La Mala Hierba, Pío Baroja Nessi

Novela del gran escritor español Pío Baroja Nessi (1872- 1956), publicada en 1904, que forma parte, junto con La busca (v.) y Aurora roja (v.), de la trilogía La Lucha por la Vida.

La mala hierba se inicia en el estudio del escultor Alejo Monzón, cuyo hacer y des­hacer, sin terminar nada, es el exponente de una clase de artistas que no se empe­ñan en el trabajo como verdadera manera de triunfar. En este estudio se alberga también para escribir sus artículos en la prensa, Roberto Hastings, que es el hombre de voluntad bien dirigida. Allí es donde cae Manuel, entre los tipos charlatanes y aviesos que se consideran artistas, pero que sólo son maldicentes e impotentes aspiran­tes al arte. Después de una breve colocación como aprendiz de un aparente fotógra­fo, vuelve al estudio de Alejo Monzón y de allí le «sale» otro nuevo empleo: el de auxiliar de un fantástico tipo, agente de negocios quiméricos y embrollados, que acaba por «situarlo» como hijo de una ba­ronesa que en ese momento vive de manera catastrófica con una criada mulata y muchas trampas encima. La historia, más que accidentada, de semejante dama — cubana, viuda de un barón flamenco y, madre de una niña deliciosa — permite el fingimien­to de que Manuel aparezca como hijo suyo y de un don Sergio, con quien mantuvo re­laciones en tiempos pasados.

El tipo de Bonifacio Mingote, pícaro redomado, que es el agente de negocios que coloca a Ma­nuel, así como la casa de juego clandestina de una coronela cubana, los trapicheos de la baronesa y, por último, su huida de Ma­drid con su hija, que decide pedir apoyo a la embajada de su país, son de un gran realismo. La pena de Manuel al verse solo, el nuevo empleo de ahora en una imprenta que tira nueve periódicos madrileños, aña­den interés al relato, alumbrado sórdida­mente por el agrio y pestilente ambiente español de final y principios de siglo. Cau­sa dolor la dramática y acartonada tristeza fisiológica del bajo pueblo en queja per­manente de abandono social, pero que po­cas veces hace algo eficaz por sí mismo para remediarlo. No se puede pasar de lar­go sobre el desaliño y la incongruencia de ciertos diálogos, situaciones, actitudes de los personajes cuando actúan, unos con otros. Sobreviene el vagabundaje de Manuel con el tipógrafo Jesús, que vive con dos her­manas (una fea y otra desvergonzada) en condiciones de absoluta inmoralidad. El fantasma de la guerra de Cuba y la pér­dida de la hermosa isla cruza por las páginas del libro reavivándonos cuanto se ha escrito acerca de la impresión que en la llamada «generación del 98» forzosamen­te hubo de causar la pérdida de nuestras colonias, por las circunstancias que contri­buyeron a ello.

Juergas y vagabundeos, prostitutas, burdeles, casas de juego… Una jira al Manzanares y el asesinato, impre­visto aunque presentido por la víctima, de Vidal, el equívoco primo de Manuel que le protege ahora. Cárcel, embrollos, cola­boración forzosa con la policía para buscar al asesino, el Bizco. Los reproches de Jesús a lo que considera «traición» por parte de Manuel, y la deserción final de éste. La novela termina con un paseo y diálogo de los dos amigos, Manuel y Jesús, de filiación filosóficoanarquistoide, que les inspira la contemplación del firmamento estrellado… Pío Baroja es un escritor original cuyo es­tilo seco y arbitrario no excluye la matización. Su indudable amargura consiste en su amor a España, cuyas lacras quisie­ra desterrar señalándolas implacablemente. Cree en la acción y en la voluntad humana. Describe objetivamente, con una sobriedad no exenta de gran penetración. Ha influido de modo extraordinario en la nueva generación literaria española, que hace de la novela un fiel reflejo de la realidad, aunque Baroja — pese a su aparente descuido — contiene una enorme dosis de sentimenta­lismo y melancolía.

C. Conde