Malaquías

(Ángel de Jahveh). Es el último libro profético del «Antiguo Testamento» (v. Biblia), atri­buido a Malaquías, el duodécimo de los profetas menores (siglo V a. de C.). Su pro­fecía abarca cuatro capítulos; pero los te­mas expuestos son solamente dos; el pri­mero condena a los sacerdotes que ofrecen sacrificios inmundos, y al pueblo por efec­tuar matrimonios con mujeres extranjeras y divorciarse de las primeras esposas (I, l-II, 16); el segundo anuncia el juicio de Dios; el Señor vendrá pronto y será fuego purificador, y por lo tanto se debe obrar el bien; será también fuego devorador y por eso se debe evitar el mal (II, 17-IV, 6). Malaquías, aunque no alcance la perfección dé Isaías, es, con todo, muy claro, conciso y rico en bellas imágenes. Es el profeta del futuro sacrificio universal (I, 11) y de la venida inminente de Cristo : «He aquí que viene el Dominador a quien buscáis y el Ángel del Testamento que deseáis…» (III, 1-7). Es notable, sobre todo, en el libro de Malaquías la profecía eucarística en la cual se indican la abolición de los sacrificios de la Ley antigua y la institución de un Nuevo Sacrificio (I, 7-14).

G. Boson

La Mala Hierba, Pío Baroja Nessi

Novela del gran escritor español Pío Baroja Nessi (1872- 1956), publicada en 1904, que forma parte, junto con La busca (v.) y Aurora roja (v.), de la trilogía La Lucha por la Vida.

La mala hierba se inicia en el estudio del escultor Alejo Monzón, cuyo hacer y des­hacer, sin terminar nada, es el exponente de una clase de artistas que no se empe­ñan en el trabajo como verdadera manera de triunfar. En este estudio se alberga también para escribir sus artículos en la prensa, Roberto Hastings, que es el hombre de voluntad bien dirigida. Allí es donde cae Manuel, entre los tipos charlatanes y aviesos que se consideran artistas, pero que sólo son maldicentes e impotentes aspiran­tes al arte. Después de una breve colocación como aprendiz de un aparente fotógra­fo, vuelve al estudio de Alejo Monzón y de allí le «sale» otro nuevo empleo: el de auxiliar de un fantástico tipo, agente de negocios quiméricos y embrollados, que acaba por «situarlo» como hijo de una ba­ronesa que en ese momento vive de manera catastrófica con una criada mulata y muchas trampas encima. La historia, más que accidentada, de semejante dama — cubana, viuda de un barón flamenco y, madre de una niña deliciosa — permite el fingimien­to de que Manuel aparezca como hijo suyo y de un don Sergio, con quien mantuvo re­laciones en tiempos pasados.

El tipo de Bonifacio Mingote, pícaro redomado, que es el agente de negocios que coloca a Ma­nuel, así como la casa de juego clandestina de una coronela cubana, los trapicheos de la baronesa y, por último, su huida de Ma­drid con su hija, que decide pedir apoyo a la embajada de su país, son de un gran realismo. La pena de Manuel al verse solo, el nuevo empleo de ahora en una imprenta que tira nueve periódicos madrileños, aña­den interés al relato, alumbrado sórdida­mente por el agrio y pestilente ambiente español de final y principios de siglo. Cau­sa dolor la dramática y acartonada tristeza fisiológica del bajo pueblo en queja per­manente de abandono social, pero que po­cas veces hace algo eficaz por sí mismo para remediarlo. No se puede pasar de lar­go sobre el desaliño y la incongruencia de ciertos diálogos, situaciones, actitudes de los personajes cuando actúan, unos con otros. Sobreviene el vagabundaje de Manuel con el tipógrafo Jesús, que vive con dos her­manas (una fea y otra desvergonzada) en condiciones de absoluta inmoralidad. El fantasma de la guerra de Cuba y la pér­dida de la hermosa isla cruza por las páginas del libro reavivándonos cuanto se ha escrito acerca de la impresión que en la llamada «generación del 98» forzosamen­te hubo de causar la pérdida de nuestras colonias, por las circunstancias que contri­buyeron a ello.

Juergas y vagabundeos, prostitutas, burdeles, casas de juego… Una jira al Manzanares y el asesinato, impre­visto aunque presentido por la víctima, de Vidal, el equívoco primo de Manuel que le protege ahora. Cárcel, embrollos, cola­boración forzosa con la policía para buscar al asesino, el Bizco. Los reproches de Jesús a lo que considera «traición» por parte de Manuel, y la deserción final de éste. La novela termina con un paseo y diálogo de los dos amigos, Manuel y Jesús, de filiación filosóficoanarquistoide, que les inspira la contemplación del firmamento estrellado… Pío Baroja es un escritor original cuyo es­tilo seco y arbitrario no excluye la matización. Su indudable amargura consiste en su amor a España, cuyas lacras quisie­ra desterrar señalándolas implacablemente. Cree en la acción y en la voluntad humana. Describe objetivamente, con una sobriedad no exenta de gran penetración. Ha influido de modo extraordinario en la nueva generación literaria española, que hace de la novela un fiel reflejo de la realidad, aunque Baroja — pese a su aparente descuido — contiene una enorme dosis de sentimenta­lismo y melancolía.

C. Conde

La Malambrunada, Francisco Acuña de Figueroa

En 1837, el uru­guayo Francisco Acuña de Figueroa (1790- 1862), escribió en octavas reales este largo poema épicoburlesco que es uno de los más grandes y más originales, en la literatu­ra clasicista hispanoamericana. Con clásico equilibrio, Acuña de Figueroa plantea en el doble plano de la realidad y de la fantasía, la acción de La Malambrunada, como la lucha entre las viejas, representadas por brujas capitaneadas por Malambruna y pro­tegidas por Satán, contra las jóvenes, am­paradas por Venus bajo el mando de la ninfa Violante. Después de intrincadas y burlescas peleas y risueños episodios casi heroicos, perece Malambruna. Muerta ésta, huyen las viejas ante la vigorosa carga de las jóvenes, hasta hundirse, para salvarse, en un fangal en el que el propio Diablo, que protegía a las feas, las abandona deján­dolas transformadas en ranas. Acuña de Figueroa, al incluir esta obra poética, con ciertos ribetes de crítica social y de filo­sofía satírica, en sus «Obras completas», en­mendó el primitivo texto, desmejorándolo, para adaptarlo a las exigencias de las ten­dencias románticas de la literatura de me­diados del siglo XIX en América.

J. Pereira Rodríguez

La Mala Ley, Manuel Linares Rivas

Comedia en tres actos y en prosa del comediógrafo español Manuel Linares Rivas (1878-1938), estrenada en febrero de 1923, por María Guerrero, en el Teatro Lara de Madrid.

Aficionado el autor a llevar al teatro problemas y tesis jurídicos, plantea en su obra la injusticia que encierra la ley de herencia, favorable a los hijos con perjuicio del progenitor su­perviviente. Adúcese para la demostración el caso de don Lorenzo, a quien sus des­cendientes directos, huérfanos de madre, llegados a la mayor edad, exigen la en­trega de la legítima, sin consideración a las dificultades económicas por que atra­viesa, a causa de quebrantos y contratiem­pos en su fortuna, independientes de su honrada y buena voluntad. De entregar la legítima, hipotecando y malvendiendo lo que le resta, don Lorenzo se quedará arrui­nado, en la mayor miseria. Los hijos, egoís­tas y descastados, no ceden, y el pobre se­ñor, que los crió con cariño y regalo, es víctima, como el rey Lear, de la más negra y despiadada ingratitud. Sólo le consuela su hija Cristina,, cordera fiel y abnegada, llena de amor y de piedad filial, que será, al fin y al cabo, y para el desenlace dra­mático bellamente optimista, la que con­jure el peligro con ayuda de la noble pro­tección de Dionisio, muchacho enamorado de Cristina, inteligente y generoso, que es­pera ganarla por su constancia y lealtad y no comprarla por su dinero. Todo esto y los tipos secundarios que completan y ornamentan la arquitectura dramática, há­bilmente pergeñada, ha ganado para la obra la aprobación del público.

C. Conde

Malaca Conquistada, Francisco de Sâ de Meneses

Poema he­roico del portugués Francisco de Sâ de Meneses (m. 1664), publicado en Lisboa en 1634. Antes de Camóes la gloria de la em­presa portuguesa había sido sentida en toda su grandeza, y, ya en 1491, Poliziano es­cribía a Juan II que las expediciones por­tuguesas eran dignas de Ulises y de Eneas, y decía estar presto a cantar sus glorias. Más tarde, Antonio Ferreira exhortó a ha­cer de las conquistas el asunto de un poe­ma nacional. Los Lusíadas (v.) agotaron poéticamente la espléndida epopeya, y a sus sucesores sólo les quedó la posibilidad de celebrar los episodios particulares; es lo que hicieron Francisco Rodrigues Lobo con el Condestable (1609); Vasco Mousinho de Quevedo, con Affonso Africano (1611); Bernarda Ferreira de Lacerda, con Espanha libertada, etc.

A Sá de Meneses, uno de los últimos, le correspondieron las empresas del gran Alfonso de Albuquerque; asunto digno de ser celebrado, pues la conquista de Malaca (1511) dio a Portugal el domi­nio del Oriente, y las luchas del héroe contra árabes, etíopes, persas y otros pue­blos llevaron la cruz de Cristo hasta los confines del mundo conocido. En el poema se advierten distintamente dos partes: la historicoexpositiva, que continúa la tradi­ción de las crónicas, y la poética, que si­gue, según el modelo de Los Lusíadas (v.), la tradición de los poemas caballerescos con la acostumbrada fioritura de episodios de­corativos. Se advierte, empero, en Sá de Meneses al hombre de la Contrarreforma que evita la mezcla del elemento mitoló­gico y cristiano, ganando en unidad moral lo que pierde en riqueza inventiva y en color. El poema queda, por lo tanto, en el plano de la historia, y las figuras, carentes de todo elemento personal que las carac­terice, raramente se elevan al reino de la poesía. El estilo es incoloro y prosaico.

C. Capasso