Fragmento de una tragedia de Friedrich Hebbel (1813-1866), que el poeta no llegó a terminar por faltarle la calma y el estado de ánimo conveniente para ello; él quería hacer de ella su obra maestra, el ápice de todas sus creaciones. Poseemos dos actos enteros, una importante escena del tercero, escenas sueltas de los demás actos y numerosos apuntes que nos permiten reconstruir su trama.
Hebbel quería representar dramáticamente el desenvolvimiento gradual de la religión a partir de sus primeras formas toscas e ingenuas hasta la más alta espiritualidad y la potencia que ejerce sobre la vida, de tal manera que los individuos sólo pueden ser instrumentos de ella, pero no convertirla a ella en su instrumento. El fragmento fue publicado en la primera edición completa de las obras del poeta, en 1865-67; en 1845 había ya publicado de ella una escena completa, en la revista «Europa». Hieram, anciano sacerdote cartaginés, se ha salvado de la destrucción de Cartago zarpando con rumbo a Tulé. Se ha llevado consigo a Moloch, un ídolo dé hierro, del cual quiere servirse como instrumento de venganza contra sus odiados enemigos los romanos. En la costa salvaje y boscosa de Tulé, donde llega la nave, habita una tribu primitiva de teutones que no conocen otra religión ni otra fe que la idolatría de la fuerza y de la habilidad física. El hijo de su anciano rey, Teut, tiene una oscura e indefinida aspiración hacia algo más elevado, más superior, en que creer.
Cuando ve a Hieram, que ha levantado un altar a Moloch bajo un árbol y delante de toda la tribu sacrifica al ídolo un joven discípulo que había huido con él de Cartago, Teut cree haber encontrado en aquel tremendo anciano al enviado de la fuerza superior que él buscaba. Se hace apasionado devoto de él; para defenderlo, lucha hasta con su padre y lo derrota; el padre entonces no puede continuar siendo rey, porque allí sólo puede serlo el más fuerte, y se retira airado a una caverna. Teut es ahora el jefe; se hace guiar en todo por Hieram, sacerdote de la divinidad: Hieram inicia una obra de civilización, con el solo intento de utilizar a aquellos salvajes, una vez civilizados, para derrotar a los odiados romanos. Manda talar el bosque, excepto el bosquecillo consagrado a Moloch; manda sembrar, plantar árboles frutales, construir chozas de madera en lugar de las húmedas cabañas; pasado algún tiempo, la tosca campiña está completamente transformada. Éste es el contenido de los dos primeros actos. La única escena que se nos ha conservado del tercero narra el momento en que la tribu comienza a dudar de Hieram. Una joven, amiga de Teut, por equivocación, entra de noche en el bosque sagrado, cuyo acceso había prohibido a todos el sacerdote: allí encuentra al cartaginés dormido, cuando él, en cambio, había contado que no dormía nunca y que allí recibía las revelaciones del dios.
Para lo que sigue, debemos atenernos a los apuntes de Hebbel. La muchacha llama a Teut, el cual acusa a Hieram de haber mentido. Éste, al verse descubierto, reniega de Moloch y, quitándose la máscara, afirma ser el autor de todos los beneficios concedidos a la tribu. Pero ahora ya no le cree nadie: con todo, debe de haber un Dios, un Dios supremo que ha sugerido todas aquellas obras grandiosas a Hieram, que no es más que un hombre. Furibundos, piden que Hieram sea sacrificado al dios, impíamente ofendido por él. Y Hieram comprende que la idea creada por él se ha tornado entidad propia, nueva, más fuerte que él, que no puede destruir con meras palabras. Ante este milagro se somete a la divinidad, de cuya existencia ya no duda, y con sus propias manos se sacrifica a Moloch. Aunque haya quedado fragmentario, Moloch es una obra grandiosa, que figura entre las creaciones más poderosas del poeta.
C. Gundolf

