Momentos Tranquilos y Tempestuosos, Martin Rázus

[Z tichych i burnych chvil’]. Poe­sías del escritor eslovaco Martin Rázus (1888-1937), publicadas en 1917, ampliadas y recogidas en dos volúmenes con el título De mí y de vosotros [O mne i o vas] y Años negros [Cierne roky], en 1930. En la numerosa producción lírica y épica de Rázus (ha de recordarse también la colección ¡Ésta es la guerra! [Toje vojna!], 1919; las Poesías en prosa, 1926; y el poema Ahasvero, 1936) esta primera colección, por su carácter íntimo y francamente lírico, es la más original del poeta; la naturaleza y el amor patrio son en ella las notas fun­damentales. Cuando se dirige al «Hermano» que parte para la guerra, su emoción se hace intensa y llena de piedad. Teólogo por su cultura, educado en Escocia y en parte bajo la influencia de la literatura inglesa, Rázus fue, antes que nada, en los momen­tos difíciles, el bardo de la esperanza en la liberación de los eslavos del yugo de los Habsburgo y, más tarde, uno de los propugnadores de la autonomía de su país.

E. Lo Gatto

Monarquía Lusitana, fray Bernardo de Brito

[Monarchia lusytana]. Obra histórica del portugués fray Bernardo de Brito (1568-1617), cronista ma­yor del reino de Portugal. Fiel a los pre­juicios comunes en su tiempo, Brito co­mienza su historia por la creación del mun­do y trata de demostrar que desde aquel momento el pueblo portugués formó parte de la vanguardia de la civilización. Las dos primeras partes de la obra, publicadas respectivamente en 1597 y 1609, llegan has­ta la llegada a la Península Ibérica del con­de Enrique de Borgoña, fundador de la pri­mera dinastía portuguesa y primer deli­mitador de la unidad étnica de Portugal (1085). Históricamente, la obra tiene muy poco valor; es interesante como testimonio de la cultura portuguesa en un tiempo en que Portugal estuvo sujeto a España (1580- 1640) y como libro patriótico. La obra fue continuada por varios cronistas: Antonio Brandáo (III y IV partes), Francisco Brandáo (V y VI partes), Raphael de Jesús (VII parte) y Manoel dos Santos (VIII par­te). Las partes añadidas adolecen de los mismos defectos que las dos primeras y son estilísticamente inferiores.

A. R. Ferrarin

Moll flanders, Daniel De Foe

[The Fortunes and Misfortunes of the famous Moll Flanders]. Novela de Daniel De Foe (1659-1731), apa­recida en enero de 1722, a continuación de la famosa narración Las aventuras del capitán Singleton (v.).

Moll Flanders lleva uno de los grandes títulos-sumario que tanto gustaban a De Foe: «Las fortunas y las desgracias de la famosa Moll Flanders, nacida en la prisión de Newgate, que du­rante una accidentada vida de ‘tres veces veinte años’, fue, pasada su infancia, doce años prostituta, cinco veces casada (una de ellas con su propio hermano), doce años ladrona, ocho deportada en Virginia, y fi­nalmente se hizo rica, vivió honesta y mu­rió arrepentida, escribiendo sus propias me­morias». El libro figura escrito en 1683. De Foe finge publicar las memorias auténti­cas, por el gusto a la mixtificación, y sobre todo por su connatural tendencia al rea­lismo, que siempre quiere hacer creer en la absoluta autenticidad de todo cuanto na­rra. Esta obra, igual que el Robinson Crusoe (v.), tiene, por otra parte, origen real: De Foe — según expone Schwob — se refi­rió aquí a la vida de una célebre ladrona, Mary Frith, llamada Moll «Quitabolsas» (1584-1659). Sus aventuras, publicadas en 1662, habían ya sugerido a Middleton y a Dekker el drama La joven perdida [The Roaring Girl].

Nacida en la prisión de Newgate, que De Foe conocía bien (por ha­ber pasado allí año y medio), de una conde­nada a muerte que había consentido en dejarse hacer madre para escapar a la hor­ca, Moll fue raptada por unos gitanos, lue­go recogida por la caridad pública y puesta de aprendiza de costurera en una especie de asilo para sirvientas; pero siendo muy inteligente y graciosa, atrajo hacia ella la atención de una rica señora, que la llevó a su casa. En aquella casa había también dos jovencitos; uno la sedujo y se casó con el otro. Al quedarse viuda, encontró como segundo marido a un comerciante noble que luego la abandonó para salvarse de los acreedores. Otra vez libre, Moll hizo creer que era rica, para encontrar marido más fácilmente. El tercero fue un propietario de tierras en Virginia: fuéronse ambos a América, donde Moll descubrió que su sue­gra era su propia madre, que al salir de Newgate fue deportada a Virginia. Su ma­rido era, por tanto, su hermano, y Moll lo abandonó sin descubrirle el secreto de su matrimonio y volvió a Inglaterra. En Bath, ciudad galante, tuvo nuevos amores, casán­dose por cuarta vez. Este nuevo marido era, como ella misma, un aventurero. Ambos cónyuges descubrieron que se habían enga­ñado mutuamente, habiendo cada uno he­cho creer al otro que era un rico partido, pero tomaron bien la cosa. El aventurero, que era irlandés, no tardó en dejar libre a Moll para hacerse bandido.

El quinto marido, fue, por el contrario, un hombre de bien, y Moll no hubiera deseado otra cosa que vivir honrada y tranquilamente; pero quedó pronto viuda. Menos afortuna­da que Roxana (v.), no pudo hacerse con un patrimonio para la vejez; reducida a la miseria, se convirtió poco a poco en una habilísima ladrona. Pero cogida «in fraganti», después de muchos golpes afortunados, terminó en la misma prisión en que había nacido. Entre los compañeros de prisión se encontró con el marido irlandés. Condena­da a muerte, fue indultada y deportada a Virginia con él. Allá encontró a un hijo y pasó años tranquilos; a los setenta vol­vió a Inglaterra sinceramente arrepentida de sus errores, y escribió sus memorias. Moll Flanders tuvo un grande y compren­sible éxito: se hicieron de ella resúmenes en ediciones populares y se intentaron me­diocres imitaciones y continuaciones. Es la obra más extensa de De Foe, y con Lady Roxana (v.), la que mejor se adapta a nues­tro gusto actual. El Robinson se ha conver­tido en una lectura prolija de hechos de los que, en sustancia, todos hemos oído hablar desde nuestra infancia; en Moll Flanders, en cambio, triunfan el rudo rea­lismo y la vitalidad casi animal de De Foe. La prueba de tan inextinguible vitalidad la tenemos en sus numerosas traducciones modernas. [Trad. castellana de F. Gutié­rrez y D. Navarro, 1945].

P. G. Conti

Moloch, Friedrich Hebbel

Fragmento de una tragedia de Friedrich Hebbel (1813-1866), que el poeta no llegó a terminar por faltarle la calma y el estado de ánimo conveniente para ello; él quería hacer de ella su obra maestra, el ápice de todas sus creaciones. Poseemos dos actos enteros, una importante escena del tercero, escenas sueltas de los demás actos y numerosos apuntes que nos per­miten reconstruir su trama.

Hebbel quería representar dramáticamente el desenvolvi­miento gradual de la religión a partir de sus primeras formas toscas e ingenuas has­ta la más alta espiritualidad y la potencia que ejerce sobre la vida, de tal manera que los individuos sólo pueden ser instru­mentos de ella, pero no convertirla a ella en su instrumento. El fragmento fue pu­blicado en la primera edición completa de las obras del poeta, en 1865-67; en 1845 había ya publicado de ella una escena com­pleta, en la revista «Europa». Hieram, an­ciano sacerdote cartaginés, se ha salvado de la destrucción de Cartago zarpando con rumbo a Tulé. Se ha llevado consigo a Moloch, un ídolo dé hierro, del cual quiere servirse como instrumento de venganza contra sus odiados enemigos los romanos. En la costa salvaje y boscosa de Tulé, don­de llega la nave, habita una tribu primitiva de teutones que no conocen otra religión ni otra fe que la idolatría de la fuerza y de la habilidad física. El hijo de su an­ciano rey, Teut, tiene una oscura e inde­finida aspiración hacia algo más elevado, más superior, en que creer.

Cuando ve a Hieram, que ha levantado un altar a Mo­loch bajo un árbol y delante de toda la tribu sacrifica al ídolo un joven discípulo que había huido con él de Cartago, Teut cree haber encontrado en aquel tremendo anciano al enviado de la fuerza superior que él buscaba. Se hace apasionado devoto de él; para defenderlo, lucha hasta con su padre y lo derrota; el padre entonces no puede continuar siendo rey, porque allí sólo puede serlo el más fuerte, y se retira airado a una caverna. Teut es ahora el jefe; se hace guiar en todo por Hieram, sacerdote de la divinidad: Hieram inicia una obra de civilización, con el solo in­tento de utilizar a aquellos salvajes, una vez civilizados, para derrotar a los odiados romanos. Manda talar el bosque, excepto el bosquecillo consagrado a Moloch; manda sembrar, plantar árboles frutales, construir chozas de madera en lugar de las húmedas cabañas; pasado algún tiempo, la tosca campiña está completamente transformada. Éste es el contenido de los dos primeros actos. La única escena que se nos ha con­servado del tercero narra el momento en que la tribu comienza a dudar de Hieram. Una joven, amiga de Teut, por equivoca­ción, entra de noche en el bosque sagra­do, cuyo acceso había prohibido a todos el sacerdote: allí encuentra al cartaginés dormido, cuando él, en cambio, había con­tado que no dormía nunca y que allí re­cibía las revelaciones del dios.

Para lo que sigue, debemos atenernos a los apuntes de Hebbel. La muchacha llama a Teut, el cual acusa a Hieram de haber mentido. Éste, al verse descubierto, reniega de Mo­loch y, quitándose la máscara, afirma ser el autor de todos los beneficios concedi­dos a la tribu. Pero ahora ya no le cree nadie: con todo, debe de haber un Dios, un Dios supremo que ha sugerido todas aquellas obras grandiosas a Hieram, que no es más que un hombre. Furibundos, piden que Hieram sea sacrificado al dios, impía­mente ofendido por él. Y Hieram compren­de que la idea creada por él se ha tornado entidad propia, nueva, más fuerte que él, que no puede destruir con meras palabras. Ante este milagro se somete a la divini­dad, de cuya existencia ya no duda, y con sus propias manos se sacrifica a Moloch. Aunque haya quedado fragmentario, Moloch es una obra grandiosa, que figura entre las creaciones más poderosas del poeta.

C. Gundolf

El Momento, Soren Aabye Kierkegaard

[Øjenblikket]. Serie de ensayos y breves artículos de Soren Aabye Kierkegaard (1813-1855), publicados prime­ro en diez fascículos de una revista que llevaba este título, fundada y escrita toda por Kierkegaard durante una polémica sos­tenida con el obispo Martensen.

Los nueve primeros fascículos aparecieron entre mayo y septiembre de 1855; la publicación del último, ya redactado y dado a la imprenta, fue impedida por la muerte del autor. Kier­kegaard expresa en ellos, al fin de su vida, el punto adonde había llegado su pensa­miento teológico. El título («momento», o «instante») tiene un significado profundo, ya expuesto en el Concepto de la angustia (v.) y acentuado en Briznas filosóficas (v.). El momento, para Kierkegaard, es ambiguo; de un lado está en el tiempo, es decir, es humano, y como división entre el pasado y el futuro, es el comienzo de la historia; por otro lado, es la parte del tiempo en la que todas las cosas se fijan; por tanto, es superior al tiempo, es un instante de eternidad. El instante es el punto de encuen­tro entre el tiempo y la eternidad, entre el hombre y Dios. Por esta razón titula Kierkegaard El momento a esta serie de consideraciones que, en último análisis, son siempre la relación y a veces él conflicto y el choque entre lo divino y lo humano en el plano religioso.

El núcleo fundamen­tal del pensamiento de Kierkegaard (la ab­soluta heterogeneidad entre lo humano y lo divino) llega en esta obra a una expre­sión extrema y amarga, frente al proble­ma de la aplicación práctica y visible de los preceptos del Evangelio. Se debe recor­dar que, según Kierkegaard, existen tres distintos tipos de vida: la vida «estética», es decir, la vida del puro goce; la vida «éti­ca», esto es, la vida bajo el deber y, por tanto, vida de lucha y de victoria para la voluntad humana; y la vida «religiosa», que es dolorosa: dolorosa por la inalcanzabilidad de la experiencia de lo divino por parte del hombre, dolorosa por el anhelo hacia Dios, que siempre queda ignoto y lejano. Con el proceder de su pensamiento, Kierkegaard simplificó este esquema: la vida ética se le aparece como parte constitutiva de la vida religiosa, como anhelo siempre inexhausto, porque dada la inconmensurabilidad de lo divino para lo humano, la vida religiosa podía manifestarse exteriormente en la vida vivida y en las acciones humanas. Era, para él, pura interioridad inexpresable. En cam­bio, en esta última fase de su pensamiento, vio la necesidad de que la vida del hombre siga los principios del Evangelio, de que el cristiano viva como cristiano.

Y basta una observación superficial para mostrar que la Cristiandad, o conjunto de los hom­bres que verbalmente confiesan a Cristo, es precisamente el conjunto de los hombres que más lejanos están del Cristianismo. ¿Qué es lo que les permite «considerarse» religiosos y cristianos, cuando el Cristia­nismo es completamente extraño a su vida, y por tanto son completamente extraños a lo divino, sin sentir ni por asomos el an­helo hacia un Dios lejano? Es el conjunto de ceremonias, de ritos, de frases, que Ies garantizan, aparentemente, ser cristianos sin vivir como cristianos: esto es, la Igle­sia, destructora de su verdadera religiosi­dad. Kierkegaard piensa, naturalmente, so­bre todo en su Iglesia oficial (evangélico- luterana); pero no limita a ella la validez de su crítica. El Momento se vuelve deci­didamente contra los ministros de esa Igle­sia, que para Kierkegaard sólo son em­pleados que viven a las espaldas de un pueblo al que hacen creer que es cristiano. La polémica llega hasta el punto de acu­sar de caníbales a estos pastores, esto es destructores y devoradores de almas, inca­paces de sentir el grito de Cristo: « ¡Se­guidme!» Confirmación y matrimonio, pri­vados de todo significado interior, son co­medias sacrílegas. Y esto, porque en el fon­do, la Iglesia no es más que un órgano del Estado, y el Estado se funda en el nú­mero, en la asociación, en tanto que la primera función del cristiano es la pro­testa, la polémica y, por tanto, el aisla­miento, en un mundo que es la negación de lo divino. El Estado tiene que defen­derse contra el Cristianismo, y el párroco es el instrumento del Estado en esta lucha.

M. M. Rossi