Mi Tío Julio, Guy de Maupassant

[Mon oncle Jules]. Nove­la de Guy de Maupassant (1840-1893), que forma parte de la colección Miss Harriet (v.). Es el característico cuento de am­biente pequeño burgués, puesto en boca del protagonista, Joseph Davranche, quien evo­ca el ambiente melancólico en que trans­currió su infancia: la monótona y modes­tísima vida de su familia en El Havre, consagrada totalmente a mantener un di­fícil equilibrio entre los escasos recursos y las imperiosas exigencias del «decoro»; el padre, afable y honrado empleado; la madre, un tanto agriada a causa de las dificultades económicas, y las dos herma­nas, que esperan el matrimonio soñado. La única pincelada novelesca en este am­biente gris es la legendaria figura del tío Julio: un «mal sujeto», que después de ha­ber mellado con sus engaños los míseros bienes familiares, marchó a América, donde se decía que había llegado a ser rico; des­de allí escribió haciendo grandes promesas a su hermano. Un buen día, para celebrar la boda de la hermana mayor, toda la fa­milia hace una excursión a la isla de Jer­sey, y los padres reconocen, en un viejo miserable, embrutecido por los años y las fatigas, al tan suspirado tío Julio. El te­mor al escándalo, el respeto humano y el egoísmo medroso hacen que la madre tome una despiadada decisión, y la familia re­gresa como si nada hubiera sucedido; pero el hijo menor, José, se ha dado cuenta de todo, y este recuerdo no se apartará nunca de su ánimo. Maupassant desarrolla la cruel historia con sorprendente delicadeza y no sin un satírico desdén, pero conteniendo el pesimismo dentro de los límites de una narración perfectamente objetiva.

M. Bonfantini

Mi Tío Benjamín, Claude Tillier

[Mon oncle Benja­min]. Novela satírica de Claude Tillier (1801-1844), publicada en 1843. Es el sabro­so relato de las hazañas de un pintoresco personaje, presentado como tío-abuelo del autor, hermano de su abuela y cuñado de su abuelo paterno, el buenísimo Machecourt.

El tío Benjamín, doctor en Medicina, inco­rregible juerguista, profesa y lleva a la práctica una bonachona filosofía epicúrea, considerando con serena indulgencia los acontecimientos del mundo desde la altura de su gigantesca talla. Las empresas bur­lescas de aquel optimista de corazón de oro, sus discursos brillantes de ingenio y sembrados de agudas paradojas, y sus pin­torescas aventuras, forman el verdadero asunto de la novela, cuya trama es muy te­nue. En el curso de su vida amablemente despreocupada, el buen Benjamín se ha cargado de deudas: su hermana, para hacerle sentar la cabeza, piensa en casarlo, y encuentra a la hija del señor Minxit, rico médico de un pueblo próximo. Benja­mín acaba condescendiendo; pero cada vez que se pone en camino encuentra la ma­nera de no hacer nada, estorbado por los incidentes más extravagantes. Así, una vez, al salir con su hermana que “quiere llevar­lo hasta allá personalmente, es sorprendido por un temporal; refugiado con ella en la hostería de su amiga, la hermosa Ma­nette, reúne al pueblo en la plaza mayor haciéndose pasar por el Judío Errante, efectúa un milagro y vuelve gloriosamente a la ciudad con su hermana, que no puede evitar sentirse orgullosa de él.

Otra tenta­tiva queda frustrada por el alguacil, que lo ha citado a causa de sus deudas, y lo encarcela pese a su brillante e impertinen­te defensa, muy satisfecho de poder casti­gar en él a un representante de las peli­grosas ideas de igualdad y libertad que em­pezaban a difundirse en la Francia de Luis XV. Llega al fin a casa del doctor Minxit, y Benjamín conquista en seguida el corazón de su futuro suegro, que es un hombre de su estilo, pero no consigue ha­cerse amar por su hija, que desde hace tiempo es cortejada con éxito por un noble, M. de Pont-Cassé, y que, por otra parte, no congenia con él. Por amor hacia el an­ciano doctor, se obstina en su corte hasta el punto de tener un duelo con su noble ri­val. Pero todo es inútil: una noche la hija de Minxit huye con Pont-Cassé y muere, junto con él, en un trágico accidente. Ben­jamín trata en vano de consolar al deso­lado padre que, pasados algunos meses, si­gue a su hija a la tumba, no sin haber alegrado sus últimas horas con un memo­rable banquete, dejando al joven heredero de sus bienes.

El libro es una especie de afortunada novela picaresca que se en­laza directamente con la tradición del si­glo XVIII, tanto por las claras intenciones de sátira social, como por las festivas in­venciones y el sonriente epicureismo que anima sus páginas. Con su estilo limpio y bonachón, con sus complacidas digresiones, con su sabrosa frivolidad, Tillier, en pleno Romanticismo, hace el papel de un retra­sado; pero ello no quita nada a la vita­lidad y a la gracia de su novela, que apa­rece todavía hoy como una pequeña obra maestra de humorismo.

M. Bonfantini

Mística Cristiana , Joseph Gorres

[Christliche Mystik]. Obra historicofilosófica del alemán Joseph Gorres (1776-1848), publicada por primera vez en Ratisbona en cuatro grue­sos volúmenes en 1836-42.

En los años en que la publicación de las obras completas de Hegel y la Vida de Jesús (v.) de Strauss parecían señalar el triunfo definitivo del inmanentismo, esta poderosa obra repre­senta una primera historia documentada de lo trascendente y de su continua, directa intervención en la lucha entre la luz y las tinieblas, entre Dios y Satanás, que acompaña en su camino a la humanidad, a través de los siglos. A la emancipación de la carne proclamada por la «Joven Germania», Gorres opone la redención de la carne de la servidumbre del pecado y la liberación del espíritu; al dúalismo ético y metafísico, el monismo teocéntrico; al idealismo panteísta, la filosofía perenne del realismo cristiano. Ésta es la posición polémica de Gorres, que debe ser tenida presente por todo el que quiera hoy juzgar objetivamente del valor de su obra. La falta de una severa crítica de las fuentes, las construcciones apriorísticas y las fan­tásticas especulaciones, el tributo pagado en la última parte al ocultismo y a la demonología, no pueden hacernos olvidar que la Mística de Gorres constituye la primera tentativa de una metafisiología y metapsicología de la experiencia mística y de una antropología de la santidad.

En los pasajes en que el autor, olvidados sus esquemas, se esfuerza por obtener con método deductivo, del material recogido, los caracteres distin­tivos de los fenómenos particulares, donde con la ingenua fidelidad del cronista, pero al mismo tiempo con la segura intuición del poeta y del creyente, cuenta la historia de un alma o traza la figura de un santo, donde, en fin, para explicar las supersti­ciones y las aberraciones de una época, di­buja con mano segura el cuadro de la vida política, moral y religiosa, consigue ser siempre eficaz y persuasivo. Entonces com­prendemos que la Mística cristiana es ver­daderamente el testamento espiritual del gran escritor católico, la obra en la cual vertió toda la plenitud de su experiencia religiosa y humana, madurada en una larga vida fecunda y combativa. Aquí, la infa­tigable investigación de un primer prin­cipio inmutable, que es la nota predomi­nante de esta vida, se apacigua finalmente en la contemplación de aquel mundo de la santidad, en el cual, de siglo en siglo, se refleja y se actúa el Evangelio de Cristo y se cumple la obra de la Redención. Las ideas que informan la Mística cristiana es­tán ya claramente expresas en el prefacio que el autor escribió en 1829 para la edi­ción de las obras de Suso, al cuidado de Diepenbrock. El hombre, llamado a unir, como «naturaleza media» que es, las dos opuestas esferas de lo real, y constituido por Dios rey del Universo, por su culpa primera ha decaído de su dignidad y ha perdido su armonía interior.

Sólo si el alma humana, arrepentida del pecado, va al en­cuentro espontáneamente de la obra redentora del eterno amor, el orden podrá ser restablecido. Los caminos escogidos por la Gracia para reconducir el alma al abrazo del Padre son el gran tema de la mística cristiana. Al proceso de deformación co­rresponde, grado por grado, el proceso de la reforma interior, el cual, preparado por la ascesis, culmina en el éxtasis en que el alma, olvidada de sí misma y de las cria­turas, se hunde en el abismo de los divinos misterios y se une con su Creador. Las estaciones que el alma recorre en su gra­dual ascensión hacia Dios están ilustradas con amplitud de argumentaciones y de ejemplos en los dos primeros volúmenes de la Mística. Los otros están dedicados al fatal «descensus» del alma, que cediendo a las lisonjas de Satanás va bajando de gra­do en grado hasta la última abyección, has­ta identificarse, en cuanto es posible a la criatura humana, con el propio Príncipe del Mal.

C. Grünanger

Los Misterios Paganos y el Misterio Cristiano, Alfred Loisy

[Les mystères païens et le mystère chrétien]. Obra del crítico fran­cés Alfred Loisy (1857-1940), publicada en 1914-1919 y, en una redacción posterior, en 1930; sustancial contribución a las investigaciones sobre el origen del Cristianismo, y en particular sobre el apóstol Pablo. Considerando al Cristianismo dentro de la ór­bita de la historia de las religiones, Loisy busca la evolución de su principio sustan­cial en el espíritu religioso del mundo; pero, al hacerlo, a veces olvida la indivi­dualidad neta de las figuras históricas.

Para fundamentar la palpitación inconfundible de la religiosidad en una historia eterna del camino recorrido por la humanidad hacia Dios, el erudito francés estudia en sí y por ,sí el valor fundamental de las antiguas teo­rías de los sacrificios: el sentido de lo di­vino, el sacrificio mismo, la santidad, la ofrenda expiatoria son valorados en un proceso evolutivo para el cual el propio Cristianismo queda incluido entre las re­ligiones de misterios del primer siglo del Imperio, además del gnosticismo, puesto en relación, según habían hecho ya algunos investigadores, con el helenismo congénito en éstas. Pero, tomando de las religiones místicas más los valores rituales que los misticoteológicos, Loisy considera el cris­tianismo primitivo en la atmósfera de una religiosidad mistérica en la que, en espera de una religiosidad más íntima y resuelta, quedan incorporadas incluso las referencias judaicas a un reino mesiánico celeste.

En esta tentativa, bastante laboriosa, el histo­riador de las religiones se encuentra frente a la grande y nueva figura de Pablo; el Apóstol de las Gentes ofrece verdaderamen­te una concepción nueva, incluso ante el mensaje cristiano, y una interpretación que, superando el valor tradicional de los ritos y del Cristianismo primitivo, exhala una religiosidad inconfundible en la profundi­zaron de los valores de la fe y de la salvación en Cristo; hay, en las palabras del Apóstol, el influjo de un helenismo verdadero y propio.

C. Cordié

Mística Ciudad de Dios, Sor María de Jesús de Agreda

Libro de Sor María de Jesús de Agreda (1602-1665), que tuvo fama de iluminada, publicado en 1668 y cuyo título completo sigue así: Mi­lagro de su omnipotencia y abismo de la Gracia, Historia divina y vida de la Virgen Madre de Dios, dictada y manifestada en estos últimos siglos por la misma Señora a su esclava Sor María de Jesús, abadesa in­digna de este convento de, la Inmaculada Concepción de la villa de Agreda.

Numero­sos congresos eclesiásticos, no pocas univer­sidades, innumerables teólogos, el mismo tribunal de la Suprema Inquisición, reyes, obispos,, cardenales y papas coincidieron en su aprecio y estimación de esta obra, tradu­cida incluso al griego y al árabe. Con todo, produce abundante reposo en el ánimo del lector la «Protesta» antepuesta al libro se­gún la cual: «El ser la Mística Ciudad de Dios manifestada por divina luz, sólo debe creerse hasta ahora con fe humana». Fe humana de la que es imprescindible usar ya en la introducción, cuando la escritora nos dice que «…El mismo Señor me obligó y compelió a que escribiera la vida de su digna Madre». De ahí que Sor María de Je­sús, aun teniéndose por «monja débil y sin virtud», tampoco se resista a la inspiración y escriba la Vida de Nuestra Señora. El modo como vino a componerla fue el si­guiente: en el año octavo de la fundación de su convento y contando veinticinco Sor María de Jesús, fue ella nombrada prelada de la comunidad.

Abrumada por esta res­ponsabilidad acudió a la Virgen, quien la consoló prometiéndole su consejo. Así sur­gió la creciente intimidad con la Celestial Señora, particularmente cordial en sus festividades. Por fin el Todopoderoso indicó a la prelada su deseo de que escribiese la secreta historia de los «sacramentos y be­neficios» que había obrado en su Madre, como lo hizo la monja, encaminada por «santos príncipes y ángeles» (especialmente por San Miguel), no sin antes desconfiar repetidamente de sus fuerzas, por ser «tar­tamuda y enmudecida mi lengua». Pero eran muchas las luces y no pocas las obe­diencias debidas (también a los bondadosos prelados), de modo que Sor María se re­signó a escribir, y lo hizo no una, sino dos veces, pues la primera, «como era la luz con que conocía los misterios tan abundante y fecunda, y mi cortedad grande, no bastó la lengua, ni alcanzaron los términos, ni la velocidad de la pluma, para decirlo todo». Encuéntrase, pues, en Sor María una ver­dadera preocupación estilística, una lucha por no pecar con el lenguaje y el ritmo. Y así, recibido nuevo auxilio sobrenatural, experimenta una gran consolación al decidirse a escribir por segunda vez y esta­blecer el esquema de su obra.

Comprende ésta tres partes: la primera abarca los quince años tempranos de la Princesa del Cielo; la segunda abarca el misterio de la Encarnación y todo el período de la vida de Cristo; la tercera, el tiempo restante de la estancia de la Virgen en la tierra, hasta su feliz tránsito, Asunción y Coronación en los Cielos. Estas tres partes se organizan en ocho libros, «para que sean más manuales». He aquí la arquitectura de la Mística Ciudad de Dios: enlazados edificios, sorprendentes e inauditas gran­dezas celestiales, prolijas, bíblicas reso­nancias, coincidencias casi demasiado literales con la cotidiana doctrina católica. Pá­ginas repletas de dulces adjetivos y bellas imágenes de los libros sagrados, que no habrían llegado a la posteridad de haber obedecido Sor María de Jesús a cierto oca­sional confesor: «Que las mujeres no ha­bían de escribir en la Santa Iglesia».

R. Jordana