Liliomfi, Ede

Farsa del húngaro Ede (Eduar­do Szigligeti (pseud. de József Szathmáry, 1814-1878), representada en 1849. La acción está constituida por una serie de divertidos errores. El tutor de María quiere casar a la muchacha con un profesor ya maduro, Szilváy: pero ella está enamorada del actor Liliomfi. El tutor, confundiendo al joven con un amigo suyo, hace que éste renuncie a María. Después de diversos equívocos, los jóvenes se reúnen, y entonces resulta que Liliomfi es un nombre falso y el jovencito es en realidad sobrino de Szilváy. Liliomfi, compuesta indudablemente bajo la influen­cia del Sastre Fips [Schneider Fips] de Kotzebue, es una comedia bufa perfecta, que fue imitada, ya en 1857, por Nestroy en Umsonst.

M. Benedek

Līlāvatī, Bhāskara

Obra científica del matemá­tico indio Bhāskara (siglo XII d. de C.), traducida por primera vez al inglés por J. Tayor [Līlãvatī of a treatise of Arithmetic and Geometry; Bombay, 1816].

El título se refiere a una mujer a la que el autor dirige sus lecciones: «Graciosa Līlāvatī, cuyos ojos recuerdan los de un joven gamo, dime: ¿qué número resulta de multiplicar 135 por 12?» La obra, que dio un carácter sobresaliente a la aritmética y a la geo­metría india, establece que «Quien conoce distinta y separadamente la adición, las otras veinte operaciones y las ocho determinaciones, sin excluir la que se obtiene por medio de las sombras, puede llamarse matemático». Las «operaciones» son; adi­ción, sustracción, multiplicación, división, elevación al cuadrado, extracción de la raíz cuadrada, elevación al cubo, extracción de la raíz cúbica, operaciones con fracciones, proporciones con 3, 5, 7, 9 y 11, términos y cambios. Las «determinaciones» son: amal­gama, progresiones, figuras planas, excava­ciones, montones, sierras, elevaciones del terreno y sombras. El simbolismo de las operaciones aritméticas es muy semejante al de los griegos.

Con esta obra entran por primera vez en la aritmética el cero y la representación del infinito; en la geometría, el modo de determinar el área de un trián­gulo y el radio del círculo cinrcunscrito conociendo los lados de dicho triángulo, la construcción de un triángulo cuyos lados, el área y el radio del círculo circunscrito estén expresados con números racionales, además de la construcción de un cuadri­látero inscribible, cuyos elementos estén también expresados con números racionales; y por primera vez se abandonan las consi­deraciones sobre las cuerdas de los arcos circulares y se introducen las funciones seno, seno-contrario y coseno y, en los pro­blemas relativos a las sombras, se entrevé el concepto de tangente trigonométrica. Trad. inglesa de H. T. Colebrooke con notas de H. Ch. Banerji, 2.a ed. (Calcuta, 1927).

A. Uccelli

Lilli Bulero, Lord Wharton

Breve canción satírica inglesa, atribuida a un cierto Lord Wharton, escrita poco antes de 1688 y publicada en 1765 en las Reliquias de la antigua poesía inglesa (v.) del obispo Percy.

Toma pie del nombramiento, en 1686, del general Ricardo Talbot como lugarteniente de Irlanda; era éste un papista furioso, que se ganó el favor del rey Jacobo II Stuart por la arbitrarie­dad y violencia con que había tratado a los protestantes en sus cargos precedentes, y que justificó en seguida la confianza en él puesta por el rey, y el odio con que le miraban sus súbditos. En breves estrofas satíricas de cuatro versos, la canción co­mienza con la llegada del lugarteniente, que viene a cumplir una antigua profecía, según la cual, Irlanda sería un día gober­nada por un asno y un perro: Talbot sería el perro y Jacobo II el asno. A cada verso sigue el estribillo «Lilli Bulero, bullen-a-la» que parece que era la contraseña usada por los papistas irlandeses cuando la matanza de protestantes en 1641. La canción, que carece de valor artístico, según dicen los historiadores de la época, tuvo una influencia extraordinaria; el ejército entero y todo el país la cantaban continuamente, y ella contribuyó, no poco, al estallido de la revo­lución en 1688. «Acaso nunca — dice un con­temporáneo — tan pequeña cosa tuvo tan graves consecuencias».

A. Preti

Li Ki, Anónimo

[Memorias de los ritos]. Es el libro más importante de la antigua China para el conocimiento de los usos, costum­bres, moral, instituciones, educación del pueblo, etc. Se ignora su origen; probablemente deriva de los varios códigos y ritua­les de los estados feudales de la dinastía de los Chou (1122-256 a. de C.).

Al prin­cipio de la dinastía Han (206 a. de C.-5 d. de C.), el .príncipe Hsien de Ho-chien ofre­ció al emperador la colección en ciento treinta y un capítulos, que se decía haber sido escritos por los discípulos de Confucio (551-479 a. de C.), pero esta colección se perdió. Se encontraron primero treinta ca­pítulos, y luego otros ochenta y cuatro y Tai Té (siglo I a. de C.), borrando los du­plicados, ordenó las memorias en ochenta y cinco capítulos, con el título de Ta Tai Li, o sea los Ritos del gran Tai. Luego su primo Tai Shén redujo a cuarenta y seis capítulos el texto conocido con el nombre de Hsiao Tai Li, o sea los Ritos del pe­queño Tai. Luego Ma Yung (79-166) añadió otros tres capítulos, y la obra fue titula­da Li Ki. Actualmente dos capítulos, los XXVIII y XXXIX, o sea Chung Yung (v.) y Ta Hsüeh (v.), se han impreso aparte con los «cuatro libros» clásicos del confucionismo (v. Ssü Shu). En los varios párra­fos de la obra se lee: «La recta conducta, la virtud, la humanidad, la justicia, no serán nunca perfectas sin los ritos. La corrección de las costumbres „ por medio de la instruc­ción no tiene eficacia completa sin los ritos. Para decidir en las contiendas, los ritos son indispensables. Las relaciones entre prín­cipes y súbdito, entre padre e hijo, entre hermano mayor y hermano menor, no pue­den determinarse bien sin los ritos.

Los funcionarios que tienen a su cargo la admi­nistración y la instrucción no reconocerían ninguna autoridad si no existieran los ritos. En el ceremonial de corte, en la disposición de las tropas, en la superintendencia de los funcionarios públicos y en la ejecución de las leyes, faltarían la dignidad y la auto­ridad convenientes si se faltase a los ritos. Las plegarias y los sacrificios con que se presta el culto a los dioses no pueden ser sinceros ni solemnes si no se hacen en todo conformes a los ritos. Por esto el sabio, con el respeto, la moderación y la humildad, procura dar a los ritos el máximo lustre… Los ritos hacen que el rico no sea orgulloso ni autoritario, y el pobre no sea ni teme­roso ni cobarde… Cuando visites a un amigo y compañero de tu padre, no debes acer­carte a él si él no te lo ordena; ni debes hablar sin ser preguntado, aunque esto se exige ya de la piedad filial… Cuando vayas con tu maestro no debes dejarle atrás en la calle para hablar con otro. Cuando en­cuentres a tu maestro por la calle te le acercarás, saludándole con las manos uni­das y te quedarás respetuosamente en pie ante él. Si te dirige la palabra, respóndele; pero si no te habla, vuélvete prontamente atrás» (Cap. I). Y la importancia de la en­señanza se expone así: «El jade no labrado no puede ser útil, y asimismo el hombre que no estudia no puede saber sus deberes. Por esto los soberanos antiguos se dedicaron a la enseñanza antes de constituir sus es­tados y de gobernar a sus pueblos» (Ca­pítulo XVI).

La música es el índice del éxito o fracaso del gobierno, porque «se basa en los sentimientos que nacen en el corazón del hombre bajo el influjo de los objetos exteriores. Por esto cuando el cora­zón está dolorido, el sonido es débil y ter­mina de improviso. Cuando el corazón es feliz, el sonido es amplio y prolongado. Cuando el corazón está lleno de alegría, el sonido parte de pronto y se extiende a lo lejos. Cuando el corazón está encoleri­zado, el sonido es grueso y áspero. Cuando el corazón está lleno de respeto, el sonido es claro y distinto. Cuando el corazón está lleno de afecto, el sonido es dulce y armo­nioso. Estos sentimientos no son innatos en el corazón, sino que nacen bajo la influen­cia de los objetos exteriores. Por esto los soberanos antiguos tuvieron en cuenta todo cuanto puede influir sobre el corazón» (Cap. XVII). Así Li Ki enseña el modo de comportarse en todas las actividades según un característico tradicionalismo ri­tualista. [Trad. completa en francés y latín, con el texto chino enfrente, por F. S. Couvreur (Ho-Kien-Fou, 1913); trad. italiana parcial de C. Puini (Florencia, 1883), Cfr. J. M. Callery, Li-Chi ou Memorial des rites, (Turín, 1853); F. S. Couvreur, Chen-king, Chouking; Li-ki (1897); Mémoires sur les bienséances et les céremonies (Hakienfu 1899); J. Legge, The Li-Ki, «Sacred Books of the East», vols. 37 y 38].

P. Siao Sci-Yi

La Liga, Ludovico Vitet

[La ligue]. «Escenas históricas» de Ludovico Vitet (1802-1873), publi­cadas de 1826 a 1829 en París. Están divi­didas en tres partes: «Les Barricades», «Les États de Blois» y «La mort de Henri III». En 1830 estas partes fueron reunidas con este título y precedidas de un nuevo y am­plio prefacio en que el autor expone el objeto de su obra; en nuevas reimpresiones fue adoptado como preámbulo otro drama histórico: «Les États d’Orléans».

En una serie muy complicada de escenas, resúme­nes históricos y divagaciones acerca de los personajes y las costumbres de la época se nos presenta la historia de la Liga de la Santa Alianza acordada entre los príncipes católicos en Francia (1576) contra los hugo­notes, en la cual tuvo también gran parte el rey Enrique III; pero se desprendió de ella una Liga menor que en 1588 levantó barricadas contra el propio soberano. La Liga había sido fundada ya en 1562 por el cardenal de Lorena, enviado al Concilio de Trento, para la defensa armada de la Iglesia católica en Francia y para conferir a su hermano, el duque de Guisa, la lugartenencia general del reino y facilitarle su ascensión al trono en caso de extinción de la rama de los Valois. El duque fue muerto en Orleáns cinco años después, pero aquella asociación permaneció secreta desde 1568 a 1576 hasta que el nuevo rey, Enrique III, se sirvió de ella para sus fines en la lucha contra los hugonotes. Vitet divide en mu­chos cuadros la historia de los aconteci­mientos, haciéndola preceder como fondo natural a un drama nacional, de la citada narración de los «Estados generales de Or­leáns», para la reunión de los poderes de la nación, a la muerte de Enrique III (1559); en esta ocasión campean las figuras del duque de Guisa y del cardenal de Lorena.

.Son interesantes sobre todo en la obra de Vitet, los vastos cuadros mediante los cua­les el autor es precursor en Francia del teatro romántico: son notables sobre todo las escenas de ambiente italiano con Cata­lina de Médicis y sus cortesanos y familia­res, entre ellos Luigi Davila, hermano del historiador, pero en su conjunto la obra es una sucesión débil y fatigosa de escenas no bien ligadas entre sí, aunque vigorosas en algunos momentos.

C. Cordié