Ludovico Adimari

Nacido en Nápoles en 1644, m. en Florencia en 1708. Descendiente de la famosa familia florentina de los Adimari, pronto marchó a Florencia.

Antes de que el gran duque Cosme III le nombrara capitán en Pietrasanta (1683), había escrito ya, además de versos de toda clase, tres dramas de ambiente español: Le gare del- l’Amore e dell’Amicizia (1679), II carceriere di se stesso (1681) y L’amante di sua figlia (1683). Desde Pietrasanta, y acusado de uxo­ricidio, hubo de tomar el camino del des­tierro, y marchó primero a Lucca, y más tarde a Bolonia y Mantua.

Vuelto al fin a Florencia, en 1692, no le faltaron los honores ni las muestras de favor. Fue miembro de cinco academias, entre ellas la Crusca y la Arcadia, y desempeñó el cargo de lector de lengua toscana en el Estudio florentino,, sucediendo en tal cargo a Redi. Además de los dramas citados, tiene poe­sías áulicas en honor de sus príncipes, del rey de Francia y del emperador austríaco, poesías sacras y, en fin, las más notables de sus obras: cinco Sátiras (v.), en las que se presentan con agudeza y claridad los males de su tiempo.

Adenet Le Roi

Nacido hacia 1240 en el Brabante y se ignora la fecha de su muerte. Juglar de profesión, adquirió pronto una cierta notoriedad por sus dotes artísticas, que le valieron el sobrenombre de «rey», como sugiere la miniatura de un códice que lo representa con la corona de rey de los juglares.

Protegido primero por Enrique III de Brabante, pasó probablemente en 1269 al servicio de Guido de Dampierre, conde de Flandes, a quien siguió en largos viajes a través de Italia hasta Calabria y Sicilia, como demuestran algunos pasajes de sus poemas, y junto al mismo señor se encon­traba todavía en 1296. Mantuvo también relaciones con la corte de Francia, donde fue bien acogido y admirado.

Hábil versifi­cador, dotado de una vena fácil y agrada­ble, muestra en el contenido y el estilo de sus poemas una notable versatilidad: por un lado, el ambiente y el elemento fantás­tico y aventurero del Cleomadés; por otro, el tema tradicional carolingio en Berta de los grandes pies (v.), donde se entremezcla, sin embargo, y aún llega a predominar, el elemento personal y familiar en lugar de la gesta heroica. También le pertenecen los poemas Bovon de Commarcis y Enfances Ogier (v. Ogier el danés).

C. Cremonesi

Joseph Addison

Nacido en Milston el 1.° de mayo de 1672, m. en Londres el 17 de junio de 1719. Hijo de un eclesiástico, estudió en Oxford y por sus dotes de latinista se gran­jeó la protección del canciller del Tesoro, Charles Montagu, el cual le otorgó una importante pensión que le permitió viajar por el continente.

Fruto de su viaje fue Observaciones sobre varias partes de Italia. A. renunció pronto a una prometedora carrera de erudito para encerrarse en aque­lla dorada medianía de pensamiento y de vida que constituía su verdadera vocación de «Victoriano prematuro».

Afiliado al par­tido de los «Whigs», de quienes fue por­tavoz poético y político (desempeñó el car­go de subsecretario de Estado en 1706 y el de primer secretario del virrey de Irlanda en 1709), pudo dedicarse con serenidad y señorial desinterés a la literatura, inten­tando con escasos resultados el poema y la tragedia (v. La campaña y Catón), y encon­trando al fin su verdadero medio expresivo en el ensayo.

Durante dos años ayudó a Steele en la redacción de su diario, el Tatler (v.), y con el mismo Steele fundó el famosísimo Spectator (v.) (1711-12, 1714), al cual dio el tono de su personalidad de «censor morum», exaltador de los ideales burgueses y de un clasicismo que es tam­bién norma de vida moral y de comporta­miento, él ideal exacto del «gentleman».

Con el tipo de ensayo del Spectator, A. vino a crear su obra maestra, expresión de su dimensión íntima y de su laica espiritua­lidad: un tono que fue el mismo de la vida de su autor, terminada casi de un modo triunfal (aunque no sin amargura) con su retiro de la política con una espléndida pensión (1718) y con su instalación, des­pués de su matrimonio con la condesa de Warwick (1716), en la suntuosa atmósfera de Holland House.

N. d’Agostino

George Ade

Nacido el 9 de febrero de 1866 en Kentland (Indiana) y m. en el mismo lugar el 16 de mayo de 1944. Fue periodista, comediógrafo y humorista.

Se licenció de «Bachelor of Science» en la Universidad Purdue (1887), colaboró en los periódicos de Lafayette (Indiana) y más tarde en el Morning News, en el que redactaba una sección titulada «The Record», serie de ingeniosos y chispeantes relatos sobre personajes como Artie, Pink Marsh y Doc Horne.

Las famo­sas Fábulas en «slang» (v.) derivaron de estos relatos; en ellas, A. adaptó las fábu­las de Esopo al moderno marco americano, logrando un estilo artificioso y satírico uni­do a una tendencia moralizadora sardónica y mordaz. En 1900 se marchó a Oriente y a las islas Sulu. El viaje le inspiró una comedia, The Sultán of Sulu (1902), repre­sentada con éxito en Broadway.

Escribió otras comedias y narraciones: The County Chairman, The College Widow, People you Know, Hand Made Fables, The Slim Princess, etc. Su humorismo se traduce en una extravagante adaptación del argot ameri­cano y sigue la tradición del humorismo norteamericano, representado por escrito­res como Josh Billings, Bill Nye y Peter Dunne («Mr. Dooley»)

L. R. Lind

James Truslov

Historiador nor­teamericano. N. en Brooklyn (barrio de Nueva York) el 18 de octubre de 1878, m. en Westport (Connecticut) el 18 de mayo de 1949.

Pertenecía a una vieja familia de Maryland que fue a establecerse a Vir­ginia, en una plantación vecina a la de George Washington. Nuestro autor tenía an­tepasados españoles por su abuela, cuya familia vivía en Venezuela desde 1585.

Ini­ció sus estudios en el colegio de Brooklyn y en el Instituto Politécnico de esta ciudad; los terminó en la Universidad de Yale, don­de se graduó. Al principio quiso dedicarse a la enseñanza de la filosofía, pero cambió de idea y entró en el mundo de los nego­cios y las especulaciones. Primero trabajó en la Bolsa, luego en una Banca, en los transportes y en la industria.

Se jactaba de haber trabajado en 43 Estados de los 48 de la Confederación. Fue también gran­jero para adquirir conocimientos de agri­cultura. Al estallar la primera guerra mun­dial, movilizado como capitán de Estado Mayor en el Servicio de Informaciones, des­empeñó una misión en la Conferencia de la Paz.

Hasta 1919 no empezó a escribir sus numerosas obras de historia. En aquel mo­mento sólo había publicado algunos ensa­yos, que luego desarrolló en textos más importantes. Decía que al escribir sus estu­dios históricos trataba de «hacer pensar y descargar su propio cerebro». Miembro del jurado del premio Pulitzer de Historia, llegó a ser su presidente.

Pertenecía a va­rias sociedades de Historia. En 1930 apare­ció La familia Adams (v.), obra que situó a su autor entre los historiadores más auto­rizados de Nueva Inglaterra. A pesar de su apellido, A. no estaba emparentado con la famosa dinastía de los Adams, pero man­tenía amistad con algunos de sus miem­bros.

La crónica en cuestión, que comprende varias generaciones, está documentada con rigor y contiene valiosos datos e intere­santes referencias acerca de la evolución de la sociedad norteamericana, desde el punto de vista económico, social y aun psi­cológico. Aparte esta obra magistral, mere­cen citarse de nuestro autor: Historia de la ciudad de Southampon (1916 y 1918), Nues­tra civilización de hombres de negocios (1929), La evolución de la democracia (1932-33), Tragedia americana (1935), etc.