Mi Veraneo en un Jardín, Charles Dudley Warner

[My Summer in a Garden]. Obra del norteamerica­no Charles Dudley Warner (1829-1900), publicada en 1870. Dudley, que en el humor y la gracia del estilo denota la influencia de Washington Irving, sabe divagar con paciencia y extraer asuntos de consumado ensayista literario de las minucias más sencillas. Su humorismo es refinado y tran­quilo; el estilo, lleno de agilidad. Ciertos pasajes hicieron comparar a Dudley War­ner con el Lamb de los Ensayos de Elia (v.). Entre las plantas y los frutos de su jardín, Dudley Warner efectúa un verda­dero viaje, auxiliado por la cultura, clásica y moderna, que le ofrece bases y aplicacio­nes, cómicas casi siempre, de carácter humorístico y algunas veces poético. Aun los temas más fugaces, o más tristes, mue­ven su vena bonachona, y casi consigue persuadirnos de que un peral puede ser tan buen compañero como un amigo, mien­tras convierte los guisantes, habas y es­párragos en criaturitas agraciadas, con el hechizo de su prosa adornada y ligera.

A. Camerino

Mi Viaje, Juan Psichari

Obra narrativa del escritor neogriego Juan Psichari (1854-1929), publicada en 1888. El autor fue profesor en la Escuela de Altos Estudios y en la Escuela de lenguas orientales vivas y desempeñó por sus trabajos de lingüista un papel preponderante en la evolución de la vida literaria neogriega. Mi viaje es el relato de las impresiones del autor durante un periplo que lo llevó desde Atenas a Quíos y Constantinopla. A lo largo de todo el libro, el autor se aplica a devolver a la lengua popular el papel que le corresponde. Antes de la aparición de esta obra, los es­critos en lengua popular eran raros, torpes y llenos de vacilaciones. Psichari pertene­cía a la escuela que consideraba la ciencia del lenguaje como una ciencia natural, por lo que defendía con firmeza la realidad lingüística que para él era la lengua po­pular y se oponía resueltamente a toda solución que tendiera a depurar artificialmente y «por decreto» la lengua de cada día, con el solo propósito de acercarla al griego clásico.

El problema de la lengua en la Grecia moderna estuvo siempre vin­culado a las ilusiones que se alimentaban falsamente de la antigua herencia. Al usar en su libro la lengua popular, Psichari abrió los caminos del futuro y preparó el desarrollo de la literatura griega moderna. Preocupado por adaptarse constantemente a las leyes naturales, el autor se esforzó en eliminar todo cuanto, en la lengua, ya no era vivo en su época, aplicando estrictos principios lingüísticos. Esta ardua e ingrata tarea, que el autor realizó magistralmente, convirtió a Psichari en el jefe del movi­miento literario que debía desempeñar, a principios de siglo, un papel extraordina­riamente saludable en la evolución de la literatura neohelénica. Antes de la apari­ción de este libro, debíase elegir entre formas basadas en una tradición escrita y otras que provenían de los antepasados por vía oral, sin olvidar las formas intermedias, resultado de mezclas y contaminaciones re­cíprocas. Psichari contribuyó decisivamente a establecer una regla de oro a la que adaptarse. Esta regla puede resumirse así: seguir escrupulosamente las palabras y el estilo de la lengua popular y, en caso de duda, someterse a las leyes de la fonética.

La Mitología Primitiva, Lucien Lévy-Bruhl

[La Mythologie primitive ]. Esta obra de Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939), aparecida en 1935, completa las tesis expuestas en los dos grandes libros: Las funciones mentales en las sociedades inferiores y La mentalidad primitiva (v.).

El autor se propone estu­diar, sobre la base de cierto número de ejemplos escogidos, los mitos de las socie­dades llamadas primitivas (sobre todo de Australia y Nueva Guinea). No se trata de un estudio de historia de las religiones ni de sociología. Es una aproximación a la mitología primitiva, en sus relaciones con la naturaleza y orientación de la mentali­dad propia de los «primitivos». ¿Qué es el mito? ¿Cuáles sus caracteres fundamenta­les? ¿Cuál su papel y la función que des­empeña en las sociedades arcaicas? Tales son las cuestiones a que se propone res­ponder Lévy-Bruhl, tomando de nuevo so­bre un ejemplo particular, pero central y privilegiado, las tesis sociológicas de la escuela de Durkheim, y singularmente sus propias concepciones sobre la mentalidad primitiva, que él continuará llamando, has­ta en sus Notas postumas, «prelógica», y oponiéndola a la mentalidad civilizada o «lógica». El primer carácter del mito es el de ser secreto y vital: algunos ancianos lo han recibido en depósito, y la tribu está condenada a perecer si los mitos, profana­dos, pierden su fuerza.

El mito es sagrado; participa de la veneración que rodea al co­nocimiento sobrenatural adquirido durante el sueño, por las visiones de los sueños. Se puede afirmar que la fuente más cierta del mito es el sueño mismo, y también lo iné­dito, dotado frecuentemente de una signi­ficación simbólica. Las fuerzas sobrenatu­rales no son ni personales ni impersonales, pero la confusión y la incapacidad para el análisis que caracterizan la mentalidad pri­mitiva impiden el disociarlas claramente del mundo de la experiencia ordinaria. De este modo, este mundo y el mundo de los seres y los sucesos sobrenaturales son dos mundos distintos, si bien no separados. Es el mito, principio único de explicación, el que sirve de paso del uno al otro. El mito se sitúa en un tiempo propio, en un perío­do que participa de su naturaleza y que no debe ser considerado como un tiempo pa­sado, sino como un tiempo presente y fu­turo. Los antepasados míticos pertenecen al período mítico, extratemporal, a un tiem­po en el que no existía todavía el tiempo, mientras los antepasados históricos se si­túan en el tiempo de la experiencia coti­diana. La descendencia de los primeros no supone ninguna filiación natural. Por su parte, los héroes míticos son eternos e increados, ellos han creado todo cuanto exis­te.

El mundo mítico se caracteriza así por una extrema fluidez. Sus formas y sus leyes son cambiantes, pero siguen siendo todavía la realidad por excelencia, a la vez sobrenatural y prenatural. Los héroes míticos conservan todos sus poderes; su influencia se ejerce sin cesar, y las cere­monias son las invocaciones de su auxilio. Los hechiceros son aquellos seres 4 que par­ticipan más que ningunos otros de la flui­dez del mundo sobrenatural. Lévy-Bruhl pone de manifiesto los estrechos lazos que unen los mitos,, los tótem y el parentesco, y en estas nociones arcaicas encuentra la actividad de un espíritu cuyo progreso se efectúa según las leyes de la mentalidad primitiva y utiliza largamente las ideas de analogía, simbolismo y participación. Esta última idea no se halla realizada, los seres y las cosas no adquieren su participación en los mitos más que por una imitación, fundada en los mismos mitos. Así se ex­plican un gran número de procedimientos terapéuticos. Lévy-Bruhl, finalmente, des­cubre los mitos en el seno de las costum­bres y de los relatos populares, que los conservan, los transmiten y los perpetúan. Los animales míticos, por ejemplo, se con­servan en las leyendas; y la experiencia mística, tan valiosa para el primitivo como la experiencia sensible, lleva al primitivo a atribuir a los animales «verdaderos» los poderes que se atribuyen a los animales míticos.

Las anteriores consideraciones son deducidas por Lévy-Bruhl tras un profun­do examen, cuyos resultados han dado ori­gen a la etnografía. En cada página se cita el rito o la creencia que pueda apo­yar la tesis del autor. Y Lévy-Bruhl con­cluye subrayando la persistencia en nos­otros mismos de la mentalidad primitiva, coexistente con nuestra mentalidad lógica. El mundo mítico, con su fluidez, nos ha lle­gado a través de los cuentos. La lectura o la audición de los cuentos satisface lo primitivo en nosotros. Nuestro placer es entonces el placer de la relajación, de una evasión del hombre racional.

El Mito de Monroe, Carlos Pereyra

Obra del his­toriador y sociólogo mexicano Carlos Pereyra (1871-1942). Corresponde al tercero de los períodos en que se divide la activi­dad historiográfica de su autor, atenta a la lucha de razas de que era teatro el Nuevo Continente, donde el poderío sajón trataba de intervenir en los países de civilización hispánica, y a revelar la verdad acerca de Estados Unidos en su actitud respecto a los pueblos hispanoamericanos, y muy espe­cialmente con relación a México. Como es bien sabido, el 2 de diciembre de 1823, el presidente de los Estados Unidos, Monroe, expuso en un mensaje al Congreso la cé­lebre doctrina que luego se condensó en la frase: «América para los americanos».

La gran república del Norte consideraba ce­rradas a nuevas colonizaciones de estados europeos ambas Américas, y se opondría a toda tentativa de intervención en los es­tados que las integraban. Como escribe Ma­nuel González Ramírez en el prólogo a Carlos Pereyra. Antología de sus obras (Mé­xico, 1944), pp. XXXV-XXXVL «para Pereyra los Estados. Unidos cuentan con tres armas formidables: la Constitución, que les permite presentarse como la nación políti­camente más perfecta del mundo; el mito de Monroe, que mantiene la fe en una pro­tección generosa a la que todos los países latinoamericanos deben la conservación de su independencia, y el panamericanismo, que explota la pretensión de una vida ame­ricana en un mundo virgen, contra un viejo mundo belicoso y destructor de la libertad». Después de ponderar la importancia de la Constitución, añade: «El mito de Monroe y el panamericanismo están dedicados a pueblos afines en sus organizaciones, pro­pósitos y finalidades.

Sólo que antes que las omisiones de la América española ha sido el prodigioso crecimiento de los Esta­dos Unidos lo que les ha permitido desarro­llar su política de hegemonía, en la que se presentan como adalides del panameri­canismo que separa a América de Europa, no únicamente en el aspecto político, sino también en el ideológico. Fincada entonces en la expansión interna de Norteamérica la causa primordial de la supremacía yanqui, a los pueblos del continente les ha quedado el recurso de la resistencia. Resisten­cias política, ideológica, diplomática, cul­tural, religiosa y hasta armada que, a pe­sar de sus debilidades y fracasos, ha hecho posible, después de casi 150 años, que los países de origen hispánico en el continente sigan conservando sus caracteres, sus fron­teras y su personalidad».

A. Millares Carlo

El Mito de Baal Y Aliyan, Anónimo

No son conocidos todavía todos los detalles de este mito de Ugarit, ciudad de la Siria septen­trional, que floreció especialmente en el segundo milenio antes de Cristo, y cuyas ruinas, descubiertas y sacadas a luz cerca de Ras Shamrah, nos han conservado im­portantes fragmentos de la rica literatura de aquellos tiempos.

Las tablas en carac­teres cuneiformes desenterradas hasta hoy y publicadas contienen narraciones que se pueden reagrupar en torno a tres núcleos: la construcción del templo de Baal, el descenso de Baal y de Aliyan a los infier­nos y su regreso a la tierra. En este mito, que es desde el punto de vista literario un grandioso poema, su ignorado autor quiso simbolizar la sucesión de las estaciones y el ciclo de la vegetación. Baal necesita un templo, porque el cielo no le basta. De la fabricación de los utensilios y de los ins­trumentos están encargados los dioses Hiyón, Kusor y Hasis. La construcción del templo en cuestión es iniciada por Latpon, al cual Asherat promete pingüe recompen­sa por sus trabajos y de nuevo da la orden de construirlo para Baal, dios de la lluvia y del rayo. Siguen, al llegar aquí, largas discusiones entre Aliyan (Baal) y Kusor acerca de la construcción del edificio, en cuya parte central se abrirá una ventana para dejar entrar a Baal, o sea la lluvia. Construido el templo, se celebran grandes fiestas con banquetes y sacrificios. Instalado en su templo, Baal proclama su propio triunfo sobre Mot, reducido al silencio, puesto que él solo, Baal, reina ahora sobre los dioses para engordar a los hombres y los dioses, y para saciar al ganado. Con todo, envía un mensajero a Mot, a los infiemos, para anunciarle la construcción del templo y su nueva dignidad.

Mot, antago­nista de Baal, quiere volver a la luz porque ya no tiene víveres, le falta el agua y el espanto es su único alimento. Baal respon­de airado al mensajero que le envía luego Mot: lo atacará con su lanza, como el men­sajero había atacado a la serpiente Lotán de las siete cabezas. Ha llegado para Baal el momento del descenso a los infiernos y para Mot el de la subida a la tierra. Los dioses celebran para Baal los ritos fune­rarios, y Anat desciende bajo tierra para traer de allí al dios de la lluvia y del rayo. Ella toma el cuerpo del dios, lo entierra y le dedica grandes sacrificios, y acabado el rito fúnebre se alegra por la próxima resu­rrección del dios. Anat se dirige a Mot y le ruega que le devuelva el dios; pero Mot se niega a ello. Entonces la diosa lo agarra, lo corta en pedazos, lo asa, lo tritura y es­parce sus fragmentos. La dispersión del cuerpo de Mot provoca la resurrección del dios adversario suyo, de manera que este último vuelve a la vida; se vuelve a encen­der la pelea entre las dos divinidades, pero Mot sucumbe y Baal ocupa su sitio en el trono regio. Mientras los primeros intér­pretes del mito veían en Baal y Aliyan dos figuras distintas, lo más probable es que sean una sola figura divina. El poema, de lírica y religiosa solemnidad, está es­crito en estilo animado y dramático.

G. Furlani