El Niño de la Bola, Pedro Antonio de Alarcón

Novela del granadino Pedro Antonio de Alarcón (1833- 1891), publicada en 1880. El «Niño de la Bola», nombre de una famosa imagen de Jesús venerada en una localidad andaluza, se convierte luego en sinónimo de valen­tón, de quien no teme a nada ni a nadie.

El niño de la bola de la novela es Manuel Venegas, hijo del valeroso Rodrigo, quien, después de haberse arruinado para armar voluntarios en la guerra contra Napoleón, habíale quedado a deber una importante suma al usurero don Elías. El héroe, al cual habían respetado las balas de los franceses, muere por salvar, en el incendio de la casa del usurero, los títulos que demos­traban su deuda; pero don Elías no siente por esta paradójica prueba de lealtad nin­guna gratitud y, desalojando al huerfanito, se instala en la casa del héroe, que había pasado a ser de su propiedad. Un sacer­dote recoge por piedad a Manuel y lo educa de la mejor manera posible, pero pronto el huérfano se independiza del tutor en­contrando entre los barrancos de la Sierra mil maneras de subsistencia y de lucro.

La esposa del viejo usurero ha intentado en vano ablandar al marido respecto a la suerte de Manuel, y la pequeña Soledad, hija de don Elías, se siente románticamente interesada por él. Manuel, ya vencido el rencor, se enamora de la hija del hom­bre que arruinó a su padre. El viejo avaro se obstina en contrariar los deseos de los dos jóvenes, y frente al veto paterno Ma­nuel impone, seguro de su supremacía so­bre todos los jóvenes de su edad, otro veto: nadie ha de acercarse a Soledad, nadie debe cortejarla, nadie podrá casarse con ella sin probar antes la hoja de su puñal. La madre de Soledad se interpone y convence a Ma­nuel para que se aleje durante algún tiem­po de la ciudad; el tiempo, que todo lo remedia, hará que a la vuelta sus deseos no se vean ya contrariados.

Manuel perma­nece ausente de la ciudad, y de Europa, durante unos años, pero a su regreso se entera de que Soledad casó, forzada por su padre, con un joven forastero, el único que tuvo el valor de violar el tabú que pesaba sobre la joven por la prepotente dictadura del Niño de la Bola. La ciudad espera con ansia la tragedia, pero Manuel, vencido por los ruegos del sacerdote que lo crió, y por las súplicas de la madre de Soledad, consigue frenar su sed de ven­ganza y está a punto de abandonar para siempre la ciudad. Una carta de Soledad precipita entonces la tragedia: le ama y le ruega se quede, por ella; el desenlace violento que la ciudad exige no es nece­sario, el amor posee otros caminos.

Pero esta solución ofende el sentido espectacular de Manuel; se siente como un actor obli­gado a representar un papel anónimo y despreciable, y prefiere matar a los ojos de toda la ciudad a Soledad, con la cual ha conseguido bailar en el transcurso de una solemnidad pública. La novela está a la altura de las mejores de Alarcón por su ritmo narrativo y descriptivo; y tal vez es superior a todas las demás por la figura del’ protagonista, indudablemente uno de los grandes personajes poéticos de la lite­ratura española.

A. R. Ferrarin

El Niño, Jules Vallès

[L’enfant]. Libro del escritor político y periodista Jules Vallès ( 1832- 1885). Aparecido en 1879, es el primero de una trilogía que se completa con el Ba­chiller y el Rebelde, en la que el autor, con el pseudónimo de Jacques Vingtras, traza una especie de libre y poética auto­biografía.

Hablando de los años de su in­fancia, de cuando era un muchacho olvi­dado y tiranizado por sus padres, precoz­mente rebelde, desagradable a los maestros por su carácter altivo y deseoso de revuel­tas, Vallès busca sentar visiblemente las premisas de aquella típica actitud del re­voltoso y de aquella mentalidad anticon­formista que guiaron toda su vida. Hay también en el libro una cruda «tesis», para recordar, con tanta diferencia de clima y de caracteres, las ideas de Butler: con la excusa de la educación, los padres y maes­tros gozan imponiendo al niño sus propios prejuicios, cuando no su caprichoso egoís­mo y su más o menos larvada brutalidad; es decir, una verdadera tiranía, que opri­me y enerva irremediablemente a los dé­biles, y que inclina a los más fuertes a la rebelión.

Este concepto encuentra una confirmación en las memorias infantiles del autor, pero en realidad el vigoroso tempe­ramento de Vallès hombre y escritor se opone a la tesis, iluminando injusticias, errores y horrores con una luz de sano optimismo. Por algo la obra fue escrita en plena madurez, cuando el feroz desdén de este rebelde, aplacado ya con la acción y con los años, pudo permitirse pausas idí­licas, e incluso la fugaz sonrisa de franco humorismo de una pureza casi dickensiana.

Por esto su libro más importante, tan pro­fundamente enraizado en las más antiguas memorias y en las más profundas convic­ciones, madurado por espacio de tantos años en lo más íntimo de su ánimo, rea­lizado cuando ya Vallès estilista había he­cho sus pruebas, se impone todavía hoy como una obra singularísima, tan personal por el estilo como por la materia. Vallès escritor, aunque pintoresco, no pretende ser «objetivo», ni busca las alabanzas parna­sianas de la impasibilidad: él forma parte de sí mismo. Refractario al orden social, no tanto por teoría como por generosidad de corazón y por individualismo exagera­do, en literatura es un innovador muy au­daz: colorea fuertemente, mezcla con mano expedita modismos dialectales y plebeyos.

Pero de la misma manera que en la altiva y desdeñosa independencia de sus actitudes revolucionarias hay un innegable sello de distinción, así también en la prosa de este enamorado de los crudos personajes popu­lares, incomparable pintor de la calle y de la miseria, encontramos el signo incon­fundible del estilo. El niño, aparecido en un período de exuberante producción literaria, no tuvo por entonces el éxito que merecía. Hoy se le considera una obra maestra de la narrativa francesa del si­glo XIX.

M. Bonfantini

El Rebelde, Jules Vallès

En El Rebelde [L’Insurgé], aparecido en 1886, después de su muerte, Jacques Vingtras se presenta con su típica figura de re­voltoso, haciéndonos asistir a los más deta­llados episodios de su actividad revolucio­naria; discute sus ideas, aparece sumido en la encendida atmósfera polémica de aque­llos años, todavía próximos.

Este fundador y director del célebre diario «Le cri du peuple», este revolucionario entusiasta que saluda el advenimiento de la Commune con páginas de maravillosa elocuencia, parece en realidad un «político» bastante incon­sistente, y él hace todo lo necesario para confirmarnos en esta opinión. La víspera de la Commune declara franca y clara­mente que él no es «Comunista»; los libe­rales y los reformistas le merecen una son­risa de desdén, porque son «pequeños bur­gueses»; pero por otra parte, los sistemas sociales más o menos en boga en aquel tiempo, tanto las ideas de Saint-Simon co­mo las de Blanqui, le dejan completamen­te indiferente: admira a este último porque le parece un buen combatiente, un hombre que estaría en su puesto en un día de sublevación, y hace de él un retrato excepcionalmente justo.

En esta última obra el Vallès escritor va estrechamente unido al Vallès hombre; no es otra cosa que un elocuentísimo y apasionado testigo del dra­ma en el que él mismo representa un pa­pel importante; y Vallès hombre es sim­plemente un rebelde que hace la revolu­ción porque está convencido de la nece­sidad de destruir el orden político y de reformar profundamente el orden social existente, pero que carece de la más mí­nima idea de lo que mañana tendrá que construirse.

Por eso El Rebelde es el libro de un memorialista y un polemista, en un estilo vivaz y lleno de color, pero simple, directo, sin adornos, un estilo esencialmen­te hablado, tan rico en sabrosos brotes co­mo en fantásticas divagaciones.

M. Bonfantini

El Bachiller, Jules Vallès

[Le Bachelier] apareció en 1881. El joven Jacques Vingtras ha termi­nado sus estudios de bachillerato y ahora se ha inscrito en la Universidad de París, don­de vive míseramente dando lecciones.

Estu­diante universitario, en un París que acaba de salir de la revolución de 1848 y todavía conmovido por el golpe de estado de Luis Napoleón, se mezcla a los grupos políticos y trata de sistematizar sus rebeliones de adolescente en una línea teórica. Pero en una reunión de estudiantes escandaliza un día a todos los reunidos llamando a Ro­bespierre «pion» (término despectivo de la jerga escolar para designar al pedagogo), y a Rousseau un «pisse-froid»; invitado con toda gravedad a explicarse, sus frases son todo lo menos políticas que se pueda ima­ginar: «¡Este Rousseau nunca ríe, desdeño­so, llorón, atento siempre a las bellas frases!» Y a esta imagen denigrante del gran ginebrino opone alegremente el Voltaire de la ironía soberbia y señoril de las Cartas filosóficas (v.).

Las páginas más intere­santes de este libro son aquellas en que Vallès nos hace asistir a la afirmación de su vocación literaria y a sus primeros éxitos. Lo que odia en la escuela, todavía más que la ciega constricción, es el predo­minio de la obtusa retórica, la persistencia de una literatura frustrada y el conformis­mo a las fórmulas establecidas. Su éxito como literato lo debe precisamente a su profundo impulso de rebelión, gracias al que logró hacerse un estilo absolutamente suyo, libre y audaz, oponiendo un crudo realismo, todo espíritu y color, tanto a la retórica romántica como a la exangüe po­breza del clasicismo.

Asistimos por tanto en este libro a la formación de un singu­larísimo temperamento literario, y en esto consiste su interés. Por otra parte, este se­gundo volumen de la trilogía aparece ne­tamente inferior a los otros dos: de estilo menos fuerte y menos maduro que El niño, menos vivaz y menos libre en su posición en materia psicológica respecto al Rebelde.

M. Bonfantini

La Niña de Gómez Arias

Sobre el tema de Gómez Arias, castigado por la rei­na Isabel la Católica por haber traicionado a su esposa y haberla vendido a los moros, se fue formando una leyenda que dio lugar a cantos populares, como los siguientes: «Señor Gómez Arias, / doleos de mí; / que soy niña y sola / y nunca en tal me vi. / … Señor Gómez Arias, / duélete de mí; / no me dejes presa / en Benamejí».

Sobre la leyenda del personaje que por interés vende a su esposa a los musulmanes, diseñó el autor dramático español Luis Vélez de Guevara (1579-1644) una obra con el mismo título, La Niña de Gómez Arias, cuyo texto se conserva en el British Museum. Más tarde el gran dramaturgo don Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) aprovechó el esbozo junto con escenas en­teras de Vélez de Guevara dándole estruc­tura y solidez dramáticas. La obra de Cal­derón, por su parte, sirvió de fuente a Gó­mez Arias o los Moriscos de Alpujarras de Trueba.

En la obra de Calderón, el galán Gómez Arias tiene que salir de Granada por haber herido por celos de doña Beatriz a un don Félix (escena ésta parecida a la situación con que se inicia Mañanas de abril y mayo). En Guadix se enamora Gó­mez Arias de Dorotea, que aunque pobre, es hermosa y de origen noble, y huye con ella a las Alpujarras. Allí, cansado ya de ella, la abandona y Dorotea cae en poder de los moriscos. Pero éstos a su vez la abandonan también, pues tienen que huir ante una hueste cristiana. Dorotea es recogida por don Diego, padre de Beatriz, quien la lleva consigo a su casa.

Otra vez en Granada, Gómez Arias vuelve a cortejar a Beatriz, llegando hasta el punto de raptarla durante la noche, huyendo con ella a Sierra Ber­meja. Pero con la luz del día Gómez Arias se da cuenta de que en lugar de raptar a Beatriz ha raptado a Dorotea. Ante su fraca­so, la insulta y la vende a un jefe morisco y se vuelve a Granada a cortejar a Beatriz. Rescatada por fin Dorotea, denuncia el nom­bre del caballero ofensor y la reina Isabel, tras hacerle dar mano de esposa, ordena matar a Gómez Arias.

La obra de Calderón es de gran efecto dramático y está consi­derada como uno de sus mejores dramas, por la fuerza de los personajes y de las pasiones que se ponen en juego. Algunos críticos han insistido en la aberración mo­ral y el caso patológico del carácter del protagonista. Por su parte, Menéndez Pelayo encontraba defectuoso el temperamen­to de Gómez Arias, pero parece indiscutible que a la luz del teatro moderno, la figura de este personaje se convierte en uno de los más acertados del teatro español. Tam­bién criticó el gran polígrafo algunas «ex­travagancias gongorinas» del drama.