Fin De Septiembre, Sándor Petöfi

[Szeptember végén]. Considerada como la más hermosa poesía lírica del poeta húngaro Sándor Petöfi (1823-1849), dedicada a su esposa, en 1847. La forma del verso es europeo-occi­dental, el contenido totalmente individual, el ritmo sigue el del canto popular. Los primeros versos «Florecen aún en el valle las flores de jardín», ofrecen una imagen de la naturaleza: flores que brotan y, a lo lejos, montañas cubiertas de nieve. El poeta aún es joven, pero presiente que la muerte se aproxima; y, con la muerte, el olvido; despierta en él deseo de que la esposa, cuando deje el velo de viuda, lo cuelgue de su cruz. El amante, fiel más allá de la tum­ba, irá a cogerlo para secar sus lágrimas. El poeta adivinó el porvenir: cayó en 1849 durante la guerra de la independencia, y su viuda, antes de que se cumpliese un año de su muerte, contrajo nuevas nupcias.

M. Benedek

El Fin del Paganismo, Gastón Boissier

[La fin du paganisme]. Obra de Gastón Boissier (1823- 1908), publicada en 1891. No es propiamen­te una historia, sino más bien una inves­tigación sobre la relación del Cristianismo con el arte y las ideas antiguas, y sobre lo que de ellas persistió a través de la lite­ratura cristiana.

El gran acontecimiento del siglo IV es la «Victoria del Cristianismo», al cual está dedicado el primer capítulo, con un análisis de los motivos que empu­jaron a Constantino a promulgar el edicto de Milán y a Juliano a su desgraciada ten­tativa de restauración pagana. Pero, al es­tudiar las relaciones entre «El Cristianismo y la educación romana» (cap. II), el autor hace notar que la Iglesia, incluso en el mo­mento de su victoria, no intentó hacer pe­netrar en las escuelas sus ideas y sus es­critores, y que los jóvenes continuaron sien­do educados según los clásicos latinos. Se dejó así una puerta abierta a través de la cual pasó toda la antigüedad pagana. Las «Consecuencias de la educación pagana so­bre los escritores cristianos» (cap. III) son finamente observadas en sus manifestaciones literarias, que Boissier examina detallada­mente: la intransigencia de Tertuliano no le impidió escribir una obra impregnada de cultura pagana; la influencia de la lite­ratura clásica no está disimulada en Minucio Félix y San Agustín; San Jerónimo, en el desierto, flagelaba su carne, pero leía aún a Cicerón y a Plauto, y llenaba sus obras de erudición clásica; San Ambrosio estruc­tura sobre el modelo del De Officiis los De­beres de los ministros de Dios (v.).

Sola­mente más tarde Casiodoro pensó en una escuela cristiana, pero la idea no encontró aplicación. Particularmente «La poesía la­tina cristiana» (cap. IV) merece ser estu­diada porque sirvió más que la prosa cris­tiana para ganar para el Cristianismo a los intelectuales. El material fue creado en el entusiasmo y la pasión de los dos primeros siglos (Evangelios apócrifos, Cantos Sibili­nos), pero debían pasar bastantes siglos an­tes de que fuese madurando su forma. Juvencio, traductor de los Evangelios en ver­sos latinos, San Sulpicio, cantor de San Martín, Paulino de Ñola, San Ambrosio, Prudencio, se expresaron por medio de poe­sías líricas, himnos y poemas fieles a la re­tórica clásica. La «Sociedad pagana a fines del siglo IV» (cap. V) estudiada por Bois­sier en las cartas de Quinto Aurelio Símaco, no difería mucho de la de los siglos pre­cedentes y no estaba tan corrompida como se pretende. El culto pagano era aún fer­voroso en Roma: si bien no nos han lle­gado escritos contra el Cristianismo, la hostilidad se expresaba generalmente con un silencio despectivo hacia la nueva religión en las obras filosóficas (Macrobio) y en la misma elocuencia oficial. La última resis­tencia del paganismo se manifestó contra el traslado de la estatua de la Victoria desde el Senado, que suscitó una clamorosa polémica y defensa del antiguo culto bajo el que se había forjado la grandeza de Ro­ma. La oposición pagana se alimentaba es­pecialmente de la tan extendida creencia de que el cristianismo era la causa de los males del Imperio.

De manera que la pri­mera parte de la Ciudad de Dios (v.) de San Agustín refuta esta idea, introduciendo en la historia el concepto de un plan de la Providencia divina. Boissier, examinando las causas de la decadencia romana, niega que sean imputables al Cristianismo y las considera muy anteriores a éste; por el contrario, en cuanto a la cultura, gracias a los escritores cristianos se produjo un renacimiento literario después de la deca­dencia del siglo III. Pero la Iglesia, cuando vio que el Imperio estaba perdido, separó su causa de la del Imperio como organismo que se sentía con fuerzas suficientes para sobrevivir y salvó, por lo menos, lo que de la civilización romana se podía salvar. El autor no se propuso examinar todos los problemas anejos a la caída del mundo an­tiguo y, siguiendo su método de hacerse contemporáneo de la época, vivifica el es­tudio con la penetración psicológica y el genial análisis de las manifestaciones lite­rarias de la época. Limitada así la obra, el resultado es una penetrante reconstrucción de la vida espiritual en los últimos siglos del Imperio y, a pesar de los progresos de la crítica más reciente, continúa siendo fa­mosa y clásica.

P. Onnis

El Fin de Poynton, Henry James

[The Spoils of Poynton]. Novela del escritor norteameri­cano Henry James (1843-1916), publicada en 1896, que nos presenta personajes y am­bientes ingleses. La señora Gereth, que ha pasado su vida viajando por el mundo con su marido, en busca de objetos de arte con los que adornar Poynton Hall, su princi­pesca morada, se da cuenta al morir su marido de que sus fatigas han sido inúti­les, puesto que el heredero del castillo es su hijo Owen, que, a diferencia de sus pa­dres, no da ninguna importancia a estos objetos. Preocupada por el final al que Poynton Hall parece fatalmente destinado, la señora Gereth piensa en encontrar para su hijo una mujer que sepa apreciar los tesoros que él no aprecia, y cree haberla encontrado en Fleda Vetch, muchacha ame­ricana, cuya inteligencia y sensibilidad la han impresionado de manera favorable. Pero Owen, encantado por las gracias de Mona Brigstock, rica, pero vulgar, se promete con ella, a pesar de que su madre intenta en vano hacerle apreciar a Fleda. Ésta, por su parte, se siente sojuzgada por la sen­cillez y la honestidad de Owen, que, sin darse cuenta, se enamora poco a poco de ella, tan infinitamente superior a su novia. Entretanto, desesperada por el hecho de que los bellos objetos que con tanto cariño re­cogió acaben en las ávidas manos de Mona, que los aprecia tan sólo por el dinero que representan, la señora Gereth manda pedir a su hijo, por medio de Fleda, que le per­mita llevarse de Poynton unas pocas cosas de su personal propiedad.

Owen consiente y deja libre a su madre para elegir; ésta aprovecha la situación y se lleva lo mejor. Mona se enfurece y amenaza romper sus relaciones con Owen; y cuando Fleda pro­cura consolar al joven, prometiéndole que intentará convencer a su madre para que devuelva lo que indebidamente se ha llevado, éste casi le contesta que, si Mona rom­piera su compromiso con él, no se afligiría demasiado. En efecto, Owen, atormentado por Mona con imposiciones y exigencias de todo orden, ha acabado enamorándose de Fleda. Intuyéndolo y convencida de haber ganado la partida, la señora Gereth decide devolver a Poynton sus tesoros: pero la pri­sa lo estropea todo. En efecto, al enterarse de que todo ha vuelto a Poynton, Mona, que sigue siendo la novia oficial, hace valer sus derechos, mientras un excesivo escrú­pulo de honradez impide a Fleda luchar por su amor. Se retira de la escena y Owen, aunque ahora ya no ama a Mona, se ve obligado a casarse con ella. Pero un incen­dio destruye finalmente Poynton Hall y to­dos sus tesoros, objeto de tan numerosas contiendas. The Spoils of Poynton ocupa un lugar eminente en la obra de Henry Ja­mes. El autor, que al principio había escri­to con este argumento un cuento, llegó a considerarla una de sus mejores novelas, persuadido de haber casi alcanzado con ella aquel ideal de perfección por el que lucha­ba desde hacía mucho tiempo. Con este libro, James volvió a la literatura narra­tiva después de la experiencia del teatro, y al mismo tiempo alcanzó un punto impor­tante de su carrera artística: comenzó la serie de las novelas introspectivas, su úl­tima actitud literaria.

C. Linati

El Fin de Hackenschmid, Viktor Dyk

[Konec Hackenschmidúv]. Novela del moderno poe­ta checo Viktor Dyk (1877-1931). Poeta por encima de todo, Dyk ha vinculado también su nombre a dos grandes novelas: El fin de Hackenschmid (1905) y Diciembre (1907) que debían formar parte de una composi­ción cíclica, El zueco del diablo, que no terminó. En todo el ciclo tenía que quedar representada, de una manera aún más am­plia de lo que lo fue en las dos novelas publicadas, la crisis de la generación de fines del siglo XIX bajo la influencia de Nietzsche, Tolstoi y Marx, en el momento en que en Bohemia, como en toda Europa, la literatura estaba en pugna entre las dos tendencias del realismo y el simbolismo. Los protagonistas de la novela forman una sociedad llamada «El zueco del diablo». Miembros de esta sociedad son, entre otros, Hackenschmid, Hilarius, el socialista Tu­sar, y Kopulent. Cada uno de ellos repre­senta un tipo distinto.

Los jóvenes, inde­cisos, descontentos, pero, a excepción de Hilarius, incapaces de una actuación enér­gica, siempre vacilantes, deseosos de resol­ver problemas ajenos a la vida real, están en oposición como representantes de la joven generación, con el viejo Kopulent, hombre de claro idealismo. La sociedad «El zueco del diablo» tiene un fin poco glo­rioso. Hilarius muere a manos de Hackenschmid, que quiere de este modo salvar a Paula, la hermana de Kopulent a la que Hilarius corteja sin amar. Hackenschmid, desesperadamente enamorado de María Brandler, se suicida. Otro miembro de la sociedad que quería ser maestro de escue­la rural, se convierte en un periodista in­significante; Kopulent se desentiende por completo de su país. La acción se desarrolla a raíz y bajo la impresión de la revuelta de Praga del 1897, motivada por la revo­cación de las disposiciones que permitían el uso del idioma checo en las administraciones. La novela tiene, pues, un valor his­tórico, visto a través de un prisma psico­lógico.

E. Lo Gatto

La Finca Junto a la Frontera, Jordán Jóvkov

[Ciflilkat kraj granicata]. Novela del na­rrador búlgaro Jordán Jóvkov (1884-1937)» publicada en 1933. La acción se desarrolla en la atmósfera más familiar y querida para el autor: entre los hijos de los campos de su Dobruch nativa, entonces sepa­rada de Bulgaria y formando parte del es­tado rumano. Un viejo campesino, Manolaki, su segunda mujer, Antica, y la hija de ambos, Nona, son los protagonistas de la narración. Nona, que ya está prometida, se ha enamorado del joven teniente Galcev, oficial con destino en la frontera, pero in­tenta dominar esta nueva pasión, mientras él, por su parte, sabiéndola ya ligada a otro, no la quiere estimular. Un día, el oficial cae víctima de una escaramuza con un grupo de campesinos que se han rebelado contra Manolaki, y Nona se suicida, envenenándose, en vísperas de la llegada de su pro­metido. Si en toda la trama — especialmente en lo que hace referencia a la actitud de Nona y a su mismo suicidio — se advierte algo un tanto forzado y poco convincente, la obra se impone en conjunto, por la maes­tría con que el autor retrata lugares y ti­pos del campo que le son muy conocidos y además por el fino cincelado de algunos de­talles.

E. Damiani