Moisé, Gioacchino Rossini

Entre las muchas obras musicales, la más conocida es el Moisés [Mo’ise], melo­drama sacro en cuatro actos de Gioacchino Rossini (1792-1868), con libreto de Balocchi. y Jouy. Gomo la conocemos actualmente, esta obra es una refundición para la ópera de París, donde fue estrenada en 1827, de un Moisés en Egipto (Nápoles, 1818). Se había añadido todo el primer acto y las danzas del tercero; su escritura vocal ha­bía sido ampliamente revisada en el sentido de mayor expresividad y naturalidad. So­bre todo, el recitativo fue sometido a más ricas y variadas inflexiones, según la tradición gluckiana persistente en la «ópera grande», y sostenido por más robusta ins­trumentación. En su versión definitiva, Moi­sés es probablemente la obra de Rossini de mayor empeño dramático, antes del Gui­llermo Tell (v.).

La obertura es incoherente y nada brillante: el Moisés de Nápoles co­menzaba con seis compases de introducción (que ahora inician el segundo acto); el de París principia con un preludio a telón levantado, y su música — marcial porque es­tamos en el campamento de los madianitas — está ya estrictamente incorporada al drama. Es más: Rossini creyó oportuno conservar y repetir por toda la obra al­gunos motivos, caracterizando a algún per­sonaje: la marcha de Moisés. Estas piezas son solemnes y rituales (como la consagración de los niños en el primer acto, sobre un pequeño motivo con preten­siones hieráticas y orientales), y constitu­yen la parte más irremediablemente mez­quina e inadecuada de la obra. En otras partes, Rossini refrenó, como mejor supo, el brío natural de la ópera bufa, adaptán­dose animosamente a la estaticidad solem­ne y sombría del libreto (debido en su primera edición al abate Tottola), que ex­pone algo confusamente las alternantes vi­cisitudes de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud egipcia; liberación siempre prometida y siempre vuelta a retirar, por causa no sólo del odio racial y religioso, sino también del amor desgraciado florecido entre Amenofis, hijo del faraón egipcio, y Anaide, sobrina de Moisés. La presencia, entre los diez personajes, de cuatro voces de bajo, asegura — como ha sido notado — «el color del trabajo, sosegado y grave» (D’Amico), como de oratorio.

El coro tiene muchísima importancia y la obra es, sobre todo, colectiva, de pueblo; el episodio amo­roso está en la obra como aplastado y su­mergido, y adquiere cierto relieve musical sólo en el afectuoso «duettino» entre Anaide y su madre (acto I, «Questa virtü tiranna in me non sentó ancor») y en la afanosa aria final de Anaide (acto IV, escena II). Obligada a la dura elección entre el ena­morado o su pueblo. Pero estas arias, en general, sobresalen poco, porque la ópera había sido en realidad concebida para esce­nas grandiosas y aparatosas, sobre céllílas musicales de vasto aliento, que permitieran una repetida y prolongada utilización. En los grandes concertantes se revela el máxi­mo empeño de Rossini. Tal vez (finales del I y del III actos) el resultado dramá­tico no esté completamente conseguido; de la cada vez más compleja y magistral ar­quitectura de las voces no se desprende el sentido de severidad requerido por el texto, sino más bien un sentido de grandiosa eu­fonía, de perfecta correspondencia y salud física, muy rossiniana. Pero el tenaz esfuerzo de Rossini para renovar su propio dis­curso, robustecerlo y elevarlo a una solemnidad dramática, no resulta vano. Algunas realizaciones extraordinarias muestran que estamos ya en camino del Guillermo Tell (v.). Por ejemplo, la escena coral de las tinieblas con que se abre el segundo acto: en la galería interior del palacio del fa­raón, pueblo y grandes están llenos de an­gustia por la tenebrosa noche que envuelve a la tierra desde el día de la maldición de Moisés; circula, abajo, en la orquesta, el motivo sinuoso y tétrico de la oscuridad y temor general, y arriba, en la escena, se elevan las invocaciones de los hebreos: «Oh Nume d’Israel…», y en un parlotear sombrío, tiemblan, mal contenidos, los di­versos intereses de los personajes de la ópera.

La otra joya del Moisés es la in­mortal plegaria del último acto (añadida después de la primera representación napo­litana, consiguió frenar la irresistible hila­ridad que provocaba la realización escénica del mar Rojo). Es una melodía de clásica pureza y per­fección, una de las más altas que la ópera italiana ha producido, y que puede, en ab­soluto, sostener la comparación con los más bellos ejemplos de Bellini. En su aliento regular y poderoso se percibe, inconfundi­ble, la vida. La bíblica figura de Moisés, sagrado pastor de pueblos, buscada por toda la obra, halla aquí su sello definitivo e in­deleble.

M. Mila

Molestias, Antonio Pucci

[Noie]. Obra de Antonio Pucci (13099-1388), más conocida por el nombre de su autor que por su interés artístico, modelada según el tipo entonces tradicional de la literatura medieval provenzal y en particular según la obra de Gherardo Patecchio (v. Enojos).

Esta obra de Pucci se conserva en dos manuscri­tos diferentes: el códice Wellesley, ahora Kirkupiano (de 318 versos), y el llamado texto de Oxford, incompleto (178 versos), publicados respectivamente en 1912 y 1913 por Kenneth Mckenzie; anteriormente esta obra sólo había sido publicada en 1775 por Fr. Ildefonso di San Luigi, entre las Poe­sías de Pucci. Escrito en tercetos burles­cos, este «capítulo» expone con gran mono­tonía las cosas que producen molestia al autor, desde oír el sermón hasta ver cómo otros en los lugares sagrados galantean a las mujeres, o murmuran con el sacer­dote en la confesión; le molesta también presenciar peleas por cualquier motivo, el pecar y no obstante moralizar para los de­más, el no contestar al saludo por sober­bia, y así sucesivamente. Pucci en una abrumadora retahíla hace sentir su acri­monia moralizadora para todo cuanto de malo se presenta en la vida, y reclama la necesidad de una pronta enmienda.

Pero en sustancia esta obra no es sino el eco de los poetas gnómicos de la tradición toscana, sin aquel tinte satírico, que él, sin embargo, se esfuerza por alcanzar. Con todo, este «capítulo» es interesante por la forma en que está manejado el terceto en la búsqueda de las agudezas y de los gol­pes sarcásticos; por esto mismo su composición atestigua la persistencia de una tradición que va extinguiéndose ante nue­vas posturas literarias.

C. Cordié

La Mojigata, Leandro Fernández de Moratín

Comedia en tres actos en verso, original de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), estrenada en el Teatro de la Cruz el año 1804.

Se había represen­tado ya en casas particulares desde el año 1791, y cuando salió impresa, con una de­dicatoria en verso al Príncipe de la Paz, se notaron algunos cambios en escenas que debieron parecer a su autor demasiado sin­ceras en su descripción de la gazmoñería femenina, tema moralizador y exclusivo al que se sacrifican la verosimilitud de las si­tuaciones y la gravidez de los caracteres. El argumento, ahogado por su sujeción a las tres unidades, se reduce a lo siguiente: dos hermanos, don Luis y don Martín, pa­dres de sendas hijas en edad de merecer, viven juntos en una casa de Toledo, en la que también habita don Claudio, joven he­redero de un hidalgo de Ocaña, amigo de don Luis. Don Claudio, a quien su padre ha mandado a Toledo para que se case con Inés, la hija de su amigo, lleva una vida irregular, por lo que su presunta novia no se decide a aceptarlo, lo cual es aprobado por el padre de ella, pero no por su tío don Martín, orgulloso tan sólo de la discreción de su hija Clara, destinada a la vida religiosa. Pero Clara es, en realidad, una joven astuta que esconde su sensualidad con caricaturescos rubores y beaterías. Don Claudio, instruido por el entremetido criado Perico, declara su amor a doña Cla­ra, heredera de un moribundo tío rico. Median una serie de domésticas y burdas in­trigas hasta que el consternado padre don Martín descubre el concertado y ya pre­ciso casamiento. Al tiempo se recibe la noticia de que el tío rico, ante la segu­ridad de la vocación de Clara, traslada su herencia a la otra sobrina.

En la escena fi­nal, padre y yerno ponen de manifiesto sus bajos móviles económicos, y doña Clara la escasa piedad de su corazón. Inés, la joven siempre calumniada, dona la mitad de la herencia al nuevo matrimonio, ante la idolátrica admiración de su rendido pa­dre («No sabes cómo se halla mi cora­zón…»). El tema, así como su desarrollo y la misma escenografía, son esquemática­mente fríos; el lenguaje entre cotidiano y ridículo. (Clara: «Si mi padre trata de he­redarme… valiente chasco se lleva». Don Luis: «Tales locuras hicieras / Fumar donde nadie fuma, / silbar, rascarse las piernas / y rebañar con el dedo / las jícaras y la­merlas»).

R. Jordana

Moisés Salvado, Marc-Antoine Saint-Amant

La figura del legislador bíblico ha sido objeto de muchas obras poéticas, musicales y pictóricas. Entre las primeras está el idilio en verso Moisés salvado [Moïse sauvé] de Marc-Antoine Saint-Amant (1594- 1661), que limita el asunto al episodio de Moisés niño abandonado a las aguas del Nilo y salvado por la hija del faraón. Otros episodios de su vida son artificiosa pero hábilmente introducidos en el poema me­diante sueños o relatos. El estilo de la obrita, como el de toda la poesía de Saint- Amant, para la cual Théophile Gautier es­cribió, en oposición a Boileau, palabras de la más alta admiración, es terso y ameno; la narración se desarrolla con la frescura de minucias y detalles que envuelven los episodios en su propia atmósfera y en su propia poesía, librando la obra de la su­gestión heroica, fácil en la retórica de un asunto como éste, para entregarla al can­dor y a la viveza de sus versos que no olvidan el gusto de la Pléyade. Estas cua­lidades, sin embargo, no brillan en todo el Moisés salvado, sino sólo en sus mo­mentos mejores; de este modo, queda, en el conjunto de la obra poética de Saint- Amant, que está constituido por breves composiciones, como el trabajo menos libre y menos significativo, a pesar de la origi­nalidad del conjunto y la belleza de algu­nos fragmentos.

Sobre el Modo de Comportarse con los Hombres, Adolph von Knigge

[Ueber den Umgang mit Menschen]. Obra de Adolph von Knigge (1753-1796), moralista y polígrafo, que com­puso una gran cantidad de obras de todas clases, hoy olvidadas casi en su totalidad, excepto este pequeño volumen que apare­ció en 1792 y que ha gozado hasta hoy de un éxito ininterrumpido.

El autor, en lugar de dar consejos utilitarios, prácticos, y por consiguiente ligados al tiempo, escribe más bien una especie de tratado moral sobre las relaciones espirituales con el prójimo, relaciones que permanecen iguales en todos los tiempos. Viene a ser, en estilo setecentista, el paralelo de ciertos conocidos libros modernos, tales como el ensayo de Dale Carnegie Sobre el arte de hacerse amigos. El librito de Knigge está subdividido en varios capítulos, cada uno de los cuales se ocupa de una situación diferente en la vida: el autor examina el comportamiento que ha de seguirse con personas de distinta edad, con mujeres, con viejos, con perso­nas de condición social diferente; un ca­pítulo entero está dedicado a la manera de comportarse con miembros de sociedades secretas (Knigge era masón convencido y dedicó gran parte de su propia actividad a trabajar para sus hermanos de la orden). El autor habla en otros capítulos del modo de librarse de los importunos y aconseja una dietética personal para las relaciones con nosotros mismos. La obrita se ha tomado muchas veces a broma y se la ha ri­diculizado, pero los consejos del autor son decididamente inteligentes y en modo al­guno ridículos, y todos ellos van dirigidos al hombre común, al de la vida de cada día.

Es posible que la obra haya sido ins­pirada por el trato del autor con otros ma­sones, que, como él, aspiraban a la per­fección de las relaciones sociales; precisa­mente por esto merece ponerse de relieve la carencia de todo espíritu de casta en la consideración de los hechos sano», o el «honnête homme», sino simple­mente el «hombre».

C. Gundolf