Los Metros , Cesio Basso

[De Metris]. Con este nombre nos han llegado varios tratados latinos, de los cuales el más importante, aunque fragmentario, es el de Cesio Basso (siglo I d. de C.). Suplen las partes per­didas las compilaciones de Terenciano Mau­ro y Atilio Fortunaciano (siglos III-IV d. de C.), que adoptaron la teoría de Cesio Basso. Ésta, en sustancia, no era otra cosa que la tesis varroniana, repetida  por casi toda la tradición de los gramáticos roma­nos; pero en la mentalidad crítica de Varrón, los estudios métricos no tenían aquel carácter formal de las posteriores investi­gaciones gramaticales, sino la de un ver­dadero juicio poético. La teoría era la de la derivación: «todos los metros son varia­bles por adición o substracción, por conso­nancia o metátesis». En estos cambios de los metros de un esquema a otro se re­conocía el mismo carácter comprobado en el idioma, carácter arbitrario y natural, ya que la naturaleza daba la norma constante, analógica y racional, mientras el capricho del individuo trataba de romper la natural continuidad de los metros.

En los orígenes de la poesía había un metro heroico, o me­jor dicho, el hexámetro dactílico, propio de la epopeya, que había dado lugar más tarde, por sucesivos incrementos o disminu­ciones, a otros varios metros. Era ésta una tesis histórica y evolucionista que gústala de indagar los obscuros orígenes de un fenómeno y seguirlo en su desarrollo hasta el estado actual. La tesis metodológicamen­te opuesta era sostenida en cambio por los gramáticos griegos, especialmente por Efestión y era la de las clasificaciones áridas y empíricas, introducidas por los alejandrinos que, aun­que habían distinguido en ocho categorías los metros prototipos (dactílico, anapéstico, yámbico, trocaico, coriámbico, antispástico, jónico mayor y menor) no admitían los cambios entre unos y otros, sino que dis­tribuían los metros según su estructura sen­cilla, compuesta y mixta.

F. Della Corte

Método Fácil y Cómodo Para Calcular la Órbita de un Cometa, Heinrich Wilhelm Olbers

[Üver die leichteste und bequemste Methode die Bahn eines Cometen zu berechnen]. Obra del astrónomo alemán Heinrich Wilhelm Olbers (1758-1840), publicada en Weimar en 1797. El método al que va unido el nombre de Olbers se expone en esta obrita dividida en cuatro capítulos. El primero contiene consideraciones generales sobre la posibilidad de determinar las órbitas de los cometas y sobre los diversos métodos pro­puestos; el segundo trata de las ecuaciones de primer y segundo grados que sirven a dicho fin; el tercero reúne métodos breves y fáciles para calcular con gran aproximación segmentos de la órbita recorrida por el co­meta; el último está dedicado a la correc­ción para hacer más aproximados los ele­mentos de la misma órbita. En la edición de 1797 siguen a la monografía las órbitas de 87 cometas calculados por Olbers; en la edición de 1847 las órbitas son 178 y en la de 1864 suman 242. El genial método de Olbers, posterior a los de Newton y Lacaille, se basa en la hipótesis de que la cuerda tendida entre dos lugares conve­nientemente próximos de la órbita terrestre está cortada por un radio vector intermedio en dos segmentos proporcionales a los tiem­pos. La hipótesis había sido ya aplicada por Lambert y Euler al describir las órbi­tas de los planetas. Olbers la extendió tam­bién a la Tierra, simplificando notable­mente los cálculos. El método hizo época en la historia de la astronomía.

G. Abetti

Método Para Prevenir la Rabia Después de la Mordedura, Louis Pasteur

[Méthode pour prévenir la rage après morsure]. Co­municación presentada por Louis Pasteur (1822-1895) en la Academia de Medicina Francesa, en 1885, en la que informó haber encontrado un método práctico para pre­venir la rabia del hombre mordido por un perro rabioso. Pasteur había tratado de atenuar la virulencia del «virus rábico» me­diante inoculaciones sucesivas en animales refractarios a la rabia para obtener una vacuna antirrábica. Después de largos es­tudios y experimentos ensayados desde 1880, descubrió el método seguro de atenuar el virus, sometiendo a desecación las medulas de conejos muertos de rabia.

Experimen­tando en algunos perros un líquido prepa­rado con dichas medulas, en diferentes gra­dos de desecación (empezando por los más atenuados), comprobó que se volvían in­munes a la rabia. De ese modo Pasteur te­nía en la mano un arma infalible para la profilaxis antirrábica cuando, en 1885, le fue llevado el muchacho alsaciano de nue­ve años, Joseph Meister, que presentaba catorce heridas infligidas el día anterior por un perro rabioso: era necesaria una rápida intervención para salvarlo de la muerte. Entonces, por primera vez, Pasteur ensayó su método preventivo en un hom­bre. Procediendo con la máxima prudencia, practicó en el hipocondrio del muchacho doce inoculaciones durante el período de diez días, empezando con una medula que contaba con catorce días de desecación y terminando con la medula de un conejo muerto el día anterior. La prueba triunfó plenamente: así quedaba reducida a la im­potencia una enfermedad terrible, conside­rada hasta entonces como incurable. Con dicho descubrimiento, Pasteur establecía la base segura de la moderna bacteriología.

G. Rignani

Método de Nomenclatura Química, Antoine-Laurent Lavoisier

[Méthode de nomenclature chimique]. Obra del químico francés Antoine-Laurent Lavoisier (1743-1794), publicada en París en 1787. Las expresiones sencillas y racio­nales de que se sirve hoy la química y su método de nomenclatura derivan en gran parte de la obra desarrollada por Lavoisier y algunos de sus colaboradores para librar a dicha ciencia de las expresiones, herméti­cas o de doble sentido, de los criptogramas y de las frases de doble significado que constituían el residuo natural de un largo período de sueños e ilusiones alquimistas.

Lavoisier organizó con este fin reuniones en su laboratorio químico de París, a las que asistían el químico Berthollet, el dra­maturgo y orador Fourcroy y el aficionado Guyton de Morveau, que había ido preci­samente a París para presentar su proyecto de nomenclatura simplificada. En 1787 el nuevo Método de nomenclatura química fue presentado a la Academia de Francia, y pocos años después, especialmente tras la publicación del Tratado elemental de quí­mica (v.) de Lavoisier (1789), el método triunfó completamente. En la obra que consideramos, los cuerpos están divididos en «elementos» y «compuestos», según el concepto ya establecido por Boyle. Entre los primeros, Lavoisier y sus compañeros inscribieron también la luz y el calor, a los que empero declararon explícitamente que no consideraban como sustancias. Ade­más, fueron incluidos el oxígeno, el hi­drógeno y el nitrógeno, cuerpos simples cuya denominación es debida precisamente a Lavoisier. Sin empeñarnos aquí en referir toda la selección de los elementos que pro­puso el gran químico francés, destacaremos que señaló como elementos simples el azu­fre, el fósforo y los metales, contrariamen­te a lo que establecía la teoría del flogisto (v. Física subterránea), mientras que los ácidos fosfórico y sulfúrico, así como mu­chos óxidos metálicos, considerados simples, son, en cambio, cuerpos compuestos.

Los compuestos están divididos por Lavoisier y sus colaboradores en dos grandes clases: binarios y ternarios. A los binarios perte­necen los ácidos, cuyos nombres están for­mados por dos palabras: una común (ácido) y otra particular para cada uno, como, por ejemplo, carbónico, sulfúrico, etc. Para aquellos ácidos de un mismo elemento que contienen una cantidad menor de oxígeno, la terminación «ico» se transforma en «oso», como en la expresión ácido sulfuroso. En­tre las sustancias binarias están todavía los compuestos oxigenados de los metales que, como bases, se oponen a los ácidos y re­ciben el nombre genérico de óxidos, que queda especificado con la indicación del nombre del metal que interviene en la com­binación, como, por ejemplo, óxido de plo­mo. Por último, Lavoisier calificará como compuestos binarios los sulfuros, fosfuros, carburos y los compuestos de dos metales. Entre los principales compuestos ternarios, el escrito en cuestión incluía las sales co­nocidas en aquel tiempo, a las que aplica la terminología hoy en uso. Por primera vez, Lavoisier interpreta justamente en esta obra — basándose en su nueva teoría de la combustión, contraria a la del flogisto — la composición de un gran número de óxidos, de ácidos y de sales. El método de nomen­clatura de Lavoisier fue desarrollado más tarde por el sueco Berzelius en su obra Essai sur la théorie des proportions chimiques (París, 1819).

U. Forti

Método de las Fluxiones y de las Series Infinitas, Isaac Newton

[Methodus fluxionum et seriarum infinitarum]. Obra de Isaac Newton (1642-1727), compuesta con fines didácticos, en 1671, a instancias de su maestro y amigo Isaac Barrow, que — a lo que parece — quería hacerla imprimir como apéndice a la traducción latina del tratado de álgebra de un holandés llama­do Kuckhuysen.

Pero como aquel proyecto no fue realizado, el trabajo permaneció inédito hasta 1736. Forma parte de un gru­po de importantes escritos, los cuales con­tienen las contribuciones de Newton a la constitución del cálculo infinitesimal, es­critos que, junto con ciertos trozos de los Principios matemáticos (v.), comprenden la memoria Analysis per aequationes nu­mero terminorum infinitas (1666) y otra titulada Tractatus de quadratura curvarum (1665-66), además de las hojas publicadas en 1712 con el título Método diferencial y algunas cartas, entre las cuales son par­ticularmente importantes las escritas a Leibniz (13 de junio y 24 de agosto de 1676), y a Wallis (27 de agosto y 7 de septiembre de 1692). La contribución al análisis infi­nitesimal, que aquí consideramos, no puede ser entendida sin una breve referencia a la polémica de prioridad que se desarrolló entre el mismo Newton y Leibniz. Hoy, sin embargo, es necesario reconocer que no hicieron sino llevar a término una direc­ción del pensamiento matemático ya anti­guamente seguida por Eudoxio y Arquímedes, y entonces recientemente llevada a mayor desarrollo por obra de Cavalieri, Torricelli, Wallis, Fermat y Kepler.

Newton (como Leibniz) tuvo el mérito de indicar un constante procedimiento de cálculo que, por medio de las dos operaciones de la di­ferenciación y la integración, permitía re­solver muchas cuestiones de álgebra, de geometría y de física, cuestiones de las que no son sino ejemplos particulares los clá­sicos problemas que absorbían la atención de los contemporáneos, relativos a la in­vestigación de los máximos y mínimos, de las tangentes, de las áreas y volúmenes. Newton y Leibniz explicaron también la relación entre las operaciones con integra­les y diferenciales, y enseñaron a realizar unas y otras con un mecanismo constante en los casos más sencillos. Cierto es que de los métodos sustancialmente equivalentes — llamado uno de las «fluxiones» y el otro de los «diferenciales» —, el segundo, el de Leibniz, se acercó mucho más al fin pro­puesto, que era precisamente el de un ma­yor esquematismo y sencillez en la solución de los problemas. Y esto lo consiguió prin­cipalmente gracias a la introducción de un adecuado simbolismo en que figuran tam­bién los conocidos signos de integral y de diferencial, debidos a Leibniz; mientras que, por el contrario, los procedimientos de Newton, más complicados, no se prestaban al uso común, de manera que éste no apli­có el método de las fluxiones, expuesto en el escrito a que nos referimos, en sus cé­lebres Principios, donde todas las investi­gaciones en que interviene el infinito son, en cambio, llevadas a cabo con el método de límites fundado en el dilema: «Si la diferencia de dos cantidades se hace, en un tiempo finito, menor que otra cualquiera pequeña cantidad, a voluntad, las dos can­tidades dadas acaban por convertirse en iguales entre sí».

El propio Newton reco­noce que este método es el mismo usado por Cavalieri en su Geometría de los indi­visibles. El Método de las fluxiones contie­ne cuanto Newton había publicado en la memoria Analysis per aequationes etc., an­tes citada. Mediante desarrollos en serie de funciones (obtenidos generalizando los pro­cedimientos usados en aritmética para rea­lizar la división o extraer la raíz cuadrada) consigue calcular el área de la hipérbola o del círculo. Al mismo método recurre también para la rectificación de la circun­ferencia. Estos desarrollos en serie son las premisas de que Newton se sirve en el curso de su escrito, que comprende con­ceptos nuevos no publicados todavía en el opúsculo de 1666. Ahora, él, en efecto, de­fine las «fluxiones» y las «fluentes» (las derivadas y las integrales, podríamos decir, usando el lenguaje moderno) y enuncia los dos problemas inversos (y fundamenta­les para el cálculo infinitesimal) de su bús­queda. dando ya algunas reglas importantes de cálculo. Finalmente pasa a aplicar el nuevo método de las fluxiones a la reso­lución de problemas clásicos: investigación de los valores máximos y mínimos de las funciones de una variable, construcción de las tangentes a una curva de determinada ecuación, medida de las «curvaturas», in­vestigación de- los puntos de inflexión, las áreas y las longitudes de determinadas ra­mas de curvas, incluyendo todas las cur­vas especiales conocidas en aquel tiempo.

En cuanto a los máximos y mínimos, él no señala todavía un criterio para distinguir unos de otros, criterio que aparecerá, en cambio, en las Obras matemáticas (v.) de Fermat. Newton—a diferencia de Leibniz— no introduce un simbolismo nuevo adaptado a sus fines, como lo hace, en cambio, en su Tratado sobre la cuadratura de las cur­vas, complemento de la precedente memo­ria, que no fue editado hasta 1704 en apén­dice a Su óptica. En este tratado resultan mejor aclarados los precedentes conceptos de Newton que acabamos de exponer: New­ton comienza considerando todas las cur­vas como generadas por el movimiento de un punto. La velocidad del movimiento del punto es la «fluxión» (o derivada) del arco de la curva descrito por el punto, y, recí­procamente, el arco es la «fluente» (inte­gral) de la velocidad. Llega después al teo­rema fundamental que establece la «flu­xión» (derivada) de xn siendo n entero y positivo. El método no es sustancialmente diverso del seguido todavía hoy en los tra­tados comunes de cálculo, y está fundado sobre la célebre fórmula del binomio lla­mado precisamente de Newton. A diferen­cia de los actuales, los símbolos empleados por Newton para las derivadas sucesivas no son x\ x”, x’”… sino x‘, x”, x”\.. Ob­servemos que, en este escrito, Newton nota explícitamente el parentesco entre su «mé­todo de las fluxiones» y el de los «indivi­sibles» de Cavalieri.

U. Forti