El Mandarín, José Maria Eça de Queiroz

[O Mandarim]. Novela del portugués José Maria Eça de Queiroz (1845-1900), publicada en 1880. Un pobre empleadillo ha leído en el libro de un filó­sofo que nadie tendría escrúpulos de tocar una campanilla si ésta habría de procurar la muerte de algún lejano mandarín para apoderarse de sus riquezas. Sueña que toca dicha campanilla y a la mañana siguiente encuentra en su antecámara los empleados de varios bancos que le anuncian una in­mensa fortuna. Inesperadamente rico, sa­tisface todos sus caprichos, adquiere una lujosa morada, se rodea de servidores y mantiene una amante. Pero, en el fondo de su alma, lentamente, se abre camino el remordimiento de haber causado la muerte de una persona y haber arruinado a su fa­milia. Dicho pensamiento se hace obsesio­nante para el pobre hombre, hasta el punto de que decide ir a China para encontrar a la familia del mandarín y devolverle lo que le queda del dinero. Después de curiosas aventuras, mientras viaja con una caravana de servidores por el desierto de Tartaria, es asaltado por unos bandoleros: huye en su caballo, que se desboca, pero los dispa­ros le alcanzan. En este momento termina el sueño: cesa la pesadilla del hombre sen­cillo y mediocre; al día siguiente reempren­derá su vida mezquina y monótona de em­pleado.

En El mandarín el naturalismo llano y minucioso de las primeras obras de Ega de Queiroz busca acentos personales de la fantasía .irónica y vaga que encontrará en la Reliquia (v.) su expresión más plena y una conciencia artística más clara.

G. Battelli

La Mandrágora, Nicolás Maquiavelo

[La mandragola]. Comedia en cinco actos de Nicolás Maquiavelo (Niccolò Machiavelli, 1469-1527), escri­ta probablemente hacia 1520.

El argumento que utiliza remotos temas de leyenda y aborda modos recientes de la novelística, se refiere a una burla que el enamorado Callimaco juega a Nicia Calfucci, esposo de la bella y honesta Lucrezia. Nicia, viejo rico, estúpido, papanatas y dado a mostrar­se como experimentado de las cosas, desea tener un hijo, a toda costa, tras muchos años de matrimonio estéril. Lo conseguirá Callimaco, fingiéndose médico, con la ayuda del gorrón Ligurio, del fraile Timoteo, de la propia madre de Lucrezia y de una po­ción de mandrágora; y como ésta tiene el poder de envenenar al primero que se acer­que a la mujer que la bebe, seducen una noche a cierto joven desconocido (que no es sino Callimaco disfrazado) y lo llevan al aposento de Lucrezia. Entonces Callimaco se descubre e implora perdón y amor. «Puesto que la astucia — responde Lucre­zia —, la estupidez de mi marido, la sim­pleza de mi madre y la maldad de mi con­fesor me han llevado a hacer lo que nunca hubiese osado por mí misma… yo te tomo por dueño, patrón y guía. Tú, mi padre y mi defensor: para ti quiero que sean todos mis tesoros».

La decisión consentida y apa­sionada de Lucrezia, aceptando al varón que se le ha impuesto, no sin dibujar una sonrisa de malicia rebelde («quiero pensar que viene por orden celestial, y si así lo quiso, no puedo recusar lo que el cielo desea que acepte») emprende animosamente el nuevo sendero que le corresponde andar, dilata en un tono nuevo y con un amargo encanto la premisa fabulosa de la poción mágica y el tema del amor que viene de lejos; pero el halo fabuloso, lo precedente y la continuación voluptuosa y encubierta, son los paréntesis de apertura y cierre de la trama cómica, que cristaliza en una mag­nífica definición de los personajes el juego de la burla carnal. Cada uno’ de ellos, y especialmente el doctor Nicia y el fraile Timoteo, pertenecen a la convención no­velística y teatral. Pero encerrados como se hallan por una observación tan preocu­pada por hacerse cruel, se transfiguran en poderosas imágenes poéticas, aniñado el uno, dentro de su fantasía, que aun deli­berada, es trastornada por un delirio am­bicioso y una predisposición para pactar con el delito y no se preocupa de los daños inferidos a los demás ni, a fuerza de nece­dad, advierte el daño propio; el otro, igno­rante de toda fe religiosa, abrumado por la incoherencia y la ineptitud, pero siem­pre atento y dispuesto a traducir en uti­lidad inmediata cuanto sobrevive de fe y confianza en el prójimo.

En tal tensión de definiciones características se revela la ac­titud más auténtica del escritor moralista y político, que sigue muy de cerca las imá­genes a fin de transferirlas, de la realidad cotidiana en que las observa, a una esfera de pura fantasía, apremiado por un capri­cho desdeñoso y amargo; pero la estiliza­ción va más allá y persigue una articulación cómica de figuras y juegos escénicos que, en parte, mantiene la firmeza del puro es­tilo manifestándose en muchas fórmulas mediatas y mediocres y, por otra parte, procura que se estabilicen en una tradi­ción. Pero no se limita a esto el comedió­grafo: las aventuras de Lucrezia, si de un lado se muestran rígidas en un juego escé­nico ejemplar, se convierten a la vez en ejemplo de un naufragio de la moral tradi­cional y familiar, al que el moralista asiste con un melancólico y contrariado senti­miento de despedida. [Trad. española de Rafael Cansinos Assens en Obras festivas y escabrosas (Madrid, 1916)].

M. Apollonio

La Mandrágora es la obra de un hombre que si se hubiese dedicado al drama habría logrado, posiblemente, el apogeo. (Macaulay)

En lo cómico de La Mandrágora hay algo de triste y serio, que va más allá de la caricatura y concita al arte. (De Sanctis)

La Mandrágora no nace por diversión de un desocupado sino por la pasión del ob­servador de la humana naturaleza y de la corrupción del mundo, que es como es, y que no logran cambiar nuestros sermones ni nuestros ruegos. (L. Rosso)

La Mandrágora es una obra maestra; tal vez la comedia más importante de la his­toria literaria de Italia. (M. Bontempelli)

Mānavadharmaśāstra

[Libro de la ley de Manú]. Es el texto jurídico indio más autorizado, escrito en forma métrica y dividido en diez libros con un total de 2.685 estrofas.

La tradición indígena lo atribuye a Manú, mítico progenitor de la raza hu­mana y — en su calidad de soberano de la tierra — principio del género humano y fundador de todo orden social y de la nor­ma jurídica entre los mortales. Despojada del velo legendario, esta obra, conocida ge­neralmente bajo el título de Leyes de Manú o Código de Manú, es la más importante y significativa entre cuantas pueden orien­tarnos acerca del derecho público y pri­vado y sobre tantos usos y costumbres de la India antigua. No es empresa fácil pre­cisar la fecha, que está contenida entre lí­mites de tiempo más bien lejanos; concre­tamente, entre el siglo II a. de C. y el siglo II d. de C. La materia tratada es bastante amplia.

Comienza la obra con una narración india de la creación, inspirada en fuentes vedas y en antiguas doctrinas filo­sóficas ortodoxas. Los principales asuntos tratados en los cinco primeros libros son: ceremonias y ritos relacionados con los dos primeros períodos (preparación y condi­ciones del cabeza de familia), en los cuales suele dividirse la vida de los que pertene­cen a las castas más elevadas; alimentos permitidos y alimentos prohibidos; impu­reza y purificación, y normas concernientes a la mujer. El sexto libro trata de los dos últimos estados (el eremita y el asceta). El séptimo está consagrado a los deberes del rey y presenta muchos puntos de con­tacto con los textos de política (v. Kautillya-arthaśāstra). En los dos libros siguien­tes (octavo y noveno) hallamos desarrolla­da la parte jurídica, penal y civil, con el respectivo procedimiento y valoración de la prueba, después de la cual surgen las de­posiciones testificales y el juicio de Dios. Es interesante la subdivisión de la materia jurídica en dieciocho temas: deudas; de­pósitos y prendas; ventas sin derecho po­sesorio; contratos sociales; anulación de do­naciones; falta de pago de salarios; resci­sión de contratos; anulación de compras y ventas; litigios entre dueños y asalariados; litigios concernientes a lindes; ofensas por vía de hecho; ofensas verbales; hurtos; vio­lencia; adulterio; deberes entre cónyuges; derecho hereditario; juego y apuestas. Ha­cia el fin del libro noveno aparece un bre­ve fragmento sobre los deberes del rey, seguido de otro sobre los deberes de los individuos pertenecientes a las últimas castas («vaiśya» y «śūdra»). El libro décimo se ocupa de las castas mixtas, de los deberes y tareas de las cuatro castas y de las nor­mas jurídicas en caso de calamidad pública.

El libro onceno trata de las reglas concer­nientes a la penitencia, ofrendas y sacri­ficios, y da una clasificación de los peca­dos. El duodécimo expone la doctrina de la recompensa en bien y en mal — en la vida futura — de las buenas o malas accio­nes realizadas en la vida presente, con ob­servaciones de carácter filosófico sobre la transmigración y la liberación final. El Mānavadharmaśāstra no es solamente un tratado jurídico, sino más bien una obra literaria de gran valor, escrita en un estilo elevado, desarrollado en bellas imágenes y felices símiles. Difundida prontamente por toda la India, a partir del siglo IX encon­tró comentaristas pertenecientes a las más diversas comarcas de aquel inmenso país: prueba manifiesta de la importancia univer­sal que se le atribuyó. Posteriormente se hallan derivaciones del Mānavadharmaśāstra entre los libros jurídico budistas de Birma­nia; en Siam y en la isla de Java está re­conocida la autoridad del legislador Manú. Traducción inglesa de G. Bühler (Oxford, 1886).- [Trad. española por V. García Cal­derón (París, 1900). La mejor y más autorizada es la versión directa del sánscrito por José Alemany y Bolufer (Madrid, 1912, 2.a ed., 1928)].

M. Vallauri

 

Una Mancha en el Blasón, Robert Browning

[A Blot in the ‘Scutcheon]. Tragedia en tres actos de Robert Browning (1812-1889), represen­tada en 1843 y que fracasó, más sin duda por la riña del autor con el actor Macready que por defectos de la obra; fue publicada con la quinta parte de Campanas y grana­das (v.), en el mismo año. Cierto que esta tragedia, escrita de prisa a petición de un actor, es la menos teatral entre todas las de Browning. Es, sin embargo, notable por la maestría con que están estudiadas las pasiones, a pesar de 1a. lentitud que los pasajes líricos deben provocar en el des­arrollo de la acción. Ésta ocurre en el si­glo XVIII. La hermana y pupila de lord Tresham, Mildred, es amada por lord Mertoun, que se convierte en su amante. Cuan­do le pide a lord Tresham la mano de Mil­dred, el primero, que ha sido informado por un confidente de que durante la noche la hermana recibe a un hombre en su cuar­to, la interroga, y ella confiesa. Pero no revela el nombre de su amante. Lord Tres­ham logra sorprender a lord Mertoun «in fraganti», y lo mata. Después, arrepentido de haber matado a un amigo y destruido la felicidad de su hermana, se envenena. Mil­dred muere de dolor.

A. Camerino

Mancha que Limpia, José Echegaray y Eizaguirre

Drama del autor español José Echegaray y Eizaguirre (1832- 1916), que basa su argumento en la hipo­cresía de una mujer, Enriqueta, frente al apasionamiento leal de otra, Matilde, am­bas protegidas por Concepción, madre de Fernando, al cual ama locamente Matilde siendo correspondida, mientras la madre del mozo compone la boda del mismo con En­riqueta que, a su vez, es amante de Julio y al cual traiciona por interés. Matilde des­cubre el enredo, pero su mismo arrebatado impulso la pone en evidencia ante todos, que llegan a creerla amante de Julio. Cuan­do la boda se celebra, entre Enriqueta y Fernando, una carta de Julio declarando al último la verdad de sus amores con la hi­pócrita Enriqueta, cae en poder de Matilde; ésta se la hace leer a Fernando, y mientras ruge de dolor por verse unido a una des­honrada e intrigante mujer, Matilde la ma­ta. Concepción, viendo aquellas manos man­chadas de sangre gime dolorida, pero su hijo, feliz y exaltado, grita a su vez que aquella mancha, ¡limpia! He aquí el drama que María Guerrero llevó triunfalmente a la escena arrebatando a un público sensi­blero y poco exigente. El lenguaje, decla­matorio, producía el efecto buscado.

C. Conde