Historia de la Literatura Colonial de Chile, José Toribio Medina

Una de las obras funda­mentales del polígrafo chileno José Toribio Medina (1852-1930), aparecida en tres vo­lúmenes en 1878, y que le consagró inme­diatamente entre los investigadores del pa­sado americano. En numerosos viajes por América y Europa reunió Medina un ma­terial documental de gran envergadura, que justifica el calificativo de ser el Menéndez Pelayo de la América Hispánica. Sin se­guir las huellas de sus antecesores, Medina rastreó la obra espiritual de España en América y consagró sus trabajos a la his­toria del período de los descubrimientos (biografías de Núñez de Balboa, Juan Díaz de Solís, Magallanes y algunos viajeros me­nores), a la de la introducción de la imprenta en la América española y en las Filipinas, y a la reseña de cuanto salió impreso en América y Europa sobre las posesiones del Nuevo Mundo.

Sus obras so­bre la imprenta en México (8 volúmenes), en Lima (cuatro volúmenes), y en el Río de la Plata y en las otras colonias americanas, así como sus Biblioteca Hispano Americana y Biblioteca Hispano Chilena constituyen repertorios de información histórica y bi­bliográfica de fundamental importancia para destacar la penetración del pensamiento en el Nuevo Mundo, y que justifican las pala­bras de Rafael Altamira, que calificó al es­critor chileno como el mayor bibliógrafo de la cristiandad. Medina consagró igual­mente un importante trabajo a la antro­pología, Los aborígenes de Chile (1882), y a la actividad del Tribunal de la Inquisi­ción en América, para lo cual utilizó la documentación que se conserva en el Ar­chivo de Simancas. Largos años dedicó a sus investigaciones documentales en el Ar­chivo General de Indias de Sevilla, trabajo que empleó luego en sus publicaciones para la historia colonial de América y de Chile.

R. Donoso

Historia de la Literatura Colombiana, Antonio Gómez Restrepo

En 1918 escribió el crítico y erudito colombiano Antonio Gómez Restrepo (1869-1946) para la «Revue Hispanique» una Breve reseña de la literatura co­lombiana, magistral ensayo sobre la historia de la literatura en Colombia, a partir de los escritores de la Conquista hasta prin­cipios del siglo XX. Es una magnífica sín­tesis hecha con exacto conocimiento del medio, metódica, clara, en elegante y ame­no estilo. Durante los años posteriores a esta publicación, el señor Gómez Restrepo se dedicó, hasta su muerte, a ampliar aquel estudio y darle carácter de historia exhaus­tiva y completa. No lo logró totalmente, pero dejó esta Historia de la literatura co­lombiana en cuatro tomos que alcanzó su segunda edición en 1945 y que es sin duda el trabajo más extenso que sobre el tema se ha realizado. El autor estudia en forma de monografías la vida y la obra de los escri­tores colombianos, utiliza con certera dis­criminación la copiosa fuente de la Historia de Vergara y añade excelentes enfoques críticos de varios autores o aporta estima­bles datos bibliográficos y antológicos. La Literatura de Gómez Restrepo es útil de manera especial para el conocimiento del período colonial hasta los albores de la Re­pública y comienzos del Romanticismo.

R. Torres Quintero

Historia de la Literatura Catalana, Morel-Fatio

A pesar de su importancia histórica y literaria, la literatura catalana ha sido una de las que más han tardado en ser objeto de estudios historicoliterarios. Morel-Fatio, al redactar el capítulo correspondiente al tema para el Grundriss… de Gróber, señala precisamente la falta de tra­bajos y de ediciones críticas y la dificultad de trazar un panorama completo de la pro­ducción en aquella lengua. El interés para el estudio de las letras catalanas fue coe­táneo al despertar lingüístico y literario del siglo pasado. A partir de la «Renaixença», la bibliografía sobre literatura cata­lana podemos afirmar que es abundante. Pero si a lo largo de todo este renaci­miento literario se han publicado importan­tes estudios, monografías y ediciones críti­cas, hasta casi nuestros días no hemos podido tener una historia de la literatura orgánica y trazada con un método cientí­fico. En este artículo vamos a referimos a las obras de carácter más general. La primera visión de conjunto de la litera­tura catalana la hallamos ya en el famoso Prohemio… (v.) que el marqués de Santillana dirigió al condestable don Pedro de Portugal. Vale la pena reproducir esta bre­ve síntesis: «Los catalanes, valencianos, e aun algunos del reyno de Aragón fueron e son grandes officiales desta arte [se re­fiere al trovar]. Escrivieron primeramente en trovas rimadas, que son pies o bordones largos de síllabas, e algunos consonavan e otros non.

Después desto usaron el decir en coplas de diez síllabas a la manera de los lemosís. Ovo entre ellos de señalados ornes, as£ en las invenciones como en el metrificar. Guillén de Berguedá, generoso e noble cavallero, e Pao de Benvivre ad­quirieron entre éstos grand fama. Mossén Pero March el viejo, valiente e honorable cavallero, figo assaz gentiles cosas, e entre las otras escrivió proverbios de grand moralidat. En estos nuestros tiempos floresció Mossén Jorde de Sanct Jorde, cavallero prudente, el qual ciertamente compuso assaz fermosas cosas, las quales él mesmo asonava, ca fué músico excellente, e fico, en­tre otras, una cançión de oppósitos que comiença: Tosjorns aprench e desaprench ensems. Figo la Passión de amor, en la qual copiló muchas buenas cançiones an­tiguas, asy destos que ya dixe, como de otros. Mossén Febrer figo obras notables e algunos afirman aya traydo el Dante de lengua florentina en catalán, non men­guando punto en la orden del metrificar e consonar. Mossén Ausiás March, el qual aún vive, es grand trovador e orne de assaz elevado espíritu». La importancia de este documento, primer intento de una historia de la literatura universal, es capital para la historia de las letras catalanas. San­tillana distingue perfectamente, en éste y otros textos, la producción provenzal de la catalana (salvando, claro está, el error de Guilhem de Berguedán), distinción que muchos investigadores y eruditos del si­glo XIX no sabrán ver y que será nece­saria la obra de Milá para aclararlo de una manera definitiva.

Unos años antes que Santillana, el humanista Ferrán Valenti, en el prólogo de su versión de las Paradojas de Cicerón, presenta un breve panorama de autores catalanes. Valenti, tras citar erróneamente a Arnaut Daniel como poeta ca­talán, habla de Ramon Llull, del Somni de Bernat Metge y de las traducciones de clásicos de Conesa, Canals y Genebreda. Nicolás Antonio, en su Bibliotheca Hispana Nova (v.) (Roma, 1672-1696), al igual que Ximeno en Escritores del reino de Valen­cia, cronológicamente ordenados desde el año 1238 hasta el de 1747 (Valencia, 1747- 1749) y otros bibliógrafos posteriores, agru­pa a los escritores según criterios geográ­ficos, pero no lingüísticos. El primero que hace una distinción de carácter lingüístico es José Salat en su Catálogo de las obras que se han escrito en lengua catalana des­de el reynado de Don Jaime el Conquista­dor, apéndice a la segunda edición de la Gramática y apología de la lengua cathálana de Ballot, y es a la vez el primer ensayo de presentar un panorama comple­to de nuestra literatura. En el mismo siglo se escribe la obra de carácter eminente­mente histórico, pero con abundantes refe­rencias literarias de don Antonio de Capmany: Memorias históricas sobre la Mari­na, Comercio y Artes de la antigua ciudad de Barcelona (v.) (Barcelona, 1779). En los años 1827-1830 se publica en Valencia la Bibliografía valenciana de los escritores que florecieron hasta nuestros días, de Justo Pastor Fuster, realizada con el mismo cri­terio de Nicolás Antonio y de Ximeno, pero no exenta de sentido crítico. Un hito im­portante lo señala el obispo Félix Torres Amat con sus Memorias para ayudar a for­mar un Diccionario crítico de los escritores catalanes (v.) (Barcelona, 1836), a la que – Juan Corminas añadió un Suplemento… (Burgos, 1849).

El Diccionario de Torres Amat contiene abundante material de pri­mera mano y, pese a algunas omisiones, es todavía hoy una obra de consulta indispen­sable; menos valor tiene el Suplemento… de Corminas. En 1849 aparece la famosa obra de Ticknor, donde la literatura cata­lana es tratada como un apéndice de la provenzal. Uno de los más meritorios es­fuerzos de individualización es el realizado por Magín Pers y Ramona en bosquejo histórico de la lengua y literatura catalanas desde su origen hasta nuestros días (Barce­lona, 1.a ed., 1850; 2.a ed., 1857), tratado por otra parte deficiente y lleno de teorías anacrónicas. Otro intento también defi­ciente fue el realizado por el francés Camboliu: Essai sur l’histoire de la littérature catalane (París, 1858. Traducido al catalán con el título Assaig historie sobre litera­tura catalana y publicado por la «Biblio­teca Clàssica Catalana». Barcelona, 1910), a pesar de que Milá y Fontanals lo califi­cara «como el primer ensayo acerca de nuestra literatura, verdaderamente digno de este nombre». El Essai… acompañaba la edición de la Comèdia de la Gloria d’Amor de Rocabertí. Una obra llena de intuición y sugerencias es la de A. Helfferich: Raymund Lull und die Anfänge des catalanischen Literatur, aparecida el mismo año. Los tra­bajos de Camboliu y de Helfferich son objeto de una interesante recensión de Adolf Ebert («Jahrbuch für romanische und englische Literatur», II, 1860), rica en jui­cios críticos acerca de nuestra literatura, a la que el autor distingue netamente de la provenzal.

La Historia de la Literatura Española (v.) de Amador de los Ríos trata en los tomos IV (Madrid, 1863) y VI y VII (id., 1865) de literatura catalana y son dignos de recordar sus capítulos sobre Ramón Llull, Ausiás March, Róis de Corella, la corte de Alfonso el Magnánimo, etc. Con el criterio de los antiguos repertorios bi­bliográficos se publica la Biblioteca de es­critores baleares, de Joaquín M.a Bover (Palma de Mallorca, 1868), obra intere­sante por los datos que proporciona. En 1877 don Joaquín Rubio y Ors pronuncia ante la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona el discurso: Breve reseña del ac­tual renacimiento de la lengua y literatura catalanas. Se trata de una respuesta a la afirmación hecha por el romanista Paul Meyer en su discurso inaugural del mis­mo año en el Colegio de Francia, según la cual el actual renacimiento de las le­tras catalanas no era más que una emula­ción del renacimiento provenzal. Rubio busca dentro del ámbito geográfico catalán los orígenes de la «Renaixença», aduciendo los testimonios de Pere Serafí, Viceng Gar­cía, Puig y Blanch, etc. Al año siguiente, en 1878, aparece en Nápoles la obra Dell’antica letteratura catalana, cuyo autor, Enrico Cardona, afirma que la escribió por amor al país «donde vennero in Italia i miei primi parenti». El ensayo de Cardona está basado casi por entero en el de Camboliu. Aproximadamente en este período debe situarse la labor del que fue maestro indis­cutible de la literatura catalana y funda­dor de la filología románica en España, don Manuel Milá y Fontanals.

La obra de Milá une a su rigor científico una valora­ción crítica definitiva. Milá estudia con precisión los orígenes, defiende la unidad e individualidad de la literatura catalana en las tres regiones del dominio lingüístico y nos presenta un análisis de los poetas catalanes que conserva aún hoy todo su vigor. Su primer artículo apareció en 1843 en la revista barcelonesa «La Verdad» y trataba ya de literatura medieval proven­zal y catalana. En 1865 los Juegos Flora­les premian su Ressenya histórica i criti­ca deis antics poetes catalans. De la edición de sus «Obras completas» coleccionadas por Menéndez y Pelayo cumple destacar los volúmenes: el II, De los trovadores en Es­paña (v.) (Barcelona, 1889); el III, Estu­dios sobre historia de la lengua y literatura de Cataluña (id., 1890); los IV, V y VI ti­tulados Opúsculos literarios (id., 1892, 1893 y 1895) y el VIII, Romancerillo catalán (v.) (id., 1882). En el camino iniciado por Milá van a seguir Rubio y Lluch y Mar­celino Menéndez Pelayo. Las obras de Menéndez Pelayo, tratan frecuentemente de literatura catalana tanto antigua como mo­derna con la agudeza y comprensión del gran crítico español. En 1880, Francisco M. Tubino publica en Madrid su Historia del Renacimiento literario contemporáneo de Cataluña, Baleares y Valencia. En 1883, aparecen en Francia dos estudios sobre el tema. El primero, en París, es obra de Albert Savine: La Renaissance de la Poésie Catalane, y acompaña a la 2.a ed. de la versión francesa de La Atlántida (v.) de Verdaguer. El segundo, impreso en Perpiñán, es de J. Prépatx: La Renaissance des lettres catalanes.

El número del 15 de no­viembre de 1886 de la «Revue des deux mondes» da cabida entre sus páginas al tra­bajo de J. M. Guardia: L’ancienne littérature catalane et le mouvement littéraire contemporaine. Todavía en el criterio de los antiguos repertorios bibliográficos apa­rece en los años 1889-1895 en Barcelona el Diccionario biográfico y bibliográfico de es­critores y artistas catalanes del XIX, de Elias de Molins, cuya consulta es indis­pensable para el estudio de la «Renaixença». Un libro entusiástico y voluminoso, pero completamente superado, es el del alemán Otto Denk: Einführung in die Geschichte der altcatalanischen Litteratur (Munich, 1893). El mismo año se publica en Estras­burgo, en el segundo volumen de la segunda parte del Grundriss der romanischen Philologie… de Grober, la Katalanische Litteratur del gran hispanista francés Alfred Morel- Fatio. Se trata de un inventario global, qui­zás excesivamente sintético. Tras una intro­ducción sobre las fuentes, divide la literatu­ra catalana en dos géneros fundamentales, la poesía y la prosa, y dentro de cada uno de ellos estudia las distintas manifestacio­nes agrupadas en subgéneros. El estudio de Morel-Fatio llega hasta algunos autores de la «Renaixença». «Seco, despectivo a veces — dice Jorge Rubio —, más bibliográ­fico que históricamente orgánico, conserva aún hoy día su valor de índice». En la ter­cera parte de la 2.a ed. de la Literatura es­pañola del siglo XIX (Madrid, 1912), del Padre Blanco García se trata con bastante extensión de nuestro tema: orígenes y pri­meras manifestaciones hasta las figuras de Verdaguer, Guimerá y Emili Vilanova.

La crítica del P. Blanco García es de carácter encomiástico y llena de observaciones de carácter moral y político. En 1900 se publica en Barcelona el Breu compendi de literatura catalana de Font i Sagué. Dentro del cami­no del máximo rigor científico iniciado por Milá y Fontanals se desarrolla la labor del segundo gran maestro de la literatura cata­lana: Rubio y Lluch. En su discurso inau­gural de 1901 en la Universidad de Bar­celona : Algunos caracteres que distinguen a la antigua literatura catalana, en el ca­pítulo dedicado a la literatura catalana de su Sumario de historia de la literatura es­pañola (Barcelona, 1901) y en las clases pronunciadas en su cátedra de la Univer­sidad de Barcelona (reseñadas a partir de 1907 en «Estudis Universitaris Catalans»), propone una nueva estructuración históri­ca, una división de la literatura en períodos según criterios internos y ofrece una orien­tación definitiva en esta clase de estudios. Fruto de la enseñanza de Rubio y Lluch serán las obras de Massó y Torrents, Ma­nuel de Montoliu y Jorge Rubio. El poeta y periodista M. S. Oliver publica en 1903, en Palma de Mallorca, el resumen: La li­teratura en Mallorca: 1840-1903. Lluís Nicolau d’Olwer, en 1915, en el n.° X de «Estudio», da a conocer su Sumario crono­lógico (1136-1833), apéndice a la Introduc­ción al estudio de la literatura catalana. Fruto de las lecciones de Rubio y Lluch es la Literatura catalana. Perspectiva general («La Revista», Barcelona, 1917), del mismo Nicolau d’Olwer, que presenta una estruc­turación histórica, quizá demasiado rígida, de la evolución de la literatura desde los orígenes hasta los inicios de la «Renaixença».

Nicolau sintetizó la obra precedente en su Resum de literatura catalana («Col-leccio Popular Barcino», XXXIII, Barcelona, 1927), completándola con las manifestacio­nes literarias hasta el momento de su pu­blicación. El hispanista italiano Mario Ca­sella nos ofrece en el volumen XXIX (1918) de la «Rivista delle Biblioteche e degli Archivi» su Agli albori del Romanticismo e del moderno Rinascimento catalano. El mis­mo año aparece en Barcelona el estudio sobre teatro catalán de Curet: El arte dra­mático en el resurgir de Cataluña. Una obra que merece consideración por su valor crítico es el Manual d’historia crítica de la literatura catalana moderna. Primera part (1823-1900) (Barcelona, 1922), de Ma­nuel de Montoliu. El autor, tanto en este libro como en sus ensayos dispersos y en su Breviari crític aporta una visión nueva de la literatura que consiste fundamentalmente en una concepción estética de la misma. Este Manual de Montoliu es uno de los mejores que se han escrito sobre el tema.

Del erudito y provenzalista francés Jean Amade es la obra: Renaissance litté­raire en Catalogne au XIXe siècle (Paris- Toulouse, 1924). Otro francés — catalán del Rosellón—, Josep-Sebastià Pons, publica: La littérature catalane au Roussillon aux XVIe, XVIIe et XVIIIe siècles (Toulouse, 1929), que completa el panorama de es­tudios sobre el cultivo del catalán en las distintas regiones de su dominio lingüístico. Otro manual, aunque deficiente, es el de Josep Comerma, aparecido en Barcelona en 1929: Historia de la literatura catalana. Fru­to de los trabajos de Nicolau d’Olwer es el estudio de W. Giese: Gründzuge der Entwicklung der älterer katalanischen Litera­tur («Archiv für das Studium der neueren Sprachen», vol. 161, 1932). Otro manual aparece en 1932 en la colección «Publicacions de l’Oficina Románica», obra de M. Garcia Silvestre: Histària sumaria de la literatura catalana, con prólogo y bi­bliografía de Manuel de Montoliu. Aunque construido sobre los apuntes y el programa de Rubio y Lluch, contiene graves errores de concepto. Del mismo año es el Repertori de l´antiga literatura catalana. I. La Poe­sía, de J. Massó Torrents, editado por el «Institut d’Estudis Catalans». El mismo au­tor había publicado ya en 1914 su Biblio­grafía deis antics poetes catalans. Por en­cima de algunos errores, el Repertori y la Bibliografía constituyen un monumento de la historia de la literatura catalana y son indispensables para el estudio de la poesía catalana medieval.

En 1933 aparece en París el manual de J. J. A. Bertrand: La Littérature Catalane Contemporaine, libro claro y preciso, que supone un cono­cimiento directo y actual de la materia y cuyo único defecto sería quizás el valorar con exceso los poetas de los años próxi­mos en que apareció. Una excelente sín­tesis llena de puntos de vista sugestivos es el Resumen de literatura catalana (Barce­lona, 1947), de Martín de Riquer. El autor nos ofrece una visión crítica de los momen­tos más importantes de la literatura cata­lana, especialmente de la época medieval, pues por lo que a la moderna se refiere no pasa de dar una visión orientadora. En 1953 aparece traducido al catalán y ampliado con el título Panorama de la poesía catalana el prólogo de Joan Triadú a la Anthology of Catalan Lyric Poetry (Oxford, 1949). Se trata de una visión superficial y sin ningún rigor científico de la historia de nuestra poesía. Una obra con más pretensiones que las anteriores es la de Joan Ruiz Calonja: Historia de la literatura catalana (Barcelo­na, 1954), que como manual resulta acep­table y supone un esfuerzo digno de toda consideración. Sin embargo, el autor no sabe dar un enfoque moderno a sus estu­dios y nos ofrece una obra de corte tradi­cional. Persisten en ella algunos prejuicios y se nota la incomprensión del autor por algunas escuelas y estilos de nuestra lite­ratura. Un ensayo desdichado es el de Carlos Cardó: La literatura catalana (en Tres estudios sobre literatura catalana, Ma­drid, 1955), impregnada de tópicos y arbitrariedades.

Dignos de consideración son en cambio los dos volúmenes de Joan Fuster: La poesía catalana (Palma de Mallor­ca, 1956), en los que la finalidad divulga­dora que se propone no excluye que la visión histórica y los comentarios estén basados en los más modernos estudios. En curso de publicación se halla una historia de la literatura catalana «por figuras» de Manuel de Montoliu, de la que ya han apa­recido dos volúmenes: Els trobadors (Bar­celona, 1956) y Ramón Llull i Arnau de Vilanova (Barcelona, 1958), bastante defi­cientes. La mejor historia de nuestra lite­ratura, fruto digno de los trabajos de Milá y Fontanals y de las lecciones de Rubio y Lluch, es la Literatura catalana de Jor­ge Rubio contenida en la «Historia de las Literaturas Hispánicas». Hasta el presente se han publicado cuatro partes: la primera, que comprende desde los orígenes hasta el siglo XIV, en el volumen I (Barcelona, 1949) de la mencionada «Historia de las Literaturas Hispánicas»; la segunda, si­glos XV y XVI, en el vol. III (id., 1953); la tercera, el siglo XVII, en la segunda parte del vol. IV (id., 1956); y la cuarta, siglo XVIII, en el V (id., 1958). La obra de Rubio constituye una aportación definitiva por su valor sintético, por su visión histórica y por la continua aportación de material de primera mano que lleva a cau­sar admiración, especialmente en las partes dedicadas a los siglos XVII y XVIII, que hasta la publicación del trabajo de Rubio no existían para la literatura catalana.

Co­mo bibliografías debemos citar el «Anuari Bibliográfic Catalá» (1889), la «Revista de Bibliografía Catalana» (1901-1907), las No­ticias bibliográficas de obras… referentes a la literatura catalana («Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona», IV 1907-1908, y V 1909-1910) de Isidro Bonsoms, el «Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans» (1907-1931), la «Revista deis Llibres (1925-1926) y la Bibliografía de la llengua i literatura catalana («Publicacions de l’Oficina Románica», Barcelona, 1931- 1933), de J. Vives y R. Aramon.

Entre las revistas, debemos añadir al «Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Bar­celona» (empezado a publicar en 1901), al «Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans» y a los «Estudis Universitaris Catalans» (1907-1936), ya citados, la «Analecta Sacra Tarraconensia» (desde 1925), el «Anuari de l’Oficina Románica» (1928-1934), el «Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura» (desde 1920), el «Butlletí de la Societat Arqueológica Lulliana» (desde 1884), el «Butlletí del Centre Excursionista de Ca­talunya» (1891-1938), el «Butlletí de la Bi­blioteca de Catalunya» (1914-1932), «Estu­dis Románics» (desde 1947), «Quaderns d’Estudi» (1915-1924), «Revista de Catalu­nya» (1924-1938), «Revista d’estudis franciscans» (desde 1907), «Revista Valenciana de Filología» (desde 1950), etc.

Entre las revistas y periódicos dedicados a comentar la actualidad literaria (aparte de «El Va­por» y «El Europeo», que propagaron las ideas románticas e impulsaron la «Renaixença»), no debemos olvidar el «Diario de Barcelona», «Lo Vertader Catalá», «Lo Gay Saber» (1868-1869 y 1878-1882), «La Renaixença» (1871-1899), «La Illustració Catalana» (1880-1894 y 1903-1917), «L’Aveng» (1882-1884 y 1889-1893), «Pél & Ploma» (1899-1903), «Joventut» (1900-1906), «La Re­vista» (1915-1936), la ya citada «Revista de Catalunya», «Revista de Poesía» (1925- 1927), «La Nova Revista» (1927-1929), «Qua­derns de Poesía» (1934-1935), las revistas de vanguardia «Hélix» y «L’Amic de les Arts», «El Mirador», etc., y la prensa diaria («La Veu de Catalunya», «El Matí», «La Publicitat», etc.).

Entre las colecciones de textos cumple destacar: «Biblioteca Catala­na» de Aguiló, «Societat Catalana de Bibliófils», las ediciones del Instituí d’Estudis Catalans, la edición de las «Obres Origi­náis» de Ramón Llull por Obrador y Galmés, la «Biblioteca Catalana» de Miquel i Planas, «Els Nostres Clássics», etc.

Y entre las colecciones de autores modernos, mu­chas de las cuales contienen estudios crí­ticos: «Biblioteca Popular l’Aveng», «Els Poetes d’Ara», «La Lectura Popular», «La Revista», «Biblioteca Univers», «Quaderns Literaris», «Llibres de la Rosa deis Vents», «Biblioteca Selecta», «Biblioteca Excelsa», «Biblioteca Perenne», «óssa Menor», edi­ción de las «Obres Completes de Joan Maragall», etc. No debemos olvidar los tra­bajos monográficos y ediciones de Aguiló, Miquel i Planas, Jorge Rubio, Manuel de Montoliu, Amadée Pagés, Bohigas, Riquer, etc. En el campo del estudio de las crónicas catalanas los trabajos y ediciones de don Antonio de Bofarull, Miret y Sans, Massó Torrents y Coll i Alentorn.

Entre los críticos literarios recordemos a Sarda, Yxart, Mateu, Capdevila, Montoliu, Riba, Bofill Ferro, Díaz-Plaja, Folguera, Teixidor, Antonio Vilanova, Joan Fuster y Joan Ferraté. Numerosas antologías de poesía y prosa catalana han sido publicadas a par­tir de la «Renaixença»: la de Moliné y Brasés (1911), la antología de «L’Aveng» (1913), la de A. Plana (1914) y las mo­dernas de Capdevila, Riquer, Teixidor, Masoliver, F. Gutiérrez y Joan Triadú (prosa y verso). Sanchis Guarner y Joan Fuster han publicado respectivamente en 1951 y 1954 antologías de poesía balear y valenciana modernas.

Entre las antologías de poesía catalana traducida a otras len­guas debemos recordar, además de la ya citada de Oxford, las de Schneeberger : Anthologie des poètes catalans contemporains dépuis 1854 (París, 1922), Grossmann: Katalanische Lyric der Gegenwart (Hamburgo, 1923), C. Giardini: Antología di poeti catalani contemporanei: 1845-1925 (Turin, 1926), González Blanco: Antología de poetas catalanes (Madrid, 1930), Paulina Crusat: Antología de poetas catalanes contemporá­neos (Madrid, 1952), etc. Si el despertar de los estudios históricos y críticos de la literatura catalana aconteció más tarde que en otras literaturas, queda compensado con creces por la actividad desarrollada a lo largo del siglo que va desde la «Renaixença» hasta nuestros días. El número de estudios es hoy prácticamente ilimitado. [En curso de publicación: Historia de la Lite­ratura Catalana. (Parte antigua, Martí de Ríquer. Parte moderna, Antoni Comas.)]

A. Comas

Historia de la Literatura Argentina, Ricardo Rojas

Este libro de Ricardo Rojas (n. 1882) es la primera obra orgánica y com­pleta que se haya escrito sobre la literatura argentina. Los cuatro tomos de la primera edición aparecieron de 1917 a 1922. Con anterioridad sólo se habían compuesto tra­bajos fragmentarios, aunque valiosos, o tex­tos superficiales sobre tal materia. En 1913, Rojas fundó en la Facúltad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires la cátedra de Literatura Argentina que has­ta entonces no existía. En ese tiempo y paralelamente a su labor didáctica, el autor fue acumulando y ordenando los materiales de su vasta obra que en la primera edición estaba contenida en cuatro voluminosos tomos, aparecidos con no muy largos inter­valos. Esa división correspondía al plan del libro, conforme a las épocas a que perte­necen los autores y obras en él registrados. Así, el primer tomo comprendía a «Los gauchescos», el segundo a «Los coloniales», el tercero a «Los proscriptos» y el cuarto a «Los modernos».

Si bien los gauchescos no son cronológicamente los primeros escri­tores argentinos, pues las expresiones ver­daderamente maduras y valiosas de ese género aparecen en la segunda mitad del siglo XIX (el Martín Fierro es de 1872), Rojas prefirió comenzar su historia por ellos, teniendo en cuenta que constituyen la ma­nifestación más espontánea, genuina y ver­nácula de la poesía nacional y popular y que tenían antecedentes en los primeros tiempos de la Independencia, lo cual da ocasión también a estudiar en esa primera parte de la obra los cimientos histórico- geográficos de la cultura nativa, las condi­ciones del territorio y su influencia telúrica sobre sus habitantes, la formación étnica del hombre del campo argentino, etc., elemen­tos todos cuyo examen convenía anteponer al desarrollo del libro. Los autores que se consideran a continuación son aquellos que florecieron en la época colonial y cuya ma­yoría, como es lógico, tuvo un carácter casi puramente español en sus expresiones, sal­vo los más próximos a la Revolución de Mayo, que tomaron parte en ella, vivieron, por lo menos algunos, hasta mucho más tar­de, y en cuyas producciones esas circuns­tancias imprimieron un sentido nacional y patriótico, si no por lo que se refiere a las inveteradas formas neoclásicas recibidas con anterioridad del español, sí en cuanto a las ideas, sentimientos e imágenes que les ins­piraba su nueva situación.

A este grupo pertenecen los llamados poetas de Mayo, como López y Planes, autor del himno nacional; Esteban de Luca, fray Cayetano Rodrihuez, Juan Ramón Rojas, Juan C. Lafinur, Juan Cruz Varela y algunos otros, nacidos todos en las postrimerías del si­glo XVIII y que produjeron su obra al acae­cer la Revolución. También se incluyen en este período algunos otros poetas que mu­rieron antes de aquélla, como Lavardén. Corresponden asimismo a ese ciclo los gran­des publicistas y tribunos revolucionarios: Moreno, Monteagudo, Agrelo, Gorriti, Bel- grano, etc. Toda esta literatura es natural­mente de carácter militante, hasta la poé­tica, y no puede ser juzgada con criterio exclusivamente estético. Aun la poesía, en­noblecida por el sentimiento patriótico, es de escaso valor artístico por lo general. Pero esos autores y sus obras fundaron la tradición intelectual de la Argentina y fue­ron los cimientos de su literatura posterior, por lo cual han sido objeto de justificado y detenido estudio en una obra como la de Rojas, destinada a registrar, con el amplio criterio que conviene a una empresa de esa índole, todas las manifestaciones del pen­samiento escrito de su pueblo en los di­versos períodos de su existencia.

Con «Los proscriptos», como se designa a los escrito­res voluntariamente emigrados en la época de Rojas — que realizaron parte de su obra en el destierro y la continuaron, muchos de ellos, cuando a su vuelta fueron los hace­dores de la organización nacional —, co­mienza en realidad la literatura genuina- mente argentina, nutrida por las ideas y sentimientos inspirados en la historia pa­tria, el paisaje nativo y los caracteres y costumbres propios del medio social. El flo­recimiento de esa generación coincidió con el Romanticismo, que Echeverría, a su re­torno de Europa, donde se había impregnado de él, introduciría en el Río de la Plata. Siguiendo los preceptos de esa escuela, pin­tó la naturaleza del país en La Cautiva, cantó episodios nacionales, y en sus opúscu­los en prosa formuló los anhelos e ideales sociales y políticos de la Joven Argentina. Algunos de sus compañeros, y en cierto modo discípulos, escribieron la historia ar­gentina, como Mitre y López, en trabajos monumentales, sin perjuicio de cultivar también, el primero, la poesía y otros gé­neros, y el segundo, la novela histórica y la ciencia americana. Gutiérrez se dedicó, con amplitud y provecho, a la crítica y la historia literarias; Mármol a la poesía civil y a la novela histórica; Alberdi a las cien­cias morales y políticas y a la jurispruden­cia. Sarmiento, en fin, dio con el Facundo y Recuerdos de provincia dos de los libros más representativos de la argentinidad.

En torno a ellos, una pléyade de escritores de menor talla realizaron también labores me­ritorias, pero esos siete autores, por la opor­tunidad y extraordinaria magnitud de sus producciones respectivas, se han convertido en los primeros grandes maestros del pen­samiento argentino. Vienen luego, en la historia de que tratamos, «Los modernos», título bajo el cual se comprende a los nu­merosísimos escritores aparecidos más o menos desde el año 80 hasta fines del si­glo XIX. Con ellos se polifurcan las orien­taciones literarias, – se multiplican y subdividen los géneros cultivados y se diversi­fican los estilos en términos que no cabe reseñar ni ilustrar, citando ejemplos, en un artículo forzosamente reducido como éste. La Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas, no deja de ser susceptible de reparos, como toda obra de tanta exten­sión y complejidad, naturalmente inclinada a caer en errores, omisiones o descuidos, pero por su plan, su método, su elevado jui­cio y las superiores cualidades de su arte expositivo, llena cumplidamente el magno y patriótico objeto que se propuso su autor, siendo por todo ello una de las obras más considerables y dignas de encomio, dentro de los frutos literarios de la cultura argen­tina. En su última edición de 1948 — incluida en las Obras completas de Ricardo Rojas — esta Historia se reparte en ocho volúmenes. El último lleva varios apéndices.

A. Melián Lafinur

Historia de la Literatura Antigua y Moderna, Friedrich Schlegel

[Geschichte der alten und neuen Literatur]. Se trata de dieciséis lecciones pronunciadas en Viena en 1812 por el literato y filósofo alemán Friedrich Schlegel (1772-1829) y publicadas en 1815 con una dedicatoria al príncipe de Mettermeli. Compendian en gran parte estudios sobre filosofía e historia griega y sánscrita del mismo autor, y otros, inferiores, sobre el arte y la literatura medievales.

El es­quema de la obra, que desde la Antigüedad griega llega a los umbrales del siglo XIX, es el tradicional. Las páginas dedicadas a la India son quizá las más originales; pero en los países latinos las lecciones sobre la Edad Media y las literaturas alemanas pro­dujeron impresión de novedad. Gustó tam­bién la exposición conjunta de toda la li­teratura occidental y, en cuanto influyó so­bre ella y puede servir para explicarla, de la oriental, basada en lecturas de primera mano. Otro mérito de la obra es que sólo toca lo verdaderamente importante, tra­zando las grandes líneas de un proceso que luego coincide con la misma historia de la civilización en las diversas épocas. Schlegel incluye en la literatura «casi toda la vida espiritual del hombre». De ahí la seriedad en el tono de la obra. Las letras no son para el historiador ni un lujo ni un ornato, y mucho menos un juego intrascendente o una profesión secundaria, sino un aspecto esencial, el alma de la historia del mundo. En el prólogo insiste en destacar cuán per­judicial es para las letras y para la vida práctica el divorcio entre ambas, y se com­place en comprobar en alemania un prin­cipio de aproximación a partir de mediados del siglo XVIII. Esta misión civilizadora de las letras, tema realmente sentido en aquel tiempo, constituye quizás el valor más profundo de esta obra.

Schlegel, en su Historia de la literatura, no aparece como el corifeo del primer romanticismo, sino como el converso católico; no es el filósofo nutrido de Winckelmann y de Goethe, sino el reaccionario germanizante, revalorizador de la Edad Media, que por una parte se en­trega al mito, falsamente deducido de Tá­cito, del «libre espíritu nórdico» y de la «íntima fuerza poética» de los germanos, mientras por otra, celebrando el sentido di­vino de la «Escritura», se complace en jue­gos humorísticos y cábalas numéricas; así, después de haber despreciado la obra his­tórica de Voltaire, define a Goethe, filósofo y sabio, como un Voltaire alemán. Sin embargo, estas partes historiográficamente muertas no pueden eliminarse de la obra, la cual, en el fondo, se inspira en la fe religiosa de su autor y en una esperanza profética. Puestas por encima de la econo­mía y del Estado, la religión y la escuela reflejan la vida intelectual. Ahora bien, la fuerza que mueve la esfera intelectual es el verbo, vestido sensible del Verbo eterno de la revelación divina. El fin de la obra es probar esto eficazmente discurriendo por las principales ramas del árbol de lo bello y de lo verdadero, representadas his­tóricamente por los griegos, hindúes, ju­díos, persas, romanos, italianos, franceses, españoles, ingleses y alemanes.

La historia se convierte, así, en filosofía de la historia. Ahora bien, en el fondo de la filosofía de la historia se suele encontrar una profecía. La profecía de Schlegel, que al mismo tiem­po es un documento de orgullo nacional, es la siguiente: así como en el espíritu ale­mán, fundamento de la civilización de las naciones románicas (entre las que se in­cluye a Inglaterra), está el origen, con la Reforma, de la disgregación de Europa, así es lícito esperar de él la nueva luz. Cierta­mente, la unión de católicos y protestan­tes será obra de la divina Providencia, pero al autor, navegante en los mares de la res­tauración católica, le parece que los tiem­pos están maduros para un acontecimiento que para Schlegel hubiese sido incluso más importante que el mismo descubrimiento de América.

V. Santoli

Schlegel examina todas las literaturas desde un punto de vista elevado, que es siempre > campanario de una iglesia gó­tica. Diga lo que diga, se oyen doblar las campanas… En este libro advierto el olor a incienso de una misa solemne, y desde sus rincones más hermosos me parece que se asoman pensamientos tonsurados. Sin em­bargo, en su género, no conozco ninguno de mayor mérito. Sólo reuniendo todas las obras de Herder podremos obtener una vi­sión mejor de la literatura de todos los pueblos. (Heine)