[Øjenblikket]. Serie de ensayos y breves artículos de Soren Aabye Kierkegaard (1813-1855), publicados primero en diez fascículos de una revista que llevaba este título, fundada y escrita toda por Kierkegaard durante una polémica sostenida con el obispo Martensen.
Los nueve primeros fascículos aparecieron entre mayo y septiembre de 1855; la publicación del último, ya redactado y dado a la imprenta, fue impedida por la muerte del autor. Kierkegaard expresa en ellos, al fin de su vida, el punto adonde había llegado su pensamiento teológico. El título («momento», o «instante») tiene un significado profundo, ya expuesto en el Concepto de la angustia (v.) y acentuado en Briznas filosóficas (v.). El momento, para Kierkegaard, es ambiguo; de un lado está en el tiempo, es decir, es humano, y como división entre el pasado y el futuro, es el comienzo de la historia; por otro lado, es la parte del tiempo en la que todas las cosas se fijan; por tanto, es superior al tiempo, es un instante de eternidad. El instante es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad, entre el hombre y Dios. Por esta razón titula Kierkegaard El momento a esta serie de consideraciones que, en último análisis, son siempre la relación y a veces él conflicto y el choque entre lo divino y lo humano en el plano religioso.
El núcleo fundamental del pensamiento de Kierkegaard (la absoluta heterogeneidad entre lo humano y lo divino) llega en esta obra a una expresión extrema y amarga, frente al problema de la aplicación práctica y visible de los preceptos del Evangelio. Se debe recordar que, según Kierkegaard, existen tres distintos tipos de vida: la vida «estética», es decir, la vida del puro goce; la vida «ética», esto es, la vida bajo el deber y, por tanto, vida de lucha y de victoria para la voluntad humana; y la vida «religiosa», que es dolorosa: dolorosa por la inalcanzabilidad de la experiencia de lo divino por parte del hombre, dolorosa por el anhelo hacia Dios, que siempre queda ignoto y lejano. Con el proceder de su pensamiento, Kierkegaard simplificó este esquema: la vida ética se le aparece como parte constitutiva de la vida religiosa, como anhelo siempre inexhausto, porque dada la inconmensurabilidad de lo divino para lo humano, la vida religiosa podía manifestarse exteriormente en la vida vivida y en las acciones humanas. Era, para él, pura interioridad inexpresable. En cambio, en esta última fase de su pensamiento, vio la necesidad de que la vida del hombre siga los principios del Evangelio, de que el cristiano viva como cristiano.
Y basta una observación superficial para mostrar que la Cristiandad, o conjunto de los hombres que verbalmente confiesan a Cristo, es precisamente el conjunto de los hombres que más lejanos están del Cristianismo. ¿Qué es lo que les permite «considerarse» religiosos y cristianos, cuando el Cristianismo es completamente extraño a su vida, y por tanto son completamente extraños a lo divino, sin sentir ni por asomos el anhelo hacia un Dios lejano? Es el conjunto de ceremonias, de ritos, de frases, que Ies garantizan, aparentemente, ser cristianos sin vivir como cristianos: esto es, la Iglesia, destructora de su verdadera religiosidad. Kierkegaard piensa, naturalmente, sobre todo en su Iglesia oficial (evangélico- luterana); pero no limita a ella la validez de su crítica. El Momento se vuelve decididamente contra los ministros de esa Iglesia, que para Kierkegaard sólo son empleados que viven a las espaldas de un pueblo al que hacen creer que es cristiano. La polémica llega hasta el punto de acusar de caníbales a estos pastores, esto es destructores y devoradores de almas, incapaces de sentir el grito de Cristo: « ¡Seguidme!» Confirmación y matrimonio, privados de todo significado interior, son comedias sacrílegas. Y esto, porque en el fondo, la Iglesia no es más que un órgano del Estado, y el Estado se funda en el número, en la asociación, en tanto que la primera función del cristiano es la protesta, la polémica y, por tanto, el aislamiento, en un mundo que es la negación de lo divino. El Estado tiene que defenderse contra el Cristianismo, y el párroco es el instrumento del Estado en esta lucha.
M. M. Rossi

