Los Misterios de Udolfo, Ann Radcliffe

[The Mysteries of Udolpho]. Novela de Ann Radcliffe (1764-1822), publicada en 1794, que dio gran fama a la escritora. Es una de las tantas variaciones, populares en aquella época, del motivo de la niña per­seguida (v. El italiano). Emilia (Emily) de St. Aubert, bella hija de una familia gas­cona, queda huérfana y cae bajo la des­pótica tutela de su tía, la Sra. Cheroh, que se ha casado con un siniestro italiano, el señor Montoni. Oponiéndose al amor de la muchacha por el joven Valancourt, la tía la traslada al lóbrego castillo de Udolfo, en los Apeninos, la casa de Montoni. En este castillo, cuyo ambiente parece suge­rido por las cárceles de Pirenes, se pone en movimiento toda la terrorífica maqui­naria romántica: pasajes secretos, puertas ocultas, apariciones, músicas misteriosas, cadáveres con su efigie en cera, etc. Como un oasis entre tantos horrores, están las descripciones de paisajes en las que se explaya el lado elegiaco de la sensibilidad romántica. Emilia huye, uniéndose por fin a Valancourt. Montoni, que es un jefe de bandidos, es capturado y ajusticiado por sus delitos. El personaje más vivo es la señora Cerón. Un viaje de la Rascuña al Lánguido sirve de pretexto para una des­cripción de los Pirineos tomada de Observaciones caites dan les Pirenes, de Raimond de Carbonniére (1789).

M. Praz

Los Misterios de París, Eugène Sue

[Les mys­tères de Paris]. Novela de Eugène Sue (1804-1857), una de las primeras del gé­nero de folletín, publicada en 1842-43 en el «Journal des Débats» y en 10 volúmenes. María, una muchacha educada por una arpía y obligada a la prostitución, encuen­tra un protector en Rodolfo, Gran Duque alemán disfrazado de obrero, que frecuenta los bajos fondos para socorrer miserias, redimir almas y vengar delitos, en expia­ción de una antigua culpa.

La muchacha, salvada por su protector, cae varias veces en manos de sus perseguidores hasta que se descubre que es hija de Rodolfo; pero, no pudiendo sustraerse al recuerdo del pa­sado ni entre los honores de la corte de Gerolstein, renuncia al matrimonio con el hombre amado, se hace monja y muere al poco tiempo. Una multitud de personajes (la pareja criminal formada por la Lechuza y el Maestro de Escuela (v.), el asesino arrepentido y generoso llamado el Acuchi­llador, el siniestro y lujurioso notario Ferrand, de dureza y avaricia típicamente burguesas, el obrero Morel, símbolo de la laboriosidad honrada oprimida por la mi­seria y la injusticia, el proverbial portero Pipelet (v.), etc.), y una serie de compli­cadísimas aventuras evocan los ambientes más sombríos y presentan las depravacio­nes y los delitos más monstruosos, segui­dos al fin por una edificante redención y el justo castigo. Precedido por las Noches de París de Restif de la Bretonne, por Balzac y Soulié en la representación del cri­men, por la Sand en el contenido humani­tario, Sue hace una síntesis de los motivos de la novela social, pero introduce por primera vez en ella la representación rea­lista de las miserias del pueblo y la crí­tica deliberada de las instituciones, ha­ciéndose eco de las corrientes humanitarias y socialistas de moda después de 1840.

Los misterios de París consiguieron por ello uno de los éxitos literarios más clamorosos; primera afirmación del género que alcan­zará, veinte años después, su más alta ex­presión artística en los Miserables (v.). Émulo de Balzac, sin alcanzar nunca la complejidad estilística ni la penetración psicológica de éste, Sue se anticipa tam­bién, en muchos aspectos, al realismo. La popularidad de Los misterios de París, imi­tados en prosas y versos de ocasión, en mú­sicas, bailes, grabados, adaptaciones teatra­les y cinematográficas, y en una innumerable serie de «Misterios» en Francia y fuera de ella, no ha sido todavía superada.

P. Onnis

Los Misterios de Madrid, Juan Martínez Villergas

Obra del escritor español Juan Martínez Villergas (1816-1894), aparecida en 1844-1845. Este autor, de azarosa vida política que le obli­gó a salir de España y viajar por Francia, Cuba, México y Argentina, escribiendo casi siempre en periódicos políticos, se distin­guió principalmente en la poesía satírica y por sus artículos de crítica que, sin embar­go, no pecan de objetivos. Imitador de Eu­gène Sue — a quien imitaron todos los no­velistas «por entregas» de la misma época — escribió varios novelones entre los que se encuentra Los misterios de Madrid.

El ar­gumento de esta novela tiene cierta seme­janza con el de María, la hija de un jor­nalero de Ayguals de Izco: feroz anticle­ricalismo, ideas liberales, pugna contra la aristocracia que olvida sus deberes morales, enfrentándola — como a los frailes y a los jesuitas — con el pueblo; si bien a éste no le resta su culpabilidad cuando desciende a actuar como criatura desalmada sin re­ligión verdadera y sin más temor que al patíbulo, al cual oposita constantemente. Los sucesos a que dio lugar la encarnizada lucha entre carlistas y constitucionalistas, con las consideraciones de toda índole que al autor inspiraron, se historian abultando sin duda sus peores relieves. Una banda de ladrones y asesinos – (entre quienes se cuenta el legendario Luis Candelas, cuya simpatía personal y su diligencia para el robo a los ricos mientras ejercitaba pro­tección a los desvalidos, se destaca diri­gida nada menos que por un jesuita en nombre y para provecho de la Compañía, vive aliada con unos cuantos aristócratas ( ¡encumbrados a sus títulos después de sus fechorías y como premio de las mismas!) para hacer y deshacer vidas, hacienda y honor, en críticos momentos madrileños.

El propio autor confiesa que «hincha» sus pá­ginas por la necesidad de componer «en­tregas» a todo pasto, medio de que dispone para satisfacer sus diarias necesidades eco­nómicas. Semejante literatura placía a una muchedumbre de incultos y atolondrados lectores, cuya pasión política, irreflexiva, se veía cumplidamente atendida con seme­jantes historias, que, además; carecían de pies y de cabeza.

C. Conde

Los Misterios del Pueblo, Eugène Sue

[Les mystères du peuple ou Histoire d’une fa­mille de prolétaires à travers les âges]. Novela social de Eugène Sue (1804-1857), publicada en dieciséis volúmenes entre 1849 y 1856. Fresco todavía el clamoroso éxito de los Misterios de París (v.), que tuvo a Francia pendiente de las entregas del Journal des Débat» (v.), el autor esta vez no se limita a denunciar las miserias y llagas de una sociedad ni de una época, sino que quiere dar una visión totalitaria de la historia humana a la luz del opti­mismo propio del cuarenta y ocho.

El mer­cader de tejidos Marco Lebrenn, que cons­pira por la revolución, durante las agita­ciones del 48, en una barricada, salva la vida del conde Gontran de Plouernel, co­ronel de dragones, a pesar de que éste atenta, contra la virtud de su hija. El triunfo de la reacción permite al coronel pagar su deuda, haciendo libertar de las galeras al mercader. Cuando su hijo cum­ple los 21 años, Lebrenn reúne a sus fa­miliares en una misteriosa habitación, don­de conserva una extraña colección de objetos reunidos a lo largo de dos mil años con aportaciones de diferentes miembros. Por una serie de manuscritos que acom­pañan la colección (que competiría con un museo arqueológico), los hijos de Lebrenn conocen extensamente la historia de sus antepasados desde tiempos de los druidas hasta el golpe de estado de Luis Napoleón: en el curso de esta historia, resulta que más de una vez los Lebrenn han tenido relaciones con los Plouernel. Los diversos episodios que constituyen las partes de la larga novela toman el título de cada uno de los objetos de la colección: «La hoz de oro o la carreta de la muerte», «La cam­panilla de cobre o la conquista de César», «La cruz de plata o el carpintero de Na­zareth», etc., hasta el eslabón de la cadena de galeote del señor Lebrenn, y constitu­yen las etapas simbólicas de la historia de Francia, desde la esclavitud hasta el reino de la justicia prometido por la que se llamó la «révolution du feuilleton».

Or­gías de nobles, atrocidades de reyes, tor­pezas de papas y del alto clero católico están presentadas en cuadros vastos y elocuentes, donde el realismo se suaviza con un lirismo declamatorio y melodramático que no tiene nada que ver con la imagina­ción creadora, pero que no dejó de influir en Hugo, Balzac y Zola.

C. Capasso

De los Misterios, San Ambrosio

[De Mysteriis]. Obrita catequística de San Ambrosio, obis­po de Milán (330?-397), escrita hacia el año 387 (la fecha no es segura). Tiene, como otras obras de San Ambrosio, orígenes oratorios y ofrece, aun no debiéndosela considerar entre las obras mayores del San­to, notable interés. Ambrosio se dirige en ella a los catecúmenos que han recibido ya el bautismo y la comunión para darles ra­zón de los ritos en que han tomado parte, de los sacramentos que han recibido. No ha querido hacerlo antes, mientras ellos reco­rrían el ciclo de los «misterios», para de­jar sus almas en pleno contacto con las emociones que acompañaban a su iniciación progresiva. Pero ahora que las ceremonias se han cumplido, San Ambrosio quiere ex­plicarles el significado de los actos ritua­les que se han efectuado con ellos o en su presencia y subrayar todo el alcance de los compromisos que han contraído con su iniciación.

En todo acto o ademán que se ha cumplido, en toda materia que se ha utilizado, no hay que ver sólo su aspecto o su significado exterior: todo ello tiene un significado misterioso y una recóndita eficacia propia. En efecto, no debe creerse sólo en lo que se percibe con los ojos del cuerpo, debe creerse también en cosas no perceptibles corporalmente, puesto que lo que «se ve es efímero; pero lo que los ojos del cuerpo no perciben, lo que sólo por el alma, por el pensamiento puede ser, intuido, solamente esto es eterno. Y todo esto es instrumento de aquella regeneración moral de la cual los nuevos bautizados deberían para siempre guardar celosamente el re­cuerdo y los beneficios. Con este espíritu el autor pasa revista a los diversos ritos del bautismo, de la confirmación, de la co­munión. En el último capítulo, el IX, que tiene por ello particular importancia historicodogmática, San Ambrosio explica, con sorprendente precisión y claridad, la no­ción de la conversión milagrosa de las es­pecies en la Eucaristía, preparando así el terreno a la definición dogmática de la transustanciación. El escrito, sobre cuya auten­ticidad se han suscitado, sin razón, ciertas dudas, utiliza a menudo los escritos cate­quísticos de Dídimo el Ciego y, sobre todo, de Cirilo de Jerusalén.

M. Niccoli