Martín Lutero o La Consagración de la Fuerza, Zacharias Werner

[Martin Luther oder die Weihe der Kraft]. Tragedia en cinco actos, de Zacharias Werner (1768-1823), estrenada en Berlín, el 1807. Precede un prólogo en el que se pinta a Lutero como enviado por Dios para reconstruir el mundo en ruinas, acompañado de tres ángeles: la fe, el arte y la pureza, motivo que será recogido ale­góricamente en el canto sacro y en las figuras de dos personajes, Teobaldo y Te­resa.

El primer acto prepara la aparición de Lutero: tumulto de mineros en la plaza; intento de secuestro, en el convento, de Ca­talina la mística, que logra quedarse y no cede, como otras jóvenes religiosas, a las lisonjas de Franz von Wildeneck, luterano ardiente y enamorado de Catalina. Ésta, firme en su fe tradicional, odia al hereje Lutero y con arrogancia desciende en com­pañía de la dulce Teresa, la muchacha sencilla que ha permanecido a su lado, para arengar a la muchedumbre amotinada. Mas en esto aparece Lutero y quema la bula papal. Catalina le observa espantada y huye de nuevo a su celda: acaba de ver encar­nada en él la imagen de su éxtasis. En el segundo acto, la figura de Lutero tiene momentos de verdadera y auténtica inspi­ración, como cuando traduce un salmo, para postrarse en tierra seguidamente, o el momento de su encuentro con sus padres o cuando Melanchton y los demás discí­pulos le suplican que no vaya a Worms, donde le espera sin duda la condena.

El acto termina con su resolución de conti­nuar su camino. El tercero y cuarto actos, de gran efecto teatral, tratan del proceso en presencia del emperador Carlos V y de los príncipes imperiales. En el tercero, es­cribe Lutero el famoso himno Fortaleza fir­me es nuestro Dios (v.): nada quiere de los hombres, todo de Dios: vida o muer­te. En la escena de la sala de Worms, du­rante el debate, se plantea la cuestión de la independencia alemana, y muchos prín­cipes electores querrían encontrar en Lu­tero su abanderado contra el catolicismo que representa España, pero él rehúsa. Car­los V, si bien no le comprende en este momento ideal, salva sin embargo a Lutero, si bien lo descarta de sus planes. El acto IV termina con una escena en el bosque, entre Catalina y Lutero, Teresa y Teobal­do, discípulo predilecto de aquél; allí se perfila aquel amor que dominará, en el acto V, sobre las frágiles criaturas y dará, a su vez, a Lutero y Catalina fuerzas para vivir y continuar la obra reformista. Arti­ficiales, irreales y poéticamente románticas son las figuras de Teresa y Teobaldo, que en sus simbólicos parlamentos sobre pie­dras preciosas y flores, se incitan recípro­camente hacia el amor. El acto V se inicia con los funerales de Teresa.

Franz, el fa­nático devastador, saquea el convento y movido por los celos intenta matar a Lute­ro, pero alcanza a Teobaldo. Tras un mo­mento de decaimiento producido por la muerte del discípulo, Lutero, influido por la mística Catalina, se repone y recobra toda su fuerza. Los dos, sintiendo la fe única en su misión divina, se unen en matri­monio; un cuerpo y un espíritu, para lo­grar el fin único. En toda la tragedia, Werner, ya próximo al catolicismo, sólo pre­senta a Lutero bajo el aspecto de refor­mador. En el mundo romántico alcanzó esta tragedia escaso éxito; en cambio, triunfó rotundamente en los teatros berlineses, in­cluso en mayor medida que el propio Schiller.

G. F. Ajroldi

Martín Rivas, Alberto Blest Gana

Novela del escritor chi­leno Alberto Blest Gana (1830-1920). Mar­tín Rivas es un mozo de origen provinciano, de humilde familia, que llega a estudiar en la capital, Santiago, confiando en la ayuda que le ha de prestar un ricacho de pocas luces, don Dámaso Encina. Martín se ena­mora de Leonor, hija de su protector, en cuya casa vive, pero no es capaz de reve­larle su amor. El mismo sentimiento se des­arrolla en ella, que por orgullo lo oculta. En este juego de recíproco escondite se da tiempo a Martín para que resuelva con in­genio no pocas situaciones difíciles en que se comprometen sus amigos, hasta que se resuelve a confesar su amor por escrito a Leonor en la inminencia del histórico mo­tín de 20 de abril de 1851. Uno de los mé­ritos que en esta novela han señalado sus críticos es el contrapunto entre el mundo encumbrado de los ricos protectores de Martín y el de la clase media, lo que da ocasión al novelista para exhibir una muy animada galería de cuadros de costumbres. La novela fue escrita después que su autor había estudiado en Francia, y revela influencia de Stendhal, acaso la más tempra­na en América, dada la fecha de su com­posición (1862). Es la más popular de las novelas chilenas y cuenta con no menos de diez ediciones y dos adaptaciones al teatro.

R. Silva Castro

Martín Krpan de Vrha, Fran Levstik

[Martin Krpan z Vrha]. Narración del escritor esloveno Fran Levstik (1831-1887), publicada en 1858. El autor se ha inspirado en anti­guos cuentos eslovenos y especialmente en la figura del hercúleo contrabandista Stempihar. También Martin Krpan es un con­trabandista de fuerza poderosa; su fortuna empieza el día en que, encontrando en la carretera de Carso al rey Juan, levanta su muía con todo su cargamento de sal in­glesa y la pone a un lado para dejar paso al rey. Éste se acuerda de él el día en que el terrible gigante Brdavs desafía al mejor de los héroes, le hace llamar y Martin, con su enorme hacha, corta la cabeza del gi­gante. El rey Juan quisiera dar su hija como esposa al hombre que ha salvado al imperio, aunque la reina se oponga; pero Krpan no sabe qué hacer de una princesa mimada y sólo piensa en su difunta Mar- jeta; acepta una bolsa de dinero y, pese a la oposición del ministro de finanzas, Gre­gorio, consigue permiso para transportar libremente su sal. En la caricatura del rey Juan, del ministro de finanzas y de la rei­na, Levstik se burla de los Habsburgos que, durante un milenio, sólo se acordaron de los eslovenos para buscar soldados; pero el personaje de Martin tiene la universalidad de los héroes populares y domina, con su elemental y grandiosa dignidad, el clásico cuento.

U. Urbani

Martin Eden, Jack London

Novela del escritor nor­teamericano Jack London (John Griffith London), 1876-1916, publicada en 1909. Un rudo marinero, Martin Edén, salva la vida a un joven rico, Arthur, y éste le presenta a su familia y a su hermana Ruth; el jo­ven, cuya vida hasta entonces ha consistido en «aventuras, peligros, trabajo derrengador y golpes de audacia desesperada», se ena­mora de la muchacha que a sus ojos en­carna un ideal de vida superior. Decide, pues, refinarse, desdeña las fáciles aventu­ras de antaño y quiere «hacer producir a su cerebro lo que otros han sabido hacer producir al suyo». También Ruth se siente atraída hacia Martin, en quien siente «una palpitación humana» de inagotable vigor, en quien ve «un alma grande condenada al silencio por culpa de sus labios inhábiles». Animado por ella, Martin decide hacerse escritor, estudia y trabaja como un deses­perado.

Pero la lucha no es fácil: durante meses y meses continúa inútilmente en­viando sus manuscritos a las revistas, que los rechazan y no se los pagan; pobre, ham­briento, escarnecido, persevera heroicamen­te, aunque todos le desanimen, incluso Ruth, para quien las convenciones son más fuer­tes que el amor y acaba por abandonarle, cediendo a las insistencias de los suyos. Luego, de repente e inexplicablemente, su suerte cambia: los editores, que advierten al fin su ingenio, imprimen sus libros, las revistas se disputan sus artículos. Martin se enriquece rápidamente, se hace célebre, to­dos le buscan, le halagan, incluso Ruth quisiera volver a él. Pero ya es demasiado tarde: ha comprendido que ella no es la criatura ideal que había soñado, y que la sociedad considerada superior está mezqui­namente encerrada en sus prejuicios; y como no puede volver a la vida pasada, de la que se siente ya definitivamente alejado, decide abandonar el mundo civilizado y se embarca hacia los mares del Sur.

Pero, du­rante el viaje, el «aburrimiento espantoso» que le domina le impulsa a lanzarse al mar, donde encuentra al fin la paz al apagarse su conciencia demasiado clarividente. Jack London es el escritor más representativo de aquella América mecanizada y superficial que nació del esfuerzo de los pioneros, y Martin Edén, autobiográfica como gran parte de sus obras, nos revela, en su misma tragedia desolada, la aridez de una genera­ción que, entregada por completo a la con­quista de los bienes mundanales, no supo intuir los más esenciales valores del espí­ritu. [Trad. de Joaquín Rodríguez Castro (Madrid, 1949)].

A. P. Marchesini

Martín Fierro, José Hernández

Poema del escritor ar­gentino José Hernández (1834-1886), publi­cado en Buenos Aires en 1872, con el título El gaucho Martín Fierro. En 1879 aparece impresa una segunda parte con el título de La vuelta de Martín Fierro. Desde 1894 el título de la obra completa se ha unificado en el nombre del protagonista, distinguién­dose abreviadamente ambas partes, la ida y la vuelta, que aluden, conforme se des­prende del argumento del poema, a la par­tida del héroe a tierra de indios cruzando «la frontera», y al retorno a la sociedad de los blancos y al seno de los suyos.

Después de la invocación inicial y el desahogo lí­rico del canto I, Martín Fierro evoca nostálgicamente la feliz época que gozó en la Pampa (c. II), y comienza entonces la na­rración propiamente dicha. La leva lo arranca de su hogar y lo encierra en uno de los fortines existentes en la trágica fran­ja llamada «la frontera» en tierra de indios (c. III), y cuenta entonces la miserable vida que allí se soporta, los peligros de la gue­rra a muerte con el salvaje que lleva sus «malones» a estos acantonamientos (cc. IV y V). Ante tanto sufrimiento Martín Fierro decide huir, después de tres años, «deser­tor, pobre y desnudo». A estos males se añade la trágica visión de su rancho abandonado y convertido en «tapera»: su larga ausencia y la necesidad han disgregado a su familia y dispersado a sus hijos (c. VI). Martín Fierro se rebela ante este estado de cosas y jura vengarse de la organización social que así lo martiriza, se hace «gaucho malo», frecuenta las pulperías, se da a la bebida y en una ocasión provoca con mala intención a un negro y lo mata (c. VIII). La policía lo persigue y llega a acorralarle; él no se arredra, se enfrenta valerosamente con los «milicos», provocando la admiración de otro gaucho que venía como «sargento» en la partida y que se pone de su lado ex­clamando: «Cruz no consiente / que se co­meta el delito / de matar así un valiente» (vv. 1624-1626), y entre los dos derrotan a los «milicos» (c. IX).

Cruz cuenta a Martín Fierro su historia (cc. X-XII) y juntos de­ciden guarecerse en tierra de indios acep­tando el riesgo que ello supone (c. XIII). De esta forma termina la primera parte, que por ello recibe el nombre de «la ida». En La vuelta de Martín Fierro, después de una introducción, cuenta éste su viaje con Cruz a través del desierto y la penosa vida de cautivos entre los indios (cc. I-II), las costumbres de éstos, sus bailes, fiestas y malones (cc. III-V); la muerte de Cruz a consecuencia de una epidemia de viruela (c. VI) y los lamentos de Martín Fierro junto a la tumba de su compañero (c. VII). Luego sostiene un terrible duelo con un salvaje que maltrataba a una cautiva blan­ca, huye con ella y retorna a tierra de cristianos (cc. VIII-X), donde por fin en­cuentra a dos de sus hijos (c. XI), cada uno de los cuales le cuenta su historia: la de la penitenciaría donde estuvo el mayor encerrado injustamente (c. XII) y la picara historia del viejo Vizcacha (cc. XIII-XIV), protector del Hijo Segundo, hasta que mue­re (c. XVI) y es enterrado (cc. XVII-XVIII). El Hijo Segundo sigue recordando el des­graciado amor que tanto le hizo padecer (c. XIX) hasta que llega Picardía — un nuevo personaje — y narra a su vez su vida de tahúr, sus desdichas parecidas a las de Martín Fierro (cc. XX-XXVIII). Descubre por fin que es hijo de Cruz.

Aparece tam­bién el Moreno cantor, quien provoca a Martín Fierro con la intención de vengar así la muerte de su hermano, el negro in­justamente muerto por Martín Fierro (c. XXX). El duelo es evitado y Martín Fierro se retira con sus hijos (c. XXXI), a quie­nes da paternales consejos (c. XXXII), hasta que por fin resuelven cambiar de nombre y separarse hacia distintos rumbos (c. XXXIII). Este poema está escrito en castellano pero con todos los matices pro­pios del habla típica de los gauchos de la provincia de Buenos Aires a mediados del XIX. Escrito en octosílabos, la estrofa que predomina en el poema es la sexteta ajus­tada por lo general a este esquema: ábbccb. Por lo general, la rima es consonante. Hay muchas licencias métricas y de estilo. Cam­pean en el poema la gracia, la sencillez y la naturalidad. No obstante, la forma es a menudo incorrecta. El poema es fiel reflejo de la vida gauchesca, tanto en su aspecto social como en el psicológico. Martín Fierro es la encarnación del individualismo, de la libertad sobre la pampa que se dilata hasta el horizonte frente a la ciudad civilizadora y progresista.            *

Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que les es peculiar; dotándolo con todos los juegos de su ima­ginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido. (Hernández)

Ni Hidalgo, ni Ascasubi, ni mucho me­nos Del Campo, han llegado entre nuestros poetas populares y gauchescos a la altura filosófica en que toca el versificador más incorrecto de todos, don José Hernández. Martín Fierro es el tipo culminante del gaucho, es decir, el producto más completo de una sociabilidad injusta, operando sobre una naturaleza ingénitamente poderosa y activa. (J. M. Estrada)

El Martín Fierro es el espíritu de la tierra natal cortándose bajo el emblema de la leyenda primitiva, la génesis de una civi­lización en la pampa y las angustias del hombre en la bravía inmensidad del de­sierto. (R. Rojas)

Martín Fierro es, de todo lo hispanoame­ricano que conozco, lo más hondamente es­pañol… Cuando el payador pampero, a la sombra del ombú, en la infinita calma del desierto, o en la noche serena a la luz de las estrellas, entona, acompañado de la guitarra española, las monótonas décimas de Martín Fierro, y oigan los gauchos conmo­vidos la poesía de sus pampas, sentirán sin saberlo, ni poder de ello darse cuenta, que les brotan del lecho inconsciente del es­píritu ecos no extinguibles de la madre España, ecos que con la sangre y el alma les legaron sus padres. Martín Fierro es el canto del luchador español que, después de haber plantado la cruz en Granada, se fue a América a servir de avanzada a la civi­lización y a abrir el camino del desierto. Por eso su canto está impregnado de espa­ñolismo; es española su lengua, españoles sus modismos, españolas sus máximas y sus sabidurías, española su alma. (Unamuno)