Adam de la Halle

Nacido en Arras hacia el 1240 y m. en el reino de Nápoles ha­cia 1288. Se le llamó también Adam de Arras o Adam le Bossu (el Jorobado), heredando un apodo de su padre, ya que él no tuvo este defecto físico, como afirmó en una poesía.

En su fecunda producción de trova­dor, tocó un poco todas las formas poéticas de aquel tiempo, pero sobresalió más en el campo de las representaciones profanas.

Además de las monodias que acompañaban a sus canciones, se conservan de él algunos «rondeaux» polifónicos y cinco motetes a tres voces. En la fantástica trama del Juego de la enramada (v.) se encuentran numero­sos elementos biográficos de su juventud, cuando enamoró y sedujo a una muchacha, con quien se vio obligado a casarse. I

nte­rrumpidos sus estudios a consecuencia de ello, parece que los reanudó más tarde para licenciarse en la Universidad de París. Totalmente fantástico es, por el contrario, el «Jeu» de Robín y Marión (v.), escrito en Italia, adonde se dirigió en 1282 en el sé­quito del conde de Artois, y representado allí en 1283 en la corte de Carlos de Anjou.

No mucho más tarde, en 1288, murió A. De ello da fe una composición poética es­crita el 2 de febrero de 1289 por un sobrino suyo, que lamenta su prematura desapa­rición.

E. Zanetti

Henry Brooks Adams

Nacido en Boston el 16 de febrero de 1838, m. en Washington el 27 de marzo de 1919. Perteneciente a la octava generación de un recio linaje de agricultores puritanos de Nueva Inglaterra, convertidos en la más eminente dinastía aristocrática americana, que se vanagloria­ba de contar con dos presidentes de los Estados Unidos y una ininterrumpida serie de ilustres hombres públicos, A. estaba destinado, casi desde su nacimiento, a ocu­par la Casa Blanca.

Pero desde la adoles­cencia tuvo el presentimiento de ser, con su cuerpo débil, con sus sensibles nervios, con su aguda sensibilidad estética y su inteligencia introspectiva, escéptica y ana­lítica, el «último», producto decadente de su estirpe.

El presentimiento era verdadero en parte solamente, pero la zafiedad de la tradicional política americana después de la guerra civil le repugnó; le pareció que no había sitio en aquella vida para un hom­bre como él, y experimentó hasta su muer­te una cierta sensación de pesar y de culpabilidad, si no de vergüenza, ante los fantasmas ancestrales que invadían su es­píritu y le echaban en cara constantemente lo que él, definía — no sin una punta de irónica pose— su «fracaso».

Educado pri­mero de un modo privado en la biblioteca de su padre, y más tarde en el Harvard College, se licenció con la preocupación de haber aprendido muy poco de aquello que podía servirle para comprenderse a sí mis­mo y al mundo moderno.

Inseguro sobre su propio porvenir, emprendió el estudio del derecho civil en alemania, viajó durante algún tiempo por Europa, regresó a América, fue durante algún tiempo secre­tario de su padre, que era entonces repre­sentante en el Congreso,, en Washington, y acompañó al más anciano Adams, cuando éste fue nombrado embajador en Ingla­terra.

Fue quizá su estancia de siete años en este país, estancia que coincidió con la guerra civil americana y sus horribles con­secuencias, la que confirmó definitivamente su impresión de estar excluido de toda par­ticipación activa en la vida nacional.

Al mismo tiempo, como enviado especial de diarios del Este, empezó a ejercitarse en el arte de observar y comentar los sucesos históricos. Las amistades londinenses con los geólogos Charles Lyell y Clarence King determinaron que su modo de pensar se adaptara a una mentalidad científica y me­todológica.

Sus comentarios sobre problemas científicos y económicos fueron tan nota­bles que en 1870 fue llamado a América, donde se le confió la dirección de la North American Review (que se convirtió, bajo su dirección, en un órgano vigoroso del pensa­miento político independiente) y la cátedra de Historia medieval en Harvard.

Pasando de la Historia medieval a la Historia uni­versal europea y americana, A. empezó a elaborar una teoría que veía la historia no como una sucesión de hombres y de acon­tecimientos, sino como un drama milena­rio de «fuerzas» impersonales, análogo a las leyes geológicas de Lyell y a las leyes evolutivas de Darwin, fuerzas que actúan según principios propios y contra los cua­les son impotentes los hombres.

(Sus ascen­dientes puritanos habían explicado los des­tinos humanos mediante leyes interiores del alma no menos rigoristas.) En 1870 se casó y de su matrimonio no nacieron hijos, pa­reciendo demostrarse así que la esterilidad era su destino.

En 1877 abandonó la ense­ñanza y se trasladó a Washington, donde inició la carrera, que había de durar toda su vida, de «fiel compañero de estadistas». Con su mujer y un pequeño círculo de amigos ilustres, A. creó el quizá único «salón» brillante que la capital de los Estados Uni­dos había conocido hasta entonces.

Mien­tras tanto, una serie de obras históricas sobre América culminó,, en 1884, con el pri­mer volumen de la monumental Historia de los Estados Unidos de América (v.). De su pluma salieron también dos novelas (anó­nimas): Democracy (1880), amargo estudio de la desintegración de valores e ideales en la escena política americana, y Esther (1884), estudio de la desintegración reli­giosa.

Pero la continuidad que su vida ha­bía empezado a tomar fue interrumpida y trastornada bruscamente (o así lo consi­deró él) por el suicidio de su mujer en 1885. La tragedia personal lo transformó, aunque no inmediatamente, en un artista imaginativo, inclinado a las meditaciones sobre el significado de la historia y del des­tino del hombre; el dolor hizo de él un vagabundo sobre la tierra, en busca de claves que pudieran resolver el problema y de símbolos adecuados para poder expre­sarlo.

Sus viajes por el Pacífico, por Orien­te y por Europa dieron término con su regreso a Washington (1892), ciudad que se convirtió a continuación (al menos du­rante algunos meses al año) en su base, y donde su salón volvió a ser el corazón intelectual de la capital.

Continuando los estudios sobre historia medieval y moderna, A. encontró por fin los símbolos que nece­sitaba: la Virgen y el Dinamismo. La Vir­gen, fuerza histórica y objeto de culto uni­versal que simbolizaba la unidad conseguida en el período 1150-1250 («la fase de la his­toria en la que el hombre tuvo la más alta idea de sí mismo como unidad en un universo unificado»); el Dinamismo, mani­festación de energía impersonal y no hu­mana que ha sustituido en el mundo mo­derno a la manifestación de energía simbolizada por la Virgen.

Habiendo identi­ficado los dos puntos fijos en el tiempo, en relación a los cuales podían ser definidas y medidas las fuerzas históricas, A. se dedicó a componer los dos paneles de su díptico histórico y meditativo; Mont Saint-Michel y Chartres (v.), estudio sobre la unidad del siglo XII, y La educación de Henry Adams: estudio sobre la multiplici­dad del siglo XX (v.), no una autobiogra­fía, sino un examen de sí mismo como «ejemplar» histórico, ya que por su visión trágica del mundo moderno, A. recurre a medios expresivos, apropiados al aristó­crata que era él: contención estoica, noble disciplina de la duda, decoro, ironía, fría introspección intelectual. (Había aprendido mucho de Pascal y de Voltaire.)

La obra más conocida de los últimos años de su vida fue Carta a los profesores americanos de Historia [Letter to American Teachers of History, 1910], en donde expone la teo­ría por la cual el primer principio del «im­pulso» histórico es la segunda ley de la termodinámica: la ley de la dispersión de la energía. El tímido, irritable, cáustico, aunque respetuoso y cortés anciano, pro­digó sus últimos afectos a un ejército de tiernos sobrinos y al estudio de las can­ciones medievales francesas.

S. Geist

Adam de Saint-Victor

Adam, llama­do de Saint-Victor debido a la abadía del mismo ‘nombre en las cercanías de París, de la cual fue monje, es considerado como uno de los mejores poetas lírico-religiosos del Medioevo.

Las noticias biográficas que de él quedan son escasas e inseguras: se duda sobre su país de nacimiento, porque el apelativo de bretón (Brito) que se le atribuyó no es suficiente para esclarecer su origen; inseguro es también el año de naci­miento, que puede fecharse alrededor de 1112; según los «Anales» de Saint-Victor, murió el 18 de julio de 1192.

Sobre su tum­ba, en la abadía, había una inscripción que se encuentra ahora en el Institut de France. Cuando A. ingresó en aquel cenobio domi­naba en él la figura de Hugo, un gigante del pensamiento y del misticismo medieval, al que sucedió Ricardo, otro gran místico y exegéta.

En la escuela de tales maestros se formó A., el cual supo traducir en un canto lírico secuencial (v. Secuencias) los motivos de la escuela victorina, que tendía a la conciliación de la dirección dialéctica abelardiana con los impulsos afectivos de los antidialécticos, que tenían por jefe a Bernardo de Claraval.

En efecto, las secuen­cia de A. conjugan los suaves acentos mís­ticos con las audacias discursivas del pen­samiento teológico en una atmósfera piadosa de serenidad y contemplación. A. pasó toda su vida en un humilde recogimiento, total­mente dedicado a su obra litúrgico-religiosa.

G. Vecchi

Paul Adam

Nacido. en París el 7 de diciembre de 1862 y m. en la misma ciudad el 2 de enero de 1920. Se dio a conocer a los 23 años con Chair molle, novela decidida­mente naturalista; procesado por inmoralidad, fue absuelto.

La segunda novela, Soi (1886), estudio psicológico de una malcasa­da, aparece, por el contrario, inmersa en la atmósfera simbolista. A partir de 1890 se hace más intensa su actividad literaria con una serie de novelas de temas e intenciones diversos.

De aquellas tentativas debía sur­gir la tetralogía que ha hecho pasar su nombre a la posteridad, Le temps et la vie, desarrollada en cuatro novelas: La fuerza (1899, v.); El Hijo de Austerlitz (1901, v.); La astucia (1901, v.), y Bajo el sol de julio (1903, v.), epopeya de la familia Héricourt (es decir, de la misma familia Adam) de 1800 a 1830. Ha sido definido «el ciclo de la energía», y señala un hito importante en la literatura francesa; se ve en él, en efecto, a un joven novelista, antes anárquico, que exalta el valor, el sacrificio, el honor mili­tar.

De los sesenta volúmenes que dejó, pocos son leídos hoy.

P. Raimondi

Karl Adam

Nacido el 22 de octubre de 1876 en Pursruck en el Palatinado; después de seguir los estudios clásicos frecuentó inme­diatamente los teológicos, recibiendo las ór­denes sagradas en 1900 y el doctorado en Teología en 1904, en la Universidad de Mu­nich.

En 1919 fue llamado a la cátedra de teología dogmática, en la Facultad de Teo­logía católica de la Universidad de Tubinga; aquí enseñó hasta el límite de la edad (1946). Este autor es justamente conside­rado como uno de los más importantes teó­logos católicos de hoy, por la amplitud de su información histórica y por la profundi­dad de su pensamiento. La obra que le hizo universalmente conocido fue La esencia del catolicismo [Das Wesen des Katholizismus, 1924], obra que hay que considerar cierta­mente como una de las mejores aparecidas en el campo católico en los últimos cincuen­ta años.

Otras obras de A., muy apreciadas y difundidas también, son: Cristo nuestro hermano [Christus unser Bruder, 1926], efi­caz exposición del modo católico de vivir la relación con Cristo; Jesucristo [Jesús Chri­stus, 1933], tratado apologético de las prue­bas de la divinidad de Jesucristo, etc. En la postguerra ha publicado: Una Sancta in katolischer Sicht (1947), dedicado al proble­ma de la unión de los cristianos, y El Cristo de la fe [Der Christus des Glaubens, 1954], exposición moderna de la doctrina cristológica de la Iglesia católica.

C. Colombo