Nació en Charmes (Vosgos) el 22 de septiembre de 1862 y m. en París el 4 de diciembre de 1923. Joven provinciano llegado a la capital con la ambición de un Rastignac algo frío, partió Barrés de la anarquía del «culto al yo», actitud de un refinado egotismo sostenida con los métodos del ascetismo y de la oración dirigidos hacia fines profanos.
Sin embargo, el joven Barrés no tardó en rechazar la satisfacción del mero orgullo literario y buscó los goces más intensos de la acción. A los veinticinco años, célebre ya como literato, fue elegido diputado «boulangerista» de Nancy.
Tras un fracaso electoral, volvió a serlo por la primera circunscripción parisiense, y conservó el cargo hasta el fin de sus días. La actuación política en el Parlamento, de la que dejó inolvidables descripciones (v. Sus rostros), era para él una manera de evitar la impotencia y el suicidio, fines inevitables de la anarquía consciente y el triste dandismo de Un hombre libre (v.). Incluso en el plano del pensamiento había de «adoptar sus precauciones», o sea buscar un terreno sólido en el cual su yo pudiera hundir las propias raíces, y una tradición que le protegiese y alentase: hallólo todo en su provincia natal.
Barrés exalta entonces cuanto le define y limita; pero, también, le asegura la expansión de su propia personalidad: la tierra y los muertos — actitud en la cual no resulta difícil percibir las ideas de Taine acerca de la raza y del ambiente —. Al Román de l’énergie nationale (v. Los desarraigados, La llamada al soldado y Sus rostros), que narra los éxitos y fracasos del joven provinciano trasladado a París, confía la ilustración de estas ideas.
En La colline inspirée, novela alegórica basada en hechos de la historia local, reúne Barrés las fuerzas de la imaginación, la razón, el misticismo y el orden en uno de los «haute-lieux» (lugares mágicos) de Lorena: la colina de Sion-Vaudémont. El nacionalismo lorenés se extendía hasta las fronteras de Francia — e incluso más allá de sus confines políticos, hasta el Rin, que, de manera natural, la separa de Alemania—.
La actuación política de Barrés, presidente de la Liga de los Patriotas —movimiento nacionalista—, y la crónica de la gran guerra de 1914-18 escrita por él todos los días para L’Écho de Paris, pertenecían al filón principal de su desarrollo ideológico.
Por irrisorias que puedan parecer sus actividades de leader y orador político, es necesario reconocer que Barrés supo conferir un estilo a la pompa burguesa y parlamentaria. Después de su muerte, entró en la fase de olvido por la cual pasan todos los escritores; de ella no ha salido todavía.
Su obra de novelista y ensayista resulta demasiado vinculada a la actualidad: sus abundantes alusiones políticas la sitúan en el tiempo. Cantor de una verdad y unas virtudes nacionales, no es raro que sea escasamente conocido en el extranjero; Gide, presentado cual el anti-Barrés de su generación y predicador del desarraigo, el cosmopolitismo y la aventura, ha tenido un público más numeroso.
Sea como fuere, la figura de Barrés se ha elevado en el horizonte de la vida francesa cual la de un autor comparable a los grandes escritores del siglo XIX — Chateaubriand, Lamartine, Victor Hugo — y no carente de prestigio. Los Cahiers de notas tomadas cotidianamente y que Barrés no tuvo tiempo de utilizar en la redacción de sus memorias constituyen el pedestal de la estatua: en definitiva son su obra más valiosa y más significativa.
M. Mohrt

