Alcmán

Nació en Sardes, capital de Lidia; vivió a fines del siglo VII a. de C., escribió en dialecto lacónico y en Esparta probablemente permaneció toda su vida.

Cuando murió, fue sepultado en el bosque de los Plátanos, junto a los templos de Heracles y de los Dióscuros, los semidioses espartanos que él había cantado en sus poemas. Los antiguos conocían seis libros de poesías de Alcmán; nosotros conservamos unos pocos fragmentos (v. Odas), uno sólo de los cuales es muy extenso.

Había escrito peanes, himnos, hiporquemos, escolios, poemas eróticos. Pero los más célebres eran los patemios, cantos destinados a ser can­tados por coros de vírgenes: constituían una variedad de los prosodios (cantos de las procesiones).

En este autor encontramos por primera vez la división en estrofas, que se convertirá en regla constante de la lírica coral griega; más tarde, Estesícoro dividirá los coros en estrofas, antistrofas y épodos. Todos los elementos del canto coral se en­cuentran ya en Alcmán: los poetas posteriores adoptarán formas más severas, una estili­zación más elevada, pero carecerán del aban­dono y la gracia de Alcmán En los fragmentos aparecen frecuentemente rasgos jocosos.

La chanza es a menudo ligera y posee encan­to poético. Según una antigua leyenda, los hombres habrían explicado el origen de la música por la imitación del canto de los pájaros. Alcmán se aplicaba a sí mismo la le­yenda: «Yo conozco el canto de todos los pájaros», asegura en un fragmento suyo.

Y concluye uno de sus poemas con este originalísimo «sello», ingenuo y admirable a un tiempo: «Alcmán compuso estos versos y esta música imitando el canto de las per­dices». Pero el poeta, además de gracia, posee vigor.

En un fragmento, espléndido por su plasticidad, aparece la imagen de la Bacante (o de Artemis) que ordeña, en la cumbre de las montañas, la leche de las leonas en un gran vaso de oro. En otro frag­mento, el poeta contempla con ojos admi­rados la infinita quietud nocturna, que en­vuelve en el silencio a los seres animados y las cosas inanimadas: «Duermen las cimas de los montes y los valles y los barrancos y los abismos, y cuantas especies de ani­males nutre la negra tierra, y las fieras de las montañas y la raza de las abejas y los monstruos en las profundidades del violá­ceo mar; duermen las castas de pájaros de largas alas».

Esta representación de la natu­raleza dormida será imitada, pero no su­perada, por los más grandes poetas del mundo: por Virgilio, por Ariosto, por Goe­the. En otro fragmento, el poeta, viejo y cansado, siente que los miembros ya no le sostienen para la danza, y, volviéndose a las doncellas del coro, les dice que desea ser el cerillo que vuela sobre las ondas en compañía de los alciones: «No me rigen ya los miembros, doncellas de voz sonora, de canto de miel, ¡Oh, si yo fuera el cerillo, que vuela a flor de agua con los al­ciones, con el corazón sin temor, sagrado pájaro de color marino!».

Se advierte aquí la embriaguez del vuelo, la alegría de sacu­dir todo peso terrenal para confiarse a la libre serenidad de los aires. Por sí solo, eso podría representar la poesía de Alcmán: luminosa y aérea ligereza, vigorosa fan­tasía, gracia serena y delicada.

G. Perrotta

Baltasar del Alcázar

Nacido en Sevilla en 1530, m. en Ronda el 16 de enero de 1606. Era el sexto de los once hijos que tuvieron Luis del Alcázar y Leonor de León.

Llamado en algunos documentos Baltasar de León, se conserva de él una epístola en verso dedicada a uno de sus hermanos, Melchor, que seguía estudios clásicos en Sevilla. Tra­dujo a Horacio y le atrajo especialmente Marcial, a quien tomó como modelo en su poesía. Militó, probablemente hacia 1543, en las galeras de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz; fue hecho prisio­nero por los franceses y después puesto en libertad, al parecer espontáneamente.

En 1565 casó con doña María de Aguilera, pri­ma suya. Nombrado por el duque de Al­calá de Guadaira alcalde del pueblo de Los Morales, cerca de Utrera, habitó allí mu­chos años. Habiendo quedado viudo, fue víctima de una violenta pasión.

De regreso a Sevilla en 1583, fue hasta 1589 adminis­trador del conde de Gelves» cargo que le obligó a hacer algunos préstamos de dinero y a dañar sus relaciones con el conde. Se dedicó a continuación al comercio de perlas y de cuadros, pero no consiguió que medrara su escaso capital. Habiendo enfermado del mal de piedra y de gota, trató de hacer más soportable su dolencia componiendo epigramas y poesías jocosas (v. Poesías).

Su obra, de pura diversión, refleja la personalidad del autor y su vida dedicada a los pequeños placeres de la bue­na mesa, sin grandes preocupaciones inte­lectuales. Optimista, agudo, de humor ale­gre, sus burlas y epigramas son quizá auda­ces, pero nunca caen en la obscenidad. Muy popular es la composición La cena jocosa (v. Poesías).

Poco preocupado por conquis­tar fama, no publicó sus versos, reunidos por su amigo, el pintor Francisco Pacheco; también fueron amigos suyos los poetas Gutierre de Cetina y Juan de la Cueva. Hábil músico además, compuso algunos madrigales hoy perdidos.

En su juventud fue muy dado a la astrología y la adivi­nación, y de esto debía tratar el Libro de los hados, del cual afirma Rodríguez Marín haber visto una copia.

F. Huarte

Alcidamante

Nacido en Eleas (Eolia) en el siglo IV a. de C. Retórico y sofista, es decir, teórico de la elocuencia, fue discí­pulo de Gorgias y adversario de Isócrates.

Francamente sofista en su concepción nega­tiva y crítica de la filosofía («la filosofía es un ariete dirigido contra las leyes y las tradiciones»), se acerca, sin embargo, a Pla­tón en su aversión hacia el razonamiento escrito; y en el discurso Sobre los sofistas (v.) defiende la oración improvisada. Pre­cisamente esta llamada al Fedro platónico nos demuestra que su empeño fue algo más que una diatriba de escuela, ya que la cues­tión del «logoi» constituye el máximo pro­blema moral, pedagógico y filosófico de la cultura ateniense.

De tendencia docente son, por el contrario, otras obras perdidas: Elogio de la muerte, Museion (en el que aparece el afortunado apunte del certamen de Hesíodo y Homero, de gusto puramente retórico) y Messenico, contra Isócrates, por lo que seguramente debió ser escrito antes del 338 a. de C.

Alceo

En contra de la cronología re­ciente, defendida — sobre la base de un pasaje muy discutible de Herodoto— por Beloch, quien situó la biografía del poeta en el tiempo de los Pisistrátidas, la crítica más reciente vuelve a afirmar la veracidad de los numerosos testimonios de la tradi­ción, colocando su vida entre la segunda mitad del siglo VII y la primera del VI a. de C.

Nació en Mitilene, ciudad de la isla de Lesbos (inseguro el año de nacimiento, 630?), y fue contemporáneo de Safo. Su origen aristocrático y su temperamento vi­ril y apasionado le mezclaron pronto en las discordias políticas que, con la definitiva caída de los Pentílidas, agitaron Mitilene hasta el advenimiento de Pitaco al poder.

El gobierno de la ciudad era disputado por «clanes» de nobles representados por un jefe; primero Melancro, después Mirsilo (del linaje de los Cleanátides) se sucedieron en el poder, y ambos encontraron la muerte a manos de facciones enemigas.

La tem­prana edad de Alceo le impidió participar en el 612 en la conjura contra Melancro; to­maron parte en ella, dirigidos por Pitaco, sus hermanos Antiménides y Cices. La gue­rra por la conquista del Sigeo, llevada a cabo, poco después de la muerte de Melan­cro, por los de Mitilene contra los atenien­ses, lo tuvo como actor, al lado de Pitaco.

Desgraciado combatiente, se vio obligado a abandonar el escudo en manos de los ene­migos, como recordó él mismo en un poe­ma en el que anunciaba lacónicamente a su amigo Melanipo que había salvado la vida.

Sobre los episodios políticos que se produjeron a continuación nos ilustran sus Poemas revolucionarios y, a veces, sus Poe­sías convivales, de modo especial los poe­mas con los antiguos escolios encontrados en los últimos papiros de Ossirinco (v. Odas).

Pero su carácter fragmentario sólo raramente permite determinar con seguri­dad la sucesión y el significado político de los acontecimientos en que el poeta parti­cipó. Añádase a ello que la alusión a un determinado episodio es casi siempre muy indirecta y que de la acción política pocas veces quedan reflejados más que los senti­mientos que determinaron la intervención de Alceo en la lucha o los resultados buenos o malos de ésta; la cólera, el sarcasmo, el odio partidista, la alegría por una empresa afortunada o el amargo dolor por el fracaso o el destierro.

La «tiranía» de Mirsilo que sucedió, acaso inmediatamente, a la de Me­lancro, encontró en él a un fuerte opo­nente. Al período en que se perfilaba ya la amenaza del nuevo gobierno pertenece un grupo de poemas que en la imagen de la nave agitada por el mar tempestuoso repre­sentan alegóricamente el gobierno de Miti­lene.

Descubierta por Mirsilo la conjura, de la que el poeta había sido promotor, fue obligado a huir desterrado a Pirra, pequeña ciudad de la isla de Lesbos. A este primer destierro pertenecen muy probablemente dos interesantísimos poemas, el primero de los cuales es una agresiva y amarga invec­tiva contra Pitaco, traidor y perjuro; el se­gundo, el canto del desterrado resignado a vivir una vida inactiva lejos de su patria y de sus conciudadanos «que se hacen daño mutuamente».

Evidentemente, Pitaco, que primeramente se había unido al bando de Alceo, lo traicionó luego pasándose de impro­viso al de los Cleanátides. Muy dudosa es una estancia suya en la Tracia y en Lidia, donde habría pasado parte de su segundo destierro, con el cual hay que enlazar casi con toda seguridad su viaje a Egipto, viaje que debió coincidir con el destierro de Safo a Sicilia.

En 590, cuando Pitaco, por voluntad unánime del «demos», fue elegido dictador de Mitilene, Alceo estaba con toda seguridad alejado de la patria: lo prueba un fragmento que constituye una invectiva contra su rival, contra sus conciudadanos y contra la ciudad toda, «inerte y desventurada».

Pero pronto la clemencia de Pitaco debía finalmente librarlo de la desdicha del exilio: su adversario, después de haberlo hecho cautivo, le devolvió la libertad, ad­virtiéndole que «el perdón vale más que la venganza». Ignoramos el año de la muer­te y los últimos incidentes de su vida.

Sin embargo, del fragmento: «derrama el bál­samo sobre la cabeza que ha sufrido mu­cho y sobre el anciano pecho», puede dedu­cirse fácilmente que sobrepasó la vida me­dia y que pasó los últimos años de su vida en medio de la serena alegría de los ban­quetes, olvidado de los rencores y de las aversiones del hombre partidista y de los muchos sufrimientos y desventuras que ins­piraron su musa.

B. Gentili

Antonio Alcalá Galiano

Literato y político español n. en Cádiz el 22 de junio de 1789 y m. en Madrid el 11 de abril de 1865. Hijo del famoso marino don Dioni­sio, muerto en Trafalgar, intervino en el pronunciamiento de Cabezas de San Juan (1820).

Fue elegido diputado a Cortes en varias legislaturas del trienio constitucional (1820-1823). A raíz de la restauración del absolutismo hubo de emigrar a Inglaterra. Después de la amnistía de 1834 fue minis­tro con Istúriz, Martínez de la Rosa y Narváez.

Fue amigo del duque de Rivas y de Espronceda y, en nombre de los clasicistas, combatió las ideas prerrománticas del pa­dre de «Fernán Caballero» en periódicos de Madrid y Cádiz. Publicó Floresta de ri­mas antiguas castellanas (Leipzig, 1822-25), Teatro español anterior a Lope de Vega (1832) y diversos trabajos históricos y lite­rarios en la Revista de Madrid, El labe­rinto, El Observador, la Revista Española de Ambos Mundos y otros periódicos espa­ñoles y extranjeros.

Tuvo fama de orador brillante según demuestran sus Recuerdos de un anciano (v. Memorias) publicados en Madrid, en 1866, por su hijo. Escribió un prólogo revolucionario para El moro expó­sito y tradujo al francés la primera redac­ción en prosa de Don Árvaro o La fuerza del sino (v.).