Henry Brooks Adams

Nacido en Boston el 16 de febrero de 1838, m. en Washington el 27 de marzo de 1919. Perteneciente a la octava generación de un recio linaje de agricultores puritanos de Nueva Inglaterra, convertidos en la más eminente dinastía aristocrática americana, que se vanagloria­ba de contar con dos presidentes de los Estados Unidos y una ininterrumpida serie de ilustres hombres públicos, A. estaba destinado, casi desde su nacimiento, a ocu­par la Casa Blanca.

Pero desde la adoles­cencia tuvo el presentimiento de ser, con su cuerpo débil, con sus sensibles nervios, con su aguda sensibilidad estética y su inteligencia introspectiva, escéptica y ana­lítica, el «último», producto decadente de su estirpe.

El presentimiento era verdadero en parte solamente, pero la zafiedad de la tradicional política americana después de la guerra civil le repugnó; le pareció que no había sitio en aquella vida para un hom­bre como él, y experimentó hasta su muer­te una cierta sensación de pesar y de culpabilidad, si no de vergüenza, ante los fantasmas ancestrales que invadían su es­píritu y le echaban en cara constantemente lo que él, definía — no sin una punta de irónica pose— su «fracaso».

Educado pri­mero de un modo privado en la biblioteca de su padre, y más tarde en el Harvard College, se licenció con la preocupación de haber aprendido muy poco de aquello que podía servirle para comprenderse a sí mis­mo y al mundo moderno.

Inseguro sobre su propio porvenir, emprendió el estudio del derecho civil en alemania, viajó durante algún tiempo por Europa, regresó a América, fue durante algún tiempo secre­tario de su padre, que era entonces repre­sentante en el Congreso,, en Washington, y acompañó al más anciano Adams, cuando éste fue nombrado embajador en Ingla­terra.

Fue quizá su estancia de siete años en este país, estancia que coincidió con la guerra civil americana y sus horribles con­secuencias, la que confirmó definitivamente su impresión de estar excluido de toda par­ticipación activa en la vida nacional.

Al mismo tiempo, como enviado especial de diarios del Este, empezó a ejercitarse en el arte de observar y comentar los sucesos históricos. Las amistades londinenses con los geólogos Charles Lyell y Clarence King determinaron que su modo de pensar se adaptara a una mentalidad científica y me­todológica.

Sus comentarios sobre problemas científicos y económicos fueron tan nota­bles que en 1870 fue llamado a América, donde se le confió la dirección de la North American Review (que se convirtió, bajo su dirección, en un órgano vigoroso del pensa­miento político independiente) y la cátedra de Historia medieval en Harvard.

Pasando de la Historia medieval a la Historia uni­versal europea y americana, A. empezó a elaborar una teoría que veía la historia no como una sucesión de hombres y de acon­tecimientos, sino como un drama milena­rio de «fuerzas» impersonales, análogo a las leyes geológicas de Lyell y a las leyes evolutivas de Darwin, fuerzas que actúan según principios propios y contra los cua­les son impotentes los hombres.

(Sus ascen­dientes puritanos habían explicado los des­tinos humanos mediante leyes interiores del alma no menos rigoristas.) En 1870 se casó y de su matrimonio no nacieron hijos, pa­reciendo demostrarse así que la esterilidad era su destino.

En 1877 abandonó la ense­ñanza y se trasladó a Washington, donde inició la carrera, que había de durar toda su vida, de «fiel compañero de estadistas». Con su mujer y un pequeño círculo de amigos ilustres, A. creó el quizá único «salón» brillante que la capital de los Estados Uni­dos había conocido hasta entonces.

Mien­tras tanto, una serie de obras históricas sobre América culminó,, en 1884, con el pri­mer volumen de la monumental Historia de los Estados Unidos de América (v.). De su pluma salieron también dos novelas (anó­nimas): Democracy (1880), amargo estudio de la desintegración de valores e ideales en la escena política americana, y Esther (1884), estudio de la desintegración reli­giosa.

Pero la continuidad que su vida ha­bía empezado a tomar fue interrumpida y trastornada bruscamente (o así lo consi­deró él) por el suicidio de su mujer en 1885. La tragedia personal lo transformó, aunque no inmediatamente, en un artista imaginativo, inclinado a las meditaciones sobre el significado de la historia y del des­tino del hombre; el dolor hizo de él un vagabundo sobre la tierra, en busca de claves que pudieran resolver el problema y de símbolos adecuados para poder expre­sarlo.

Sus viajes por el Pacífico, por Orien­te y por Europa dieron término con su regreso a Washington (1892), ciudad que se convirtió a continuación (al menos du­rante algunos meses al año) en su base, y donde su salón volvió a ser el corazón intelectual de la capital.

Continuando los estudios sobre historia medieval y moderna, A. encontró por fin los símbolos que nece­sitaba: la Virgen y el Dinamismo. La Vir­gen, fuerza histórica y objeto de culto uni­versal que simbolizaba la unidad conseguida en el período 1150-1250 («la fase de la his­toria en la que el hombre tuvo la más alta idea de sí mismo como unidad en un universo unificado»); el Dinamismo, mani­festación de energía impersonal y no hu­mana que ha sustituido en el mundo mo­derno a la manifestación de energía simbolizada por la Virgen.

Habiendo identi­ficado los dos puntos fijos en el tiempo, en relación a los cuales podían ser definidas y medidas las fuerzas históricas, A. se dedicó a componer los dos paneles de su díptico histórico y meditativo; Mont Saint-Michel y Chartres (v.), estudio sobre la unidad del siglo XII, y La educación de Henry Adams: estudio sobre la multiplici­dad del siglo XX (v.), no una autobiogra­fía, sino un examen de sí mismo como «ejemplar» histórico, ya que por su visión trágica del mundo moderno, A. recurre a medios expresivos, apropiados al aristó­crata que era él: contención estoica, noble disciplina de la duda, decoro, ironía, fría introspección intelectual. (Había aprendido mucho de Pascal y de Voltaire.)

La obra más conocida de los últimos años de su vida fue Carta a los profesores americanos de Historia [Letter to American Teachers of History, 1910], en donde expone la teo­ría por la cual el primer principio del «im­pulso» histórico es la segunda ley de la termodinámica: la ley de la dispersión de la energía. El tímido, irritable, cáustico, aunque respetuoso y cortés anciano, pro­digó sus últimos afectos a un ejército de tiernos sobrinos y al estudio de las can­ciones medievales francesas.

S. Geist