Los Libros de los Pastores y de las Laudes, de las Leyendas y Canciones y de los Jardines Colgantes, Stefan George

[Die Bücher der Hirten und PreisgedichteDer Sagen und Sänge und der hängenden Gärten]. Volumen de versos publicados privadamente en 1895 y para la venta al público en 1899 por Stefan George (1868-1935).

En esta colección se plasman en el alma del poeta unos arquetipos huma­nos. En el primer Libro de los Pastores aparece el pastor, clásico hombre de la na­turaleza, en un marco de «bosques y valles aún sin profanar». En las Laudes son exal­tadas, más en su actitud que en su per­sona, clásicamente deshumanizada, un gru­po de figuras que, aunque queriendo repre­sentar un monumento imperecedero elevado a los discípulos del «Kreis», son en realidad los sentimientos del poeta mismo encarna­dos en ellos. En el libro de las Leyendas y Canciones, unos arquetipos humanos están representados en el caballero y en el tro­vador, ambientados en una atmósfera me­dieval. También el canto se desarrolla dul­cemente en versos rimados y viejos ritmos alemanes. Finalmente, en el tercer libro de los Jardines colgantes, George encuentra en sí mismo antiguos acentos sensuales y los coloca en un ambiente fabuloso de cuer­pos «blancos, marmóreos de venas azuladas» o «del amarillo jugoso de frutas maduras». Aquí los versos tienen luces y sombras violentas. Vuelve más adelante el motivo de Algabal (v.), pero ahora el rey se hace doliente y esclavo, y en su desgracia pone de manifiesto su verdadera grandeza; es la melancolía del poeta que se convierte en tragedia.

Y si esta tragedia parece signifi­car en George el precepto de Nietzsche «Escribe con tu sangre», él empero, no la interpreta como una catarsis emotiva, sino como un encerrar y contener en sí mismo el dolor, hasta sentir su verdad y sacar de ella la grandeza misma de la forma y de la ión poética.

G. F. Ajroldi

Los Libros de las Pequeñas Almas, Louis Marie Anne Couperus

[De Boeken der kleine zielen]. No­vela del escritor holandés Louis Marie Anne Couperus (1863-1923), publicado en 1901- 1903.

Es un ciclo de cuatro libros que tratan de la historia de una familia de La Haya. Su unidad se debe, no a una comunidad de sentimientos o de intereses, sino a la iden­tidad de vínculos, a las tradiciones familiares y a las convenciones de una vida burguesa que ligan entre sí a las «peque­ñas almas». En la casa de la anciana señora van Lowe se reúnen, después de muchos años de ausencia, los distintos miembros de la familia, y el autor aprovecha esta ocasión para contarnos la historia de los diversos personajes. En el primer libro, Pequeñas almas [Der Kleine’ zielen] se encuentra la historia de Constancia, que ha regresado a la casa de su madre con su hijo y su ma­rido, para olvidar en la vida intensa de La Haya las penas de su matrimonio infe­liz. Pero su llegada a la ciudad renueva el escándalo ocurrido cuando, para casar con Enrique van der Welcke, Constancia, se ha­bía divorciado de su primer marido, y en este ambiente de turbación y de intriga se perfilan las personalidades de los dos cón­yuges, pequeñas almas, débiles e influidas por los acontecimientos exteriores.

El se­gundo libro, La vida tardía [Het late Leve] trata de Addy, el prudente hijo de Cons­tancia y de Enrique, de catorce años, que hace de árbitro entre sus padres cuando éstos están a punto de ser arrastrados por sus respectivas pasiones; ella hacia Brauws, el revolucionario fracasado, él hacia su prima Mariana. En el tercer libro, Almas en la penumbra [Zielenschemering], el mejor y el más intensamente dramático, todo el interés estriba en las figuras de los dos hijos de la señora van Lowe, Ernesto, el aluci­nado coleccionistas de jarrones, y Gerrit, un erotomaníaco, capitán de caballería. En la decadencia mental, en la locura de uno y en el suicidio del otro, culmina el ciclo. La sagrada sabiduría [Het heilige Weten], que constituye el cuarto libro, trata de Addy, ahora ya mayor, marcado también él por la suerte de la familia Lowe. Es ésta una de las obras más felices de Couperus, perteneciente todavía a su período natu­ralista, y que por su contenido, la deca­dencia de una familia, recuerda, aun sin igualarlo, Los Buddenbrook (v.) de Tho­mas Mann.

H. Henni

Los Libros a mi Hijo Marco, Marco Porcio Catón el Censor

[Libri ad Marcum filium]. Es el primer ejem­plo de enciclopedia romana, constituida por los fragmentos de los libros que Marco Porcio Catón el Censor (234-149 a. de C.) escribió para la educación y la instrucción estrictamente nacional de su hijo Marco, abarcando distintos campos: agricultura, re­tórica, medicina, arte militar. La época de la composición es aproximadamente la de su histórica censura (184), puesto que su hijo, nacido en 192, apenas empezaba en­tonces a utilizar los frutos de la cultura paterna. Los distintos libros, que se suce­dieron a medida que el muchacho crecía en años y experiencia, representan los paralipómenos de la obra más importante de Catón, que será siempre la historia de los Orígenes (v.) y la oratoria de su actividad política documentada por los Discursos (v.). Un juicio bastante seguro se puede formu­lar sobre «La agricultura», que hay que dis­tinguir de la homónima obra superviviente. Sustancialmente es la misma monografía, muy abreviada y desprovista de la norma ética que orientaba toda la enciclopedia. En la «Medicina», más que las prescripciones, tenía importancia para Catón el motivo po­lémico contra los médicos griegos, a los que llama hediondos brujos; con ello creía cumplir una acción moral y piadosa hacia la patria y sus conciudadanos, mientras que de hecho solamente rendía un servicio útil, no a la cultura, sino a la economía nacional, a la defensa del trabajo itálico, de los intereses populares y romanos, con­forme a lo que habla sido siempre su programa.

F. Della Corte

El Libro que se Llama Suso, Heinrich Suso

[Das Buch das heisst Suso]. Biografía del mís­tico alemán Heinrich Suso o Seuse (hacia 1300-1366), que constituye el primer volu­men del Ejemplar (v.) de sus escritos en lengua alemana, dirigido por él mismo en sus últimos años de vida, editado por vez primera en 1482 en Augsburgo por Félix Fabri.

En el prólogo, Suso afirma que se trata propiamente de una obra no suya, sino de una de sus devotas penitentes y hermana espiritual, monja dominica del convento suizo de Toss, Elisabeth Stagel (hacia 1300-hacia 1350), que puso por es­crito episodios de su existencia que él le había contado, y pensamientos sobre la vida ascética que le había confiado; al principio quemó una parte, pero más tarde «un ce­leste mensaje» le detuvo y abandonó su obra de destrucción; después de la muerte de ella, Suso se limitó a añadir «en nombre suyo» algunos que otros elementos doctrinales («etwas guter Lehre»). Todo esto pareció novelesco y suscitó las desconfian­zas de la crítica. Se empezó por poner en duda la autenticidad de todo el Ejemplar; más tarde se negó la autenticidad de la Vida; por fin ésta fue considerada como una composición literaria de carácter novelesco. Pero, con todos los elementos problemáticos que efectivamente presenta, el texto resis­te sustancialmente las negativas deduccio­nes de la crítica. Entre los tres grandes místicos alemanes del siglo XIV, el pío y humilde «carretero de Dios» — como Suso gustaba llamarse — es el más amablemente humano, el más sencillo en la especulación teológica y el más delicado y sensitivo en la experiencia interior, el más encendido en la imaginación, el más «poeta» — el «Minnesánger» del amor de Dios—, y todo esto se nota de tal manera en toda la biografía que hasta la narración hecha por Suso en el prólogo adquiere cierto persuasivo acento de «poesía y verdad». En una cosa están todos de acuerdo: en reconocer en la Vida una de las obras más sugestivas que nos ha dejado la literatura religiosa de la época.

El tema es sencillo y, en cierto modo, im­plícito en la situación espiritual de la que brota: un proceso de purificación interior, que actúa en dos tiempos; primero, a través de las privaciones y mortificaciones y peni­tencias de carácter corporal, voluntariamente asumidas; más tarde, a través de sufrimien­tos morales aún más duros, resignadamente aceptados. «Fiat voluntas tua». El proble­ma de la vida no tiene otra solución ni otro sentido que el contenido en las tres palabras evangélicas. ¡Cuántas pruebas y sufrimientos en el transcurso de una sola existencia! La acusación de ser herético, ladrón, esta­fador de herencias, envenenador de judíos, libertino. Y, entretanto, helo aquí: los her­manos en Cristo sonríen y mueven la ca­beza: «Ya lo habíamos dicho nosotros que acabaría de este modo». Asistimos, por de­cirlo así, a una ejemplificación de la octava bienaventuranza del Sermón de la Monta­ña: «Bienaventurados vosotros cuando os ultrajen y os persigan, y, con mentiras, digan de vosotros lo peor por causa mía. Alegraos y regocijaos, pues vuestra recom­pensa será grande en los cielos». Pero el motivo — que en sí y por sí es común a muchos otros escritos análogos — es sola­mente un vínculo esquemático que une las distintas partes, fusionándolas en un común intento edificativo; la vitalidad de la obra está especialmente en los episodios, y su fascinación radica en la forma narrativa; el candor inerme de confesión en el que se inspira, la delicadeza de análisis en la efu­sión de los sentimientos, la colorida e inge­nua vivacidad pictórica de la representación.

Se siente en este libro la vida, y al mismo tiempo parece como si el autor se mirara a sí mismo con una íntima distanciación, como si aquella existencia transcurrida ya no fuese suya, ya no le perteneciera, siendo solamente del mundo sobre el que manda Dios. Todo esto, mientras deja alrededor de la evocación su vaga atmósfera mística, le da un relieve singular, como en los cuadros de ciertos primitivos, en que todos los deta­lles están en primer plano. Episodios, como el del encuentro con el ‘forajido «de negro chaleco y de gran navaja», y el de la confe­sión de la «joven mujer decente» que vive en la oscuridad del bosque, o bien el de la mujer mala que se deja convertir tan perfectamente que él mismo tiene que de­fenderse de los deseos de la tentadora, y que luego, viéndose rechazada, le acusa de ser el padre de su último niño, y se lo hace llevar al convento por una pérfida comadre suya, mientras que él, apiadado, toma en sus brazos al niño y «los dos lloran juntos», alcanzan a menudo, en el candor inocente de su inspiración y en la sencillez abierta y confiada de sus medios expresivos, la pureza de arte de los poetas que lo son sin «quererlo ser», por don de la naturaleza y gracia de Dios.

G. Gabetti

Libros de Arias, Thomas Campion

[Bookes of Ayres set forth to be sung to the Lute. Orpharion and Base Violl by Philip Rosseter, Lutenist]. Son cuatro volúmenes de canciones, publicados entre 1601 y 1613, en los que el poeta, músico y médico inglés Thomas Campion (aproximadamente 1567-1620) apli­ca las teorías expuestas en sus Observacio­nes sobre el arte de la poesía inglesa [Observations in the Art of English Poesie] (1602), sin emplear la rima, rechazando decididamente el hexámetro dactílico como no apto para el idioma inglés, y fundándose esencialmente en yambos y troqueos, intro­duciendo ritmos diversos, como el dímetro yámbico, el decasílabo elegiaco, la estrofa sáfica y la anacreóntica.

Uno de los más bellos ejemplos de estrofa trocaica es la canción «Laura», que desarrolla un cono­cido tema horaciano, cantando la belleza, divinamente musical en su silencio, de la mujer amada. «A Lesbia» [«To Lesbia»] recuerda, más que imita, el motivo de «Vivamus, mea Lesbia, atque amemus», de Catulo. Célebre es la canción Cuando hayas de volver entre las sombras (v.), inspi­rada en una elegía de Propercio. Una de las mejores canciones, por su frescura y mu­sicalidad de ritmo es la conocida, con el título de «Cereza madura» [«Cherry ripe»], que empieza con el verso «Hay un jardín en su rostro» [«There is a garden in her face»]; la cara de su amada es comparada con un paraíso terrestre, en que florecen azucenas y rosas, dominado por la viva nota de color de sus labios encamados como cerezas maduras, que se abren en el res­plandor de los dientes blancos como cálices de rosa llenos de nieve. La que empieza con «Ahora se alargan las noches invernales» [«Now Winter nights enlarge»] canta, en cambio, las ventajas de las largas noches de invierno, favorables a los amores, a los placeres, a la vida y a las relaciones mun­danas.

En las canciones de Cámpion, con­temporáneo de Sidney y de Ben Jonson — cuya poesía parece señalar el paso de la literatura isabelina a la jacobina —, el genio popular se funde con el sentimiento artístico despertado por el humanismo, y la crudeza originaria es moderada por una nueva elegancia de vocabulario y de versi­ficación.

A. P. Marchesini