Pedro de Alcántara

Emperador del Brasil con el nombre de Pedro II, n. en Río de Janeiro el 2 de diciembre de 1825, hijo de Pedro I del Brasil (Pedro IV de Portu­gal) y de Leopoldina, archiduquesa de Aus­tria; m. en París el 5 de diciembre de 1891.

Elegido emperador del Brasil todavía me­nor de edad, después de la abdicación de su padre, ocurrida el 7 de abril de 1831, fue confiado a la tutela de José Bonifacio de Andrada y Silva, el «patriarca de la independencia».

Mientras tanto, el país fue gobernado hasta 1840 por un Consejo de Regencia. Sus años juveniles fueron entris­tecidos por una larga serie de sublevacio­nes federalistas que ensangrentaron la nación, entre las que fue particularmente dramática la de Río Grande do Sul (1835- 45), en la que Garibaldi combatió de parte de los insurgentes.

Declarado mayor de edad el 23 de julio de 1840, fue coronado emperador el 8 de julio del año siguiente y en tal circunstancia concedió una amnis­tía general.

Pero las revueltas no cesaron hasta 1849, gracias a las especiales dotes que Pedro de Alcántara demostró en su gobierno y en virtud de los talentos militares del general Luis Alves de Lima y Silva. Restableció el Consejo de Estado (23 de noviembre de 1841) y promulgó el Código de Procedi­miento penal (3 de noviembre de 1841).

En 1843 casó con Teresa Cristina María, hija de Francisco I, rey de las Dos Sicilias. Sencillo, modesto, generoso, prudente, supo atraerse la simpatía del pueblo, porque, no perteneciendo a ningún partido político, solía examinar con mayor ecuanimidad los problemas nacionales en oposición, muchas veces, a sus propios ministros.

Tres gran­des acontecimientos caracterizaron su rei­nado: la intervención en favor de Paraguay y de Uruguay (1851-52) con las sucesivas complicaciones entre Brasil e Inglaterra, resueltas a favor del primero por el arbi­traje de Leopoldo I de Bélgica (1862); la guerra victoriosa que llevó a cabo, aliado con Argentina y Uruguay, contra Paraguay (1864-70), y la abolición de la esclavitud.

Realizó largos viajes, haciendo estancias duraderas en París, Lisboa y Madrid; visitó Estados Unidos de América, Italia y Tur­quía, y en todas partes fue acogido por poetas, literatos y artistas, y honrado por las más insignes Academias.

Pero la orien­tación liberal que había impreso a su ac­tuación chocó con demasiados intereses particulares y suscitó prejuicios que, hábilmente explotados por el partido republicano, desembocaron en la sublevación del Ejército (15 de noviembre de 1889), por el cual fue destituido.

Desterrado con su familia, se dirigió primero a Lisboa, de allí a Oporto y finalmente a París, donde vivió modesta­mente después de haber rechazado una cuantiosa pensión de la República brasileña.

Al año siguiente de su muerte fueron pu­blicados los Sonetos escritos en el exilio (v.), recopilación de versos autobiográficos de excelente factura, gran parte de los cuales están dedicados a su esposa Teresa, muerta en Oporto, durante el destierro, el 28 de diciembre de 1889.

B. Crippa

Jerónimo de Alcalá Yáñez y Ribera

Escritor y médico español n. en Segovia en 1563 y m. en la misma ciudad en 1632. Estudió en dicha ciudad con don Her­nando de Mendoza (después arzobispo de Charcas) y con San Juan de la Cruz en el convento de carmelitas.

Empezó escri­biendo obras de carácter religioso: Mila­gros de Nuestra Señora de la Fuencisla (Salamanca, 1615) y Verdades de la vida cristiana (Valladolid, 1632). Después dejó la carrera eclesiástica y se dedicó a la medi­cina, graduándose en Valencia y ejercién­dola en su ciudad natal, donde casó con doña María Rubión.

Su obra capital perte­nece a este período de su vida y es El donado hablador o Alonso, mozo de muchos amos (v.). La primera parte se publicó en Madrid en 1624 y la segunda en Valladolid en 1626. Se trata de una novela picaresca escrita en forma dialogada que el autor dedicó a Luis Fajardo, marqués de Vélez.

En dicha obra, Alonso, el protagonista, cuenta sus andanzas al padre vicario de un convento adonde se ha retirado a des­cansar.

Alfonso d’Albuquerque

Nacido entre 1445 y 1462 en Alhandra, m. en 16 de diciembre de 1515, a bordo del barco que mandaba, a la vista de Goa; segundo gobernador de la India portuguesa y verdadero fundador del gran imperio portugués de Oriente.

De origen nobilísimo y educado en la corte de Alfonso V, inició muy pronto el apren­dizaje de las armas, participando en mu­chas e importantes empresas por mar y tie­rra en Europa y en África (entre otras, en apoyo del rey de Nápoles contra los turcos).

En 1503 realizó su primera expedición a la India al mando de tres navíos de vela, ven­ciendo al «Samorim» de Calcuta; poco des­pués de su regreso a Lisboa, fue enviado de nuevo a Oriente en la flota mandada por Tristáo da Cunha, con el encargo se­creto del rey Manuel I de suceder al entonces gobernador Francisco de Almeida.

Du­rante la navegación encontró el modo de emprender por cuenta propia algunos ata­ques contra los turcos en el Mar Rojo y en las costas árabes, poniendo en práctica uno de los criterios básicos de su futura actuación como gobernador: establecer for­talezas en los territorios de los enemigos para desorientarlos y reforzar la coloniza­ción portuguesa.

Entre 1508 y 1509 se en­frentó con suerte alterna (incluso pasó al­gún tiempo en la cárcel) con F. de Almeida, que se negaba a transmitirle el gobierno de la India: cuando al fin lo obtuvo, puso en movimiento todo el Oriente, desde Aden y Ormuz hasta Malaca y las Molucas, des­truyendo y construyendo, estableciendo en todas partes sólidas bases portuguesas, am­pliando los conocimientos geográficos de la época.

La más dramática de todas sus ges­tas — en el juego de las amistades y enemis­tades militares y personales — fue la con­quista de Goa. En el momento de su má­ximo poder, cuando, ya enfermo, navegaba hacia Goa de regreso de una expedición al Mar Rojo, se enteró de que el rey, de un modo inesperado, había decidido sustituirlo, y el dolor que le causó la noticia acabó de matarlo.

Antes de morir dictó una de sus famosas Cartas (v.) —documento funda­mental para apreciar la obra de excepcio­nal importancia para el establecimiento y la solidez del imperio —, en la que recomienda al soberano a su único hijo Bras d’Albuquerque, el futuro autor de los Co­mentarios (v.), igualmente preciosos para el conocimiento de la obra del padre.

G. C. Rossi

Isabella Teotochi Albrizzi

Nacida en la isla de Corcira (hoy Corfú) en 1760, pero se consideró veneciana de adopción; m. en 1836. Figuró entre las mujeres más her­mosas de su tiempo y tuvo un salón en Venecia por el que desfilaron durante me­dio siglo muchas celebridades de Europa.

Heredera del refinamiento de las damas de la Enciclopedia, al que añadía un matiz clasicista, su ciencia mundana sabía trans­formar en garbosas conversaciones los jue­gos de ideas y palabras, en los que inter­venían hombres de brillante ingenio, que trataban de ajustarse a la gracia suave de la señora de la casa.

Como testimonio de esta «gaya ciencia», la Albrizzi dejó sus cartas y un curioso libro de Retratos (1807, v.), en el cual la escritora traza las semblan­zas de los amigos que, según expresión maliciosa de Di Breme, componían su «se­rrallo».

Si bien el estilo peca tal vez de académico, no carece de finos rasgos psico­lógicos. Entre los retratados figuran Alfieri, Cesarotti, Monti, Canova y el poeta arcádico Bertola. Muestra mayor prudencia en las semblanzas de quienes fueron sus aman­tes: Foscolo, a quien presenta en actitud estatuaria de héroe, y Pindemonte, del cual subraya con tierna ironía su frialdad y su espíritu calculador.

E. Rho

Bras D’albuquerque

Hijo del gran Alfonso d’Albuquerque, n. en la Quinta do Paraíso, junto a Alhandra (Portugal), en el año’ 1500; m. en Lisboa en el 1580. Es conocido también con el nombre de Al­fonso de Albuquerque porque, por suge­rencia del rey Manuel I, adoptó el nombre de su padre para perpetuar su memoria.

Capitán de una de las naves de la flota que condujo a la infanta Beatriz a su boda con el duque de Saboya; en 1569 fue ele­gido presidente del Senado de Lisboa. Vin­culó su nombre a los Comentarios de Al­fonso de Albuquerque (1557, v.), teniendo como modelo a César y como base las Car­tas (v.) que su padre, gobernador de la India portuguesa de 1507 a 1515, mandaba al rey Manuel de Portugal.

Dejó también, manuscrita, una obra de carácter genealó­gico sobre la familia Albuquerque.

L. S. Picchio