Lila, Wolfgang Goethe

Opereta en cuatro actos, en verso y prosa, de Wolfgang Goethe (1749-1832) inspirada en una tragicomedia de Jean de Rotrou, titulada L’Hypocondriaque (1628), estrenada en 1777, según una primera redac­ción hoy perdida.

En 1778 es representada en Weimar por aficionados aristócratas y por Goethe mismo, con música del gentilhombre de la corte von Seckendorff. Fue publicada en 1790. Cuando en 1816 el compositor Seidel se propuso escribir una nueva partitura y llevarla a la escena en Berlín, no tuvo éxito, como había previsto el propio Goe­the, quien había cedido a las insistencias del músico no obstante saber que la «buena Lila» improvisada cuarenta años antes por puro pasatiempo no merecía llevarse a un verdadero teatro. Con todo, la obra tiene un interés documental, por señalar una fe­cha en el desenvolvimiento de la carrera del gran poeta. Como fondo moralizador se presenta a Goethe, consejero de Carlos Augusto, desplegando una intensa actividad con objeto de hacer del duque y su esposa «una pareja tan feliz como buena». Lila es una joven que ha perdido la razón el día en que le fue anunciada la falsa muerte de su esposo, en la guerra, y no la recupera ni cuando él se le presenta en carne y hue­so. El doctor Verazio (representante de la escuela de psiquiatría entonces en boga y seguida con curiosidad incluso por Goethe) cura a Lila usando los mismos elementos que la llevaron a la locura. Ella cree que la realidad es fantasía, y las personas vi­vientes fantasmas.

Y he aquí que se con­vierten en tales realmente, y secundando las manías de la dama, crean un mundo fantástico, que entre danzas y pantomimas, estratagemas fingidas y sabios consejos, la devuelven a la realidad y consiguen su curación. Todo el aparato escénico es neta­mente francés, pero en cambio son carac­terísticas de Goethe, y precisamente de aquel Goethe que por entonces iniciaba su vida meditativa, algunas frases como ésta que recita Almaide: «El hombre debe ayudarse a sí mismo, caminar hacia donde en­cuentre su propia felicidad; debe tender la mano adonde puede asirla; las de los pro­tectores sólo pueden dirigirle y bendecirle. En vano el débil exige felicidad perfecta. Si logra conseguirla, se le revuelve como un castigo». Lila no es una obra maestra, pero posee una gracia ligera que semeja un encaje.

G. F. Ajroldi

Lidia, Antímaco de Colofón

Poema elegiaco de Antímaco de Colofón (principios del siglo IV a. de C.). Lidia era la amada del poeta, el cual, para consolarse de su muerte, com­puso esta larga y melancólica elegía. El argumento del contenido eroticoelegíaco aparece ya en Mimnermo, quien en su Nanno (v. Elegías) había intentado producir una poesía elegiaca de fondo sentimental y afectivo, aunque sin separarse del género sustancialmente mítico y patriótico de la elegía de su tiempo.

De la obra de Mim­nermo recogió Antímaco ciertos modos que habían de ser decisivos en el desenvolvi­miento del género elegiaco helenístico y romano. Así, aquel género elegiaco que, adoptando como metro el dístico, feliz aco­plamiento del hexámetro y el pentámetro, se ajustó a todas las necesidades líricas del multiforme espíritu griego, de la entonación bélica de Tirteo y Callino, a la gnómica de Focílides y Teognidas, a la filosófica de Jenófanes y a la política de Solón, se vuelve a partir de la Lidia de Antímaco, pri­mordialmente melancólico, triste y quejum­broso. Por otra parte, el hecho de haber puesto una mujer en el centro de un can­cionero, como hace Antímaco, constituyó una innovación destinada a tener gran for­tuna a través de los siglos. Intentando di­vulgar la innovación de Antímaco, compuso Ermesianato un poema titulado Leoncio (v.). La novela amorosa en verso logró mayor éxito entre los romanos. Lesbia, de Cátulo, Delia y Nemesis, de Tíbulo, Cincia, de Propercio y Corina, de Ovidio, son las hijas espirituales de esta Lidia griega. No es mucho lo que de ella se conoce; aquella mujer era natural del país lidio, tanto de nombre como de estirpe; por lo tanto, asiá­tica.

El poeta la debió conocer en aquella Asia Menor que la había visto nacer; el poema, según testimonio de los antiguos y los escasos fragmentos que se conservan, era prolijo, tosco, lleno de contemporiza­ciones, verdadera narración versificada, ca­rente de acento lírico puro y exquisito. Probablemente, cuando Calimaco y Catulo deploran la forma poética de la Lidia, se basaron, en la consideración de Antímaco, demasiado polémicamente, porque, creado­res de la poesía breve y casi epigramática, no aceptaban esta larga novela en verso que, mejor que en poesía, hubiera podido expre­sarse en prosa. Si el gusto aristocrático de los alejandrinos de Grecia y Roma censu­raban la Lidia, el pueblo, de gusto más fácil y también más propenso al entusiasmo la leía con asiduidad.

F. Della Corte

Lichtenstein, Wilhelm Hauff

Novela histórica del poe­ta romántico alemán Wilhelm Hauff (1802- 1827), aparecida en tres volúmenes en 1824, donde está descrita la lucha entre la Liga sueba y el duque de Württemberg en el primer cuarto del siglo XVI.

La aventura se inicia en el momento en que, en Ulm, ocupada por las tropas de la Liga, Georg von Sturmfeld se entera de que el padre de su amada María forma parte de las tropas rivales, fieles al duque Ulrich. Por amor a María, Georg decide separarse de la Liga y marcha hacia el castillo de Lich­tenstein con un anciano aldeano suevo, el Pífano de Hardt, que María le ha dado como guía. Agredido por una pequeña es­cuadra de secuaces de la Liga y herido, se restablece en casa del Pífano de Hardt, donde es amorosamente cuidado por la hija de éste, Baerbele; pero, cuando reem­prende el camino, se entera de que María le es infiel; cada noche, un caballero des­conocido entra en el castillo de su amada. Celoso, está a punto de matar al presunto rival; el Pífano interviene y se descubre que el caballero desconocido es nada menos que el duque Ulrich. Georg, atraído por la fuerte personalidad del duque y conmo­vido por su suerte, jura serle fiel y comba­tir por él. Con un ejército de lansquenetes, Ulrich consigue reconquistar Stuttgart, y Georg, que ha ayudado mucho a la empresa, recibe en premio la autorización de casarse con María. Vuelven los soldados de la Liga, y el duque, con sus pocos fieles, ha de huir. Ulrich se salva gracias al sacrificio del fiel Pífano y a la valerosa actitud de Georg, que se hace pasar por él. Hecho prisionero, Georg se libra de la pena capital gracias a la intervención del anciano Fondsberg, amigo de su padre; y con su mujer y su suegro se retira al castillo de Lichtenstein.

Concebida y escrita al estilo de las novelas de Walter Scott, esta obra de Hauff no ca­rece de cierta lozana vena narrativa y ha resistido al transcurso del tiempo, gracias también a cierta viveza de clima histórico al que algunas figuras de personajes popu­lares (el fiel y valeroso Pífano, su hija Baerbele), delineadas con una especie de humorismo afectuoso, confieren una per­suasiva eficacia. Las figuras de los protago­nistas, Georg y María, están, en cambio, turbadas por un sentimentalismo morboso. Notable, como señal de exigencias incipien­tes y nuevas en los desarrollos del gusto romántico, es la tentativa de introducir ocasionalmente en la novela alemana, como hizo Scott en la novela inglesa, el empleo de algunos dialectos (suevo, austríaco, magdeburgués).

A. Feldstei

Lieh Tzû, Lieh Yü-k’ou

[El libro del Maestro Lieh]. Texto taoísta escrito por Lieh Yü-k’ou, que fue una de las primeras figuras de la anti­gua escuela taoista (su vida permanace muy oscura: se supone que vivió con anterio­ridad a Chuang-Tzû). En este libro, que se divide en ocho partes, aparecen mezclados el taoismo de Chuang-Tzû (v.), la idea cósmica de los Ching (v.) y, finalmente, la «transmigración» budista, tanto que no es posible distinguir cuál sea el verdadero pensamiento de Lieh Tzû, y la obra tiene en conjunto toda la apariencia de una fal­sificación posterior, probablemente de la época’ de los Vei y Ch’in (hacia fines del siglo III d. de C.). No obstante, encierra suma importancia una de sus ocho partes, titulada Yang Chu P’ien, en la que encon­tramos la doctrina de Yang Chu (4409-360? a. de C.) destacado discípulo de Lao Tzû.

Según una sentencia de Mencio (v. Meng Tzû) la doctrina de Yang Chu logró gran popularidad en su tiempo («Las palabras de Yang y de Mo, es decir, de Yang Chu y de Mo Tzû, llenan todo el ámbito del Imperio. Y los discursos del pueblo, si no pertenecen a Yang, corresponden sin duda a Mo»). Yang Chu, basándose en una parte de la doctrina de Lao Tzû (retorno a la simpli­cidad y a la naturaleza) predica en rea­lidad un epicureismo fatalista y egoísta. Lo Yang, como Chuan Tzû y Lieh Tzû, cree que el destino del hombre, la nobleza, la riqueza y la longevidad, están completa­mente sometidos al hado. Los hombres lle­gan raramente a centenarios (apenas uno entre mil); pero aun admitiendo este espa­cio de tiempo, la infancia y la vejez ocupan casi la mitad; el sueño y las distracciones del día llenan la mitad de lo que resta, los dolores ocupan casi la mitad del resto, de donde sólo queda una decena de años para poder gozar. Por consiguiente ha de calificarse de necio todo aquel que, en vez de gozar, malbarata el tiempo precioso en cosas superfluas de las que el hombre no es árbitro: riqueza, nobleza, etc.

Es famoso en este aspecto el diálogo que sostienen Yang Chu y Ch’in Tzû: «Ch’in Tzû pre­gunta : — Si arrancándote un solo cabello pudieras gozar el mundo entero, ¿lo harías?. Yanfi Chu responde. — Un solo cabello no puede traer el goce del mundo entero. —  Supongamos que fuese posible, ¿lo harías? Yang Chu permaneció callado. En­tonces Ch’in Tzû fue a contárselo a Men Sun-Yang, el cual le dijo; — Tú no has comprendido bien lo que quiso decir mi maestro; yo te lo explicaré: Si te ofrecieran mil monedas por cambiar un trozo de tu piel, ¿lo harías? Ch’in Tzû respondió: — Sí. — En cambio, si te ofrecen un reino por uno de tus miembros, ¿lo harías? Ch’in Tzû volvió o callar. Transcurridos unos instantes, Men Sun – Yang, insistió: —Un cabello es, ciertamente, menos que la piel y la piel es menos que un miembro, pero acumulando muchos cabellos valen estos tanto como la piel y muchos trozos de piel lo que es un miembro; así pues, pese a que el cabello sea uno de los nume­rosísimos elementos del cuerpo, no debemos despreciarlo». Por este célebre diálogo, la doctrina de Yang fue acusada de egoísmo absoluto y pronto cayó en el descrédito en­tre la posteridad.

Injustamente, ya que des­de el punto de vista filológico la palabra «gozar» en el- chino antiguo puede ser sinó­nimo de «intercambiar» y, en tal caso, el significado sería muy distinto: el filósofo no quiere sacrificar ni un cabello por «inter­cambiarlo» por las riquezas del mundo en­tero, afirmando así una renuncia a los de­seos de los bienes humanos. Los cuales, según el maestro Lao Tzû, son el origen de los desórdenes personales y sociales. Con­súltense: L. Giles, Taoist teaching from the bobk of Lieh-Tse (Londres, 1912); L. Wieger, Les pères du système taoiste (Hienhien, 1913); R. Wilhelm, Lia Dsi Das wahre Buch vom quell enden Ursprung Jena, 1911).

P. Siao Sci-Yi

Licidas, John Milton

[Lycidas]. Elegía pastoral, en 193 versos, de John Milton (1608r1676), compuesta en 1637 a raíz de la muerte del estudiante Edward King, de la Universidad de Cambridge, ahogado en el mar de Irlanda el 10 de agosto de aquel año, y publicada en 1638 en una recopilación de poesías conmemorativas inspiradas en aquella desgracia. (Lycidas es nombre familiar de égloga clásica.) El poeta implora la ayuda de las musas para cantar la muerte de Licidas, y, evocando la feliz vida estudiantil, las horas pasadas entre el estudio y la charla y los sueños comunes, lamenta la muerte del amigo. Cierto que las ninfas de la costa irlandesa no se hallaban presentes — dice — cuando Licidas fue tragado por las aguas, y por ello pudo triunfar la muerte.

El poeta, para cantar la muerte del amigo, introduce a Camus, el genio del río Cam y de la ciudad de Cambridge, y a san Pedro, el cual, como pastor de la grey cristiana, llora la pérdida de aquel que hubiera sido un fiel ministro de Dios. La poesía termina con un apoteosis del joven muerto: «Oh pastores, Licidas, causa de vuestro dolor, no ha muerto, aunque haya desaparecido bajo las aguas. Ha resucitado y cruzado los aires para estar junto a Dios». Esta égloga, en la que son evidentes las influencias de Edmund Spenser (15529-1599), de Petrarca (1304-1374) y de la poesía latina «Alcon», de Baldassarre Castiglione (1478-1529) sigue métricamente los modelos italianos; incluso el final aparece en octavas; no obstante, es patente en toda la composición juvenil aquella rica y sonora armonía que carac­terizan la gran producción poética de Milton. Es famoso el pasaje en que el poeta, antes de la muerte de su amigo, se pre­gunta para qué sirve consagrarse a la in­grata musa en vez de gozar de los placeres mundanos y «juguetear con Amarilis en la sombra o con los rizosos cabellos de Neera» si no fuera que la fama «no es planta que crece en el suelo de los mortales» y que la recompensa de la virtud no se logra en esta tierra sino en el cielo.

E. Allodoli