La Niña de Gómez Arias

Sobre el tema de Gómez Arias, castigado por la rei­na Isabel la Católica por haber traicionado a su esposa y haberla vendido a los moros, se fue formando una leyenda que dio lugar a cantos populares, como los siguientes: «Señor Gómez Arias, / doleos de mí; / que soy niña y sola / y nunca en tal me vi. / … Señor Gómez Arias, / duélete de mí; / no me dejes presa / en Benamejí».

Sobre la leyenda del personaje que por interés vende a su esposa a los musulmanes, diseñó el autor dramático español Luis Vélez de Guevara (1579-1644) una obra con el mismo título, La Niña de Gómez Arias, cuyo texto se conserva en el British Museum. Más tarde el gran dramaturgo don Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) aprovechó el esbozo junto con escenas en­teras de Vélez de Guevara dándole estruc­tura y solidez dramáticas. La obra de Cal­derón, por su parte, sirvió de fuente a Gó­mez Arias o los Moriscos de Alpujarras de Trueba.

En la obra de Calderón, el galán Gómez Arias tiene que salir de Granada por haber herido por celos de doña Beatriz a un don Félix (escena ésta parecida a la situación con que se inicia Mañanas de abril y mayo). En Guadix se enamora Gó­mez Arias de Dorotea, que aunque pobre, es hermosa y de origen noble, y huye con ella a las Alpujarras. Allí, cansado ya de ella, la abandona y Dorotea cae en poder de los moriscos. Pero éstos a su vez la abandonan también, pues tienen que huir ante una hueste cristiana. Dorotea es recogida por don Diego, padre de Beatriz, quien la lleva consigo a su casa.

Otra vez en Granada, Gómez Arias vuelve a cortejar a Beatriz, llegando hasta el punto de raptarla durante la noche, huyendo con ella a Sierra Ber­meja. Pero con la luz del día Gómez Arias se da cuenta de que en lugar de raptar a Beatriz ha raptado a Dorotea. Ante su fraca­so, la insulta y la vende a un jefe morisco y se vuelve a Granada a cortejar a Beatriz. Rescatada por fin Dorotea, denuncia el nom­bre del caballero ofensor y la reina Isabel, tras hacerle dar mano de esposa, ordena matar a Gómez Arias.

La obra de Calderón es de gran efecto dramático y está consi­derada como uno de sus mejores dramas, por la fuerza de los personajes y de las pasiones que se ponen en juego. Algunos críticos han insistido en la aberración mo­ral y el caso patológico del carácter del protagonista. Por su parte, Menéndez Pelayo encontraba defectuoso el temperamen­to de Gómez Arias, pero parece indiscutible que a la luz del teatro moderno, la figura de este personaje se convierte en uno de los más acertados del teatro español. Tam­bién criticó el gran polígrafo algunas «ex­travagancias gongorinas» del drama.