El Fin De La Aventura, Graham Greene

[The end of the affair]. Novela del escritor inglés Graham Greene (n. en 1904), publicada en 1951. Se nos relata en ella la historia del adulterio de Sarah Smiles con el joven y famoso novelista Maurice Bendrix. La ac­ción transcurre en Londres antes y des­pués de la última guerra mundial, y nos es relatada por uno de los protagonistas, el novelista Maurice Bendrix. Sarah Smiles, esposa de un alto funcionario del Estado, Henry Smiles, es amante del novelista. Pero Sarah no tiene una conciencia exacta de su pecado (como la tienen Scobie en El revés de la trama (v.) y Rosa en El cuarto de estar (v.)), pues tampoco tiene concien­cia clara de ser católica e ignora incluso que fue bautizada. Una tarde en que están los dos juntos cae allí cerca un proyectil alemán dirigido, una V-l, y Sarah cree momentáneamente que Maurice ha muerto. Entonces se arrodilla y pide a Dios, en el que no sabe exactamente si cree, que salve a Maurice. Como prenda de su petición, promete renunciar a él para siempre.

Dios la escucha, pues escucha incluso a los que no creen en Él. De ahí arranca la lucha en el corazón de Sarah; ha hecho voto sin creer en Dios, y se entabla entonces una lucha entre su voluntad de amor para Mau­rice y este Dios que, por el voto, le pro­híbe entregarse a él. Sarah llega a odiar a Dios, y en su lucha por huir de Él acude a un racionalista ateo, a Smythe. Pero todo es inútil, Dios irá venciendo á Sarah hasta su muerte. Es la gracia operante del bau­tismo que va trabajando en su alma. Tras su muerte, Sarah va influyendo todavía a Maurice y se producen unos hechos sobre­naturales, que se atribuyen al valor de su muerte heroica. Y todo esto está puesto en boca del novelista Maurice Bendrix, el hom­bre que siente odio hacia el Dios que le ha arrebatado a su amante. Pero si Sarah llega a ser redimida y consigue vencer el pecado mediante el gran amor que profesa a Maurice, también éste consigue salvarse por el odio, que va transformando lo que era una historia de odio en una gran his­toria de amor. El tema del pecado y del adulterio son una constante en la obra de Graham Greene. Pero aquí la fe salva a Sarah, sin que por ello signifique que deje de amar a Maurice. Y en esta lucha está precisamente el valor psicológico de la obra. La redención final de Sarah es pre­cisamente la muerte.

El Final de Norma, Pedro Antonio de Alarcón

Novela de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), publi­cada en 1855. «Escribí El final de Norma — nos confiesa el autor en la dedicatoria que de una edición de la misma hizo a M. Charles D’Iriarte, su traductor al fran­cés en muy temprana edad — cuando sólo conocía del mundo y de los hombres lo que me habían enseñado mapas y libros. Care­ce, pues, juntamente esta novela de realidad y de filosofía, de cuerpo y de alma, de ve­rosimilitud y de trascendencia. Es una obra de pura imaginación, inocente, pueril, fan­tástica, de obvia y vulgarísima moraleja, y más a propósito, sin duda alguna, para entretenimiento de niños que para aleccionamiento de hombres, circunstancias todas que no la recomiendan grandemente cuando el siglo y yo estamos tan maduros… La autorizo porque, a lo menos, es obra que no hace daño, y, no haciéndolo, creo que no debo llevar mi conciencia literaria hasta el extremo de prohibir la reimpresión de una inocentísima muchachada… El final de Norma, a juicio de varios honradísimos pa­dres de familia, puede muy bien servir de recreo y pasatiempo a la juventud, sin pe­ligro alguno para la fe o para la inocencia de los afortunados que poseen estos riquí­simos tesoros. ¡Y es que en El final de Nor­ma no se dan a nadie malas noticias, ni se levantan falsos testimonios al alma huma­na!» En efecto, la trama del argumento na­vega en plena fantasía consoladora; hay en ella momentos de angustia, y resplande­cientes resúmenes de gozo.

El joven y ge­nial violinista Serafín se enamora fulmi­nantemente de una misteriosa cantante a la cual sigue hasta la orilla del Guadalqui­vir, de donde se la lleva una góndola para alcanzar un navío que desaparece veloz llevándosela a Cádiz. Como un amigo del violinista, Alberto — que está enamorado de Matilde, hermana de Serafín —, participa en la aventura (ha oído cantar a la pro­digiosa y exótica criatura, y se ha prendado de su hermosura y de su divina voz), acom­paña a Serafín a Cádiz y allí piden pasajes en barcos que han de llevarles: al músico, a Italia; a Alberto, a la Laponia. Y como los dos están muy bebidos cuando encar­gan y reciben sus pasajes, resulta que cam­bian el destino: y Serafín embarca hacia Laponia, a bordo precisamente del buque que se lleva a su misteriosa cantante, y Alberto embarca en el navío que le llevaría a Italia si él, terco, no deshiciera su en­redo y comprara un barco para que Laponia fuera su soñada realidad. En el buque en que viajan Serafín y su dama, con los acompañantes de ésta, suceden cien acci­dentes contra la vida del violinista; pero ella, Brunilda, le protege. Por fin se ven y se confiesan su mutuo amor.

Lo terrible es el capitán del navío, el aparentemente con­de Rúrico de Cálix, que tiene sujeta a su palabra de casamiento a la cantante por amor a la música, la noble y poderosa Bru­nilda. Así que al llegar a Laponia y des­embarcar todos, Serafín se queda aban­donado en el muelle, y gracias al ardid de disparar su pistola y hacer creer al ca­pitán — que le vigila desde el mar — que se ha suicidado, obtiene que Brunilda mande a buscarle con una litera. Los enamorados se hablan, él sabe entonces que ella será la víctima de un compromiso que su padre adquirió para agradecer su vida, amenazada por Oscar el Pirata, al verdadero conde Rú­rico de Cálix. Oscar mata a Rúrico y su­planta su personalidad para que Brunilda sea suya; la boda se celebrará pocos meses después, agotado el plazo dilatorio que la joven ha impuesto porque aborrece a su futuro esposo, aunque ignora quién es ver­daderamente. Cuando Serafín huye de Laponia resulta que embarca en el buque que su amigo Alberto fletó en Cádiz para visitar la región de los hielos; y al encontrarse los dos amigos y contarse sus aventuras, Al­berto declara al músico que él ha visto dentro de los hielos de Spitzberg el ca­dáver del verdadero conde de Cálix, y que tiene en su poder unas memorias que aquél escribió, ya en la agonía, contando que Oscar el Pirata le dio muerte para robarle el derecho a Brunilda, matando después a su padre para que no le reconociera en su suplantación. Loco de felicidad, Serafín vuelve a Laponia, busca a Brunilda, la sor­prende ya ante el altar, deshace la boda con sus declaraciones, y se la lleva, mujer suya ya, a Sevilla. En Sevilla casa a su hermana Matilde con Alberto, cuya conducta amo­rosa le parece ya más seria que años atrás.

C. Conde

Filtro Poético, Georg Philipp Harsdórffer

[Poetischer Trichter]. Tratado de Georg Philipp Harsdórffer (1607- 1658), publicado en 1647. El autor se pro­pone «trasvasar» en la mente del lector, en sólo seis horas, la quintaesencia del saber poético, poniéndole en condiciones, des­pués del necesario aprendizaje, para ejer­cer el arte y el juicio crítico. Bajo la más­cara irónica del charlatán, el patricio de Nüremberg, poeta, erudito y polígrafo (pu­blicó en total unos cincuenta volúmenes), fundador de la primera Arcadia alemana, oculta, sin embargo, una intención más se­ria: la de rescatar el idioma y la poesía alemana de la esclavitud de la imitación latina, señalando, tras el ejemplo de los marinistas italianos, un horizonte más am­plio y más libre. Por este programa decla­rado, la obra de Harsdórffer, aunque de­biendo mucho a la preceptiva antigua y mo­derna, desde Aristóteles y Horacio a Scalígero, de Ronsard a Heinsius y a los tra­tadistas italianos y alemanes, ocupa un lu­gar importante en el complejo cuadro de la poética alemana del siglo XVII. En la teoría, al igual que en el ejercicio del arte, el autor se inspira en el principio del «ut pictura poesis»: la poesía es una «pintura locuaz», y la pintura un «poema silencioso».

Si el pintor representa los aspectos exte­riores de las cosas, el poeta ve y retrata de ellas la íntima esencia. Intérprete y he­raldo de la Naturaleza, «Naturkündiger», conocedor de sus misterios, que ha apren­dido en los libros de la ciencia y en la contemplación del universo, el artífice de la palabra pasa de la sencilla reproducción a la idealización del mundo sensible, hasta llegar a la libre creación de un mundo irreal, donde las formas vistas o soñadas se organizan en armoniosos acordes de lu­ces, de colores y de sonidos. La intuición de las relaciones entre las cosas cercanas y lejanas, entre la materia y la idea, que se expresa en las imágenes, en el lenguaje metafórico, en los símbolos y en las ale­gorías, es el alma de la poesía, que, en esta sutil y aventurera búsqueda de acordes y discursos, se renueva perennemente. Para alcanzar la perfección, no le basta al poeta el ingenio: hace falta que adquiera, con la continua y meditada lectura de los gran­des poetas de la antigüedad y de los tiem­pos modernos, el seguro dominio del arte de la invención, de la técnica y del len­guaje poético, que, diferente en todo al ha­bla del vulgo, ha de ser culto, noble y ar­monioso. Entre los géneros literarios el primer lugar le corresponde a la tragedia, puesto que en el caso de los grandes, a los que la Fortuna con asidua alternativa le­vanta y abate, obscurece el mismo juicio de Dios, que premia a los buenos y castiga a los malos.

El suceso trágico, despertando en nosotros estupor, dolor y piedad, suscita en nuestro interior un benéfico temor. El héroe ha de ser el reflejo de toda virtud superior: traicionado por los amigos, aba­tido y vejado por los enemigos, debe opo­ner al dolor y a la misma muerte la inven­cible fuerza de una gran alma. Es ésta una teoría de lo trágico que corresponde a la visión de los mayores poetas del siglo XVII y concilia el ideal estoico con el ideal cris­tiano. La tercera parte del libro (más de 400 páginas) contiene un rico e histórica­mente interesante «thesaurus» de locucio­nes, metáforas y paráfrasis poéticas. Escrita en un estilo límpido y eficaz, sin flores ni oropeles retóricos, la obra de Harsdórffer queda como un documento importante de aquel fervor de estudios y de investigacio­nes sobre el idioma y la poesía que carac­teriza la época barroca y prepara de lejos el renacimiento alemán del siglo XVIII.

C. Grünanger

El Financiero, Theodore Dreiser

[The Financier]. No­vela del escritor norteamericano Theodore Dreiser (1871-1945) publicada en 1912. Es la primera de la Trilogía del deseo [Trilogy of Desire], que quedó incompleta, y a la cual pertenece El Titán (v. más abajo).

Narra la primera parte de la larga ca­rrera de Frank Cowperwood en el mundo financiero americano de la segunda mitad del siglo XIX. Hijo de un humilde emplea­do de banca de Filadelfia, revela desde su niñez poca aptitud para el estudio, pero una extraordinaria capacidad para la eco­nomía, y muy pronto, en parte por la as­tucia y en parte por la corrupción, consi­gue crearse un gran caudal. Pero, al mismo tiempo, su desenfrenada sensualidad le granjea enemistades en el terreno político provocando su desastre financiero, el pro­ceso y la condena, con lo que termina su carrera en Filadelfia. Cowperwood es pre­sentado por Dreiser como un Casanova, es­pecialmente en sus relaciones con las mu­jeres. Al igual que Víctor Radnor, el pro­tagonista de Uno de nuestros conquistado­res (v.) de George Meredith, se casa con una mujer mucho más vieja que él; pero, a diferencia de Meredith, que se limitó a trazar solamente el período culminante y la crisis final de su héroe,

Dreiser sigue el sistema de Dickens, narrando cronológica­mente la vida de su héroe en sus más ni­mios detalles, a veces de una manera exasperadamente vulgar, uniforme y fotográfica. Según parece, Dreiser se inspiró para crear su personaje en un hombre de negocios co­nocidísimo en Filadelfia y Chicago, Charles T. Yerkes. Precisamente en esta novela Dreiser enunció su teoría de que el destino del hombre no es una consecuencia estricta de los propios defectos o debilidades, sino que está determinado de una manera com­pletamente independiente de su voluntad, por su estructura orgánica y por fines que le son desconocidos. «Sufrimos a causa de nuestros temperamentos que no hemos fa­bricado nosotros, y de nuestras debilidades y faltas que no forman parte de nuestra voluntad o de nuestra actividad».

B. Cellini

* El Titán [The Titan] se publicó en 1914. Insiste en las aventuras de Frank Cowperwood en Chicago y Nueva York, después de haber cumplido su condena; vida y aventuras que repiten las de Filadelfia y que forman parte de la novela precedente. Se casa con la muchacha que ha había sido su amante y que determinó el revés y vuelve de nuevo a acumular dinero y a se­ducir mujeres. Pero en esta segunda no­vela la figura de Cowperwood se agiganta hasta alcanzar proporciones casi heroicas, como una especie de moderno Lorenzo de Médicis que uniese en sí al revolucionario y al sibarita. Con todo, el protagonista no sufre una verdadera evolución, ni el autor consigue librarse de los defectos ya anota­dos a propósito de la novela precedente, aunque también en ésta logre reunir un cúmulo de minuciosos detalles y describir episodios de vulgar brutalidad, enredos y escenas eróticas. El realismo de Dreiser lle­ga, a pesar de todo, a representar, mejor tal vez que en la novela precedente, lo que hay de épico en la ascensión del individuo que persigue un poder despiadado, adap­tando sus instintos combativos a las con­diciones particulares que la lucha por la existencia ha creado en América.

B. Cellini

El contenido humano de las confesiones de Dreiser es inconmensurable y es esta riqueza, esta autenticidad, lo que ha hecho triunfar la obra a pesar de la mediocre contextura artística, y a menudo indigna, de la misma. (Lewisohn)

Filosofúmenos, San Hipólito de Roma

El título de Filosofúmenos aplicado a la totalidad de la gran obra de San Hipólito de Roma (mar­tirizado en 235-36), escrita para refutar todas las herejías, es en el fondo una aplicación inexacta y arbitraria. En el li­bro IX de la obra, el autor alude a los primeros cuatro libros con las palabras «en la exposición de las doctrinas filosóficas». De ahí en rigor que el título de «Filosofúmenos», en todo caso, debería aplicarse únicamente a los primeros cuatro libros del voluminoso escrito, en el cual el obispo de la comunidad cismática de Roma en la época de Ceferino y de San Calixto, ha querido instituir una refutación global de las doctrinas heréticas, pensando sobre todo en sus adversarios personales de la metró­poli del Imperio. El espíritu de la obra, por cuanto el mismo San Hipólito nos dice en el prefacio, se centra en el propósito de refutar a los herejes, demostrando que han sacado sus anómalas doctrinas no ya de las Escrituras ni de la tradición orto­doxa, sino únicamente de la envenenada ciencia de los griegos.

Por esto los cuatro primeros libros se ocupan tan extensamen­te de la tradición cultural precristiana, en un sentido vasto y ligeramente caótico. Y aun después, en el curso de la obra, el au­tor se esfuerza constantemente en exponer siempre, al lado de las doctrinas de los herejes, los sistemas filosóficos. El estudio directo de las herejías, que se inicia en el libro V, expone y refuta las doctrinas de los naasenos, de los peratos, de los sethianos y de Justino el Hereje. El libro VI está dedicado a Simón el Mago, a Valen­tín, y a las dos escuelas, la una oriental y la otra occidental, que proceden de sus doctrinas. El libro VII trata de Basílides, Saturnino, Menandro, Marción, Carpócrates, Cerinto, de los ebionitas, de Teodoto, de los dos Cerdonios y de los marcionitas Luciano y Apeles. El libro octavo está con­sagrado a los docetas, a Monoimo el Árabe, a Taciano, a Hermógenes, a los cuatordecimanos, a los montañistas y a los encratitas. El libro noveno, aquel en que San Hipólito parece hallarse más en su elemento, por­que puede despacharse a su gusto contra su odiado rival de Roma, el papa San Ca­lixto, está dedicado por entero a atacar la herejía de los sabelianos, de la que hace, muy arbitrariamente, representante y cori­feo a San Calixto, cuya romántica carrera reconstruye.

El libro X quiere ser una pro­fesión de fe. El primer libro de esta obra era ya conocido hacía tiempo y se atribuía a Orígenes. Minoide Minas, a mediados del siglo pasado, descubrió la obra, probable­mente todavía en forma incompleta, en un manuscrito griego. Se ha discutido y se discute aún mucho acerca de la paternidad hipolitiana de este tratado, repugnando a muchos la asignación al santo y docto már­tir romano de una obra tan torpemente polémica contra San Calixto. Pero la ma­yoría de críticos son favorables por com­pleto a la autenticidad del libro, considerándolo precisamente como la obra más imponente de toda la producción teológica y exegética de San Hipólito. Wendland ha hecho su edición crítica en la serie de los «Griechische christliche Schriftsteller» de la Academia de Berlín.

E. Buonaiuti