilla y elemental con que aparece: «No son todos ruiseñores/los que cantan entre flores,/sino campanitas de plata,/ que tocan al alba;/sino trompeticas de oro,/ que hacen la salva/a los soles que adoro». Las más populares y conocidas de estas letrillas son, posiblemente, las de tema burlesco y satírico; tal es el gracejo que Góngora supo imprimir a sus rimas y tan «pegadiza» su música, que es difícil no recordarlas después de una primera lectura; inolvidable es aquella de tema suavemente epicúreo «Ande yo caliente/y ríase la gente» y también «Dineros son calidad» y «Los dineros del sacristán». A veces una nota de profunda amargura cruza por estos versos: es una nota velada por la sonrisa o por la franca carcajada, pero honda en su intención, ¿qué cabe pensar sino de la letrilla «Da bienes fortuna» con su conocido estribillo «cuando pitos flautas,/cuando flautas pitos…»? Otra es una suave admonición, una fina meditación expresada en alta voz: «Aprended flores de mí/lo que va de ayer a hoy…», o la música dulce y suave de una canción religiosa, y entonces los temas del nacimiento de Cristo son sus preferidos: «Cuando toquen a maitines, toquen en Jerusalén…» y «¿A qué tangem em Castela?», o también los temas eucarísticos «¿Qué comes, hombre? ¿Qué como? Pan de ángeles…».
La nota amorosa se desliza en una melodía suave y contenida en algunas de estas letrillas; particularmente delicada es aquella que tiene por estribillo «Hágasme tantas mercedes,/ temerario pensamiento,/ que no te fíes del viento/ ni penetres las paredes». Pero junto a esta delicadeza no es difícil hallar el simple juego de palabras o la más procaz y descubierta expresión; ya que tampoco podía faltar aquí el contraste, el choque sorprendente que, desconcertando, armonizase el retablo gracioso de ese mundo único y esencial que Góngora supo crear en contrapunto, y a la vez en perfecto equilibrio, con las Soledades (v.).
A. Pacheco

