El Libro que se Llama Suso, Heinrich Suso

[Das Buch das heisst Suso]. Biografía del mís­tico alemán Heinrich Suso o Seuse (hacia 1300-1366), que constituye el primer volu­men del Ejemplar (v.) de sus escritos en lengua alemana, dirigido por él mismo en sus últimos años de vida, editado por vez primera en 1482 en Augsburgo por Félix Fabri.

En el prólogo, Suso afirma que se trata propiamente de una obra no suya, sino de una de sus devotas penitentes y hermana espiritual, monja dominica del convento suizo de Toss, Elisabeth Stagel (hacia 1300-hacia 1350), que puso por es­crito episodios de su existencia que él le había contado, y pensamientos sobre la vida ascética que le había confiado; al principio quemó una parte, pero más tarde «un ce­leste mensaje» le detuvo y abandonó su obra de destrucción; después de la muerte de ella, Suso se limitó a añadir «en nombre suyo» algunos que otros elementos doctrinales («etwas guter Lehre»). Todo esto pareció novelesco y suscitó las desconfian­zas de la crítica. Se empezó por poner en duda la autenticidad de todo el Ejemplar; más tarde se negó la autenticidad de la Vida; por fin ésta fue considerada como una composición literaria de carácter novelesco. Pero, con todos los elementos problemáticos que efectivamente presenta, el texto resis­te sustancialmente las negativas deduccio­nes de la crítica. Entre los tres grandes místicos alemanes del siglo XIV, el pío y humilde «carretero de Dios» — como Suso gustaba llamarse — es el más amablemente humano, el más sencillo en la especulación teológica y el más delicado y sensitivo en la experiencia interior, el más encendido en la imaginación, el más «poeta» — el «Minnesánger» del amor de Dios—, y todo esto se nota de tal manera en toda la biografía que hasta la narración hecha por Suso en el prólogo adquiere cierto persuasivo acento de «poesía y verdad». En una cosa están todos de acuerdo: en reconocer en la Vida una de las obras más sugestivas que nos ha dejado la literatura religiosa de la época.

El tema es sencillo y, en cierto modo, im­plícito en la situación espiritual de la que brota: un proceso de purificación interior, que actúa en dos tiempos; primero, a través de las privaciones y mortificaciones y peni­tencias de carácter corporal, voluntariamente asumidas; más tarde, a través de sufrimien­tos morales aún más duros, resignadamente aceptados. «Fiat voluntas tua». El proble­ma de la vida no tiene otra solución ni otro sentido que el contenido en las tres palabras evangélicas. ¡Cuántas pruebas y sufrimientos en el transcurso de una sola existencia! La acusación de ser herético, ladrón, esta­fador de herencias, envenenador de judíos, libertino. Y, entretanto, helo aquí: los her­manos en Cristo sonríen y mueven la ca­beza: «Ya lo habíamos dicho nosotros que acabaría de este modo». Asistimos, por de­cirlo así, a una ejemplificación de la octava bienaventuranza del Sermón de la Monta­ña: «Bienaventurados vosotros cuando os ultrajen y os persigan, y, con mentiras, digan de vosotros lo peor por causa mía. Alegraos y regocijaos, pues vuestra recom­pensa será grande en los cielos». Pero el motivo — que en sí y por sí es común a muchos otros escritos análogos — es sola­mente un vínculo esquemático que une las distintas partes, fusionándolas en un común intento edificativo; la vitalidad de la obra está especialmente en los episodios, y su fascinación radica en la forma narrativa; el candor inerme de confesión en el que se inspira, la delicadeza de análisis en la efu­sión de los sentimientos, la colorida e inge­nua vivacidad pictórica de la representación.

Se siente en este libro la vida, y al mismo tiempo parece como si el autor se mirara a sí mismo con una íntima distanciación, como si aquella existencia transcurrida ya no fuese suya, ya no le perteneciera, siendo solamente del mundo sobre el que manda Dios. Todo esto, mientras deja alrededor de la evocación su vaga atmósfera mística, le da un relieve singular, como en los cuadros de ciertos primitivos, en que todos los deta­lles están en primer plano. Episodios, como el del encuentro con el ‘forajido «de negro chaleco y de gran navaja», y el de la confe­sión de la «joven mujer decente» que vive en la oscuridad del bosque, o bien el de la mujer mala que se deja convertir tan perfectamente que él mismo tiene que de­fenderse de los deseos de la tentadora, y que luego, viéndose rechazada, le acusa de ser el padre de su último niño, y se lo hace llevar al convento por una pérfida comadre suya, mientras que él, apiadado, toma en sus brazos al niño y «los dos lloran juntos», alcanzan a menudo, en el candor inocente de su inspiración y en la sencillez abierta y confiada de sus medios expresivos, la pureza de arte de los poetas que lo son sin «quererlo ser», por don de la naturaleza y gracia de Dios.

G. Gabetti