Lo Fingido Verdadero, Lope de Vega

Obra dra­mática en tres actos del gran poeta y dra­maturgo español Lope de Vega (1562-1635), publicada en la Parte XVI… de sus come­dias con dedicatoria a Tirso de Molina, y que aparece citada en la segunda lista de El peregrino en su patria con el título El mejor representante. Pertenece al género de «comedias de santos» y es una dramatización del martirio de San Ginés, según se cuenta en Flos Sanctorum del P. Rivadeneira (Día 25 de agosto: La vida de San Ginés representante, mártir): un farsante o mimo del tiempo del emperador Diocleciano, para dar gusto al emperador y al pueblo romano, decide iniciarse en los mis­terios del Cristianismo con el fin de representarlos públicamente. Así lo hace y llega a representar la ceremonia de admi­nistración del sacramento del bautismo, pero en aquel mismo momento Dios le alumbra con su gracia, y el comediante se dirige al pueblo y al emperador comunicándoles que todo aquello ha decidido hacerlo «verdaderamente». Por orden del em­perador fue martirizado el 15 de agosto del año 303. El motivo del comediante que se convierte representando con intención sacrílega los misterios del Cristianismo com­parece por dos veces en el Martirologio Ro­mano, y se encuentra también en San Agus­tín.

La fuente del P. Rivadeneira la cons­tituye seguramente la Passio Sancti Genessi. El mismo tema fue tratado años más tarde por el dramaturgo francés Rotrou en Saint Genest Comédien paient représentant le mystère d’Adrien, obra que influyó en el Polyeucte de Corneille. Menéndez Pelayo, en sus Estudios sobre el teatro de Lope de Vega, ha demostrado con sobrados argumen­tos que la obra de Rotrou no es más que una imitación de la de Lope. En el pri­mer acto Lope sitúa la acción en el campamento de Numeriano en Asia y en la corte de Roma; en él aparecen los episo­dios de Diocleciano, soldado aún, y la la­bradora Marcela, la conspiración de Aper, la venganza de Diocleciano, etc. (Lope sigue fielmente, en estos puntos, la Historia Imperial y Cesárea de Pedro de Mexía). En el segundo acto encontramos a Ginés ante Diocleciano, representado extendiéndose en disquisiciones acerca del arte declamatoria, etcétera; los episodios y escenas de amor entre Ginés y Marcela, llenan completa­mente este segundo acto. El tercer acto presenta el bautismo de Ginés en las ta­blas, su conversión y martirio.

*   El tema del representante convertido y la obra de Lope dieron lugar a otras dos obras en la literatura española: El mejor representante, San Ginés, obra de don Je­rónimo de Cáncer, don Pedro Rósete Niño y don Antonio Martínez, publicada en Ma­drid en 1688 en Parte XXIX de Comedias Varias, e Ingenio y Representante, San Gi­nés y San Claudio, de don Francisco An­tonio de Ripoll y Fernández de Urueña («un obscuro poetastro», al decir de Menéndez Pelayo), impresa y representada en Madrid, en 1741.

Fingal, James Macpherson

[An ancient epic poem in six books]. El primer poema épico publicado en inglés, en 1761, de James Macpherson (1738-1795), como traducción de uno de los originales gaélicos que atribuyó a Ossián (v. Poesía Ossiànica). Unos testimonios so­bre la autenticidad del texto primitivo, sos­tenida por Macpherson, fueron ofrecidos por Blair en una disertación añadida a la edición completa de los Works of Ossian en 1765, publicados en 1773 por Macpher­son en la edición definitiva. La crítica pos­terior estableció, sin embargo, definitiva­mente, que Macpherson era el autor real de la obra, aunque acudiendo a la tradición gaèlica.

Los seis cantos del Fingal compren­den la epopeya de la expedición de Fingal (v.), hijo de Comhal, rey de Morven en Caledonia, para liberar Irlanda de la in­vasión de Swaran, rey de Lochlin (Escandinavia). Cuchuflín, jefe de las tribus ir­landesas, presenta batalla al invasor, a pesar del consejo contrario de algunos de sus caudillos, de las propuestas de rendi­ción de Swaran y de la advertencia de la sombra de Crural, que le predice la derro­ta. En repetidos choques con el enemigo, el jefe irlandés pierde muchos guerreros y, al huir sus soldados, está a punto de luchar con Swaran en singular combate cuando llega Fingal, que, después de haber atacado repetida y victoriosamente al enemigo con sus huestes (hazañas de Ossián, de Oscar y de Riño; muerte de Riño), derrota a Swa­ran, al que generosamente concede la libertad con su ejército, en recuerdo de su juvenil amor hacia su hermana Ugandesa.

El poema termina con un festín de paz, en el que se celebra a Tremor, antepasado común de Fingal y de Swaran. Las remi­niscencias homéricas, virgilianas, miltoniananas y del Antiguo Testamento, son evidentes. Por la riqueza de las metáforas, la re­presentación fantástica, el sentido de la naturaleza, la caracterización de los per­sonajes y la multitud de episodios (lucha de Duchomar y Caithbat por Morna, año­ranza de Ferda, la aventura de Comal y Galvina, amor de Ossián y Evirallin, his­toria de Lamdark y Gelchossa, recuerdo de Grumal, etc.), el Fingal es uno de los más vivos y movidos poemas ossiánicos. Pero el valor poético y la sugestión del ar­gumento están confiados, más que al ritmo característico de la prosa de Macpherson, tan marcado que casi la hace métrica, o al desarrollo de la acción, a la atmósfera que impregna de una belleza prerromántica el substrato germinativo de la inspiración del poeta irlandés, disolviendo las líneas ás­peras, vigorosas y precisas del antiguo ciclo de Ossián, y suscitando por medio del an­tiguo «epos» un mundo esfumado de nie­blas, cargado de «tierna melancolía», de pasiones castas y violentas. En esta clave musical hay que buscar la clave psicológi­ca de la gran influencia que Macpherson tuvo sobre la literatura europea, a través de aprobaciones y desacuerdos (Herder, Goethe, Johnson, etc.). [Trad. italiana de Melchiore Cesarotti (Padua, 1763). De esta versión italiana procede la traducción cas­tellana en verso de Pedro Montengón en el volumen Fingal y Temor a. Poemas épicos (Madrid, 1800). Existe una versión castella­na moderna en la edición de Poemas gaéli­cos (Madrid, 1880)].

L. Calcaterra

Fines e Ideas del Arte Cristiano, Friedrich Schlegel

[Ansichten und Ideen von der christlichen Kunst]. Obra del crítico alemán Friedrich Schlegel (1772-1829), publicada en Sammtliche Werke, Viena, 1822-25. A través de la observación directa de las pinturas reuni­das en París (1802-1804) por los saqueos napoleónicos, y de los monumentos vistos en un viaje (1804-1805) a los Países Bajos y Renania, Schlegel quiere identificar los principios de la antigua pintura cristiana italiana y alemana y de la arquitectura gótica para oponerlos al intelectualismo que, germen de decadencia artística desde el Renacimiento, determinaba en sus tiempos el artificioso neoclasicismo de Mengs y de la escuela francesa.

Según Schlegel, el arte podía resurgir solamente volviendo al sen­timiento religioso, como resultado último del libre desarrollo idealista del espíritu. Gracias a este sentimiento, resumido en la doctrina cristiana, las obras de los pintores medievales alcanzaban un alto significado simbólico, incluyendo en armónica totalidad lo que solamente de un modo artificioso fue más tarde dividido en géneros individuales (paisaje, retrato, naturaleza muerta). Tal plenitud sigue manteniéndose en los mayores artistas del Renacimiento: Correggio, Leonardo, Rafael. Pero también éste, el máximo artista, la alcanza, más que en las tardías y celebradas obras maestras, ya mancilladas por la influencia de Miguel Ángel, en las obras del período central, donde las más varias contribuciones de es­tilo parecen revivir en una tan total cohe­rencia de fines, que reducen al absurdo toda tentativa de definirlo solamente como artista del dibujo o buscador del «bello ideal» abstracto, raíz de todo academicismo. Aquellos esquemas pueden referirse a la «letra» del arte, no a su espíritu, cuando éste es efectivamente poético: aspiración a lo divino, lo mismo si se basa en la reli­gión como en la filosofía. Ésta informará el mismo estudio de la naturaleza. Y mien­tras la escultura, que alcanzó la cumbre en la edad griega, sigue vinculada a una de­terminación física, la pintura, en su posi­bilidad de adecuarse a la infinita multi­plicidad de la vida, es el verdadero arte del espíritu, que toda búsqueda de efectos puramente plásticos sólo puede extraviar. Actualmente, llegada la filosofía a ser mera abstracción, limitándose la religión única­mente al ámbito moral, el pintor puede en­contrar una guía en la poesía.

De todos modos, no debe olvidar que es poeta no de la palabra, sino del color. La pintura, arte de la completa libertad espiritual, libre de toda necesidad práctica, máximo medio de unión con lo divino, podrá tener un ilimi­tado campo de representación, con tal de que el elemento espiritual siga dominando sobre el realista o sensible: y de esto sigue siendo Rafael un insuperable ejemplo. La antigua pintura alemana, con la escuela de Colonia, los Van Eyck, Durero, Holbein, se sintió más adherida que la italiana al ideal cristiano por estar inmunizada contra la imitación clásica y ser, aunque con inter­cambios entre las varias escuelas, indivi­dualmente nacional. Tampoco es esto un límite para el arte, sino necesaria determi­nación contra el peligro del abstracto in­determinismo que han alcanzado los moder­nos con el falso ideal clásico, el abandono de las tradiciones técnicas y la forma­ción cultural universal. Podrán liberarse de la retórica clásica, mediante la poesía romántica, la antigua poesía española, ita­liana y alemana, y la de Shakespeare. Pero sólo acudiendo al manantial religioso del sentimiento, según el ejemplo de los anti­guos, pueden alcanzar la «belleza cristiana» que frente a la clásica, encanto de los sen­tidos, se define como aspiración a lo divi­no, aspiración que puede quedar en nostal­gia insatisfecha o llegar a ser pura fe y puro amor.

Una completa expresión de ello en el arte fue la arquitectura gótica, en la que el espíritu cristiano alemán revivió, en libre arrebato de fantasía renovadora, todas las premisas constructivas bizantinas y paleocristianas. Así, Schlegel incluye también el porvenir de las artes figurativas en el neo humanismo romántico, religioso e idea­lista, del que había llegado a ser apasio­nado defensor, desarrollándolo, con perso­nales contribuciones, sugestiones e ideas de sus grandes contemporáneos: Goethe, Novalis, Wackenróder. Para la historia del arte valen, además de la actitud metodológica de deducir sus principios constitutivos de la observación directa de las obras, las con­tribuciones a la revalorización de la anti­gua pintura alemana y la definición de grandes figuras como Correggio y especial­mente Rafael. El peligro se hallaba, en cambio, en la experiencia aún embrionaria del hecho meramente figurativo que originó la imitación, no de los principios espiri­tuales del arte cristiano, sino de sus pro­cedimientos prácticos por parte de la nueva academia de los «nazarenos». Y que el mis­mo Schlegel acabó por dejarse extraviar por sus mismas ideas, lo indica, en la úl­tima edición de la obra, que es de 1823, su apelación a los elementos alegóricos y psi­cológicos de una «Santa Cecilia» del medio­cre nazareno Schnorr.

L. Becherucci

El Fin en el Derecho, Rudolf von Ihering

[Der Zweck im Recht]. Obra sobre la naturaleza del derecho, de Rudolf von Ihering (1818-1892), publicada en dos volúmenes en Leipzig (1877-1883), inacabada. En ella el autor pre­tende desarrollar la tesis de que la fuente del derecho, y por tanto también su esencia, no es más que la utilidad, teleológicamente implicada en él. El derecho es manifesta­ción del egoísmo calculador que, en su mis­mo interés, limita la propia fuerza para al­canzar un determinado fin, y se impone como norma del obrar. Por su nacimiento, persistencia y desarrollo, el derecho tiende a un fin y por tanto es mudable según el cambio de los intereses en el tiempo y en el espacio; no es, pues, realización de un orden trascendental. También el derecho público o político revela esta misma natu­raleza, de una fuerza superior al libre albedrío, precisamente porque se autolimita con vistas al fin de la conservación y des­arrollo del propio Estado. Y los destinata­rios de las normas jurídicas no son los súb­ditos, sino los mismos órganos estatales, ya que las reglas de derecho se formulan en interés inmediato del Estado.

Ihering se propone insertar esta concepción suya en un principio teleológico más amplio, que domina todo el mundo social, y por esto, mientras en el primer volumen dedica sus esfuerzos a la demostración de su tesis so­bre el fenómeno jurídico, explicando la recompensa y la constricción como palancas fundamentales adoptadas por el derecho para dar eficacia a la norma, en el segundo volumen somete al mismo principio la otra parte de las reglas morales y sociales, estu­diando el nacimiento y evolución de la mo­ralidad, la educación y hospitalidad, donde el egoísmo calculador es siempre el resorte secreto. La fase actual del derecho se con­centra en el Estado, de manera que las nor­mas se fijan principalmente en interés del Estado, para la conservación y el desarrollo de la sociedad organizada, de donde pro­viene el dominio del interés social sobre el individual. La obra de Ihering, más que como teoría sobre la naturaleza del derecho, tuvo eficacia por la nueva orientación que supo infundir a sus investigaciones. Éstas, en vez de perderse en construcciones abs­tractas de las instituciones, deben centrarse en los intereses que inspiran directamente la norma y la anclan sólidamente en la tie­rra. Se abre de este modo el camino a la llamada «jurisprudencia de los intereses», como modo de interpretación de la norma, en oposición de la llamada «jurisprudencia de los conceptos».

A. Amorth

El Fin de Sodoma, Hermann Sudermann

[Sodoms Ende]. Es el segundo drama de Hermann Sudermann (1857-1928), representado en 1891 en la «Freie Bühne» de Berlín. Con evidente influencia ibseniana, Sudermann quiso re­presentar la decadencia y la inmoralidad del mundo burgués. Willy Janikow, un jo­ven pintor de talento, ha obtenido el pri­mer premio en la exposición internacional de Bruselas con el cuadro El fin de Sodoma, que ha sido adquirido por Adah Barczinovsky, una mundana frívola y corrompida, cuyo salón es el lugar de reunión de los «snobs» berlineses. Willy Janikow, conver­tido en amante de Adah, cae al mismo ni­vel de los demás concurrentes de la casa. Y mientras su cuadro — una orgía de car­ne: mujeres y hombres semidesnudos con el fondo de la ciudad en llamas — triunfa en la pared central del salón, símbolo de la «molicie burguesa» de los barrios ele­gantes de «Berlin West», Willy se ve obli­gado a dibujar trajes para fiestas y a or­ganizar cuadrillas de danza. Pero he aquí que, de improviso, se presenta ante Willy un antiguo compañero de estudios, Riemann, al que no veía desde hacía ocho años: la imagen de su vida humilde y la­boriosa despierta en Willy la nostalgia de una existencia más pura.

Decide entonces romper toda relación con Adah: y descubre entonces la existencia de Klärchen Fröhlich, hija de su maestro que, al morir, se la ha­bía confiado, niña aún, y que había sido educada por la madre de él, María Jani­kow. Klärchen, enamorada secretamente de Willy, es amada por Kramer, el eterno es­tudiante, con el cual está prometida. Pero Adah, temiendo que Willy pudiese huir de ella, decide casarle con una riquísima so­brina, Kitty Tattenberg, «un capullo que manos impuras han deshojado antes de tiempo»; y, acompañada por Kitty, la mu­jer se presenta en casa de María Janikow para conocer a los padres de Willy. Cuan­do las visitantes se han ido, por una tar­jeta escrita por Adah, María Janikow reconoce en su letra la de las cartas que Willy recibía cada día de una mujer, cuya falta de pudor la había horrorizado. Aque­lla misma noche, Willy, al volver de casa de Adah, borracho y disgustado, después de una breve lucha con su conciencia, se­duce a Klärchen, mientras en la habitación de al lado, Kramer ensaya en voz alta la conferencia que tiene que dar al día si­guiente hablando del arte de Willy. A la mañana siguiente tiene lugar una expli­cación entre Willy y Kitty, que, conven­cidos de su mutuo amor, deciden casarse. María Janikow revela a Kitty las relacio­nes de su hijo con Adah, y la induce a renunciar a su noviazgo.

Kitty entonces huye, pero Willy la persigue y la conduce consigo a su estudio. Mientras tanto llega Kramer con algunos hombres que llevan el cadáver de Klärchen que, desesperada, se ha ahogado. Y cuando Willy confiesa que fue él quien la sedujo, Kramer se arroja sobre él para matarle, pero Willy cae al suelo presa de una hemoptisis. Kramer lo perdona y el pintor muere, desesperado por no haber podido llevar a cabo su obra de artista. El drama, representado muchas veces en alemania y en el extranjero, en­contró siempre la hostilidad del público y las censuras de la crítica. A pesar de una cierta valentía en la pintura de ambiente, las figuras son más bien sumarias; los tipos, malvados, a la manera de Kotzebue y de Iffiand, parecen renovarse con vestidos mo­dernos: y si bien no faltan escenas teatralmente fuertes, la impresión de conjunto es algo convencional. El final de Sodoma, de­masiado ligada a una determinada época, fue pronto olvidada.

O. S. Resnevich