Mambriano, Francesco Bello

Poema caballeresco en 45 cantos en octosílabos, compuesto hacia fi­nes del siglo XV por Francesco Bello, lla­mado el Cieco da Ferrara (segunda mitad del siglo XV).

Mambriano, sobrino de Mambrino y rey de Bitinia, se propone vengar a su tío, muerto por Reynaldos (v.), res­catar de este último sus famosas armas y demoler la roca de Montalbán, sede de Rey­naldos. Pónese en camino, pero una tem­pestad le arroja a la isla de la maga Carandina, que lo retiene con sus lisonjas y cuando él quiere alejarse para combatir con Reynaldos, consigue atraer al héroe francés hacia su isla, donde tiene lugar un terrible duelo entre ambos. Mambriano consigue escapar de las iras de Reynaldos, gracias a la llegada inesperada de unos súbditos suyos, que lo trasladan a una nave y lo alejan; queda Reynaldos en la isla, prisionero de los encantos de Carandina. Mambriano, una vez reconquistado su rei­no, que detentaba un usurpador, invade Francia con un fuerte ejército y sitia Montalbán. Acude Carlomagno (v.) al frente de sus huestes y tiene lugar una encarni­zada batalla, en la que los cristianos están al borde de la derrota, hasta que surge Reynaldos y consigue cambiar la suerte de la contienda.

Mambriano huye, de noche, llevando consigo a los palaciegos que ha­bía capturado; mas Reynaldos lo persigue hasta Asia, lo derrota repetidamente, libera los prisioneros y desafía a su enemigo. Está a punto de matarlo cuando aparece Carandina, implorando como gracia la vida de Mambriano; consiente Reynaldos a condi­ción de que su rival declare públicamente no ser cierta la acusación de haber muerto a traición a Mambrino y pague una indem­nización a Carlomagno, por la injusta gue­rra desatada. Acepta Mambriano y se casa con Carandina, que ha dejado de ser maga para convertirse en señora. Entretanto, re­gresa a Francia Roldán (v.), que hacía tiempo partió en busca de Reynaldos y ha llevado a cabo grandes proezas en lucha con los infieles, tanto en España como en África. Desde aquí (Canto XXV) hasta el final, se desarrolla una maraña de episodios y aventuras, sin verdadera conexión, y todo se resuelve con el retorno y el encuentro de todos los caballeros en la corte de Car­lomagno, mientras de Mambriano, que da el título a la obra, no se habla más.

El poema carece de verdadera unidad y se presenta como un conjunto de leyendas agrupadas de cualquier modo en torno a un episodio central. El «Ciego» muestra notables dotes de narrador — como mani­fiesta, asimismo, en las novelas insertas en el poema — y su obra gozó gran fama (fue impresa nada menos que once veces entre los años 1509 y 1554); pero no consigue, como Boyardo, en su Orlando enamorado (v.), infundir un nuevo espíritu en los asuntos caballerescos, que ya por entonces se hallaban en decadencia. El poema, más que por un decisivo motivo de inspiración, puede animar hoy a su lectura en virtud del indudable donaire del narrador; no cabe decir otro tanto respecto a su conjunto y tosca hechura, atiborrada de materia clá­sica mal asimilada, y desarrollada con des­cuidado estilo.

M. Sansone

Ma Mère L’oye, Maurice Ravel

Cinco piezas infantiles para piano a cuatro manos, de Maurice Ravel (1875-1937), publicadas en 1908, ins­trumentadas y estrenadas en forma de ba­llet, en cinco cuadros, en París, en 1912. Se titulan «Pavanne de la Belle au bois dormant»; «Petit Poucet»; «Laideronnette, Imperatrice des Pagodes»; «Les entretiens de la Belle et la Bête»; «Le jardin féerique», y están inspirados en Perrault (v. Historias y cuentos de tiempos viejos).

En el ballet la princesa Florina aparece en un jardín encantado; una anciana está hilando junto a una lavandera. La paleta orquestal de Ravel, tan rica en timbres y colores, se revela ya desde estas primeras páginas, pe­se a su sencilla escritura, si la comparamos con sus obras precedentes. La princesa jue­ga con la rueda de la rueca, pero en cier­to momento queda herida, y la anciana hilandera pide socorro. Hombres y mucha­chos entran precipitadamente en escena. Florina ha quedado dormida y dos damas se disponen «a prepararla para su noche secular». Una lenta y triste pavana marca el ritmo de la danza. Después comienzan los cuadros que representan los sueños de la princesa; la escena de la «Bella y la Bes­tia» es comentada por una música sencilla, construida sobre dos fases, la una entonada en tiempo de vals y la otra violenta y bru­tal, definidas ambas por medio de un ins­trumental ligero.

Se hace de noche; los siete niños del leñador, con Pulgarcito, se duermen; pasan los pájaros que les devo­ran todo el pan; aquí Ravel traza una de­licada página de música imitativa, y con acentuaciones rítmicas y frases melódicas que se funden en el calor de las armonías y de la instrumentación, crea una atmósfera de ensueño, la cual trasciende, a pesar de la evidente intención onomatopéyica, toda referencia realista; atmósfera que se pro­longa en la sobria y susurrada página del despertar de los niños y su dolor por la .pérdida de su pan; unos compases de ritmo suelto, una «cadenza», primero ejecutada por el arpa y después por la celesta, anun­cian la llegada de Laideronnette, emperatriz de las Pagodas; dos melodías chinas, una viva y luminosa, otra más lenta y extensa, son expuestas alternativamente para fundir­se después en ricas sonoridades tímbricas. Las danzas que siguen conducen finalmente al jardín encantado donde Florina es des­pertada por el príncipe encantador. «La idea de evocar en estas piezas la poesía de la infancia me ha conducido naturalmente a simplificar mi estilo y a desnudar mi es­critura», escribe Ravel; pero este sentido de la escritura lineal y esquemáticamente construida es algo más que una sencilla motivación literaria.

Ma mère l’Oye, com­puesta mientras Ravel trabajaba en Dafnis y Cloe (v. Dafnis y Cloe, o las Pastora­les), revela la necesidad de evadirse de la atmósfera impresionista en la cual el com­positor había venido formándose. Hay en Ravel, ahora, una madurez de lenguaje que lo lleva a resolver la experiencia del impresionismo en una nueva conciencia de los valores constructivos en un sentido más preciso y definido; de este modo, el color, el juego tímbrico, ya no se disuelven co­mo en Debussy, en indefinidas y sutiles impresiones sonoras, sino que tienden a organizarse dentro de esquemas precisos. Ma mère l’oye es, por esto y, tal vez, por la voluntaria sencillez de su escritura, en­tre todas las composiciones de Ravel, la que mejor señala la posición del músico francés respecto al impresionismo.

L. Rognoni

 

Mam’zelle Nitouche, Henri Meilhac

Comedia-vaudeville en tres actos y cuatro cuadros de Henri Meilhac (1831-1897) y Albert Millaud (1836-1892), estrenada en París, en 1883, con música de Florimond Rongé Hervé (1825-1892). Nitouche, una educanda cuyos pa­dres llevaron a un convento con el fin de prepararla para el matrimonio, es un mode­lo de candor y modestia. Tanto es así, que antes de abandonar el convento desea asis­tir a la representación de una opereta com­puesta por el organista Celestino, que él hace estrenar bajo el nombre de Floridor. Con tal motivo tiene ocasión la muchacha de acudir al teatro, donde una actriz ha caído enferma; y como Nitouche conoce la opereta de memoria, es encargada de sus­tituir a la actriz. Lo hace con gran éxito, después de lo cual, por complicadas cir­cunstancias, disfrazada de soldado, toma parte en una cena celebrada por dragones, se embriaga con champaña, abofetea a un comandante y retorna felizmente al con­vento para terminar como esposa de su prometido. La obra, que fue escrita para la actriz Judie, consiguió un éxito extraordi­nario, sobre todo gracias a la airosa música de Hervé. Fue traducida a diversos idio­mas llevada a la pantalla, interpretándola Lilian Gys. La figurilla de la ingenua de Nitouche actuando bajo los efectos del champaña se ha convertido en proverbial, como delicioso símbolo del candor aliado con la malicia.

M. Ferrigni

Mamá Póstková, Jozef Bregor-Tajovsky

Es el más importan­te de los cuentos Bajo la hoz [Zpod Kosy] del escritor eslovaco Jozef Bregor-Tajovsky (1874-1940), escritos entre 1907-1909 y pu­blicados en 1921. La colección debe su notoriedad sobre todo a Mamá Póstková, la prosa naturalista más representativa de la joven literatura eslovaca. Mamá Póstková ha tenido una vida difícil; su marido es un holgazán borracho, y ella ha debido pro­veer a todo; su único hijo se casa y deja la’ esposa y los hijos a su cuidado. El hijo, borracho y disipador, pega a su mujer y sus hijos, y después de la muerte del pa­dre, comienza también a amenazar a la madre. La pobre mujer cambia de casa y toma en arriendo un cuartito donde ela­bora el pan que vende luego en la ciudad. Con sus escasas ganancias, paga concienzudamente una deuda de doce coronas que tiene con la banca. Cuando tiene más de sesenta años, se rompe una mano. Entonces su hijo siente remordimientos, le pide per­dón y se la lleva con él. Ayuda como puede a la .familia para no ser una carga: pero una vez curada, quiere volver a su modesto cuartito. Su vida resulta entonces más di­fícil, pero lo soporta todo, fiel a su idea de la honradez, lo que la obliga a pagar céntimo a céntimo la deuda todavía no cancelada. El cuento termina con el epi­sodio de la venta de la última almohada, para cancelar la deuda, que la banca habría querido perdonar. En su tendencia huma­nitaria — que acusa el punto de vista so­cial— el cuento de Tajovsky recuerda en parte la tendencia rusa análoga en la pri­mera mitad del siglo XIX, y en el modo de desarrollarla recuerda al naturalismo francés.

E. Lo Gatto

Malvaloca, Serafín y Joaquín Álvarez Quintero

Drama en tres actos de los costumbristas españoles Serafín (1871- 1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero, estrenado en el Teatro de la Princesa de Madrid, el 6 de abril’ de 1912, por la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza.

Escrita con el gracejo andaluz y la soltura inimitable de estos au­tores, la obra carece de valores trascen­dentales, ya que se limita a contar la his­toria ligera de una mujer «de la vida», muy buena y generosa de corazón, arrebatada de impulsos, sobre quien pesa una familia des­vergonzada, responsable quizá de sus malos pasos, y que al enterarse de que un antiguo amante suyo, Salvador, ha sufrido graves quemaduras en el ejercicio de su oficio de fundidor, acude al convento de Hermanitas de los Pobres, en donde le curan, para vi­sitarle. Allí conoce al compañero de fun­dición del herido, Leonardo, hombre del Norte español, serio y apasionado, que se enamora de ella en el acto, así como ella de él. La campana del convento está rota y los fundidores, agradecidos al cuidado de las monjitas por Salvador, se ofrecen a fundirla para devolverle su cristalino y primitivo son. Este destino de la campana arranca a Malvaloca el nostálgico deseo de poderla imitar: «Meresía esta serrana / que la fundieran de nuevo / como funden las campanas». Porque Leonardo tiene ce­los de su pasado, de su amigo Salvador, cuya intimidad con la idolatrada mujer no olvida; y en una escena en que Malvaloca — que va a ver una procesión a casa de su amado, y en ella recibe inevitables des­aires por parte de señoras del pueblo — se duele de su existencia, aunque el ex aman­te ofrece irse de allí a fin de que su pre­sencia nada recuerde del pasado. Al oírse el primer repique de «Golondrina» — la campana recuperada—, Leonardo y su ama­da Malvaloca lloran juntos, de emoción y de esperanza de una nueva vida de amor y regeneración total.

C. Conde